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Historietas de la oposición

Algo se remueve en el Partido Popular.

Va siendo más que evidente que las juventudes “peperianas” están trayendo novísimos aires viciados a la composición de estos nuevos tiempos.

Javier Maroto (aunque algunos apuntaron a Casado como autor de la frase) ya entonó un desgarrado canto a la nostalgia con su “los golpes de Estado, desgraciadamente, hoy en día, no se dan con tanques”. ¡Desgraciadamente! Pobre Maroto. Con lo sencillo que era que vehículos militares tomasen las calles, y las detenciones masivas, y la indignidad y el crimen, y el que enmudezca la libertad.

Pero no está solo en su puesta al día de ciertas reivindicaciones.

Ester Muñoz, senadora del PP, harta de revisionismos históricos irrelevantes (a ella, tan joven, tan audaz, “Franco ni le va, ni le viene”, porque es bien sabido que el caudillo nada tiene que ver con España, solo nos visitaba de vez en cuando para inaugurar pantanos), se alzó como la voz esas injusticias que mantienen en vilo a todos los españoles, y en plena sesión del senado, no titubeó a la hora de poner el dedo en la llaga e invitar a otros  senadores a exigir “el perdón y la reparación al gobierno italiano por la invasión de los romanos en lo que es España”, y que se “exija al gobierno francés por la invasión en 1812 de las tropas napoleónicas”, y claro, plantarse en Irán y en Marruecos para exigir (el verbo exigir era como un chicle en su boca, no paraba de masticarlo) “la reparación a todas las personas durante los siglos que estuvieron aquí ocupando nuestro país”. Las cosas claras, claro que sí, muy bien hecho, aunque personalmente creo que faltó mencionar a fenicios, cartaginenses, o los estragos del neolítico, o criticar ciertos comportamientos éticos del homo antecessor, como encender fuego en lugares donde podrían generarse peligrosos incendios o practicar la endogamia sin pertenecer a nobleza alguna.

Y Casado reclamando Gibraltar, el habitual brindis cara al sol.

La derecha en este país (la ultra y las plus ultra) empieza a hacer ostentaciones que toman una deriva muy inquietante. Y se jactan de esa impunidad que les arropa tanto en política como en ciertas causas judiciales.

Ellos controlan la historia. Fuera los historiadores.

Ellos controlan la verdad. Fuera los periodistas.

Ellos controlan la religión. Que las vírgenes de las iglesias sean arropadas por banderas falangistas.

E incluso controlan la justicia. Fuera jueces que sean independientes.

Hasta se pueden permitir el lujo de airear estos trapos nauseabundos en las redes sociales, como hizo Ignacio Cosidó, repartiendo a diestro y siniestro el mensaje de que son ellos los que controlan la justicia, y presumir entre amigotes (tras su comparecencia en el senado para explicar ese insulto a la ciudadanía, salió como un héroe aupado por sus compañeros de partidos, ovación incluida, que lo mismo se termina convirtiendo en un aplauso de despedida cuando tenga que dimitir) de cómo se está pateando la imparcialidad del CGPJ. Y es desolador que precisamente no sea la justicia la que, tanto aprieta la libertad de expresión de artistas o “tuiteros”, no sea capaz de, cuanto menos, pedirle a este señor (cuyo sueldo corre a nuestra de su bolsillo) una rectificación inmediata, antes de proceder judicialmente contra él por minar la poca confianza que pueda quedarnos en el estado de derecho.

Aunque tanto afán por redefinir o reinventar puede causar indigestiones. Con las elecciones andaluzas ya tan próximas (es un decir, estamos dos años por detrás del resto de España) los desbarres histriónicos e históricos de este Partido Popular renovado le pueden pasar costosas facturas. De momento, han despejado la campaña electoral de Susana Díaz, quien, cual asegura el viejo dicho, ahora sólo tiene que sentarse a esperar para ver cómo el cadáver de su enemigo se hunde en las urnas, apelando tan solo al desprecio que los populares muestran un día sí, y al otro también, por la autonomía que aspirar a gobernar. Tal vez, tal y como aseguran con insistencia, esta sea una comunidad llena de ignorantes, pero no tanto como para haber permitido en la historia de la democracia que la derecha fuese la designada para gestionar nuestro destino como sociedad.

Las rémoras del tiburón, Ciudadanos y Vox, disfrutan del festín que va dejando a su paso la indiscriminada voracidad del depredador. Se van llevando votos mientras el gran partido de la derecha sigue enviciado en su propia espiral de indiferencias.

Porque mientras no se hable de elecciones anticipadas, ellos seguirán esparciendo estiércol por todas partes.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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