comprar en amazon
Las nueve musas

El capitalismo y la inmortalidad del alma

     Pretendo desarrollar en estas líneas una idea apenas esbozada en mi último artículo Comprender a nuestros muertos.

En el último párrafo, y a modo de conclusión, apuntaba que «no es extraño que en una época donde la utilidad prima sobre la idealidad, nos induzcan a suprimir cualquier idea trascendental sobre la muerte, pues cerrando toda posibilidad hacia esa trascendencia crece proporcionalmente el pragmatismo materialista, ya que al ser convencidos de la transitoriedad de nuestra existencia queremos rentabilizarla de tal modo que lo que nos han quitado en eternidad lo ganemos en intensidad, cosa por lo demás descabellada. Reflexionar sobre otra posible vida es para el actual sistema capitalista contraproducente, puesto que invierte el modelo carpediemista en el que se sustenta. Al inducir a la negación irreflexiva de dicha trascendencia, se consigue potenciar la agresividad y competividad hacia lo material por la ilusión de rentabilidad antes mencionada». Quisiera extender y fortalecer mis argumentos para preservar a la idea de una posible aluminosis, y si bien la idea no fraguará en tan poco espacio de tiempo, sí creo que quedará preservada durante más tiempo de las bolas de derribo de la refutación.

Platón
Platón

Que el alma exista, y que nuestra conducta en vida la dirige hacia un lado u otro después de abandonada ésta, no es, como pudiera pensarse, una idea con patente cristiana, si bien el cristianismo primitivo la llevó a un grado más relevante de la vida común. En el Fedón, obra de madurez de Platón, éste pone en boca de Sócrates no sólo la convicción de que el alma existe, sino de que una conducta justa y virtuosa en vida conduce al alma hacia un lugar privilegiado tras la muerte, mientras que una vida entregada a los vicios y pasiones haría que el alma se reencarnara en otro ser vivo acorde a esas pasiones. Según Platón, y hay que sospechar que según Sócrates, el alma de un hombre que se preocupa sobre todo de las pasiones corporales se llena de máculas, como si dijéramos queda infectada por el cuerpo, y al término de la vida reclama otro cuerpo. Tan acostumbrada está a servirlo. Pero si el alma apenas obedece al cuerpo en lo estrictamente necesario, dedicándose el resto del tiempo a lo propio del alma y que con ella guarda relación de trascendentalidad, como la justicia, la templanza, las virtudes sociales, etc., va hacia algo semejante a ello, es decir divino e inmortal.

Si el alma se retira, pura, sin conservar nada del cuerpo, como la que durante la vida no ha tenido con él comercio alguno voluntario y al contrario huyó siempre de él recogiéndose en sí misma, meditando siempre, es decir, filosofando bien y aprendiendo efectivamente a morir, ¿no es esto una preparación para la muerte? Si el alma se retira en este estado, va hacia un ser semejante a ella, divino, inmortal, lleno de sabiduría, cerca del cual, libre de sus errores, de su ignorancia, de sus temores, de sus amores tiránicos y de todos los demás males anexos a la naturaleza humana, goza de la felicidad; y, como se dice de los iniciados, pasa verdaderamente con los dioses toda la eternidad.

     Pero si se retira del cuerpo mancillada, impura, como la que siempre ha estado mezclada con él ocupada en servirlo, poseída de su amor, embriagada de él hasta el punto de creer que lo único real es lo corporal, lo que se puede ver, tocar, comer y beber, o lo que sirve a los placeres del amor, mientras que hábilmente huía de todo lo que es oscuro, invisible, e inteligible, de lo cual sólo la filosofía tiene el sentido, ¿piensas tú que un alma en este estado puede salir pura y libre del cuerpo?

sócrates
Sócrates

Llegados a este punto con la ayuda de Platón y el diálogo que representa las últimas horas de Sócrates, se hace evidente la relación, y aun la correspondencia inevitable, entre el actual sistema capitalista y el abandono pragmático, que no reflexivo, de temas como la inmortalidad y aun la existencia del alma. Actualmente, al intentar explicar la deriva ética y el asentamiento incontestable de dicho sistema, me causa gracia el intento patético pero altamente intelectual y especializado de explicarlo por medio de la jerga creada lenta y ramificadamente por el propio capitalismo. Entran en una espiral de tecnicismos, entre abundantes neologismos y anglicismos, que nos hace pensar que se hallen tan profundamente perdidos en un laberinto que crean que contar sus pasos en voz alta o describir con todo lujo de detalles el aspecto de las calles y encrucijadas repetidas nos ayudará a todos a salir de él. Hay un problema de enfoque. Sin duda que un enfoque helénico, con palabras más sencillas y pensamiento menos contaminado por un contexto histórico saturado, sería mucho más certero. Si los filósofos de la antigua Grecia pudieran contemplar la sociedad actual con toda seguridad en su diagnóstico aparecerían palabras relacionadas con las pasiones del ser humano, y con una mirada más limpia y pura, y un lenguaje menos sofisticado, sus conclusiones serían más profundas y esclarecedoras que el bucle de sofismas y meras descripciones de algunos síntomas que se encargan de hacer algunos especialistas de hoy, que no pasan de ser otra cosa que traducciones al lenguaje técnico-económico de lo que piensa sobre el asunto la mayoría. Los griegos no hablarían de la bolsa de valores, sino de la Hýbris; no hablarían de déficit, deflación, estanflación o mercado de valores, pero sí de sofrosina (mesura), Dicaiosine (justicia) o de la templanza. Por eso no creo tan descabellado relacionar aquí el capitalismo y la inmortalidad del alma.

