Hoboes ~ Las nueve musas comprar en amazon
Las nueve musas
tiempos modernos

Hoboes

Paro, trabajo precario e identidad personal

Introducción

 A principios del siglo XX en el interior del sistema de fábrica, que había pasado a ocupar el epicentro de la revolución industrial, se produjo con la introducción de el taylorismo una especie de nueva vuelta de tuerca en la división social del trabajo. Como explican muy bien los manuales de historia de los sistemas productivos el taylorismo fue un método de organización del trabajo industrial destinado a aumentar la productividad de los trabajadores, a la vez que éstos veían reducida su capacidad de decisión y control al quedar engarzados en la cadena de montaje como una pieza más. Charles Chaplin, en el film Tiempos modernos, llevó a la pantalla una parodia genial de este nuevo sistema de trabajo en serie que, en nombre de una organización científica del trabajo, transformaba a los trabajadores en meros apéndices de las máquinas (1).

En los EEUU los hoboes, trabajadores nómadas que combinaban trabajos temporales con tiempos de desempleo, huyeron como de la peste del sistema de trabajo en cadena, que fijaba a los trabajadores a los ritmos de las máquinas, a la vez que los desposeía de sus saberes, y de toda iniciativa personal.

Los hoboes contribuyeron a crear desde finales del siglo XIX, en el país convertido desde la guerra hispano-americana del 98 en la nueva potencia hegemónica mundial, una contracultura de resistencia para proteger a los trabajadores de los desastres que generaba el modelo de la fábrica de alfileres de Adam Smith, y, más tarde, del nuevo sistema laboral ideado por el ingeniero Taylor, un sistema en el que los infernales ritmos del trabajo mecánico laminaban los cuerpos y las mentes de los productores (varones, mujeres y niños), a la vez que destruían sus sueños de autonomía personal.

Frederick Taylor
Frederick Taylor

Me voy a detener a comentar tres libros de época, que en los últimos diez años, han sido traducidos del inglés al español pues nos ayudan a comprender mejor el mundo del hoboes, a la vez que proyectan alguna nueva luz sobre las innovaciones que se están produciendo en nuestro presente en el mundo del trabajo azotado por la precariedad laboral. Me referiré a estos tres libros siguiendo el orden cronológico en el que fueron escritos. El de Jack London, En ruta, data de 1907. El de Jim Tully, Buscavidas. Recuerdos de un vagabundo, un escritor que además de ser hobo fue también empleado de circo, boxeador y colaborador de Charles Chaplin, data de 1924. En fin, el del médico anarquista Ben Reitman, Boxcar Bertha. Autobiografía de una hermana de la carretera, se publicó por vez primera en USA a la sombra de la Gran Depresión, en 1937 (2). A estas biografías o autobiografías se podría añadir el libro titulado You can’t win, Nadie gana, las memorias noveladas que publicó en 1926 Jack Black, un personaje singular que llevó una vida de aventuras entre trabajos precarios y el paso por diversos círculos delictivos, así como Judios sin dinero. Una historia del Lower East Side, una novela autobiográfica de Michael Gold que, formando parte de la llamada literatura proletaria, se convirtió en un bestseller en los años treinta (3).

Del trabajo al desempleo, y así sucesivamente

Jack London (1876-1916) es reconocido en la actualidad como un gran escritor norteamericano, un novelista de aventuras, un literato  inspirado en las ideas de Rousseau, y por tanto, un socialista libertario que amaba apasionadamente la libertad. Sin embargo en su tiempo fue conocido como un escritor hobo, muy apreciado por sus compañeros de fatigas, los vagabundos, que eran asiduos lectores de sus apasionantes relatos. De hecho en este libro, The Road, En ruta, publicado por vez primera en lengua inglesa en 1907, narra la vida errante de su juventud, cuando Jack London era conocido entre los vagabundos con el mote de Sailor Jack, Jack el Marino.

En ruta
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¿Quiénes son los hoboes? London los describe como trabajadores soñadores en busca de aventura que viajan gratis en trenes de mercancías y de pasajeros y duermen al raso bajo las estrellas. Son también narradores de historias, hasta el punto de que el propio London afirma que el éxito del mendigo depende de su capacidad para contar una buena historia. Antes de nada, en el primer instante, el mendigo debe tomarle la medida a su víctima. (…) El vagabundo que triunfa debe ser un artista. Debe crear de forma espontánea e instantánea, y no a partir de un tema seleccionado entre todo el repertorio de su imaginación sino del tema que lee en el rostro de la persona que abre la puerta, ya sea un hombre, una mujer o un niño, una persona dulce o malhumorada, generosa o mezquina, de buen carácter o irascible, judía o gentil, blanca o negra, racista o fraternal, provinciana o universal, o lo que sea. A menudo he pensado que a este entrenamiento de mis días de vagabundo se debe parte de mi éxito como escritor de relatos. Para conseguir la comida necesaria para vivir, me veía obligado a contar historias que sonaran verdaderas. En la puerta trasera uno desarrolla, empuja por la necesidad inexorable, la capacidad de convicción y la sinceridad que han exhibido todas las grandes figuras del arte del relato corto. También creo que fue mi aprendizaje como vagabundo el que me convirtió en un escritor realista. El realismo es la única medicina que uno puede intercambiar en la puerta de una cocina por un bocado.

