Las nueve musas
concurso relato breve

Me enteré de que iban a allanar mi rancho y cargué lo más necesario en el auto. Partí en busca de mi exnovia que está en Villa Gral. Belgrano. Estos hijos de puta me habían tendido una trampa, en realidad se habían enterado de que yo andaba en otra cosa; el gordo Reyna me la tenía jurada.

Estoy frente a su casa. Llevo el arma apretada bajo el pantalón. La camisa la dejé suelta. Bajo del auto y camino lento hacia la puerta. Creo que a dos metros está mi futuro, mi todo, si el plan sale bien voy a salir de esta miserable vida. Voy despacio, tengo miedo de que todo lo que estoy pensando, no se concrete.

Como escritor quedé a mitad de camino, a pesar de que gané varios premios internacionales, a veces no tenía ni para comer. Empecé a consumir droga. Al principio el que me proveía estaba convencido que tenía un buen pasar, él no sabía que esa guita era prestada. Cuando menos me di cuenta ya le debía una suma importante al narco y al usurero. Una noche entraron a mi casa, me torturaron y en la desesperación les propuse pagar mi deuda con laburo, ahí conocí al gordo Reyna… ahí tomé otra decisión equivocada, ahí puse como garantía mi vida. Él les pagó a los usureros y yo quedé atado de pies y manos, ahora mi vida era suya.  

Antes de bajar del auto aspiré cocaína, estaba muy cansado. Ya estoy a punto de tocar la puerta, mis piernas se sienten pesadas, estoy a segundos de cambiar mi vida para siempre. Me sale abundante sangre por la boca. Lo que me dio el doctor ya está haciendo efecto. Lo que más anhelo es tocar la puerta, pero el miedo y la incertidumbre me paralizan. Quedo justo a centímetros de ella y no la toco. El corazón está a punto de salirme. Voy a volver a verla después de tanto. ¿Cómo no me vine con ella, si tanto la amaba? Podría haber vivido en este lugar una vida austera y sin sobresaltos, como lo hizo ella. Pero no, no le hice caso cuando me dijo que me estaba metiendo en un terrible quilombo, me dejó.

Cuando pasó un tiempo, el gordo Reyna me hizo creer que era un eslabón importante en su clan, inclusive, me dio un sector para que lo trabaje y me puso gente a mi cargo. Yo me la creí. Sin embargo el gordo me estaba haciendo la cama: me iba a entregar a la Policía.

Golpeo la puerta una y otra vez. Con la camisa me limpio la sangre. La puerta se abre lento. El mareo está a punto de voltearme. Aparece ella (no sabía del plan, de todo este circo que habíamos montado). Su rostro está descolocado, sus ojos teñidos de temor y tristeza. Parecía que me estaba esperando. Quise abrazarla y cerró la puerta y me dijo:

―¡Corré, Félix, corré…!

Pobre, ella no sabía que ellos nos iban a ayudar, que eran parte del plan.

La puerta se abrió nuevamente y salieron una decena de policías…

Una comisión de la Brigada de Investigaciones de Tucumán prefirió armar este circo en Córdoba. Subí al auto y escuché:

―¡Alto ahí, Policía!

Ya me tenían apuntando. Saqué mi arma…debía hacerlo, ya había testigos…

 

―No lo toquen… vos ―señaló a un cabo primero―, avisá a Criminalística ―ordenó el jefe de la Brigada de Investigaciones, mientras miraba el cuerpo desparramado, sin vida, sobre el pavimento tibio de la tarde.

Un disparo certero había terminado con los propósitos del escritor.

#

Me levanté temprano y cerré despacio la puerta de la habitación; ella dormía. Me deslicé como una sombra para no despertarla. Eran cerca de las siete, parece que ya había llegado el momento que tanto esperaba. Fui al baño y no pude evitar el espejo. Me había olvidado que lo regresé a su lugar la noche anterior. Algo me retumbaba en la cabeza. La barba estaba larga y, definitivamente no me veía nada bien. «Debería cortarme el cabello», le dije a  mi reflejo, mientras me pasaba la mano por la cabeza. Me di una ducha.

