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El milagro oculto

            Entre las circunstancias que me permitieron dar con este secreto custodiado con tanto celo, muchas de las cuales desconozco, figura la asunción de Francisco al papado. Su coronación causó un sismo en las paredes internas del Vaticano. Cayeron redes enquistadas por decenios y oscilaron las mallas de protección de varios miembros de la administración eclesial. Los dignatarios veteranos no fueron tomados de sorpresa, desde el anuncio de su nombre comenzaron a caminar con más lentitud por los pasillos, a la vez que encontraban más razones para retirarse antes de su horario habitual. La ralentización de sus pasos era causada por los papeles que ocultaban entre los numerosos pliegues de su vestuario, aprovechando el lujo para esconder documentos secretos. Utilizaban sus anillos, colocando en los engarces la colección de microfilmes, ocultándola con las gigantescas piedras que lucían.  En el apuro por limpiar su pasado, algunos prelados acudieron a los servicios de jóvenes acólitos.

            Los jóvenes carecían de la formación adecuada para manejar secretos de Estado. Uno de ellos, Dominico, sin espacio en su piso para guardar la documentación a su cargo,  dejó la caja con su cuota de secretos en el depósito del club donde trabajaba como stripper. Tardó poco en desaparecer, allí transitaban demasiadas personas, entre desnudistas, bailarines y admiradores que contrataban servicios especiales. Ignoro el camino posterior de los archivos; por una vía azarosa, varias hojas secretas llegaron a mi escritorio y así pude reconstruir este milagro, oculto al conocimiento de la humanidad. Quedé con una sensación ambigua. Las declaraciones, páginas de diarios privados, anotaciones de servicios y demás papeles sobre el tema, me permitieron una aproximación fidedigna a los hechos; son los que aquí relato, limitándome a darle forma de historia narrada. Lamento  la pérdida del resto de los documentos de aquella caja.

            Como diría mi padre, disfruta lo que tienes y no sufras por lo que no tienes. Así que aquí va la historia donde solo he tomado la precaución de cambiar los nombres de los involucrados y, por supuesto, no menciono qué Papa sufrió el percance,

            Todo comenzó en Castelgandolfo, la residencia veraniega del Papa. El mayordomo de entonces, Alfredo, dejó, como cada día, la bandeja del desayuno en la antesala de la alcoba de Su Santidad. Abrió las cortinas del aposento y dio dos discretos golpes a la puerta de la recámara. Se retiró y aguardó en la sala contigua el llamado de Su Santidad para socorrerlo con su vestimenta. Despreocupado, se sentó en la silla que dejaba a propósito; comprobó la perfección del planchado de sus pantalones, observó el estado de sus uñas y efectuó el resto de los gestos que componían su ritual para presentarse a sus funciones. Era joven, treinta años cumplidos el mes anterior.

            La tranquilidad desapareció minutos más tarde. Su rostro adquirió preocupación; pasado el horario habitual, el Papa no llamaba. Había dejado la campanilla junto a la bandeja, estaba seguro. Comenzó otro ritual, el que la mayoría de los humanos desempeñamos cuando algo no se cumple a horario: observó una y otra vez el reloj. Dudó. La temperatura del café ya no estaría a punto. ¿Qué demoraba tanto a Su Santidad? Temió lo peor; si la campanilla no había sonado, no había llegado a la antesala. Superó sus escrúpulos y volvió a ingresar. La bandeja del desayuno estaba intacta, la puerta de la recámara permanecía cerrada. Se acercó a ella y golpeó.

            –¿Alfredo?

            La voz no sonaba enferma, quizá sin la firmeza que le conocía

            –Sí Su Santidad, ¿se encuentra bien?

            –Pasa Alfredo, pasa.

            Alfredo pasó. Su Santidad estaba de espaldas, junto a la cama, observándose en el espejo. Su figura cubría el reflejo. Alfredo no intentó mirar; había bajado los ojos de inmediato al percibir que Su Santidad sólo tenía puestos los calzoncillos.

            –Ha ocurrido un milagro, Alfredo.

            ¿Se cumplían ciertas habladurías? ¿Debería repetir Alfredo ciertas conductas que le habían otorgado sus ascensos en el servicio doméstico? Por más habituado que estuviera, no esperaba algo así del Papa.