Fue la vida nómada lo que convirtió a Jack London en un verdadero hobo, en un vagabundo fabulador, en un aventurero contador de historias, en fin, en un escritor que al asomarse a la explotación de los trabajadores asalariados optó por simpatizar con la revolución social. London fue un internacionalista libertario porque no creía en la fatalidad de la miseria humana. Como el mismo señala en un texto titulado “Cómo me hice socialista” durante su vida errante, que comenzó cuando tenía dieciocho años, conoció a marineros, soldados, obreros, todos encorvados y desfigurados y deformados por el trabajo físico, las penurias y los accidentes, y abandonados a su suerte por sus amos como tantos caballos viejos. Con ellos mendigué por las calles y por las casas, o temblé de frío junto a ellos en vagones de trenes y en parques y ciudades mientras escuchaba historias de vidas que comenzaban tan auspiciosamente como la mía, con digestiones y cuerpos iguales o mejores que el mío y que, ante mis ojos, acababan destrozados en el fondo del Pozo Social.

La vida de un hobo es una vida dura, una vida que, contemplada desde lejos puede resultar literaria porque es una vida exaltada y llena de sorpresas. Digámoslo con las palabras del propio London: Tal vez el mayor encanto de la vida del vagabundo sea la ausencia de monotonía. En el mundo de los vagabundos la vida cobra un rostro proteico: es una fantasmagoría siempre cambiante, donde lo imposible ocurre y lo inesperado te asalta agazapado tras los matorrales en cada recodo del camino. El vagabundo nunca sabe lo que va a ocurrir un momento después; por tanto vive únicamente en el momento presente. Ha aprendido la futilidad de los esfuerzos dirigidos y conoce las delicias de dejarse llevar por los caprichos del Azar.

Cuando London habla de ausencia de monotonía se refiere implícitamente al trabajo fijo, al trabajo en cadena, y más concretamente a la implantación en América del ya mencionado sistema taylorista que convertía al trabajador en un apéndice de las máquinas, en un obrero robotizado. Tras la idealización de la ruta se esconde por tanto una sociedad capitalista y despiadada, se esconden las terribles casas del sudor (sweat shops), las jornadas extenuantes y los salarios de miseria. Los hoboes son por tanto trabajadores que viven a la intemperie porque quieren romper las cadenas del trabajo asalariado.

Josiah Flynt
Josiah Flynt

Con frecuencia tendemos a leer tanto los ensayos como las obras literarias al margen de los marcos sociales en los que surgieron, los marcos en los que esas obras cobran sentido. En este caso Jack London comenzaba su libro con una dedicatoria que hoy nos puede resultar un tanto enigmática, pero que en su tiempo suponía un guiño a sus lectores pues situaba su propio libro en el interior de toda una corriente de pensamiento. La dedicatoria reza así: A Josiah Flynt, el auténtico sin trampa ni cartón. Josiah Flynt, era entonces muy conocido en los medios universitarios por su verdadero apellido Willard. De hecho fue un sociólogo norteamericano que estudió en Berlín y que publicó en 1899 un libro titulado Tramping with tramps, un estudio que fue el fruto de su propia experiencia con los vagabundos. También escribió su autobiografía. Precisamente el mismo año en el que London publicó En ruta Flynt falleció de neumonía en un hotel de Chicago. Era el 20 de enero de 1907. La dedicatoria era por tanto a la vez un homenaje al trabajo comprometido de Flynt, y una información a los lectores de que el propio London se adscribía a una sociología insumisa. De hecho Flynt había publicado con anterioridad una buena parte de los capítulos de su libro en periódicos radicales próximos a planteamientos libertarios. Se produjo por tanto en los Estados Unidos, y mas concretamente en Chicago, una estrecha conexión entre algunas experiencias alternativas, el mundo periodístico de denuncia, el mundo literario, y la sociología como arma para la emancipación de los trabajadores, y el cambio social. El trabajo social en el que se implicaba tanto el Departamento de Sociología de la Universidad de Chicago como el colectivo de mujeres creado en torno a Jane Addams y Hull House, era ante todo un instrumento de transformación de las relaciones sociales injustas impuestas por la organización del capitalismo industrial. En este sentido conviene recordar que tras la publicación de The Road, London publicó en 1908 otro de sus libros muy celebrados, la novela El Talón de hierro en la que arremetía contra las tendencias monopolísticas del capitalismo norteamericano. Compartía con otros socialistas revolucionarios del mundo que el capitalismo había fracasado, y que era preciso que los trabajadores arrancasen el poder de las manos de los explotadores para  instaurar a escala planetaria la gran república de la fraternidad humana.

Los lectores de London sabían desde donde hablaba. Por otra parte Upton Sinclair, el mas conocido periodista de investigación perteneciente al movimiento de los muckrakers, periodistas que denunciaban la corrupción y los crímenes de los poderosos, había publicado La jungla en 1906, un libro que el propio London reseñó (la reseña se recoge en la segunda parte de la citada edición española que manejo dedicada a los Escritos políticos) y que describe como una historia de destrucción humana, de pobres engranajes rotos en la despiadada molienda de la máquina industrial. Y añade que el libro está escrito con sudor y sangre y quejidos y lágrimas. No retrata lo que el hombre debería ser, sino lo que está obligado a ser en este mundo nuestro, en el siglo veinte. No retrata lo que nuestro país debería ser, ni lo que creen que es quienes viven en la tranquilidad y la comodidad, lejos del gueto obrero, sino lo que es en realidad: el hogar de la opresión y la injusticia, una pesadilla de miseria, un infierno de sufrimiento, una jungla donde las bestias salvajes comen y son comidas (4).