Cuando vivía en la Bombilla, no tenía espejos, no quería observarme, sabía que ese no era yo. No soportaba ver a Felix Gallardo con esa figura, no me aceptaba, ese estilo de vida que había elegido fue la peor decisión en mi vida. No podía ni siquiera mirarme ninguna parte del cuerpo, me aborrecía.

Ahora vivo en un departamento ubicado frente a una plaza, un lugar muy tranquilo, con poco movimiento de autos. Desde mi balcón todos los días el ocaso pintaba por un rato de anaranjado las paredes. Estaba en Tomelloso, a 150 km de Madrid, lejos de la Argentina, lejos del  Gordo Reyna. Del balcón observaba claramente la iglesia, construida en el siglo pasado. A esa hora vi algunos ancianos jugando al ajedrez; una mujer atravesaba la plaza, parece que llegaba tarde al trabajo. Al igual que en la Argentina, las palomas, se deslizaban en grupo, de un lado para el otro, marcando su territorio. Puse la pava, en vez de una cucharada le agregué dos de café, regresé a mis viejos hábitos de escritor. Regresé a la rutina.

Me levanté con una idea que me había dado vueltas durante toda la noche. Una voz me susurraba; quizás sea la mía que mientras uno duerme hace de la suyas. Me levanté y anoté, en mi libreta de escritor, esa que ya estaba a punto de morir, tapada en tierra. Apenas se podía ver el color marrón oscuro de la tapa; sus hojas ya se mostraban pálidas, y en los contornos el amarillo avanzaba irregular. Esa libreta descansa en la mesa de luz. Transcribí de inmediato. Es poético, pensé, no debería ir para un cuento o sí, no sé. Es como una reflexión. «Volví a escribir, eso era lo importante». El texto hacía referencia al destino, decidí colocarles las comillas porque esos pensamientos no eran de mi autoría, eran una cita de mi voz en mi sueño, en mi inconsciencia, aparte yo no escribo de esa forma, no soy poeta, no me sale, la poesía o el texto con tintes poéticos no alcanzan mis escritos, pero mi voz en mi sueño hizo de las suyas, trajo a mis oídos adormecidos lo siguiente: «El destino es incierto, atrapante y también desolador; tiene una pizca de hambre y de muerte, de miedo y casi siempre de injusticia, de lluvias con truenos y en muy pocos casos de ocasos apacibles. Es una roca que cae sobre la cabeza y destruye tu ingenua y frágil creencia de que todo estaba bien, y también el destino es una vertiente de agua clara que pocos pueden tomarla. Casi siempre derrama injusticia y crucifica a más de uno, a muchos, a muchos de los que no han podido esquivar las bolas de fuego del Señor Destino, dueño de las voluntades. ¿Qué será de mi destino?»

Cuando me suceden estas situaciones, primero lo escribo en la libreta de tapa marrón oscura. Luego, transcribo lo que creo conveniente en la computadora. En este caso lo transcribí sin filtros, sin haber realizado un análisis que pudiera discriminar lo que esa voz, anoche, retumbó en mi cabeza.

 Me siento frente a mi escritorio nuevo. El otro, el que vio parir tres novelas lo dejé en Tucumán. A ese escritorio lo había manchado de las impurezas mundanas. Tuve que dejarlo, ya no era un escritorio para un escritor. La libreta la dejo al costado de la mesa, a la par del teclado y antes de sentarme preparo el mate. Mis días volvieron a la normalidad, ya no me desayuno con merca, tampoco lo hago con la musiquita horrible del celular intuyendo que sería uno de los pendejos, a quién tenía de empleado en Tucumán, cuando era jefe de una banda narco. No, eso ya fue. Ahora ya no tengo celular, lo reitero, volví a la normalidad. A la televisión que también tenía en Tucumán, antes de venirme a España, la agarré mazazos, canalicé toda mi ira.   