            –Un molesto milagro, un extraño milagro.

            Alfredo permaneció en silencio, observando las vetas del mármol del piso.          –Mírame Alfredo, mírame.

            Alfredo alzo la vista temiendo lo peor. Pero lo peor que pudo imaginar era nada en comparación con lo que enfrentaron sus ojos. Boquiabierto, retrocedió como si la visión fuera un golpe. Lo hubiera derribado de no hallarse a dos pasos de la puerta.

            –¿Qué hacemos con esto, Alfredo?

            Contrastando con la piel arrugada, los pliegues caídos y los brazos con carne fláccida colgando, un par de duras y redondas tetas se habían instalado en el pecho del Papa. Jóvenes tetas de grandes pezones marrones, libres de las pecas que asolaban la piel, distantes de las venosidades azules en las piernas, de la papada demacrada.

            –Su Santidad, me temo que yo no…

            Alfredo conocía el protocolo vaticano a la perfección y juraría ante cualquier tribunal eclesiástico que entre sus normas no existía una que indicara como actuar en esa situación. Los hombres perdieron sus jerarquías, el Papa volvió a contemplarse en el espejo y se sentó sobre la cama, Alfredo lo siguió como si temiera que las tetas se cayeran. Se miraron otra vez, confundidos. Alfredo reaccionó.

            –Su Santidad, no puede pasarse el día en la cama. Imagine los rumores que se levantarán. Tenemos que prepararlo, debe desayunar y salir a dar sus paseos habituales o tendremos la prensa del mundo en la plaza por el resto de las vacaciones.

            El Papa asintió. Alfredo abrió el inmenso ropero. Movió las perchas, el Papa se permitió una broma.

            –¿Buscas los corpiños, Alfredo?

            El mayordomo enrojeció. La vestimenta suelta permitiría esconder el nuevo busto. Abrió los cajones de las fajas con que sujetaba las albas para estar más cómodo en sus caminatas. Tomó una y se acercó al Papa. Fue muy violento. Quería cerrar los ojos pero no podía achatar los pechos sin mirar. El Papa dio su autorización con sonrisa beatífica; Alfredo se convirtió en el primer humano en tocarle las tetas a un Papa.

            Colocó la faja como una venda y las curvas se disimularon. Luego fue poniendo las prendas habituales. Controlaron por el espejo; no quedaron satisfechos.

            –Hazme más gordo, Alfredo, si alzamos la panza se reduce el pecho.

            El mayordomo pensó qué poner en la cintura que no fuera exagerado. Halló unos paños con qué darle unas vueltas.

            –Temo que va a estar muy ajustado, Su Santidad.

            –Alfredo, más sacrificios han hecho miles de mártires, bien puedo caminar como un matambre por una hora.

            Alfredo finalizó su tarea. El Papa no se sentía seguro para inclinarse. Lo acompañó a la antesala y lo ayudó a sentarse. La farsa complicaba sus movimientos; más por el temor a disolver el engaño que por obstáculos en sí. Alfredo no se atrevió a decirle: “si las mujeres pueden moverse con tetas todo el tiempo, ¿cómo no lo puede hacer usted?”. Tomó la jarra para buscar café caliente. Antes de llegar a la puerta, golpeaban. La agenda llevaba media hora de retraso.

            –Yo me encargo, ya le traigo el café caliente.

            Alfredo salió y cerró la puerta tras de sí.  El secretario –un obispo italiano– y un cardenal del séquito de confianza del pontífice (identifiquémoslo como Cardenal Primero) estaban de pie junto a la puerta.

            –Su Santidad esta mañana decidió hacer una oración especial por la paz y el entendimiento en medio oriente. Se han demorado las actividades pero cumplirá con ellas. Cuando termine de desayunar, saludará a los turistas desde el balcón y luego dará su habitual caminata por los jardines.

            –¿Podemos pasar?

            –Su Santidad prefiere desayunar a solas. Ha sido un año muy agotador. Permiso, voy por el café.

            Alfredo marchó con paso rápido. El cardenal carraspeó.

            –Parece que el Papa se ha tomado el descanso en serio. ¿No hablaremos de ciertos nombramientos?