Hobo
Hobo

London, al igual que su maestro Flynt, era un sociólogo intempestivo que no necesitaba refugiarse en el espacio aséptico de los laboratorios, ni en las estadísticas extraídas de las encuestas, para tratar de estudiar y comprender la realidad social. Atrapado en la ruta desde muy joven vivió inmerso en la realidad del trabajo, participaba en el día a día de la pobreza de los trabajadores itinerantes, la sentía en su propia piel, y evaluaba la condición de vagabundo a partir de un sueño de justicia y de libertad que compartía con el grueso de los desarrapados de la tierra. Su libro está plagado de persecuciones y violencias contra los trotamundos, las notas de abuso y crueldad son constantes, y se combinan bien con el frío y la lluvia, el hambre, la enfermedad, los trabajos forzados en las prisiones, los accidentes, los momentos de soledad…, sin embargo, en esa carrera loca de golpes, leyes arbitrarias, y presidios en los que sistemáticamente se pisotean los sentimientos de humanidad, siempre hay escapes, vías de fuga, situaciones amables, risas y sonrisas, gestos de solidaridad, de verdadera simpatía. Los seres humanos caminan instintivamente hacia la libertad al igual que los caballos van al agua o las palomas mensajeras a su palomar. London cree en la bondad intrínseca de la naturaleza humana, por eso su libro es, ante todo, un canto a la vida y también a la esperanza. Cada tanto, escribe Jack London, encuentro apuntes sobre mi vida en periódicos, revista y diccionarios biográficos donde se explica delicadamente que me hice vagabundo para aprender sociología. Es sólo un detalle, y muy considerado por parte de los biógrafos, pero no es exacto. Me hice vagabundo…bueno, porque estaba pletórico de vida, porque corría por mis venas el deseo de salir al mundo y ese deseo no me dejaba reposar. La sociología fue algo meramente incidental; algo que vino después, del mismo modo que uno tiene la piel mojada  después de tirarse al agua. Me eché a “la ruta” porque no podía evitarlo; porque no llevaba en los tejanos el dinero para pagar el billete del tren;  porque estaba hecho de una pasta que no me permitía trabajar toda mi vida “sin cambiar de oficio”; porque…bueno, porque me resultaba más fácil hacerlo que no hacerlo.

 La explotación salarial o la vida

Buscavidas
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El libro de Jim Tully, Beggars of Life, se publicó en los Estados Unidos en 1924 con un subtítulo: A Hobo Autobiography. El subtítulo ha sido ignorado en la traducción realizada por la editorial Jus en Ciudad de México y en su lugar los editores han optado por Recuerdos de un vagabundo. Por otra parte el título original en inglés, Beggars of Life, ha sido traducido al español también con muy poca fortuna, mediante una sola palabra: Buscavidas. Hay que lamentar el error de los editores de excluir del título un referente fundamental, el universo hobo,  y ello tanto más si se tiene en cuenta que la traducción del texto realizada por Andrés Barba es magnífica, y que a la vez la edición está muy cuidada. Y es que un hobo no es un buscavidas, es un trabajador relativamente consciente que no acepta la explotación salarial, ni la rutina del trabajo de fábrica, y que opta en consecuencia por llevar una vida errante.

El libro de Jim Tully se publicó al año siguiente de que viese la luz el libro escrito por el sociólogo de Chicago Nels Anderson, un libro titulado precisamente The Hobo (5). El estudio sociológico de Anderson es fruto de una tesis doctoral en sociología dirigida en la Universidad de Chicago por Robert Ezra Park, el gran inspirador de la antropología urbana. Como es bien sabido Anderson también llevó la vida propia de los hoboes, y en las páginas de su tesis narra su experiencia autobiográfica como trabajador hobo. La posición desde la que escribe Jim Tully no parece estar muy alejada de la de Nels Anderson, y todo parece indicar que leyó su tesis de sociología defendida en Chicago, como indica la referencia explícita a Jane Addams, a pesar de que en las últimas paginas de su libro Tully confiesa que en ningún momento pretendía realizar un estudio sociológico, ni tampoco un estudio movido por el espíritu del reformismo social: no soy más que un escritor cansado, escribe, que ha estado reviviendo sus aventuras de memoria.

Al igual que en el libro de Anderson se percibe en esta obra de Tully una cierta ambivalencia respecto a los hoboes: son presentados como aventureros, amantes de la libertad, cosmopolitas, seres sensibles a los paisajes grandiosos y a la belleza estética, individuos movidos por la curiosidad, fascinados por lo desconocido, solidarios con quienes comparten su misma condición, pero a la vez se ven golpeados por la adicción al alcohol, algunos viven encapsulados en una especie de individualismo radical que los hace egoístas e insociables, sujetos insumisos capaces de robar a otros trabajadores, imprevisores que comparten una especie de contracultura contra todo, contestatarios conspiradores de taberna que gorronean, abominan de la ley y el orden, y se ríen de los valores establecidos, incluidos los valores propios de las democracias representativas. Los hoboes sienten horror por las masas, las convenciones sociales, la propiedad privada, los grandes poderes humanos y divinos, y frente a todo ello enarbolan como principal principio último de su filosofía brutal el vivir al día y a la intemperie su propia mismidad para emular a las estrellas fugaces llevando una vida errante.