No estoy muerto, por suerte, me olvidé de decirlo, me imagino que lo notaron. El plan lo ideó el jefe de la Brigada, con él tuve varios encuentros para poder organizar mi supuesta muerte. Él es del otro bando, responde al partido opositor y quería voltear el cártel integrado por el Gordo Reyna y el jefe de Policía, y dejar sentada la complicidad con el gobernador. Cuando me lo planteó, me dejó una propuesta.

―Aquí nos estamos jugando la cabeza los dos, si el plan no sale bien terminamos en la fosa. Sí, en la fosa, no me mirés con esa cara de angelito. A vos tampoco te quedan muchas opciones, o agarras viaje conmigo o en uno de estos días el Gordo te deja flotando en El Cadillal; pero si resulta, y creo que todo va a salir bien, con tu declaración y todos los elementos de prueba, te lo aseguro que vas a quedar libre y yo voy a ser el flamante jefe de Policía. No te confundás, no me mirés así, a esto lo hago para aportar un granito de arena a la sociedad. Cuando me alisté a las Fuerzas de Seguridad lo hice con ese propósito y si llegara a ser jefe de Policía, bueno, ya sabés, sería otra cosa.

―Sí, otra cosa ―prendí otro cigarro―. Recibirías guita de todas partes.

―Mirá, escritor de cuarta, vos pensás que estoy a escondidas, a merced de que en cualquier momento me bajen esos narcos, arriesgando la vida de mi familia, ¿vos pensás que lo hago por la guita? Contestáme. A mi mujer y a mi hija la tuve que mandar a San Luís, a la casa de mi hermano, para que estén a salvo.

―Quizás me confundí, porque en este ambiente conocí a varios que se vendían por dos mangos―sigo fumando como si nada.    

―Sí, te confundiste, cuando yo sea jefe de Policía voy a darles una patada en el culo a todos esos canas corruptos hijos de puta. Porque esas mierdas contaminaron la Fuerza, y por esas ratas, la sociedad dejó de creer en nosotros.

―Te creo, Herrera, te creo. Tranquilo. Yo voy hacer al pie de la letra lo que digas. Tampoco tengo muchas opciones. Si salgo de ésta, te lo voy a agradecer eternamente. Y discúlpame si dudé de tu honestidad. En este ambiente todos hablan y prometen.

Había pocos lugares donde podíamos encontrarnos. El gordo Reyna tiene  aliados por entero.

Esa noche de julio la temperatura se arrimaba a los cinco grados. Estábamos al costado del camino, en el kilometro 12, podíamos observar El Cristo, el cerro San Javier ahora era el escenario.

―¿Y cómo sé que no estás con Reyna y el Jefe de Policía, y me querés hacer la cama?,―bajé la ventanilla para fumar. Los vidrios estaban empañados, escuchábamos sonidos extraños de insectos que suelen andar por la noche. Seguía con el efecto de la merca, antes de venir a la reunión aspiré bastante, por si me hacían boleta, para no sentir la balacera impactando en  mi cuerpo.

―Pero me acabás de decir que confiás en mí y ahora me salís con esta pregunta. Mirá, lo voy hablar al senador ahora; ya sabe de la situación. Te conoce. Esto se viene organizando hace un tiempo. Hay muchos involucrados, no estamos solos. ¿Vos crees que te elegimos al azar? Vos no sos de ese palo, no sé cómo mierda llegaste a meterte o quién carajo te convenció. Pensamos que vas a tener otra oportunidad para salir de toda esa mierda, por eso te elegimos. Vos nos das lo que necesitamos y a cambio tenés tu libertad.  