            –Lo ignoro monseñor, estaba previsto hacerlo pero quizá lo posponga.

            –Este mayordomo, señor obispo, ¿fue contratado por usted?

            El obispo enrojeció.

            –No, él estaba incorporado en el servicio cuando lo conocí. Me limité a entrenarlo unos meses cuando supimos que el buen Giuseppe se retiraba. Si le parece, su Excelencia, creo que va a ser más conveniente que aguardemos en la sala del balcón.

            El cardenal asintió. Caminaron por el pasillo hasta la sala buscada. Alfredo pasó con el café cuando cerraban la puerta tras ellos. El mayordomo golpeó con discreción en la alcoba papal e ingresó. El Papa comía masas sin preocuparse ya de su brazo. Alfredo sirvió el café más relajado. Luego fue en busca de la capa roja y el capelo con que reemplazaría al solideo al salir a caminar.

 

            Cumplidas las actividades previstas, Su Santidad despidió a guardaespaldas y acompañantes menos cercanos. El secretario y el Cardenal Primero aguardaron su indicación para pasar a la sala prevista. Sin embargo, el Papa tenía otros propósitos.

            –Sé que debemos revisar los nuevos nombres pero estos días prefiero dedicarlos a la lectura y a la reflexión, necesito alejarme un poco del ajetreo cotidiano para poder acercarme al señor.

            Mientras hablaba se quitó el capelo, que Alfredo tomó para colocar en su sitio el solideo. Sin mostrar su contrariedad, los dos dignatarios inclinaron sus cabezas y se retiraron. Libre de testigos, el Papa avanzó hacia sus aposentos con el mayordomo atento a cualquier inconveniente. No los hubo y pronto el Papa se sentaba en la antesala.

            –Por favor, Alfredo, quítame esto que me duele… eso.

            Alfredo procedió a quitar la capa y el alba, para luego desalojar la faja del pecho del pontífice. Las tetas, libres de la presión, se irguieron como si tuvieran elásticos, para turbación de los dos hombres. Dolían; el Papa las frotó como quien se frota un músculo que ha sido golpeado, para espanto de su mayordomo, que se concentró en plegar las prendas. El Papa finalizó con sus masajes. Él mismo se quitó la panza adosada.

            –Ponme el alba que se me acaba de ocurrir una idea.

            Alfredo obedeció; el alba caía con comodidad pero se notaban los dos bultos en el pecho del conductor de la iglesia.

            –Alcánzame L’Osservatore.

            Alfredo obedeció sin comprender las intenciones de su superior. El Papa desplegó el diario y ocultó las tetas. Inquirió a Alfredo sobre el resultado de su estratagema.

            –Perfecto, falta un detalle Su Santidad.

            Le alcanzó los lentes, el Papa sonrió.

            –Ahora vuelca agua en el piso.

            Alfredo titubeó. Se recuperó en un instante y fue hasta la mesa donde siempre había agua fresca. Botó un poco cerca de la puerta.

            –Llama a Francisca para que lo limpie.

            Francisca era la doméstica que se encargaba de la habitación papal, ella había hecho la cama y retirado el desayuno mientras el pontífice caminaba por el jardín. Alfredo dejó la habitación y fue en busca de la mujer. Francisca tenía un pequeño cuarto en ese mismo piso, donde aguardar cómoda los requerimientos. Al ser llamada ante la presencia del Papa, controló que su atuendo estuviera en perfectas condiciones. Alfredo no la apuró, no quería levantar sospechas. La mujer, de unos cincuenta años, tomó el carro con los elementos de limpieza y lo siguió.

            Francisca se inclinó ante Su Santidad, que leía las noticias. El Papa le dedicó una sonrisa y volvió a lo suyo. Cuando la mujer se puso a trabajar, los ojos del pontífice se concentraron en ella. En su busto. Alfredo notó la inquietud del pontífice y se sonrojó. Francisca pasó varias veces el trapo y lo estrujó sobre el balde. Satisfecha, guardó sus elementos, se inclinó y dejó la habitación. El Papa dejó caer el periódico. Alfredo desvió la vista al chocarse con las dos protuberancias destacadas en el pecho pontificio.

