Las nueve musas
concurso relato breve

Me crucé con Genucho cuando bajaba la cuesta en dirección al muelle. Venía el hombre con la expresión descompuesta, algo raro en él, pues ya había visto en su vida más sucesos extraños de los que le restaban por vivir, si es que aún esperaba contemplar alguno. Se paró al verme, para tomar aire y seguir ascendiendo la cuesta, pero sobre todo para aligerar con alguien una congoja que le oprimía las entrañas. Se encaminaba a la Iglesia en busca del cura. No andaba más deprisa porque a su edad las piernas no le respondían. El asunto tenía urgencia extrema, “es necesario salvar un alma” me dijo. Iba a preguntarle qué había ocurrido, pero antes de poder hacerlo se despidió de mí y reemprendió el camino hacia la casa del cura, situada al final de la calle, unos metros más allá de la pequeña iglesia en la que, a esa hora de la tarde, empezaban a arremolinarse las viudas, vestidas de un negro abismal, para la misa de las ocho.

— Con un poco de suerte lo cojo en la puerta antes de que entre en la sacristía— dijo, sin poder evitar un rictus de angustia que en ese momento le desfiguraba la expresión, habitualmente serena, de su rostro.

Yo continué bajando el camino del muelle, algo intrigado aunque sin alarmarme. En un pueblo tan pequeño, a veces los asuntos más nimios se salen de madre con facilidad y la gente inventa cuentos e historias en las tascas sin el menor crédito. Ni Dios se cree eso se suele decir por aquí. En alguna ocasión anterior había tirado del hilo y en el anzuelo hallé más sapo que bonito. Y mucha maledicencia contra nosotros mismos. Y no es que a los paisanos les guste exagerar —aunque fanfarrones siempre hay—, sino más bien creo que lo hacen por aburrimiento, por entretener el tedio y entreverar la rutina de una pizca de imaginación que la haga más llevadera. Hasta ahora siempre había pensado que no eran necesarias esas fantasías, que la vida cotidiana ya es a menudo extraordinaria, aunque a veces se incline a la tragedia.

Al doblar la esquina vi a un grupo de personas arremolinadas frente al Garampín, uno de los bares cercanos al muelle, abierto justo al lado de la Cofradía de Pescadores. En el suelo, rodeado de un círculo de curiosos, un hombre sujetaba en su brazo la cabeza pálida de una vieja mujer. La anciana tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad, casi con ansia. Su rostro, ajado y envejecido por los años, parecía impasible y frío. La vi hacer un leve intento de separar los labios, pero fue apenas un temblor inútil, incapaz de  separarlos. El hombre que la sostenía se los humedeció con un poco de agua que alguien acercó en un vaso, pero el paliativo no tuvo efecto. En el círculo de hombres que la rodeábamos las palabras se sucedían en una letanía mil veces repetida.

— Es que no se sabe nunca cuando te llegará la vez— dijo uno que miraba a la desvanecida con cierta solidaridad empática.

— Han ido a avisar a la hija; trabaja en la fábrica de conservas— dijo otro, casi justificando su presencia inútil.

— No somos nadie— susurró un tercero.

— Yo la conozco. Y a su hija, Julia. Las dos se llaman Julia.

Vi como algunas cabezas asintieron, mientras el incesante rumor y los comentarios espesaban la guardia.

— ¿Viene o no viene esa ambulancia?— gritó de repente el hombre que sujetaba en su brazo la cabeza de la mujer.

Nadie contestó. Todos sabemos que no hay ambulancia. Sigue sin haberla ahora.

— Han ido a avisar al cura — dijo el testigo que pretendía ser útil, rompiendo el silencio que el grito del samaritano, sin pretenderlo, había impuesto.

— Ayúdenme. Hay que llevarla dentro.

La hija llegó corriendo de la fábrica de conservas  aún con el delantal puesto, manchado de aceite y restos de pescado. Los hombres se apartaron un poco para que pudiera acercarse a la mesa donde la habían tumbado. La joven le agarró la mano y empezó a susurrarle al oído “nay”, “nay”. La mujer abrió los ojos, grises como nubes de invierno. Intentó separar los labios para hablar, pero no pudo. Parecía faltarle el aire. Alguien acercó el vaso de agua a la joven y la anciana logró beber un poco, lentamente, como si bebiera en paz los últimos instantes que la vida le concedía.

 — Julia, hija. Nunca quise decirte la verdad. No quise hacerte daño.

— Calla, mamá, pronto llegará la ambulancia.

— No, Julia, no quise hacerte daño. Por eso te dije que tu padre murió ahogado. Pero no es verdad.