En términos generales se puede decir que estos trabajadores libertarios, no aceptan ni Dios ni amo, rechazan echar raíces, lo que los obliga a hacer de su vida un continuo deambular en busca de novedades. Para ellos todo lo sólido se desvanece en el aire. Han decidido vivir al margen de las rutinas cotidianas y, no lo olvidemos, en el trasfondo de esta opción por una vida libre de trabas se encuentran las fábricas tayloristas, empezando por las grandes fábricas de automóviles de Henry Ford. De hecho Tully fue secretario de Chaplin y dedicó su libro a su amigo Rupert Hughes y a Charles Chaplin, poderoso vagabundo.

hoboes
hoboes

En estas memorias autobiográficas ocupan un papel central los trenes, tanto de mercancías como de viajeros, y por consiguiente los viajes realizados  tanto de día como de noche, viajes sin billete, en vagones vacíos o con animales, y muchas veces a la intemperie, apoyados boca abajo sobre el techo de los vagones. Los hoboes peregrinaban en los trenes a lugares remotos, desconocidos, viajaban muchas veces en compañía de otros vagabundos, y se mantenían alerta, en perpetua confrontación con vigilantes y policías que pululaban de forma amenazadora para ellos por las estaciones y en el interior de los propios trenes.

Jim Tully, tras la muerte de su madre, fue ingresado a los siete años, cuando aun era niño,  en un orfanato del que se fugó tras permanecer en él también siete años. Trabajó en algunas granjas y desde muy joven se dedicó a la vida propia de los hoboes. Era conocido en este medio de los trabajadores vagabundos como Cincinati Red y destacó por su conocimiento del boxeo. Como él mismo escribe en su libro, cuando un joven vagabundo tiene imaginación, pierde enseguida los instintos sociales que hacen la vida soportable para el resto de los hombres. Suele oír voces que lo llaman en mitad de la noche desde lugares lejanos en los que las aguas azules acarician extrañas orillas. Oye a pájaros y a grillos cantar atrayentes tonadas. Ve a la luna, ese fantasma amarillo de un planeta muerto, acechando a la tierra.

Ante la necesidad de moverse rápidamente por un camino brutal, su conciencia moral se le hace pesada y se ve obligado a abandonarla. La civilización nunca llega a recuperarlo del todo, una cuestión que –por supuesto- tampoco es tan dramática como podría parecer.

Hobo
Hobo

Esa desconexión con lo establecido permite hacer del mundo hobo un mundo paralelo, un espacio de resistencia y oposición al orden establecido, lo que implica una moral propia, un lenguaje propio, gustos específicos, en suma la formación tendencial de una contracultura. Frente a la esclavitud del trabajo asalariado la libertad brilla alumbrada por una sensibilidad estética, literaria. Ninguno de aquellos hombres tristes, miserables y destrozados bajo el peso de la rueda del trabajo, escribe, ninguna de aquellas mujeres con los nervios de punta, exhausta hasta el punto de no poder siquiera mirar las estrellas, vivirían en el país de ensueño al que me dirigía yo. Y también: La sirena de la fábrica con la que nos llamaban a diario al trabajo solía ponerme la piel de gallina como el chirrido de una lima sobre el cristal.

Frente a una vida embotada por los ritmos agotadores del trabajo la vida errante presentaba otros alicientes. A pesar de las malas jugadas del destino  amaba la belleza y la veía por todas partes. La belleza no se encontraba tan solo en los paisajes, los amaneceres luminosos y las puestas de sol, sino también en el petirrojo posado en una valla de alambre con pinchos, en las nubes de humo y vapor que envolvían la marcha de los trenes, en los cálidos vientos que despertaban los anhelos de aventura. El silbido de una locomotora tiene un encanto tan grande como inexplicable, como la luz que lleva a las polillas a la destrucción. La estética hobo es una estética futurista, que rinde culto a la velocidad, una estética, alejada de los manifiestos académicos, que galopa al ritmo marcado por el ferrocarril. Los hoboes recorrían la América profunda como don Quijote atravesaba con Rocinante y Sancho los desolados campos de La Mancha. Hay en su modo de vida un canto a la gran diversidad humana, un canto a la vida y a la solidaridad universal. Como señalaba Jim a un negro con el que se encontró en el camino Dios nos creó a todos iguales y sabía lo que hacía, por mucho que no distinguiera bien los colores. En ocasiones también los hoboes se sentían mordidos por la duda sobre el acierto de su elección: De cuando en cuando maldecía el espíritu viajero que me había llevado hasta allí, pero en el fondo me sentía agradecido por tener una libertad que habría sido imposible en una fábrica, por ejemplo, o en cualquier otro de los trabajos que el destino deparaba a los que eran como yo.

A la estética hobo se añadía la solidaridad hobo. En los trenes, en las junglas, es decir, en los campamentos de los hobos, en los bares de mala muerte, en las pensiones de la hoboemia de Chicago y de otras grandes ciudades, los hoboes disfrutaban con los contadores de historias, reían, compartían la comida y la bebida, socializaban los periódicos, hacían circular las informaciones útiles sobre los trenes, los trabajos temporales, la seguridad, y en ocasiones también sufrían en común los latigazos de la represión, los calabozos y las sentencias arbitrarias de los jueces. La solidaridad daba sal a unas vidas difíciles, llenas de riesgos. Para mi siempre fue mejor vagar por ahí sin dinero, comida ni refugio antes que rendirme a la convención o al destino, La errancia me hizo un regalo de incalculable valor: tiempo para leer y para soñar.

