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El Club de las falacias

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El reino de las falacias campa a sus anchas por los derroteros de la política.

Percibimos constantemente que cuando un político ataca las razones de otro, lo que realmente hace, es aplicar una falacia, por ejemplo, la de «argumentum ad hominen» (contra la persona) incidiendo en circunstancias de su pasado, su presente, su condición, identidad o género.

Es muy propio de nuestros políticos apelar a la autoridad bajo la forma de un argumento o falacia «ad verecundiam». Esa autoridad puede ser la de una persona, una institución, un comité de expertos. Con la recurrencia a este argumento, muchas veces, lo único que se pretende es retrasar aquellos cambios que la ciudadanía exige. Otra apelación que a veces colabora con la anterior es el «argumentum ad baculum», en la que se promete el peso de la autoridad y las sanciones, o nuevas leyes restrictivas de la libertad de expresión.

Una falacia que aparece muy a menudo es la de la «apelación a las consecuencias», por ejemplo, un partido político con cierta experiencia en el poder, indica que un partido nuevo no la tiene, por tanto, intenta descalificarle de entrada adjudicándole una incompetencia que no ha tenido oportunidad de demostrar, y por si esto fuera poco, pasan directamente  a  enunciar un falaz «argumento en cascada» por el cual anticipan (imaginariamente, claro) los muchos males que se producirán.

También es muy reiterada la apelación al «sentido común», pero qué sea tal cosa, evidentemente depende del partido que la nombra. También puede resultar una falacia la «apelación a las novedades»; algo que se presenta como nuevo y de lo que no se pueden prever todavía las consecuencias, pero que se presenta como lo mejor.

Las falacias, básicamente son de dos tipos: a unas se las denomina sofismas y a las otras, paralogismos. Las primeras tienen intención de engaño; las segundas pueden deberse a errores o equívocos. La lista de las falacias es larga; algunas son fácilmente detectables como, por ejemplo, los argumentos que apelan a la tradición, las que presentan una falsa oposición o elección, las de «petitio principii», es decir, aquellas que ya en sus premisas iniciales contienen la conclusión que pretenden.

Decíamos que unas son fácilmente detectables, pero la mayoría no, por eso cuelan en los discursos de los políticos, y en los medios de comunicación con, ¿cómo lo diríamos?, la mayor desfachatez.

Por tanto, y sin temor a equivocarnos, bien podríamos afirmar atendiendo al extenso número de falacias que hay en este Club, que del rey abajo todo son falacias, y que nadie está libre de utilizarlas o de que le cuelen una.

Pilar Alberdi

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