―Dale, hablá al senador. A ver qué me dice y si logra convencerme. La próxima vez no reunamos en otro lugar, parecemos dos putos en esta oscuridad. Y qué garantía me da el senador, como si el senador fuera el ser inmaculado, el santísimo hombre que viene con su bondad a poner orden en Tucumán. Dejate de romper las pelotas, Herrera, debe ser peor que Reyna. En una de esas nos entrega a los dos, y somos boleta. Ya sabés que la merca y las armas mueven mucha guita. No hay campaña política que se resista a la guita sucia de la droga, y lo sabés bien, no te hagás el pelotudo, y si no lo sabés te lo cuento en una sentada ―me estaba sobrepasando, mis palabras elevadas de tono, no se justificaban.

―Pará, pará. Dejá de zarparte. Estás diciendo muchas boludeces y me estás faltando el respeto. Mirá, si no te sirve lo que te propongo, dejá todo como está y listo. Yo puedo ofrecerte mi palabra y nada más, también estoy jugado en esta. Yo también pensé y mucho, pero me la jugué por esta gente. Ya hablé con un juez y también hay pescados más gordos que nos apoyan, que quieren bajar al gobernador. No somos nada a la par de estos, pero nosotros a la vez podemos generar un verdadero quilombo si declaramos y entregamos pruebas.

―¿Sabés una cosa?, ahora terminemos la reunión, dejáme en la rotonda y me tomo un taxi. Estaremos en contacto, dame unos días para pensar ―con la poca lucidez que tenía me salvé de decir boludeces y cuestionar su procedimiento para sacarme de la mugre en la que estaba sumergido. Era la única persona que, en todo ese tiempo, me había traído esperanza, y yo lo cuestionaba o no sé, por momentos me creí importante. Por suerte pude rescatarme. No entendía muy bien qué es lo que tenía que hacer, cuál era el plan en concreto. Bueno, lo importante es que me sumaron a su organización, pero lo poco que entendí es que quieren desbaratar la banda del Gordo Reyna y me necesitan.  

#

Ya habían pasado cinco días de aquella reunión. Me levanté optimista esa mañana, la decisión estaba tomada, debía arriesgarme, además, ya no me quedaba mucho tiempo, el Gordo Reyna me iba a matar tarde o temprano. Por días no pude dormir, nunca había imaginado que otra oportunidad se me iba a atravesar, que el destino, esta vez, iba a jugar a mí favor.

 

 Una semana antes de los hechos que terminaron para algunos con un final trágico (mi supuesta muerte), mantuve con Herrera, la última reunión. Esta vez se subieron otros actores al escenario: el senador y el doctor Zambrano.  Estaban algunos, faltaba el Juez, un concejal de San Miguel de Tucumán y un legislador. La presencia del doctor me inquietó un poco. Todavía no entendía su propósito.

Ese día salí temprano de casa, como a las seis de la tarde, la reunión era a las veintitrés, pero había que hacer las cosas bien. Sabía que el gordo Reyna ya desconfiaba de mí. Descubrí que uno de los suyos me seguía. Dejé el auto y me tomé el bondi, debía eludirlo antes de la reunión. Me bajé a unas cuadras de la peatonal Mendoza intentando perderme entre la muchedumbre. No pude evadirlo, el flaco tísico desgarbado todavía me tenía en la mira, daba unas enormes zancadas. Entré al mercado del Norte, me senté en un puesto y me tomé una cerveza. Al flaco tísico, lo tenía demasiado cerca, se había sentado, el muy descarado, en el local de enfrente. Tenía que pensar qué hacer; todavía tenía varias horas por delante, antes de la reunión. Ya estaba por terminar el último trago de cerveza y no encontraba la manera de deshacerme de él. Levanté la mirada y por el espejo del bar le observé  al flaco tísico un arma en la cintura; fue cosa de unos segundos, un movimiento lo puso en evidencia. Cuando se dio cuenta del error, ya era tarde, le había alertado al policía, ahora el flaco era el perseguido. Salí del mercado del Norte por la Maipú, ya estaba mucho más tranquilo. Fumaba y miraba las ofertas de los locales de ropa.  