La joven miró al hombre que estuvo ayudando a la moribunda. Éste pareció entender el instante y la súplica azulada de sus ojos y de inmediato pidió que se apartaran todos hacia atrás, que dejaran a ambas mujeres solas.

La anciana se llevó una mano al bolsillo del mandil que vestía y extrajo una fotografía en blanco y negro, el retrato de dos jóvenes sonrientes, un hombre y una mujer de apenas veinte años.

— No espero que le perdones… Ni a mi.

La mujer calló y dejó de respirar. La hija le sacudió los hombros suavemente mientras la llamaba de nuevo, “nay”, “nay”,  y un aliento seco y gris, como de ceniza, salió de su garganta y le hizo apartar el rostro. Detrás de ella oyó a un hombre que decía,  mientras entraba por la puerta de la taberna, “ya estoy aquí, ya estoy aquí”, pero ella no llegó a verlo.

II

La enterraron en el cementerio viejo, sobre el acantilado, un alto muro de piedra eternamente enfrentado a la furia indómita del mar. Cada 16 de julio llega hasta su frente de piedra la procesión de la Virgen del Carmen. Las pocas traíñas de madera que ya quedan y las otras, metálicas y pesadas, más modernas, paran los motores y arrojan coronas en el agua. Los colores flotan en la superficie oscura y azul como señales rojas, blancas, amarillas. Flores que recuerdan a los hombres que se llevó la mar. Julia siempre iba ese día a la procesión, se sentía obligada por la ausencia de su padre. Siempre creyó que era uno de aquellos desaparecidos que las mareas rara vez devuelven en esta geografía indómita y respetable de montañas medio sumergidas.

Ahora, mientras introducían el féretro en el nicho y tapaban el hueco con cemento, desviaba la mirada hacia las flores ofrendadas a otras tumbas, y las veía, sin querer, flotar en el agua azul del verano. “Ahí abajo está él”, pensaba cuando era niña, pensaba cuando creció, pensaba convertida en mujer, “Ahí abajo está él”.

Alguien la sujetó del hombro y le dijo que todo había terminado. Sintió que la empujaban poco a poco hacia la salida del camposanto. Entre el silencio rítmico de los pasos, se oían retumbar las olas al castigar la pared de granito acantilado. Aquella furia oscurecía siempre las palabras, ensombrecía las bocas y callaba a los conocidos que la ayudaban a encontrar el camino de regreso.

Después, quedó sola en la casa.

III

Alguien había escrito un nombre en el reverso de la fotografía. Leyó con familiaridad  la letra de su madre. Ese era el nombre de su auténtico padre, su padre biológico. Julia comprendió que su padre estaba vivo y, a pesar de ello, se había negado a ser su padre todos los días de su vida. Lo conocía desde que era niña, desde que tenía conciencia y recuerdos. Y estaba vivo, siempre lo había estado, se repitió a sí misma como se repiten en la conciencia los hechos inverosímiles o los sucesos que nadie creería. Con ese hombre se cruzaba cada mañana camino a la fábrica, ese mismo hombre le decía buenos días con un gesto amable y familiar, ese hombre se paraba algunos días a preguntarle por la salud de su madre o por cualquier otra minucia cotidiana, ya fueran las goteras esporádicas de la sala de estar o la bondad de la última marea. Y quería a aquel hombre desde hacía años, desde que era pequeña, aunque nunca supiera, hasta ahora, que aquella persona había contribuido a engendrarla en el vientre de su madre. Y supo por qué al llegar la Navidad les traía siempre una botella de vino dulce y una cajita de frutas escarchadas. Y supo por qué nunca faltó su regalo el día de Reyes.

¿Cómo enfrentarse ahora a la certeza de conocer que era su padre, a la certeza inexplicable de su silencio? Si hubiera sabido que era él, se decía. Todos estos años preguntando al vacío cómo podría ser, imaginándolo con las palabras de su madre y el cariño que nunca pudo demostrarle. Aunque su madre sabía que estaba allí, en el pueblo, a dos calles de su casa, le decía en realidad que estaba embarcado, faenando en Gran Sol o trabajando en la costera del bonito. Ella, apenas una niña, asentía y esperaba. Algún día lo vería desembarcar en el puerto, algún día sería su regreso. Luego, al crecer, al aprender a pensar, las preguntas se quedaban flotando en el aire, sin respuesta. ¿Por qué nunca estaba en tierra? Y su madre le contestaba que habían ido a vender a otro puerto y que enseguida zarpaban de nuevo, sin días para coger un autobús y acercarse a verlas. Con el tiempo no fue posible justificar la ausencia y las respuestas acabaron siendo increíbles. Entonces, ahora comprendía, su madre inventó una verdad: que el barco de su padre se hundió, que él desapareció en el fondo del Cantábrico. Sola ahora en casa, Julia llora. Y recuerda su llanto de aquellos días. Recuerda haber odiado la verdad.  Lo que recordaba, lo que tanto odió, no era más que una gran mentira.

