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El Cid dentro y fuera de la Ley

  1. EL DESTIERRO

De sus ojos tan fuertemente llorando,

volvía la cabeza para contemplarlos.

Vio puertas abiertas y postigos sin candado,

vacías las perchas, sin pieles y sin mantos.

 (….)

“¡En esto me han convertido mis enemigos malos!”

(Cantar primero)

Así se nos presenta el gran Cid, el bien nacido, el de la hermosa barba, al inicio del Cantar: llorando por la injusticia cometida contra él. ¿Cuál es esta injusticia, cuál es su causa? Y, sobre todo, ¿es verosímil?

Es decir, ¿podía realmente ocurrir algo así en la época de Rodrigo de Vivar? Para contestar a estas preguntas tenemos que remontarnos al siglo XI, a su estructura social y a sus instituciones jurídicas.

La Jura De Santa Gadea
La Jura De Santa Gadea

El Cid parte hacia el destierro, ha sido condenado por culpa de sus enemigos malos. Y la condena que ha caído sobre él es la peor que puede darse: el Cid es un hombre airado, es decir, ha incurrido en la ira del Rey. La ira regis es una institución jurídica medieval de origen germánico de causas ambiguas y efectos tremendos. El Rey, en cualquier momento y por cualquier razón, puede declarar roto el vínculo de vasallaje que le une con un hidalgo y hacer recaer sobre su antiguo vasallo toda su ira. Las consecuencias de esta ira van desde la confiscación de todos sus bienes hasta la pena de muerte, pasando por el destierro que es la condena más frecuente y la que sufre el Cid. El Rey es la autoridad máxima, no tiene por qué explicar las razones de su ira, puede declarar airado a un hombre por su mal comportamiento, pero también por puro capricho personal porque ya no le da su amor. Contra una condena así no cabe apelación ninguna, con lo cual tampoco hay defensa posible. El Cid sabe que no tiene nada que hacer más que arreglar como pueda sus asuntos y marcharse al destierro.

 Para mentalidades modernas como las nuestras, la arbitrariedad de la ira regis es pavorosa. Pero hay que intentar comprenderla en el seno de las sociedades donde se aplicaba. El vínculo más importante, la estructura más sólida de las sociedades altomedievales es el vasallaje. Este lazo que une al señor feudal y su vasallo es el cemento de la estructura medieval; la lealtad y la confianza recíprocas son tan importantes que no hay delito más grave que la traición ni acusación más terrible que la de ser traidor o alevoso. Si el vínculo de vasallaje no fuera fuerte, la sociedad entera se resentiría de ello. Por esta razón, si el vasallo pierde la confianza de su señor, pierde todo. Y, por otra parte, el señor tiene que poder confiar ciegamente en su vasallo. Si a esto unimos la idea de que la autoridad real emana de Dios, tenemos configurada la ira regis. El Rey deja de confiar en su vasallo, deja de amarlo y lo condena a una pena terrible e infamante porque se ha roto el vasallaje y el condenado, el hombre airado, no tiene lugar en la sociedad. Y el Rey no tiene por qué explicar sus razones porque estas se presumen siempre correctas desde el momento en que el monarca lo es por mandato divino. Ahora bien, también los hombres medievales sabían que los Reyes pueden actuar justamente o moverse solo por caprichos. En el Cantar se repite varias veces que la condena del Cid es injusta. Rodrigo no es un alevoso, ni tanto menos un traidor. Ha sido condenado por culpa de los mestureros, los mezcladores, los que el Poema llama sus enemigos malos, es decir, cizañeros que existieron en todas las cortes reales y cuyo poder aumentaba cuando el Rey era débil o caprichoso, como parece ser que fue el caso de Alfonso VI.

El CidPero por más que la condena del Cid no sea justa conforme a criterios de moralidad y de justicia entendida en su sentido más amplio, sí lo es conforme a un sentido más estricto, es una condena perfectamente ajustada a Derecho, está de acuerdo con las normas legales de la época y el Cid lo sabe, de manera que no le queda más remedio que acatarla. Y la condena es realmente dura. Al inicio del Cantar vemos solamente sus efectos más inmediatos: Rodrigo debe dejar todas sus propiedades (sus pieles y sus mantos) que pasarán a ser del Rey y marcharse antes de que trascurran nueve días. En principio, debe ir al destierro solo, pero como es un gran caudillo, sus hombres deciden acompañarlo, a pesar de que, como consecuencia, también ellos pasan a ser destinatarios de la ira regis. El Cid deja a su mujer y a sus hijas en un monasterio para protegerlas. Los monasterios son lugares aforados, libres de las normas generales, a donde no puede llegar la ira del Rey que, en estos casos, recae también sobre la familia del condenado. La solidaridad familiar en las penas es otro rasgo distintivo del derecho medieval que se aprecia claramente en el juicio por riepto del Cantar tercero.

