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El peso de no hacer nada

Aquella, fue una fría noche de invierno.

Las calles francesas se habían visto cubiertas de hielo la noche anterior y entre el cansancio acumulado del duro día de ensayo y la dificultad de articular correctamente el movimiento de las rodillas a causa del frío, tardé más de la cuenta en llegar al teatro.

Maison de la Danse de Lyon
Maison de la Danse de Lyon

Llegaba tarde, como de costumbre, pero con suerte el público aún estaba acomodándose. Me apetecía mucho ir al teatro, ser en esta ocasión público y no artista, no aceptar las gracias, sino darlas, saborear la danza desde el ojo del espectador, dejarme llevar…

La mañana de antes, la directora de la Maison de la Danse de Lyon, me había ofrecido una invitación que no pude rechazar, y allí me encontraba.

Realmente siempre fui de adentrarme en lo desconocido, de acercarme sin miedo al fuego, de quemarme incluso… Como aquel curioso que, profundizando en su interior, busca hasta encontrar el dolor, y cuando ve que sangra… se queda, y lame su sangre haciéndola arte.

Cuando pude quitarme el pesado abrigo, me encontraba ante una escena abierta, la caja estaba vacía, no había telón y la cuarta pared parecía más ausente de lo habitual.

En escena, un cuerpo semidesnudo se presentaba ante nosotros, blanco, frío como aquella noche, pero cálido a la vez. Aquel artista belga había paseado sus éxitos ante las mejores compañías neoclásicas del mundo, el mismo Baryshnikov se había rendido ante la perfección de su técnica y aquella noche el público se disponía a volver a disfrutarlo, esta vez en solitario.

Mikhail Baryshnikov
Mikhail Baryshnikov

Personalmente, aquel día, sentí la sensación de pisar un terreno fangoso, pero en mi imaginación, aquel barro frío sobre la piel helada, se tornaba placentero, casi hedónico.

Todos los allí presentes, éramos conocedores de su técnica, su precisión en cada pirouette, su sentido físico del equilibrio, un artista cuya fluidez de movimiento era capaz de modificar el curso de las mareas.

Pero ahí residía el problema para los más ortodoxos, los cuales, a la espera de movimientos fastuosos, no buscaban más que una modificación del estado del cuerpo al cambiar de lugar o de posición.

Y allí seguía su cuerpo, inerte a la tradición del público dancístico, pero disidente y heterodoxo al concepto de la danza más reduccionista.

Olvidando la mecánica, permanecía inmóvil ante nosotros, iluminado únicamente por un cenital que se abría o se cerraba dependiendo de la intensidad sonora de un viento de fondo.

Algunos entre el público empezaron a inquietarse, pero claro, no era de extrañar que aquellos capaces de sustituir al mismo Lorca por algún tuitero de moda, comenzasen a mirar el reloj.

En general pude observar cómo la gente se incomoda ante la quietud del cuerpo, finalmente es el mismo miedo que sentimos a encontrarnos con nosotros mismos, el miedo a la muerte que te invade dentro del vagón de aquel solitario metro, por el que te apeas en la siguiente parada, respiras, observas el movimiento de los demás, sus risas efímeras, te engañas y vuelves.

Yo en ocasiones he aprendido a quedarme y por supuesto a aplaudir al que se queda.

Y allí seguíamos algunos, olvidando la mecánica automotriz para centrarnos en la termorregulación del cuerpo, porque aquel cuerpo que físicamente no se movía, no paraba de danzar.

Aquella noche asistimos a una nueva forma de danza, una danza expresionista, capaz de recuperar no sólo el movimiento libre, sino también el “no movimiento”, la danza estática, que a pesar del dolor de algunos, existe.

Un movimiento interno, con el que se pretende hacer durar el tiempo y transmitir al público las más profundas pasiones, las emociones más simples, el “ole” que nos saca la simple templanza del flamenco… la belleza de la ausencia y del silencio.

Algunos de los que se iban levantando del público dejando al artista en la misma posición que lo encontraron, no debían haber leído a Platón, supongo que a otros muchos tampoco.