Dos días después del entierro volvió a la fábrica. Sabía que pasaría y así fue. En el mismo sitio de todas las mañanas se cruzó con él. Lo vio venir desde lejos, imaginó que le ofrecería la misma sonrisa de cada día y se encaminó a ese encuentro sabiendo que, quizá, esa mirada, le dolería como un golpe en el pecho. Sintió pánico al pensar en la posibilidad de que él parase y le hiciera preguntas, ¿cómo estás? o así. Ella, su madre, había muerto y eso había cambiado algo en el orden universal de las cosas. Debería haber cambiado algo, pensó. Lo vio venir caminando en su mansedumbre, apoyándose en su fino bastón de caña, dando pasitos lentos y mirando al frente. Pero no sonreía. Cuando se cruzaron, él hizo el intento de detenerse a hablar. Julia agachó la cabeza y pasó de largo sin devolverle el saludo. No quería preguntas, no eran necesarias más palabras. Hay abismos que, una vez abiertos, son infranqueables.

Ya en la fábrica, mientras arranchaba mecánicamente trozos de pescado y latas de conserva, no podía apartar su pensamiento de aquel hombre y de su madre.

Durante varios días evitó su encuentro, incluso cambió el camino habitual que tomaba para ir al trabajo, tan solo por no cruzarse con él, por no verlo. Era muy viva su imagen en el recuerdo, había sido parte de su vida y, sin embargo, ahora no encajaba en ella. Como si hubieran trastocado el significado a las palabras que conocía y con las que tenía que vivir a diario. Pasaron los días. Poco a poco el dolor y la perplejidad se fueron asentando como un río sedimenta en su estuario. Y con la calma, comprendió más y mejor. En un pueblo tan pequeño, donde todo el mundo se conoce, a veces es mejor no saber. Probablemente ella habría tomado la misma decisión que su madre: no decirle a nadie de quién era el hijo que llevaba en su vientre. Mejor que la gente pensara que era madre soltera a que se supiera la verdad. Comprendió así el silencio, por qué a veces hay que callar para no hacer la vida más difícil. E imaginaba que, aún sin decirle a ella quien era su verdadero padre, ellos se habían seguido encontrando, haciendo el amor a escondidas, comiéndose con los ojos en las reuniones familiares, buscando la ocasión de un lugar escondido, el único posible para un amor secreto. Secreto también para el fruto que nació de él. Sí, la comprendía. Ella también había conocido el amor. No había nada que perdonar.

Al día siguiente Julia cogió el coche y condujo hasta la Estaca de Bares. Aún se veían los esqueletos de los viejos molinos de energía eólica y las barracas del observatorio norteamericano, ya abandonado. Aparcó en el camino que lleva al faro y echó a andar. Pasó junto a la casa del farero y dejó atrás la luminaria. Hacía mucho viento, pero era un día transparente. Las nubes pasaban rápidamente por encima de su cabeza. Al llegar al final del sendero se sentó en una roca y dejó que el aire le fuera secando las lágrimas. Allí arriba, ante sus ojos, el mar era una inmensidad azul sobre la que corrían las olas como caballos blancos. A ratos, se cubría con las sombras oscuras de las nubes hasta que volvía a vencer el sol. Solía ir allí a menudo, desde que su madre le dijera que frente a aquel gigantesco compás de roca se había ahogado su padre.

Sacó la foto del bolsillo y la miró. Volvió a llorar y mientras lloraba sus dedos se aflojaron y una racha de noroeste le arrancó la imagen de las manos. Como en una diminuta alfombra mágica coloreada de blanco y negro vio volar la fotografía que le había entregado su madre antes de morir, la imagen de su madre y su tío sonriendo ante el objetivo de la cámara, ambos jóvenes, ambos amantes, ambos perdidos ya para siempre en la salpicadura de una ola frente a la Estaca de Bares.

Santiago Pérez Malvido

Relato finalista en el I Premio Las nueve musas de Relato Breve

 

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades “Las nueve musas”.

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana “palabra sobre palabra”.

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog “Ángel González – poeta”, homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de “MEMORIA 2012” (Editorial Círculo Rojo), “El viaje” (2013) Editorial círculo Rojo, “La gramática de las cigarras” (2014) Editorial Círculo Rojo. “En este banco” (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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