almaNo sería tarea muy complicada para alguien, y quizá se haya hecho ya, el analizar la relación de causa y efecto entre la secularización y el actual capitalismo, que lleva implícito pérdida de valores. Es posible rastrearlo desde un punto de vista histórico, ateniéndose, sino a el nacimiento exacto de algunos movimientos significativos como consecuencia de la secularización, cosa casi imposible, sí tomando como referencia el nacimiento de los términos que los nombran, referencia ésta que siempre es un poco posterior a la idea original, y siempre anterior a su popularización. Sin embargo, el margen de error que nos deja es secundario cuando se trata de relacionarlos unos entre otros. Así, la secularización en Occidente deviene, en el sentido filosófico, en el nihilismo, cosa que guarda al menos una coherencia ejemplar contra lo que reacciona, se esté o no de acuerdo con él. Pues tras la secularización (y en todo este texto se habla de la secularización como abandono del cristianismo en todas sus interpretaciones, y no como abandono tan sólo del catolicismo) el nihilismo niega los valores morales o cualquier principio ético. En ese sentido es coherente. Si Dios no existe, no existen los valores morales que se han derivado de suponer su existencia. Es cierto que hoy en día alguien puede no creer en Dios, sea este cual sea, y tener valores éticos y morales como cualquier otro que crea en Él, pero eso es sólo porque se encuentra dentro del período de transición en el que aún no puede ser del todo consecuente con su postura. Si Dios no existe, no existe un significado trascendente de nuestra vida; somos una mera coincidencia biológica y como tal, es lícito que cada individuo busque saciar sus pasiones aunque sea en perjuicio de otro. La causa de que un ateo (yo lo he sido durante más de diez años, y pensaba así) no  quiera de ninguna manera aceptar esa consecuencia, es que ha nacido en un contexto histórico donde esos valores morales del Dios que él niega están enraizados hasta casi tocar su memoria genética. Puede negar a Dios, pero no negar todavía todo lo que de él se ha derivado en cuestiones éticas de dos mil años a esta parte. Su defensa de esos valores será irracional, por reacción emocional; sí reflexionara verdaderamente sobre las implicaciones de su postura se daría cuenta de que no tiene un principio de defensa, porque todo en lo que aún cree estaba sostenido por un principio que él ha negado. Se siente capaz de vivir sin Dios, pero aún no de vivir como si Dios nunca hubiera existido, o como si nunca se hubiera creído en él. Sus respuestas serán tautologías (hay que hacer el bien por el bien mismo) o sofismas de otra clase, pero toda la maquinaria de su ingenio trabajará para ocultar la verdad del vacío que se abre entre sus creencias y la razón primera de que ellas son derivaciones.

CristianismoSe hace indispensable haber anotado aquí algo sobre la secularización, pues el abandono de las religiones conlleva abandono de las ideas de alma, Dios y trascendentalidad. No implícitamente; no sería así si el hombre vulgar no acostumbrara a aceptar o negar las cosas en bloque. Lo que suele suceder en el hombre vulgar es que si ha aceptado una religión heredada, más tarde la niegue no en sus puntos desfavorables, dando en una heterodoxia, o no negando sus liturgias, simbolismos, o personalismos de otra índole específicamente religiosa, sino negando todo conjuntamente, cosa más cómoda, rápida e irreflexiva. No negará un Dios específico para creer en uno aristotélico, ni dará en un panteísmo o teísmo complejo, sino que, como si su irreflexiva reacción le ofreciera una oferta por un pack, decide negarlo todo en una tongada, acción que suele conllevar las más de las veces un fanatismo igual o superior al anteriormente ejercido en pro de la fe religiosa.