Derecho romano
Derecho romano

En el último fragmento del Cantar de Mio Cid, el Cantar de la afrenta de Corpes, el Cid tendrá que vengar la ofensa que le hacen sus yernos y, para ello, los demanda en un pleito donde se aprecia claramente la mezcla de derecho romano y derecho germánico que imperó en la península entre los siglos X y XII. El resarcimiento económico por la afrenta recibida es de origen romano, pero el riepto, el duelo que solucionará el asunto dando la razón al vencedor (la tenga o no), es una evolución de las antiguas ordalías germánicas. La ordalía, o juicio de Dios, consiste en dejar en manos del azar (o de la divinidad) la resolución de un conflicto. Hubo ordalías atroces, de las que era imposible salir con vida, como los juicios de fuego o de agua que, brevemente, consistían en empujar al acusado hacia una hoguera. Si se quemaba, era inocente; si no se quemaba, era síntoma de intervención diabólica y era condenado a muerte. Poco a poco, las ordalías se fueron suavizando y ya en el siglo XI nos encontramos con el riepto que no es más que un duelo entre dos campeones al que se otorga capacidad decisoria en un conflicto: quien gane el duelo, gana el pleito. El derecho germánico, en rapidez y simplicidad, aventaja con mucho al romano, aunque sus métodos sean, como poco, discutibles.

Pero el juicio de riepto tiene lugar al final del Cantar, casadas las hijas del Cid y convertido él, de nuevo, en el preferido del monarca. Estamos, por lo tanto, acelerando los tiempos. Ahora tenemos a un Rodrigo airado, que emprende dolorido el largo camino del exilio sin poder pedir ayuda a nadie, ya que la ira regis se alarga hasta lo inconcebible. Cuando Rodrigo encuentra a una niña que le pide que pase de largo por sus tierras porque si le ayudan perderíamos los haberes y las casas y, además, los ojos de la cara, comprendemos al mismo tiempo el alcance de la desgracia del Cid y su magnanimidad con los más débiles.

Ahora bien, ¿cuál es la razón de esta ira? Cierto que Alfonso no tiene por qué explicárselo a nadie pero, ¿podemos ser capaces, nosotros, de intuir siquiera por qué un gran soldado, leal al monarca, pasa de repente a ser un proscrito? Las posibles respuesta a esta pregunta son realmente interesantes porque en ellas podemos vislumbrar algunas de las teorías acerca de la autoría del Cantar.

Derecho germánico
Derecho germánico

En el Poema del Mio Cid no encontramos ninguna explicación clara del comportamiento real. El Cantar solamente nos dice (varias veces) que la condena es injusta y que se debe a los mestureros. Por lo tanto, todo parece indicar que Alfonso prestó oídos a enemigos del Cid que hablaban mal (falsamente) de él. Y, como resultado de estas calumnias, Rodrigo perdió el favor de su Rey. Esta solución tiene dos ventajas evidentes: por un lado, deja claro que el Cid es un gran caballero, que no tiene culpa ninguna y, al mismo tiempo, deja libre de responsabilidades también al Rey. Alfonso es un buen monarca, su único error sería, en todo caso, un exceso de buena fe, de confianza en lo que los cizañeros le dijeron. La reconciliación entre los dos no puede ser difícil. Por otra parte, lo cierto es que el Cantar, que empieza en el momento en el que el Cid se despide de sus propiedades camino del exilio, no se preocupa demasiado por los hechos ocurridos antes de esa condena, nos la presenta como un hecho consumado que Rodrigo tiene que sufrir. Porque, aunque a veces se crea lo contrario, el Cantar de Mio Cid no contiene el episodio apócrifo pero interesantísimo de las juras. El Romancero, en cambio, ha encontrado en el episodio de Santa Gadea una de sus fuentes de inspiración más famosas. Y en este episodio que no recoge el Cantar pero que conocemos por romances medievales podemos encontrar una cierta explicación a la ira regis.