Para las citas soy puntual, más aún si está en juego mi libertad. A las veintitrés en punto ya estaba en la casa quinta de una persona que no tenía vinculación directa con el plan, a una hora de San Miguel de Tucumán, en Concepción. Herrera ya estaba con el doctor Zambrano, ―que luego se convirtió en el presidente del Partido―, y para mi sorpresa, el senador. Fue precisa la reunión. Yo debía morir, simular mi muerte, de otra manera no tendría escapatoria. Era necesario desaparecer por un tiempo, de lo contrario, Reyna me iba a buscar para matarme. El doctor no dijo mucho, solo lo preciso:

―Agarrá, esto tenés que tomar, es lo que simulará tu muerte ―me lo entregó en las manos, saludó a los demás y se retiró.

Podría haberle entregado el medicamento a Herrera y así mantenía el anonimato, pero creo que me quería conocer para luego dar su punto de vista sobre mi persona. La reunión duró muy poco, sentí que yo no tenía nada que ver con ese lugar y con esa gente. En realidad era así. Me citaron para demostrar que no estaba solo y para conocerme. El plan ya estaba minuciosamente diseñado. En este plan no tenía escapatoria, me mostraron la foto de ella, de mi único amor. Ella era su garantía.

―Simplemente tenés que limitarte hacer lo que te dijimos, nada más. Y listo ―me dijo el senador. Y continuó:

―Te lo digo en la cara, de frente…vamos a triunfar, no pueden salir mal las cosas.

«Hijo de mil puta», retumbaba en mis adentros, adonde guardo la mayoría de frases y verdades que quiero decir. «Son todos iguales, los políticos, son una raza, lo acabo de confirmar, una “puta raza”».

―Sí, senador, vamos a triunfar…Ahora que ya me conocieron y me mostraron a mi novia en una foto, ahora, ¿me puedo retirar…?

―Claro, dijo el senador y agregó:

―Ahora que nos conocés, sos gente nuestra, te vamos a cuidar. Enrique te va a cuidar, pero no te preocupés, nadie lo va a notar. No te vamos a poner en riesgo, eres la ficha más importante para terminar con esta mierda.

Enrique es un cana que pertenece a un grupo especial de la repartición, esos que no se muestran con nadie, son policías muy bien entrenados, del grupo C.E.R.O.

#

El abuso de poder de los políticos también sacude las ramas de la seguridad, los policías terminan siendo unos títeres del Estado, para el buen uso y para el malo, por sobre todo. La democracia se salpica de esquirlas dictatoriales, creadas por los mismos democráticos.

La última novela que escribí fue policiaca, no tuve que investigar demasiado para llevar adelante los capítulos, describir los escenarios del bajo Tucumán, las conexiones de los poderosos con los líderes de ese estrato, que actualmente se impone en la sociedad: los delincuentes. No me causó demasiado esfuerzo, los diarios dejan todo servido, te muestran los personajes, las escenas, las denuncias, las complicidades. Todo.

Pero, una cosa es tomar de ese extracto de realidad que te muestran, para escribir una ficción; y otra totalmente diferente es ser el protagonista de todo eso. No podía creer que yo, Felix Gallardo, un escritor estaba esa noche participando en una reunión que iba a generar un revuelo en la provincia. Yo era uno de los engranajes determinantes para generar «la noticia», que hace un tiempo, cómodamente sentado en mi oficina, leía para crear mi novela. Yo, Felix Gallardo, ahora era uno de esos personajes siniestros, que no me pesaba nada, que había perdido toda moral y decencia, yo era ese personaje siniestro que hace un tiempo odiaba y que ahora iba a cambiar el rumbo político. Un cambio de rumbo político era lo que menos me  interesaba. La obligación de salvar el pellejo de mi exnovia y también del mío, eso sí me movilizaba, por eso, toda esta banda de hijos de  mil putas, ya habían diseñado el plan perfecto, el plan que dio resultado, el plan que fingió mi muerte y que condenó al Gordo Reyna, al jefe de Policía, al gobernador y otros rufianes que habían tomado posesión de la provincia hacia más de quince años.

joslé

 

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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