Por otra parte nos conviene definir el capitalismo. Huiré de las definiciones embrutecidas por el mismo capitalismo, nacidas en su atmósfera. Lo defino como el modelo social en el cual la ética está supeditada al capital. Es decir que ética y capital sólo pueden coincidir en ese modelo en circunstancias específicas en que la ética no infiere o modifica los intereses del capital. Pero hay una definición aún más sencilla y no muy mencionada: el capitalismo es un sistema ideado para el cuerpo. Hacia él va dirigido y de él, de sus impulsos y necesidades fisiológicas, se alimenta. Cuando hasta en los anuncios de dentífricos utilizan el sexo como reclamo, nos están diciendo subliminalmente: eres tan completamente idiota que ya no me importa no disimular y no ofrecerte mi producto sin ningún cebo instintivo como reclamo. Y es cierto. Por muchos años que pasen mi sorpresa no mengua ante algunos mecanismos del capitalismo y su evolución hasta vulgarizarse y vulgarizar al hombre conjuntamente. Lo cierto es que el capitalismo modifica el comportamiento moral y ético, y de una forma que tiende siempre hacia la retroalimentación. Por supuesto esas modificaciones son relativamente lentas, de modo que se asienten en la nueva generación y que las antiguas generaciones acaben por aceptarlas para no aumentar en ellos el sentimiento de anacronismo en relación con los nuevos tiempos.

Pondré como ejemplo el caso de la humildad. Ha habido un gran cambio respecto a esta virtud, y ello se hace evidente sobre todo en los personajes que hoy en día son blanco de admiración para la juventud. La soberbia y la prepotencia hoy despiertan tanta admiración como ayer la humildad. El crecimiento de la soberbia como virtud y no como defecto obedece sin duda al creciente egoísmo, ya que una sociedad que no dirige su admiración hacia conceptos trascendentes la redirige tarde o temprano hacia sí misma, o bien divinizando la humanidad o, lo que es frecuente, divinizándose cada uno a sí mismo. Decía C.S. Lewis que la humildad no es pensar menos de uno mismo, sino pensar menos en uno mismo. La tendencia, una vez que la soberbia se ha aceptado irreflexivamente y aun incorporado al día a día, es justificarlo con sofismas que la disfracen de virtud. El consejo tácito y aun explícito es que hay que pensar en uno mismo, preocuparse sólo por uno mismo, hacer aquello que nos sea beneficioso sin importar demasiado las consecuencias perjudiciales en el prójimo. Lo que omiten es que la raza humana no hubiera traspasado el umbral de la prehistoria con esa filosofía de vida, y que si hay algo que el cristianismo original predicaba era la solidaridad y fraternización extrapolados al género humano, no reducido al ámbito familiar donde nuestro instinto nos obliga a ejercerlas para preservar nuestra especie, extinguida hace tiempo a no ser por la falta de egoísmo.

Este cambio en la manera de ver la humildad puede parecer algo sin importancia, una niñería de nuestra época, pero lo cierto es que viene empujada desde hace tiempo por el pragmatismo, el utilitarismo y el materialismo (ejusdem farinae), y que ha recibido el golpe de gracia en el actual capitalismo por su alto valor utilitario, puesto que el egoísmo es esencial para el capitalismo, y la humildad un enemigo rendido a sus pies. Cuando vemos que en televisión adquiere fama quien menos humildad tiene, y que la falta de otros valores morales son premiados y se ofrecen al espectador como motivo de reputación y exito; cuando nos dicen, aprovechando lo atractivo y fácil que ello nos puede resultar, que debemos preocuparnos sólo por nosotros mismos, y vestir y comportarnos de cierta manera para crear una imagen de éxito y modernidad, no nos están diciendo otra cosa sino que la soberbia y el egoísmo son altamente prácticos y que conviene ponerlos en práctica si uno no quiere quedarse atrás. Es un mensaje altamente atractivo por lo fácil que nos resulta volvernos hacia nosotros mismos y por la utilidad que lleva emparejada. Si Velázquez pintara hoy La rendición de Breda, es seguro que la actitud del vencedor, Ambrosio de Spínola, no despertaría demasiada admiración. Una actitud tan humilde, tan grande de hecho que de no ser por el contexto que conocemos no sabríamos identificar a vencedor y vencido, no sería del agrado del público. Hoy se representaría al general Spínola pisoteando con sus botas embarradas la cabeza del vencido. Al igual que Chesterton decía que «la humildad es una virtud tan práctica, que los hombres se figuran que debe ser un vicio», hoy podríamos decir todo lo contrario: que la soberbia es un vicio tan práctico, que los hombres se figuran que debe ser una virtud.