El poema conocido como Romance de las juras o de Santa Gadea nos presenta una escena anterior al inicio del Cantar. El Cid era un hidalgo vasallo del rey de Castilla Sancho II, asesinado en 1706. Por las fuentes de la época y por la literatura, sabemos que estaba extendida la sospecha de que Alfonso, hermano de Sancho, hubiera participado en la muerte de este para heredarlo, práctica por lo demás bastante frecuente en los reyes visigodos, primero, y astur-castellanos después. Así, el Cid, cuyo vínculo de vasallaje era con Sancho, obliga a Alfonso a jurar que no ha participado en la muerte de su hermano y lo hace de manera tan recia que al buen Rey pone espanto. Alfonso, aparentemente obligado por el Cid, jura que es inocente en el asesinato de su hermano, pero se siente humillado y de ahí arranca la condena:

-¡Vete de mis tierras, Cid,

mal caballero probado

y no me entres más en ellas

desde este día en un año!

Así, la versión que nos da el Romancero no coincide con la del Cantar. El Cid ha obligado a jurar al Rey y, además, lo ha amenazado con todo tipo de consecuencias nefastas si jura en falso:

-Villanos mátente, Alfonso,

villanos que no fidalgos

(…)

con cuchillos cachicuernos

no con puñales dorados

sáquente el corazón vivo

por el derecho costado.

Cantar de Mío Cid
Cantar de Mío Cid (Biblioteca Augustana)

Puede, por lo tanto, parecer normal que la ira de Alfonso se desencadene contra el vasallo  que se ha comportado tan mal con él. Pero lo cierto es que la conducta del Cid no es tan rara ni agresiva como parece. Rodrigo era Alférez a las órdenes del rey muerto y este cargo suponía que era defensor de los intereses del reino de Castilla. En una época en la que los asesinatos políticos eran moneda corriente, cuando un rey moría de manera sospechosa, se pedía a su heredero el juramento de que estaba limpio de culpa, de que no era el responsable en la muerte de aquel a quien heredaba. Esto es lo que hace el Cid, ejercitando una potestad que tenía legítimamente en cuanto Alférez del Reino. De acuerdo con la costumbre de la época, Alfonso no puede ser nombrado rey de Castilla sin las juras. En el Romance se aprecia claramente la ritualidad del juramento, el hecho de que está reglamentado, no es una idea peregrina de Rodrigo. Las juras vienen hecha, en primer lugar, en una iglesia especial, adecuada para ellas, como podemos suponer cuando el Romance dice En Santa Gadea de Burgos, do juran los fijosdalgos.

De acuerdo con la fórmula establecida, Alfonso tiene que jurar y el Cid, el Defensor de la ley y del Reino en ese momento, tiene que lanzar la llamada confusión. La confusión es la amenaza de que algo terrible puede suceder (en este mundo y, sobre todo, en el otro) al perjuro. La confusión aparece recogida en todas las fuentes de la época. La del Cid es, sí, muy dura: Villanos mátente Alfonso, villanos que no fidalgos … pero no es especialmente infamante, ni siquiera amenaza al Rey con la condenación de su alma, que es algo mucho peor que morir a manos de villanos. Entonces, ¿a qué obedece la ira de Alfonso? ¿Por qué siente la jura como una humillación y al Cid como su enemigo? Leyendo el Romance, la respuesta es poco halagüeña para el Rey. Todo parece indicar que, a pesar de su juramento, Alfonso sí ha tenido parte (y parte importante) en la muerte de Sancho. El Romance, poesía popular, mucho más libre y ajena a cualquier tipo de censura que el Cantar, lo deja ver bastante claramente. Cuando el Cid impele al Rey a jurar, este duda (y con razón, pues para un hombre medieval jurar en falso no es una bagatela). En ese momento, uno de los caballeros más cercanos a Alfonso, con un alarde magnífico de cinismo y oportunismo político, convence al monarca a otorgar juramento susurrándole:

-Haced la jura, buen rey,

no tengáis de eso cuidado

que nunca fue rey traidor

ni Papa descomulgado.

Así se comprende mejor que el primer acto como Rey de Alfonso sea desterrar al Cid, no tanto porque le ha hecho jurar, sino porque, como Alférez, era defensor de la ley y hombre de confianza de su hermano, de cuya muerte Alfonso no se debía de sentir inocente. Y así incurre el buen soldado, el que en buena hora ciñó la espada, en la ira regis. Y así emprende su camino hacia el destierro, un camino largo y accidentado en el que podemos volver a encontrar la huella del Derecho de su época, como se puede ver en el curioso incidente de las arcas, donde encontramos a un Cid muy diferente del probo caballero acongojado por su condena.