hoboesJim Tully fue un hobo que se convirtió en un famoso escritor, pero Nels Anderson subrayó también la línea de sombra que margina a estos trabajadores inmersos en una vida desregulada, mostró cómo esas vidas frágiles, expuestas a persecuciones, controles policiales y enfermedades, se ven golpeadas por el alcoholismo, los accidentes, la soledad y la muerte social, al margen de las protecciones que las luchas de los trabajadores de fábrica fueron conquistando para los asalariados.  Tully se ríe en su libro de la política y de los políticos que, a base de obedecer órdenes, habían llegado muy lejos en la vida política de la ciudad, pero parece olvidar que la lógica capitalista se puede perpetuar tolerando márgenes de libertad y vidas alternativas como las de los hoboes que creen no obedecer más órdenes que las que se dan a si mismos. El sistema económico y político capitalista puede verse erosionado por golpes de imaginación  y frases ingeniosas formuladas desde los márgenes, pero hoy sabemos que esta oposición, además de haber promovido masivas marchas sobre Washington, no logró conmover sus cimientos, ni evitar su desarrollo. Quedan sin embargo recogidos en este libro aciertos literarios, actos de sensibilidad, frases ingeniosas que son fruto del sentido del humor y de espíritus libres. Recordemos para terminar algunas de ellas, pues, tras estos chispazos de un escritor hobo, en ocasiones no exentos de cinismo, late en realidad el anhelo de todo un colectivo de trabajadores por una sociedad alternativa, una sociedad más libre y fraternal:

– El guardia de la estación sería capaz de encerrar a su propia madre si la viera vagabundeando por el depósito. Es un asqueroso irlandés con un acento más cerrado que la bóveda de un banco. Por suerte casi nunca viene temprano.

– Una vez vi a un mendigo muerto al que le había caído un rayo. Estaba más negro que el bombín de un judío.

– El juez nos prestó la misma atención que le habría dedicado a unas hormiguitas en el bosque.

– Red y Pata de Palo se sirvieron generosamente del barril y se pusieron a beber como si fuesen un par de obreros refrescándose con el agua de un pozo.

– La miseria lleva a la miseria por la sencilla razón de que no puede llevar a ninguna otra parte…Que sirva de consuelo es francamente improbable.

 La América desesperada y combativa

Boxcar Bertha
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No sabemos si la protagonista de esta autobiografía, Bertha Thompson, existió realmente en carne y hueso o es más bien un personaje imaginario creado a partir de la trayectoria militante de Ben Reitman. En todo caso su vida es tan real como la vida misma. Se podría decir que Bertha Thompson es un tipo ideal en el sentido weberiano del término. Su existencia tiene un fundamento en la realidad, la realidad de la vida social. Bertha vive, se desarrolla y muere en representación de toda una saga de mujeres que recorrieron la historia del trabajo. Sus vidas se despliegan de modo semejante a esas corrientes subterráneas que se deslizan invisibles, pegadas al fondo del mar. El corazón de Bertha palpita y actúa por tanto a lo largo de la historia social de las mujeres hobo en los Estados Unidos durante las tres primeras décadas del siglo XX.

El autor del libro, Ben Reitman, fue un prestigioso médico anarquista conocido como el doctor de los hoboes. Hijo de emigrantes rusos, de origen judío, creció en Chicago en la pobreza, y siendo casi un niño se hizo hobo. Regresó a Chicago en donde trabajó como chico de laboratorio antes de iniciar sus estudios de medicina y graduarse como médico. En 1908 conoció a la activista Emma Goldman, la reina de la anarquía, de la que evidentemente se enamoró, y con la que convivió durante nueve años. Juntos viajaron participando en mítines y conferencias a favor del control de la natalidad, la libertad de expresión, los derechos de los trabajadores, y, en especial, el derecho al trabajo, así como la difusión del pensamiento libertario. En 1917 el gobierno norteamericano lanzó una guerra abierta contra los wobblies, los trabajadores afiliados al sindicato anarquista Industrial Workers of the World, y en esa ofensiva represiva el periódico de Emma Goldmann Madre Tierra, (Mother Earth) fue cerrado por orden gubernativa. Tanto Emma Goldmann como Ben Reitman fueron activos defensores del amor libre (6).

En este libro Ben Reitman no solo nos cuenta la historia de Bertha a partir de las mujeres que conoció y trató durante su vida, sino que también habla en su nombre, de modo que Boxcar Bertha engloba también sus propias experiencias personales y sus encuentros con varones y mujeres de la ruta.

Cómo muchas otras niñas de su misma clase y condición la historia de vida de Bertha comienza así: No recuerdo que nadie me contase nunca un cuento de hadas cuando era niña, pero si historias de las cuadrillas de mantenimiento de los braceros, de cómo éstos se afanaban en los trigales de Minnesota y se colaban en los trenes para llegar a su lugar de trabajo. Y también relatos impresionantes sobre palizas en Alaska, detenciones en San Francisco o reyertas entre borrachos en antros de mala muerte en Nueva Orleans, que todavía recuerdo y que aún hoy me hacen estremecer.

Mi primera casa de muñecas, señala Bertha en las primeras páginas del libro, fue un vagón de mercancías. La vida de Boxcar Bertha nos habla del trabajo y del paro, de la represión de las trabajadoras y los trabajadores en un régimen capitalista, nos habla de la miseria sexual y la prostitución, de la ley y el orden cuando acechaba la gran depresión que siguió al crack del 29; nos habla también de los actos de violencia contra las mujeres y de las resistencias. Cuando la retícula del poder se hace más densa e incisiva una posible alternativa era salir corriendo. Las mujeres hobo como Bertha trataron de sortear los cepos, las porras de la policía y los poderes de hierro que golpeaban sin piedad a los pobres, aunque para ello tuviesen que subirse en marcha a lomos de una locomotora.