Estaban obviando un alma encerrada en un cuerpo, ambos con realidades heterogéneas, pero perceptibles al público más sensible, ya que al final la energía de aquel artista salía a raudales por los poros de su piel, se respiraba danza, goteaba sobre el público, podía estrujarse y chorreaba.

Aquel espectáculo, aquella performance, esa forma tan sutil de danzar, me transportó a algunos momentos del Cafe Müller de Pina Bausch. La dramaturgia de lo mínimo con lo que Pina recuerda a Bertolt Brecht, una dualidad continua entre la danza y la quietud, el cuerpo como territorio de exposición. La utilización de movimientos y gestos pequeños e imperceptibles, la virtud de lo simple pero justo, salir del virtuosismo vacío de emoción para adentrarnos en los placeres del alma, ya que la ausencia de movimiento físico no supone la quietud del alma. El alma se ve y danza aunque el cuerpo no se mueva… ¿es ese el duende?

Pina Bausch
Pina Bausch

El aura de aquel artista me recordó por momentos a aquella Pina Bausch apoyada en la pared de su Cafe Müller, pálida, exhausta de ojos cerrados, completamente inmóvil, pero bailando mejor que nunca.

Los espectadores más atrevidos comenzaron a incorporarse en sus asientos, no separaban los ojos ni un solo segundo de aquel artista que físicamente seguía inmóvil pero que a todos atrapaba con su magia.

Ya había transcurrido la primera media hora de espectáculo y habían pasado tantas cosas… tantas y a la vez tan pocas. Y allí seguíamos, llenando de aire nuestros cuerpos, saciándonos de vida.

Aquel cuerpo era capaz de transmitir demasiadas cosas, su presencia calentaba nuestro espacio, otros lloraban de emoción ante semejante belleza, parecía que levitaba, pero no había movido ni un solo músculo de su cuerpo.

Tenía la sensación de que flotaba, que inventaba una base de sustentación que no existía. La actitud prudente y astucia de creer en la seguridad y viabilidad de cualquier casualidad situacional, de crear fuerzas unidireccionales que construyan la base que nos mantiene, que no suman nunca cero. La importancia del equilibrio y la necesidad del “no equilibrio”.

Las respiraciones de aquel bailarín se iban haciendo cada vez más intensas conforme llegábamos a los cincuenta minutos de aquel maravilloso encuentro. Su caja torácica se acompasaba a la intensidad de aquel viento sonoro como si su energía interior se hubiera multiplicado, como si necesitase un espacio más grande que ese cuerpo estático.

No podré olvidar aquellos sesenta minutos en los que el flujo del agua parecía correr al revés. Ese ser danzante llegó a pasearme por los más oscuros de mis miedos, me hizo sentir amante y amada a la vez, me hizo olvidar los prejuicios y con él, descubrí el valor de amar la danza como algo más de una sucesión de movimientos.

No fue el primer artista capaz de haberme emocionado “sin hacer nada”, pero sí había sido el primero en atreverse a bajar el telón en la misma posición que había comenzado.

Asistimos hoy día a la desacralización de la danza, a la reducción de la danza a su función más primaria, la de transmitir la emoción librándose de todo tipo de ornamentos.

De regreso al hotel me encontraba perdida, habría un antes y un después tras esos sesenta minutos, pero sobretodo vendrían reflexiones, noches en vela, momentos de escucha interior, de taparse la cara y pensar ¿qué hacemos como artistas? Huyendo del compás vacío, rellenando cada espacio de nuestro baile, redoblando el tiempo para escapar de la simplicidad, pero ¿por qué?

Por miedo a nosotros, a la crítica del “no ha hecho nada”, de modo que nos ponemos el disfraz y salimos a escena, a buscar el aplauso, a olvidarnos de nosotros.

Pocos se desnudan hoy día, no sólo en el escenario sino también fuera del él, y a veces no por miedo de enfrentarse al “otro” sino por temor a que nuestro reflejo en el espejo nos devuelva la realidad que no queremos ver. Porque en ocasiones resulta más complejo trabajar la realidad que coser dos volantes al disfraz que fuimos construyendo.