            –Dime Alfredo, ¿dirías que Francisca es una mujer de pecho plano, de poco volumen? ¿O lo contrario?

            Alfredo se sorprendió. No había prestado atención al cuerpo de Francisca.

            –No la has mirado, bien. Lo acabo de hacer, y he notado que no tiene mucho realce. Francisca tiene tres hijos, ha amamantado, por lo tanto debe tener senos. Si no se le notan, es porque algo usa que los disimula. ¿Me sigues?

            El seguimiento lo llevaba a un sitio al cual no quería llegar.

            –¡Necesito corpiños, Alfredo!

            –Pero Su Santidad, ¿cómo voy a ordenar corpiños para el Papa? ¿Se imagina el escándalo?

            –No vamos a decir que son para mí, Alfredo. Pero los necesito, hoy terminé dolorido, tengo miedo que se les produzca alguna enfermedad. ¿No sería peor?

            Alfredo comenzó a dar pasos en la habitación. Esta crisis escapaba a sus capacidades y a su oficio. No especuló con que era poseedor único de un secreto que valía millones, no lo pensó. Estaba azorado como si el problema lo sufriera él mismo.

            –Creo que es demasiado para mí, Su Santidad.

            –Alfredo, es simple, debes averiguar qué tipo de corpiños utilizan las mujeres de para reducir el volumen de sus pechos. Es la única solución. No puedo arriesgarme a más dolor o a contraer una enfermedad. No sabemos cuánto durará este… milagro.

            –¿Cómo le pregunto a una mujer…?

            El Papa se acercó y apoyó una mano en el hombro de su servidor.

            –Cuando el Señor me llamó para este puesto sabía que enfrentaría un gran desafío; yo también dudé sobre si sería capaz de la tarea. Ahora el Señor te ha elegido a ti para mantener firme a su Iglesia. Esto tendrá una solución definitiva pero por el momento debemos ganar tiempo para pensar.

            Alfredo marchó a cumplir con la averiguación. El Papa se sentó con el diario sobre sus rodillas, y reflexionó. A la gente no le aparecían tetas de un día para el otro, a él tampoco le habían aparecido porque sí, ¿qué quería decirle el Señor?

            Alfredo retornó veinte minutos más tarde sin que Su Santidad hubiera hallado un indicio del mensaje divino. Se acercó al pontífice para hablar en tono bajo.

            –He averiguado que existen corpiños que reducen el busto. También otros que se utilizan para las competiciones deportivas que producen el mismo efecto.

            –¿No hubo sospechas?

            –He cometido pecado, Padre. He mentido para obtener la información sin despertar sospechas.

            El Papa hizo una señal de la cruz sobre la cabeza de Alfredo.

            –Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et  Spiritus Sancti.

            Finalizada la fórmula latina de absolución, el Papá tranquilizó al mayordomo.

            –Tranquilo Alfredo, la mentira es pecado cuando busca el engaño, en este caso tiene por objeto preservar la gloria de Dios. Vamos, cuéntame cómo lo hiciste.

            Liberado de la culpa, Alfredo relató orgulloso el artilugio utilizado.

            –Le dije a Francisca que estaba preocupado porque algunas de las mucamas de la residencia tenían bustos muy voluminosos, que no se condecían con la santidad que debe mostrar este recinto. Pregunté si podíamos hacer algo. Francisca me refirió la existencia de estos corpiños, agregando que ella los utilizaba para guardar el decoro. Entonces encontré la excusa perfecta, le dije que compraríamos los corpiños para que las empleadas no tuvieran que entrar en gastos.

            –¡Excelente, Alfredo!, ¡perfecto!

            –No tan perfecto, Su Santidad. Hay un problema.

            –¿Qué problema?

            –Apenas le informé de la decisión, Francisca me dijo que le pediría las medidas a todas las empleadas y me las alcanzaría para que ordenara la compra.

            –¿Cuál es el problema?

            –Que no son todos iguales como yo pensaba. Será necesario… medir sus…

            –¿Y?, ¿qué esperas? Ve a buscar un metro y mídelos.

            Alfredo partió a cumplir el pedido.