Es importante distinguir a los trabajadores hoboes, de los vagabundos, y de los tirados. Los hoboes, en palabras de Bertha, son hombres y mujeres sin vínculos familiares que viajan en busca de trabajo; los vagabundos son gente también sin vínculos familiares, y sin un centavo, que, como yo misma, erran por el mundo en busca de emociones y aventuras; los tirados constituyen, en fin, el último y más reducido grupo, pero también el más problemático: son los adictos a las drogas y al alcohol que han perdido todo sentido de la respetabilidad. (…) Un tirado, decía, no es un trotamundos que bebe ocasionalmente. Un tirado bebe todo el tiempo y no se preocupa ni por el trabajo ni por la sociedad. Por fortuna esta clase es muy poco numerosa, y en particular entre las mujeres. Todos ellos, al igual que los trabajadores con domicilio fijo, viven inmersos en una sociedad competitiva que convierte a la fuerza de trabajo en una mera mercancía de usar y tirar, pero no todos ellos son igualmente conscientes del peso de las fuerzas sociales que dirigen sus vidas. Se podría decir que el itinerario que sigue Bertha en esta obra es una especie de camino de perfección secularizado, una ruta que arranca desde los planteamientos individualistas y egoístas hasta llegar finalmente a una conciencia clara de los horrores del sistema capitalista y a la búsqueda de un sistema alternativo auto-gestionado para el que es preciso que los trabajadores asuman una ética social caracterizada por la solidaridad.

HoboBertha perteneció a la variopinta tribu de los hobo durante quince años. En los años veinte el 86% de los que andaban por los caminos eran varones blancos y nacidos en los Estados Unidos. Solo el 8% eran personas de color. La proporción de mujeres era entonces muy pequeña. En aquella época, muchos de los hoboes que te encontrabas en el camino eran así: disfrutaban saltando de trabajo en trabajo a lo largo y ancho del país, ganado pasta y gastándosela rápidamente. Pero tenían por principio no pagar por el transporte. Cuando se produjo la Gran Depresión las cosas cambiaron. El 24 de noviembre de 1934 tuvo lugar en Chicago la marcha contra el hambre. Bertha participó en ella para emprender viaje después. El autoestop en la carretera había sustituido a los trenes de mercancías. Una estadística oficial señalaba que el número de emigrantes distribuidos por campamentos rondaba los cuatrocientos mil trabajadores. El 2% -es decir, alrededor de 8.000 personas- eran mujeres que vagabundeaban a lo largo y ancho del país, vivían como podían en el camino y se servían de los campamentos gubernamentales según su propia conveniencia. La propia Bertha Thompson participó de este éxodo: Me dirigí hacia el este haciendo autoestop, deteniéndome a propósito en los albergues. Descubrí que un inmenso ejército de mujeres se había echado a la carretera. Eran mujeres jóvenes en su mayoría, alegres, seductoras, seguras de poder arreglárselas gracias a su sexo y demasiado inconformistas para echar raíces en ningún sitio. Sus historias eran prácticamente idénticas: sin trabajo, una familia entera viviendo de la asistencia social, sin perspectivas de matrimonio, la necesidad de diversión, la necesidad de libertad sexual y de vivir a sus anchas, y un gran deseo de enterarse de lo que estaban haciendo otras mujeres. Daban por supuesto que encontrarían albergue. Mentían cuando tenían que hacerlo. Se inventaban unos antecedentes a la medida de sus propósitos. Por esta misma época también Bertha había cambiado: la cuestión social, la centralidad del trabajo, el derecho a una vida digna, era entonces de nuevo con la crisis la nueva cuestión palpitante. La conciencia social, el compromiso social para el cambio social situaban en un segundo plano el placer de la aventura y el disfrute ante la belleza del mundo.

HoboA lo largo de esta historia de vida salimos con Bertha a los caminos, nos colamos en los trenes de pasajeros y de mercancías, escuchamos historias fascinantes en compañía de otros hoboes, pero también sentimos el acoso de los vigilantes de los trenes, los porrazos de los policías, las detenciones y juicios rápidos, el encierro en las celdas, la degradación en los albergues de caridad, convivimos  con pandillas de ladrones y asesinos, sentimos el acoso de bebedores de whisky permanentemente irritados, los fracasos amorosos, el peso de las fichas policiales, nos adentramos en los prostíbulos y casa de citas, en hoteles mugrientos, presenciamos las entrevistas en los centros de trabajo social, exploramos, en fin, mundos sociales desconocidos en donde abunda la miseria y la degradación, pero también la ayuda mutua, la amistad, el amor, las formas solidarias de resistencia.