Que en la danza hoy hay que romperse para romper, hay que saber llorarse para hacer llorar, sentir el dolor para transmitirlo, abrir los ojos, mirarse al espejo y ver que algo ha cambiado.

El bailarín debe vivir infiernos y amores pasionales, necesita de noches de insomnio, necesita ver, leer, escuchar, lamer sus heridas, jugar con el peligro, necesita sexo húmedo que lo bañe en placer, necesita sentir la lucha de la injusticia más que subir los codos en la primera posición, necesita arrepentirse, mirar a los ojos… mirarse a los ojos.

Y sólo entonces el cuerpo es capaz de hacerse danza, no importa tanto si se mueve o no, eso es lo de menos.

Pero no se levanten querido público, no nos dejen solos, no salgan maldiciendo y piensen que tiraron su dinero “para nada”. Atrévanse a sentir, al menos en el teatro, ya que en sus casas seguramente no lo hagan. Acepten el movimiento tranquilo y la quietud como elemento fundamental de la escena, rompan con el concepto de sucesión de movimientos vacíos de idea dramática. Sed valientes, al final sólo el que siente la esencia se convierte en esencial.

Hoy no soy la misma y usted, posiblemente tampoco. Abramos los ojos a lo primordial, acompañemos la evolución de las artes al mismo tiempo que evoluciona la cultura, al mismo tiempo que evoluciona la sociedad, a la velocidad que evoluciona la tecnología, las telecomunicaciones, la educación, la ciencia, el transporte… todo menos la política, claro está, porque esa sí que no se mueve. Y si se mueve tropieza en un giro y se cae. Incluso sin moverse tampoco tiene alma, de hecho, dudo mucho que consiga tomar aire, respirar. Fíjate si difiere del artista de la otra noche.

Definitivamente, hay noches que uno regresa al hotel con la boca llena de flores, noches en las que la luz de la escena es capaz de erizarte la piel, noches que se alargan sin alcohol ni taxi de vuelta. El aire de la calle me helaba la cara y a la vez me traía de vuelta a la realidad, la belleza efímera de la escena se disipaba en el recuerdo, pero la boca me seguía sabiendo a arte.

Porque hay presencias que danzan, y danzas sin presencia alguna; porque es necesario escapar de la simplicidad del movimiento y buscar más allá. Por todo aquello que nos cuenta un cuerpo estático, por lo que realmente quiere contar e incluso lo que somos capaces de comprender. Al final, esta multiplicación podría dar resultados infinitos, ¿no?

Sobre aquel escenario no había límite, sólo aquel que podían ver las mentes cerradas; que por cierto, suelen tener la boca muy abierta. Y salen de la sala y resumen lo visto en una sola frase… como si la vida pudiera resumirse.

Cuando tengas la tremenda suerte de que el arte se manifieste ante alguno de tus sentidos, tienes que entregarte. ¡Qué manía la de resistirse ante tal galanteo! Abre tus sentidos y fúndete, deja que el tornado te sacuda, que te rompa la camisa y te arranque los zapatos… Sí, como todo lo bueno, despeina.

Deja que te pregunte, que te mienta, que te engañe, que te desnude, que te excite y lo recuerdes como tal. Deja que te acaricie, que te haga cosquillas, que te folle la mente como diría Dante… y cuando estés exhausto, destrozado y sin aliento, repósalo y déjalo estar. Porque sólo así, artista y espectador coinciden en aquella emoción compartida y sólo entonces ambos habrán crecido.

A veces esto se me olvida y analizo, escucho demasiado el tiempo, su sincronía con el movimiento, el juego de colores en escena, la armonía de una música, el sonido más estridente, la portada del libro… el pelo del chelista, sí… absurdo. Discúlpenme, todos tenemos taras. Menos mal que pronto se me pasa, escapo de la realidad y vuelvo al arte, a lo onírico, lo efímero, lo intangible, lo que me hace libre… el hijo rojo que une las emociones de aquellos que seguimos teniendo la suerte de emocionar, de emocionarnos.

Porque nunca, alguien que “no hizo nada”, me hizo gritar tan alto.

Rosa Herrador

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