  1. LAS ARCAS
Martín Antolínez
Martín Antolínez

El Cid cabalga hacia su exilio y su destino acompañado de sus más fieles. Tiene pensado realizar grandes gestas heroicas, conquistar tierras a los enemigos de Castilla y, de esta manera, hacerse de nuevo merecedor de los más altos honores y de la confianza del monarca. Pero el Cid y sus caballeros, a pesar de ser grandes soldados e hidalgos, no tienen fondos y entonces, como ahora, las guerras eran caras y las campañas militares había que financiarlas. No pueden pedir ayuda a nadie y ellos han quedado desposeídos de todo, tierras, haberes y cualquier propiedad. Así, el Cid junto con Martín Antolínez, el burgalés de pro, lleva a cabo una estratagema que, para ser sinceros, es más propia de un pícaro que de un noble caballero.

En Burgos, por donde pasa Rodrigo camino del destierro, viven Raquel y Vidas a quienes ya sus nombres delatan como judíos. Son, efectivamente, hebreos y prestamistas. El judío que presta con intereses es un tópico de la literatura medieval, renacentista e incluso barroca, pero tiene una base histórica cierta. Los hidalgos no podían prestar dinero ni dedicarse al comercio, porque no eran actividades dignas; la burguesía, en el siglo XI, era aún una realidad muy lejana y a los cristianos les estaba prohibido prestar dinero con intereses por encima de lo fijado por la Iglesia. De esta manera, el comercio y los servicios que hoy llamaríamos bancarios estaban, en tierras cristianas, en manos de los judíos, los cuales, además, se beneficiaban de que su religión les permitía prestar con altos intereses a lo que no profesaran su misma fe. No es antisemitismo el hecho de que los prestamistas en el Cantar sean judíos, es el reflejo de una realidad social.

Por desgracia, el Cid no tiene nada que pueda empeñar: sus propiedades las ha dejado atrás y su caballo o sus espadas son una parte tan integrante de él como sus manos o su famosa barba. Así, toma dos hermosas arcas, de fina factura, y las llena con arena y piedras para hacerlas muy pesadas. Envía al locuaz Martín Antolínez a casa de los judíos y este los convence de que las arcas están llenas de oro y monedas que el Cid no puede llevar consigo por lo que quiere empeñarlas a cambio de una cantidad que, asegura Martín, es ínfima en relación con el valor del contenido de las arcas. Los judíos, tal vez fiando de la fama de honradez de Rodrigo y sus hombres, lo creen y le prestan seiscientos marcos. Además, el ingenioso Antolínez consigue para sí mismo otras treinta monedas para hacerse unas calzas, rica piel y precioso manto, como premio por haber llevado tan bien las negociaciones que tanto favorecen a los prestamistas. Así, Martín puede decirle al Cid que

vengo Campeador con muy buen recado

vos seiscientos y yo treinta hemos ganado.

La pignoración es una institución de Derecho Romano y en la Edad Media, en Castilla, se reglamentaba prácticamente como hacían los romanos. Si el propietario de los bienes empeñados no los rescataba en tiempo, estos pasaban a ser propiedad del prestamista que, en general, se beneficiaba del hecho de que tasaba los bienes por debajo de su valor. No en este caso, desde luego. En el Cantar no hay más referencias a este asunto de las arcas, por lo que debemos suponer que no fueron rescatadas nunca y que Raquel y Vidas tendrían mucho que decir acerca de la probidad de Rodrigo.

Mientras que en las demás relaciones que tiene Rodrigo con el Derecho (que son muchas) el Cid se nos presenta siempre como un juez justo y riguroso, un defensor de la ley y la moralidad, de las instituciones tradicionales del Reino, en este episodio nos encontramos con un Cid que es, en sustancia, un estafador. Está claro que el autor del Cantar lo sabe, se da cuenta que esta conducta del héroe lo coloca fuera de la ley, por ello intenta, en repetidas ocasiones, disculparlo. El Cid no engaña a los prestamistas para obtener un lucro desmedido, solo les pide lo que él y sus hombres necesitarán realmente. Además, esta conducta no es la habitual en él, Dios lo sabe: Véalo el Creador con todos sus santos; yo no puedo más, esto lo hago forzado. Es casi un estado de necesidad, por lo que debemos disculpar y comprender que el sabio y recto varón ponga en acto una estratagema que le envidiarían el Lazarillo o el Buscón.

El Cantar es tan rico en contenidos, tan variado y tan realista que, a diferencia de la Canción de Roldán, mucho más monolítica, nos pone ante los ojos un héroe que es, antes que nada, un hombre. No siempre Rodrigo es el caballero intachable y rígido, como podemos ver. A veces su conducta cae dentro de tipos delictivos, pero esto nos lo hace más simpático, más cercano y comprensible, en las huellas de otro gran héroe, el ingenioso Ulises que muchas veces es más un delincuente que el severo rey de Ítaca.

Aida Vega Felgueroso

Colaboraciones

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