Ben Reitman nos habla de la colonia cooperativa de Little Rock,  de Home Colony, la comunidad anarquista de Seattle, nos habla de escuelas modernas, al estilo de las creadas por Ferrer Guardia, nos habla de reuniones, actos, conferencias, manifestaciones, marchas de protesta y toda una serie de actividades de resistencia destinadas a hacer posible otro mundo alternativo a la lógica egoísta del capital. En el interior de esta geografía de la fraternidad y la conciencia social destaca la Universidad hobo de Chicago. Prácticamente en todas las grandes ciudades que he visitado, a excepción de las del sur, me he encontrado con universidades hobo, comités de desempleados y foros radicales destinados en especial a los hoboes y a los parados. No era nada nuevo para mi. Pero la mas interesante de todas era la de Chicago, situada en la antigua sede de un banco entre las calles Washington y Desplaines. (…) Había un buen puñado de escritores que frecuentaban la universidad. Jim Tully vino a dar un discurso cargado de arrogancia. Era bajo, feroz y pelirrojo, y tenía una actitud de lo más dramática. Trajo consigo a Daniel Hennessy, un periodista que había escrito unos cuantos buenos libros sobre los hoboes para la colección de libros de bolsillo de Julius Hadelman. El profesor Nels Anderson, autor de “The Hobo”, y de varios otros textos de sociología, también estuvo dándonos una charla. Tenía una mirada intensa, dura y decidida, y una forma un tanto peculiar de contar una anécdota graciosa, pero lo que mejor recuerdo de él es una cierta dulzura y tolerancia que asomaban a sus labios y a su voz cuando hablaba de las condiciones en la carretera y de las cosas que, tanto él como nosotros, habíamos hecho y estábamos haciendo por entonces. También el profesor Edwin Sutherland, autor de un espléndido libro sobre la delincuencia, dio una estupenda conferencia. Además  de aquellos hombres, también tuvimos ocasión de escuchar a algunos de los más destacados profesores y sociólogos de los Estados Unidos. Los hoboes también sabía buscarse aliados, y entre ellos se encontraban los sociólogos críticos agrupados en torno a Robert E. Park en el Departamento de Sociología de la Universidad de Chicago. También se encontraban Jane Addams y las mujeres de Hull House. La explotación y la pobreza no son un destino inexorable. Es posible luchar contra la miseria generada por las relaciones sociales capitalistas, es posible amortiguar sus efectos, en fin, la América desesperada y combativa tenía ante si la posibilidad de unirse y trabajar para dar paso a una sociedad de iguales.

Reflexiones finales

Hobo En el último tercio del siglo XX el sistema fordista, que fue más allá del taylorismo, y el toyotismo, que superó al fordismo, se vieron desplazados por el empuje de la informatización, por la llamada revolución neotecnológica que a su vez ha dado alas a la llamada globalización neoliberal. Las nuevas tecnologías globalizadas han revolucionado el sistema productivo y el mercado de trabajo y, en términos generales, han desestabilizado el mercado laboral que el Estado social había conseguido estabilizar mediante protecciones sociales a los productores, de modo que el paro, y el trabajo precario han ido minando al colectivo de trabajadores estables. El empleo a jornada completa e indefinido sigue siendo un sueño para millones de trabajadores de todo el mundo.

En agosto del 2017 hay en España 3.382.324 parados, de ellos 1.431.435 son varones, y 1.950.889 mujeres, según los datos oficiales. En la Unión Europea España destaca por la alta temporalidad en el empleo, pues el 26% de los asalariados tienen contratos temporales. Según Eurostat de ese 26% de trabajadores golpeados por la temporalidad el 91,4% se encontraba en 2016, contra su voluntad, con un contrato eventual. España, encabeza, tras Chipre, el empleo temporal no deseado.  A la sucesión del tiempo de trabajo y tiempo de paro se añaden los continuos cambios en las ocupaciones temporales. En 2016 la duración media de los contratos temporales fue de 50,6 días, casi 30 días menos que la media de 2006. La analogía con los trabajadores hobo y con la diversidad de sus trabajos temporales salta a la vista, pero en la actualidad esa inestabilidad del mercado laboral marcada por lo inesperado se ha convertido en una especie de designio inexorable que los propios trabajadores casi nunca eligen. El empleo inestable significa no sólo que se pasa con facilidad del trabajo al paro, sino también, como los hoboes, de una ocupación temporal a otra, transiciones que a los trabajadores les vienen impuestas. De hecho uno de cada cuatro de los contratos firmados en julio del 2017 en España duró menos de una semana. Vivimos en un país en el que el 20% de la población activa tiene unos ingresos por debajo del salario de subsistencia, y en el que el 18% de esa población se ve golpeada por el desempleo (7).

La corrosión del carácter
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Robert Castel en un libro modélico de sociología histórica titulado Las metamorfosis de la cuestión social realizó un buen diagnóstico del proceso de desregulación del sistema productivo que se ha venido produciendo en el último tercio del siglo XX. Por su parte Richard Sennett en otro libro ya clásico, La corrosión del carácter, ha señalado que la segmentación del trabajo asalariado y la precarización laboral, generados por la marejada neoliberal, la pagan los trabajadores con vidas segmentadas, con la perdida o la imposibilidad de un proyecto profesional y vital sostenido. La desestabilización de los trabajadores estables, en un mundo en el que se erosionan las protecciones sociales y se produce una rabiosa individualización, obligan en buena parte a los trabajadores inestables a metamorfosear sus agobios y angustias económicas por malestares íntimos, por malestares psicológicos, que los condenan a la búsqueda obsesiva por recomponer su identidad social y profesional desestabilizada y deteriorada (8).

Si no queremos que nuestra sociedad se convierta en una especie de un tonel de Danaidas, al que van a parar sin cesar parados y trabajadores precarios, sería importante que los trabajos estables y las protecciones sociales neutralicen la corrosión del carácter de los trabajadores. La cooperación, la cogestión en el trabajo, el reparto del trabajo, deberían sustituir a la desregulación salvaje, al despido libre, a la conversión de la fuerza de trabajo en una mercancía mas. En este sentido se escuchan cada vez más voces autorizadas que abogan por un resurgir de la Europa social, por una mayor participación de los trabajadores en la gestión de las empresas. de modo que la cooperación humanice el sistema productivo (9). Y es que, a pesar de los cambios que se han venido produciendo en la historia del trabajo de nuestras sociedades, desde el movimiento hobo hasta la actualidad, a pesar de que el modelo social europeo desarrolló formas inéditas de protección de los trabajadores que hoy se ven desestabilizadas y erosionadas, el sueño de los trabajadores del mundo es un sueño anticapitalista que no ha variado demasiado desde que se inició en el siglo XVIII la revolución industrial: expulsar la codicia de nuestro sistema laboral.