 

            La solución funcionó; con los sujetadores adecuados, el Papa se desplazaba cómodo, sin dolores. Todos los días Alfredo le prendía el corpiño, le colocaba la panza agregada, el alba y la capa roja. Sin embargo, tras varias jornadas de reflexión el Papa consideró que no podía hacer oídos sordos al mensaje del Señor. El secreto debía ser ampliado, precisaba ayuda para definir la cuestión. ¿Qué pasaría si le sucedía algo a su mayordomo? O si un médico debía revisarlo, en dos meses tenían el siguiente chequeo.

            Una tarde, cuando caía el sol sobre el lago, decidió que no podía esperar más, sus vacaciones finalizaban y quería tener un grupo firme para afrontar las actividades del Vaticano con su nuevo físico. Pidió a Alfredo que trajera a su secretario y al Cardenal Primero a la antesala. Preparó dos sillas y se sentó frente a ellas.

            Los hombres ingresaron juntos, con sus sotanas negras y el lazo púrpura a la cintura. Besaron el anillo papal y tomaron asiento. La puerta se cerró. Se asombraron al ver que Alfredo permanecía con ellos. Su asombro creció cuando se colocó junto a Su Santidad.

            –Hermanos, debo revelarles la auténtica razón por la que he estado meditando en estos días de reclusión. Como hombres de mi más absoluta confianza y salvaguardas de la Fe, voy a contar con ustedes para intentar descifrar este mensaje divino. Alfredo.

            El Papa se puso de pie y Alfredo fue quitando el solideo y la capa. Su Santidad alzó los brazos. Los visitantes cruzaron miradas de asombro, sus rostros preocupados intuían una mala noticia. Pero nada los preparó para la sorpresa que se llevaron cuando el alba abandonó el pecho del Papa y quedó a la vista el corpiño negro. Su Santidad decidió ir a fondo y pidió a Alfredo que lo desprendiera. Cuando los senos saltaron, redondos y duros, el secretario se desmayó, dando un golpe seco al caer contra el piso.

            Alfredo y el cardenal lo socorrieron, el Papa fue por agua. Lo recostaron en el sillón doble y lograron que recuperara el conocimiento. En calma, se sentaron los tres. Alfredo continuó de pie en un segundo plano. Los visitantes no podían reaccionar, estupefactos. Tampoco podían quitar la vista de los perfectos pechos de Su Santidad. El cardenal reaccionó antes.

            –¿Cuándo se hizo eso?, ¿cómo lo mantuvo en secreto?

            Le tomó unos segundos al Papa comprender el sentido de la pregunta. Se permitió una breve risa.

            –Ojalá fuera algo tan mundano como lo que piensa, Monseñor. Ojalá fueran el resultado de una operación.

            –Perdón Excelencia, es que… No puedo creerlo; dije una grosería, una estupidez además porque sé que no se sometió a ninguna operación de ningún tipo, es imposible que lo haga sin que se entere todo el planeta. Aunque sea una limpieza de callos.

            El Papa se adelantó para palmear las rodillas del cardenal. Al hacerlo, las tetas bambolearon y el secretario se santiguó como si viera a Satanás.

            –Tenemos que resolver por qué Dios realizó este milagro conmigo.

            –¡Eso es obra de Satán! –exclamo el Secretario.

            –Satanás no hace milagros, los milagros son para la gloria de Dios.

            –Estimo, Su Santidad, que no estará pensando en hacer público este milagro.

            El Papa se volvió al Cardenal Primero.

            –Esa es la primera duda; es una manifestación de Dios, debe conocerse, ¿no?

            –No lo aconsejo. ¿Se imagina cuál será la interpretación popular?

            El Papa unió sus labios con fuerza, luego negó con su cabeza.

            –No sé qué explicación pueden encontrarle cuando llevo una semana así y no le encuentro ninguna.

            –¡Van a decir que Dios quiere mujeres sacerdotes! Será el principio del fin de la Iglesia.

            El secretario tomó su rostro entre las manos y comenzó a sollozar.

            –¿No podremos decir que es una manera de resaltar el papel de la Virgen María en la Iglesia y decretar un año Mariano excepcional o algo así?

            –No lo van a creer. Por favor, Su Santidad, sabemos que hay miles de agitadores y enemigos de la Iglesia que nos piden la incorporación plena de mujeres al clero, con igualdad de derechos, como si fuésemos administradores de un vulgar reino humano. Esta sería una razón tan poderosa que no podríamos resistirla.

