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El largo viaje de los siervos rusos hacia la libertad

En 1874, cuando Iván Turguénev había cumplido ya los 56 años, publicó una novelita corta, escrita con tintes autobiográficos, titulada Punin y Baburin.

El escritor más europeísta de Rusia – entonces un enorme país despótico sometido a la férrea omnipotencia del Zar -, era ya un escritor viejo, si se tiene en cuenta la esperanza de vida de la época.

Turguénev aún vivió nueve años más, pues su muerte se produjo en París en 1883.

Punin y Baburin
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Punin y Baburin es una pequeña joya literaria, una pieza de orfebrería, escrita en un imperio medieval que alumbraba por entonces una brillantísima edad de oro literaria, pero es también una obrita clarificadora desde el punto de vista histórico e ideológico. La novela, que acaba de ser publicada por Nórdicalibros está dividida en cuatro capítulos titulados sucesivamente 1830, 1837, 1849 y 1861. El relato está por tanto secuenciado por algunos años claves que marcaron profundamente tanto la vida del escritor ruso como la historia del Imperio ruso.

…Ahora estoy mayor y enfermo, y pienso más que nunca en la muerte, comienza confesando el novelista, para pasar a recrearse en su primera juventud, cuando se produjo la llegada de dos personajes singulares a la rica hacienda de su abuela, una importante propiedad rural que Turguénev heredó. En el año 1830 Iván Turguénev tenía doce años, y ese fue precisamente el año en el que conoció a Baburin y a su simpático compañero Punin. Ambos eran inseparables, algo así como Don Quijote y Sancho, dos personajes que parecían sacados  de la comedia del arte. El niño Iván Turguénev admiró el republicanismo del señor Baburin y la bondad de Punin que lo introdujo en el mundo de la poesía y le enseño a disfrutar con la versificación. Su fascinación por ambos se trastocó en dolor cuando la abuela, haciendo gala de un autoritarismo aristocrático, que, todo hay que decirlo, se agrandaba en progresión directamente proporcional a las humillaciones a las que sometía a sus siervos, decidió expulsarlos a cajas destempladas de sus dominios por cuestionar la deportación de uno de sus servidores.

Punin y Baburin eran dos adalides de la justicia, dos trotamundos libres que se enfrentaban sin miedo a todos aquellos que atentaban contra la dignidad humana. Yo no permito los castigos corporales,  (…) tengo por norma no utilizar los castigos corporales con los campesinos, afirmó Baburin en el primer encuentro con su empleadora, la abuela de Turguénev. A la abuela le resultó extraño que un simple empleado no acatase con humildad una práctica que estaba a la orden del día en los latifundios de la nobleza rural rusa, pero la gota que colmó el vaso fue cuando la implacable ama decidió desterrar a otro asentamiento al siervo Yermil por mantener ante ella una mirada torva. A Baburin le pareció una decisión arbitraria, y así se lo hizo saber al ama: Tales decisiones solo conducen al descontento… y a otras consecuencias dañinas. (…) Su esencia no es otra que el exceso de la autoridad dada a los terratenientes, señaló. La respuesta de la abuela, tras un breve silencio de incredulidad, fue fulminante: Así pues no te gustan mis disposiciones – lo interrumpió -.  Me es completamente indiferente, tengo poder sobre mis súbditos y no respondo ante nadie por eso. Pero no estoy acostumbrada a que se hagan deliberaciones en mi presencia, o a que nadie se inmiscuya en asuntos de otros. No necesito filántropos sabios de origen plebeyo, lo que necesito son criados que no sean respondones. Así he vivido antes de que tu llegaras, y así voy a vivir después de ti. No me sirves, estás despedido. Nikolai Antonov – la abuela se dirigió al mayordomo – haz cuentas con este hombre y que se vaya, para la hora de la comida no lo quiero aquí. ¿Me has oído? No hagas que me enfade. (…) Y a ese otro…., al parásito tonto, lo mandas con él. El parásito tonto no era otro que Punin, el amigo del joven Iván, el señorito. Cuando Punin y Baburin abandonaron la finca Iván los acompañó en el momento de la despedida hasta el coche de caballos. Desconsolado y con lágrimas en los ojos escuchó con atención el consejo que le dio Baburin: Una lección para usted, joven señor: no olvide lo sucedido hoy y, cuando sea mayor, intente dar fin a estas injusticias.

El segundo capítulo de la novelita se desarrolla en Moscú en 1837. Han transcurrido por tanto siete años y el joven Iván era ya un estudiante de segundo curso en la Universidad. Entre sus compañeros de estudios destacaba un chico alegre y bondadoso llamado Tárjov. Fue él quien le presentó a la bella joven Muza Pávlovna que trabajaba en el mercado en una pequeña frutería. Precisamente en esa tienda un día el joven Iván se encontró por casualidad con Punin, el maestro que sembró la poesía en su corazón, un arte del que el escritor ruso ya nunca más se separó. Punin le contó que él y Baburin había dado vueltas y vueltas por toda la santa Rusia y que Baburin trabajaba ahora como secretario principal de un rico mercader y fabricante. Los dos habían acogido a Muza, una joven huérfana. Tras varias visitas a la casa en la que se alojaban Baburin, Punin, y Muza, el novelista se enteró de que Baburin quería desposarse con Muza pese a la enorme diferencia de edad que los separaba. En el primer capítulo Turguénev fue muy crítico con el poder discrecional de su abuela con los siervos. En este segundo es crítico con la dominación masculina que se impone sobre las mujeres sin dejarles un espacio propio para el amor y para la libertad.