NOTAS

  1. Como es bien sabido el promotor del taylorismo, el economista e ingeniero norteamericano Frederick Winslow Taylor, publicó en 1911 su obra más conocida e influyente: Principles of Scientific Management.
  2. Jack LONDON, En ruta, seguido de Escritos políticos, Marbot Ediciones, Barcelona, 2009 (Traducción: Ramón Vilà y Socorro Giménez). Título y edición original en inglés: The Road, 1907. Ver también Jim TULLY, Buscavidas. Recuerdos de un vagabundo, Ed. Jus, México, 2017, 210 págs. (Traducción: Andrés BARBA). Título y edición original en inglés: Beggars of Life, 1924. Así como Ben REITMAN, Boxcar Bertha. Autobiografía de una hermana de la carretera, Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2014. Prólogo, epílogo y notas de Laurent Jeanpierre. (Traducción: Diego Luis Sanromán). Título y edición original en inglés: Sister of the Road. The Autobiography of Box-Car Bertha as Told to Dr. Ben L. Reitman, New York: Harper & Row Publishers, 1937.
  3. Jack BLACK, Nadie gana, Ediciones Escalera, Madrid, 2009. Prólogo de William S. Burroughs, así como Michael GOLD, Judíos sin dinero. (Una historia del Lower East Side), Dirección única, Barcelona, 2015.
  4. Upton SINCLAIR, La jungla, Capitán Swing, Madrid, 2012. (Presentado por Cesar de Vicente. Traducido por Antonio Samons. Revisado por Jorge Cano) Véase también el comentario de Jack LONDON, En ruta, seguido de Escritos políticos, op. c. pp. 295-306.
  5. He manejado la traducción francesa del libro. Cf. Nels ANDERSON, Le hobo. Sociologie du sans-abri, Nathan, Paris, 1993. Hemos realizado un pequeño comentario a esta obra en Fernando ALVAREZ-URIA y Julia VARELA, Sociología de las instituciones. Bases sociales y culturales de la conducta, Morata, Madrid, 2009, pp.163-168.
  6. Emma Goldman cuenta en sus memorias que conoció al Dr. Ben Reitman, rodeado de vagabundos durante el invierno de 1907-1908 cuando, como consecuencia de la depresión financiera, miles de trabajadores vivían en las grandes ciudades norteamericanas en la pobreza y la miseria. Cf. Emma GOLDMAN, Viviendo mi vida, Fundación de estudios libertarios Anselmo Lorenzo, Madrid, 1996, T. I, pp. 453 y ss.
  7. Joaquín ESTEFANIA, “Invierno del desconcierto: La mayor parte de los asalariados no gana ni un euro más al mes que hace un lustro”, El País, 4 de septiembre del 2017, p. 42. Véase también Manuel V. GÓMEZ, “Menos de uno de cada 10 empleados temporales se convierte en fijo”, El País, domingo 1 de octubre del 2017, p. 62.
  8. Robert CASTEL, Las metamorfosis de la cuestión social. Una crónica del salariado, Paidós, Buenos Aires, 1997. Véase también Robert CASTEL, La montée des incertitudes. Travail, protections, statut de l’individu, Ed. du Seuil, Paris, 2009. (Hay traducción española en Fondo de Cultura Económica). Hemos tratado de elaborar una introducción a la sociología crítica de Robert Castel en Julia VARELA y Fernando ALVAREZ-URÍA (Eds.), Conversaciones con Robert Castel, Ed. Morata, Madrid 2019. Cf. también Richard SENNETT, La corrosión del carácter: las consecuencias personales en el nuevo capitalismo, Anagrama, Barcelona, 2000. Un análisis crítico del auge actual de la psicologización y la psiquiatrización de los malestares íntimos ha sido desarrollado con agudeza por Guillermo Rendueles. Véase por ejemplo Guillermo RENDUELES, Las falsas promesas psiquiátricas, La linterna sorda, Madrid, 2017.
  9. Véase en este sentido el manifiesto firmado por 91 dirigentes de empresas, sindicalistas, y personalidades políticas internacionales que defienden una mayor presencia de los asalariados en el gobierno de las empresas: COLLECTIF, “La codéterminación serait indispensable à une véritable réforme du travail”, Le Monde, (Idées) 6 Octobre 2017, p .7.

Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría es Doctor en Sociología por la Universidad de París VIII, y Catedrático de Sociología en el Departamento de Sociología IV de la Universidad Complutense de Madrid.

Fue socio fundador y miembro del consejo de redacción de la Revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, en donde coordinó diversos números monográficos.

Ha sido Profesor Visitante en el Goldsmiths´ College de la Universidad de Londres, y en la Maison des Sciences de l’Homme (MSH) de París. Ha impartido cursos y conferencias en numerosas universidades españolas y extranjeras.

Sus principales investigaciones están centradas en la sociología histórica, la teoría sociológica, la sociología del conocimiento, y la sociología de las instituciones de resocialización.

Es autor de numerosos libros y artículos, así como de traducciones y ediciones de libros. Entre sus publicaciones destaca Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX(1983), así como algunos libros publicados en colaboración con Julia Varela, tales como Las redes de la psicología (1994), Sujetos frágiles (1989), Arqueología de la escuela (1991), Genealogía y sociología. Materiales para repensar la Modernidad (1997) y más recientemente Materiales de sociología del arte (2008).

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