            Se hizo un silencio extenso. El secretario insistió.

            –Satán es capaz de engaños, este puede ser un engaño satánico. Es capaz de hacernos ver unas tetas donde no la hay. Y así conseguir infiltrar mujeres en el clero, como dice Monseñor, para terminar con la Iglesia de Dios.

            ––Lo invito a que toque nuestra imaginación, secretario.

            –Su Santidad, si engaña a la vista puede engañar al tacto.

            El Cardenal Primero cortó el diálogo. Eran absurdas esas tetas juveniles en el cuerpo viejo, la cabeza con escaso pelo canoso chocaba con los pezones rozagantes y amplios. No podían exhibirse porque no podían explicarse, ¿a quién le importaba si eran obra de Dios o del Diablo? Tenían cosas más importantes que manejar.

            –Dejemos esa cuestión que podemos debatir durante años entre nosotros. Vamos a lo importante, ¿ha estado llevando estas… protuberancias durante toda la semana?

            –Así es.

            –Y no nos hemos dado cuenta. Bien. Como veo la cosa tenemos dos opciones; o continuar así o hacer una operación para extirparlas.

            Al Papa no le gustó la mención a una operación.

            –¿Será necesario someterme a ese riesgo?

            –No lo creo conveniente. Por tres motivos. En primer término, tendríamos que montar una farsa para engañar a la prensa sobre el motivo de su ingreso al quirófano. Cualquier propuesta generará versiones distintas y terminará preocupando a los fieles.

            –Y sería una mentira, un pecado.

            Alfredo, pendiente de cada palabra desde su segundo plano, consideró con amargura que bien podía mentir él por la Iglesia, pero no el Papa.

            –Sí, Su Santidad. Una mentira que podría descubrirse. Aquí llego al segundo punto negativo: una intervención quirúrgica demanda demasiadas personas, más un post operatorio donde deben tenerlo vendado. Es demasiada gente enterada como para garantizar la confidencialidad.

            –Eso me recuerda que en dos meses debo ir a hacerme mis análisis.

            –Ahí sí tenemos un médico confiable, no se preocupe. El tercer problema que tiene esta opción es el siguiente: ¿quién nos garantiza que una vez finalizada la operación y extirpados los senos, no vuelvan a nacerle?

            El Papa mismo cerró la cuestión, aliviado.

            –Descartada la cirugía, ¿cuál es la otra opción?

            –Continuar como hasta hoy, si nosotros dos que somos sus servidores más fieles e íntimos no pudimos darnos cuenta, nadie lo hará.

            El Papa asintió. El secretario intervino con voz entrecortada, angustiado.

            –¿Qué pasa si no hacemos nada y la transformación continúa? si se cae… y nace…

            Fue el turno del Papa para palidecer. Estaba más lívido que el alba que aún tenía Alfredo en sus manos. El Cardenal Primero se encargó de la respuesta.

            –No importa, en ese caso no será necesario ocultar ningún bulto sospechoso. Seguiremos así, entonces.

            Notó cierta indecisión aún en el pontífice y se apresuró a agregar una frase para aventarla.

            –Entre tanto continuaremos discutiendo entre nosotros el milagro. Encontraremos incluso alguna forma de extender la consulta a eminencias en la Fe y el dogma, planteando casos hipotéticos.

            El secretario asintió también. Se pusieron de pie y la reunión concluyó; los visitantes se retiraron y el Papa procedió a colocarse su corpiño con el socorro de Alfredo.

 

            Con hondo pesar debo decir que aquí finalizan los testimonios ocultos por tanto tiempo a la vista humana. Ignoro si hay más documentos escondidos o si continuó la transformación del pontífice aquel o si hubo una definición sobre el mensaje que Dios enviaba a través de él. Incluso ignoro si Dios, al no ser oído su mensaje, lo sigue enviando, poniendo tetas a todos los Papas que lo sucedieron.

Juan Pablo Goñi Capurro

Esta obra ha sido galardonada con el Segundo Premio en el concurso II PREMIO LAS NUEVE MUSAS DE RELATO BREVE

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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