Nos encontramos ahora en el año 1849. Ya ha tenido lugar por tanto en toda Europa la revolución del 48. Han transcurrido también doce años en la vida de Turguénev que tenía ahora 32 años de edad. Había dejado de vivir en Moscú para domiciliarse en San Petersburgo en donde trabajaba para el Ministerio del Interior. Su autoritaria abuela había muerto. Su amigo Tárjov había entrado en el ejército, se había casado, y pasaba su vida en provincias. Un día en San Petersburgo Turguénev se encontró en una perdida calle con un coche fúnebre que transportaba un pobre ataúd tras el que caminaba cabizbajo un señor mayor a quien muy pronto reconoció como Baburin. Turguénev se quitó el sombrero y se enteró con consternación de que estaban asistiendo al entierro de su admirado Punin. Baburin estaba muy afectado: la necesidad y la pobreza lo habían devorado. Lo encontró tan viejo y apesadumbrado que, tras el entierro, lo acompañó a su casa y en ella, para su sorpresa, se encontró con Muza, quien, tras verse abandonada, había sido acogida de nuevo por Baburin con quien finalmente había contraído matrimonio. Los dos malvivían en condiciones muy precarias, acompañados del gato de Punin que se había instalado en la buhardilla desde donde emitía maullidos lastimeros en las noches de luna llena.

De madrugada, una mañana, un criado entregó a Turguénev, que aún no se había levantado de la cama, una carta de Muza en la que le comunica que los gendarmes habían detenido a Baburin y se lo habían llevado preso a la fortaleza de San Pedro y San Pablo: Han rebuscado en todos nuestros papeles, escribía, han sellado muchas cosas y se las han llevado. También libros y cartas. Se dice que ha habido montones de detenidos en la ciudad. Ya puede imaginarse cómo me encuentro. Efectivamente en 1849 las persecuciones de la policía zarista contra los grupos progresistas de las ciudades se intensificaron. Fue ese mismo año cuando un grupo  importante de intelectuales, integrados en el llamado Círculo Petrashevski, fueron encarcelados. Ingresaron en las macabras mazmorras de San Pedro y San Pablo 123 intelectuales y, de entre ellos, un total de 21, entre los que se encontraba Fiódor Dostoievski, fueron condenados a muerte. A Dostoievski, condenado el 16 de noviembre de 1849 a la degradación, confiscación de todos sus bienes y a la pena capital, le conmutaron tres días más tarde la pena de muerte por cuatro años de trabajos forzados en Siberia.

1861 es precisamente el título del cuarto y último capítulo del libro. Es también el capítulo más breve, formado tan sólo por apenas cuatro páginas. Habían transcurrido otros doce años y el recuerdo de Punin y Baburin se había desvanecido en la mente del narrador, pues también se habían producido muchos cambios en la vida de Iván Turguénev. El capítulo está prácticamente formado por dos cartas de Muza. La primera es un cántico exaltado al manifiesto del 19 de febrero de 1861 por el que el Zar Alejandro II declaraba oficialmente la abolición de la servidumbre en todas las Rusias. Un censo realizado en 1857 por los funcionarios del Zar revelaba que de los casi 61 millones de rusos que entonces componían la población total, cerca de 50 millones eran siervos. Al fin la odiosa esclavitud quedaba abolida. Muza y Baburin lo celebraron por todo lo alto en su remota escuela, y hasta dedicaron algunos vivas al Zar. Decidí escribirle, dice Muza, para que usted también supiera cuanto nos hemos alegrado y regocijado en los lejanos desiertos de Siberia, para que usted se alegre con nosotros… Se cerraban tiempos inmemoriales de oscurantismo y se abría para el viejo país un tiempo nuevo, la era de la modernidad repleta de grandes esperanzas. No revelaré a los lectores el contenido de la segunda breve carta de Muza. Tan solo diré que Turguénev puso fin a la novela en París, allí donde se encontraba su amada y divertida mezzosoprano de origen español, Paulina García de Viardot, entonces profesora de canto en el Conservatorio de la ciudad de la luz. Sin duda en la mansión del escritor, en Bougival, debió de ser la primera lectora de esta novelita tan cuidadosamente traducida al español, y también la más entusiasta admiradora de los personajes de Punin, Baburin y Muza, pero reservemos esa historia para una mejor ocasión…


Iván TURGUÉNEV, Punin y Baburin

Nórdicalibros, Madrid, 2018 (Traducción Marta Sánchez-Nieves)

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría

Fernando Álvarez-Uría es Doctor en Sociología por la Universidad de París VIII, y Catedrático de Sociología en el Departamento de Sociología IV de la Universidad Complutense de Madrid.

Fue socio fundador y miembro del consejo de redacción de la Revista Archipiélago. Cuadernos de crítica de la cultura, en donde coordinó diversos números monográficos.

Ha sido Profesor Visitante en el Goldsmiths´ College de la Universidad de Londres, y en la Maison des Sciences de l’Homme (MSH) de París. Ha impartido cursos y conferencias en numerosas universidades españolas y extranjeras.

Sus principales investigaciones están centradas en la sociología histórica, la teoría sociológica, la sociología del conocimiento, y la sociología de las instituciones de resocialización.

Es autor de numerosos libros y artículos, así como de traducciones y ediciones de libros. Entre sus publicaciones destaca Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX(1983), así como algunos libros publicados en colaboración con Julia Varela, tales como Las redes de la psicología (1994), Sujetos frágiles (1989), Arqueología de la escuela (1991), Genealogía y sociología. Materiales para repensar la Modernidad (1997) y más recientemente Materiales de sociología del arte (2008).

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