Alfred North Whitehead
Alfred North Whitehead

Es sólo un ejemplo, y carente de relevancia si se observa aisladamente, pero lo cierto es que es una de las primeras piezas caídas del efecto dominó que arrasará más tarde con la solidaridad, la compasión e incluso el amor como hoy lo conocemos. Con el tiempo, cuando en los descendientes de los que abandonaron algo firme y sólido por algo difuso e improvisado se vayan borrando las huellas de las virtudes, y éstas ya no se sustenten ni siquiera por la inercia de aquello que se abandonó, será cuando el propio bien se relativice, difumine y desaparezca. Quizá para entonces nadie comprenda como se ha llegado hasta esa situación, y la respuesta está en los dos siglos que ahora preceden a este XXI. Ya no debatimos siquiera si existe el alma, cosa que puede quedar para un debate filosófico, pero desde un punto de vista social ¿es beneficioso para el ser humano no creer en ella? Por los acontecimientos que se derivan de la incredulidad en ella parece que no. ¿Se hace mejor filosofía hoy que en los tiempos en que se creía en ella? Podemos decir más o menos con Whitehead que «toda la filosofía occidental no es más que una serie de notas al márgen de las obras de Platón»; ¿Mejor literatura? Parece imposible volver a hacer algo a la altura de la Odisea de Homero, La divina comedia de Dante, o El Quijote de Cervantes; ¿Mejor pintura? Velázquez y Goya, por poner dos ejemplos españoles, tienen la eternidad para esperar un sucesor. ¿Se vive mejor? En esa cuestión algunos responderán que sí, por el progreso técnico, pero el progreso técnico venía avanzando desde antes, y hubiera seguido su curso igualmente. Es más, sin el capitalismo ese progreso técnico se centraría en verdaderas mejoras para la vida, y no en sofisticadas ramas de tántalo con obsolescencia programada. ¿Se es realmente hoy más feliz? La depresión es hoy tan común y abundante que parece ley de vida padecerla en algún momento de ésta.

Capitalismo
Capitalismo

En ninguna otra época el capitalismo hubiera sido posible como sistema, porque es incompatible con una sociedad que cree en el alma. La idolatría al cuerpo obedece al hecho de que es en lo único en que el hombre cree, y hacia él dirige todo su esfuerzo. La ilusión es la de que hemos avanzado mucho, que hemos dejado atrás los tiempos estúpidos en que se idolatraban cuerpos de mármol, pero lo cierto es que la idolatría de nuestro propio cuerpo (que por coherencia con un ideal no trascendente no es más que cierta materia consciente de ella misma, tan fugaz que para la eternidad es menos que nada), esa idolatría es mucho más estúpida. De hecho, si el alma no existe sigue siendo mucho más estúpida, pues creer en algo que puede no existir pero que es trascendente y conlleva implicaciones éticas es mejor que creer en algo existente pero tan poco relevante que su existencia carece de sentido. Poco a poco las virtudes éticas, antes órbitas de la humanidad, desaparecen centrífugamente. Es una consecuencia directa de cambiar algo eterno, trascendente y retroalimentador de ética como el alma, por algo temporal, frívolo y retroalimentador de barbarie como el cuerpo, cuando éste es principio y fin y no un medio al que se la da su justa medida. Si él es lo único real, entonces todas las nociones éticas deben darse en holocausto para su entretenimiento. Hoy vemos que proliferan siniestros juegos como el de golpear a desconocidos por la calle y grabarlo con el teléfono móvil; vemos como los escrúpulos son un estorbo para la consecución del éxito; la corrupción política se tolera porque algo le dice a la mayoría que, en sus mismas circunstancias, también harían lo posible por adquirir ilícitamente más comodidades para el cuerpo; surgen las modas más macabras e irracionales (nótese aquí que la irracionalidad era un atributo que se suponía exclusivo de los creyentes) y la gente desalmada se adhiere a ellas con ferviente pasión. Ya no besan los pies de un Cristo, pero adoran el último modelo de zapatos; no mueren por un Dios, pero son capaces de dar la vida por una adquisición más; no se encierran los domingos en una iglesia, sino en centros comerciales. Su mayor estupidez es pensar que, a pesar de todo, la humanidad es hoy menos ignorante, cuando sólo quieren decir que la ignorancia es menos humana.

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina (Mallorca, 1 de abril de 1986) es un escritor español.

Aunque sus comienzos estuvieron enfocados hacia la poesía y la narrativa (ganador II Premio Palabra sobre Palabra de Relato Breve) su escritura ha ido dirigiéndose cada vez más hacia el artículo y el ensayo.

Su pensamiento está marcado por su retorno al cristianismo y se caracteriza por su crítica a la posmodernidad, el capitalismo, el comunismo, y la izquierda y derecha políticas.

Actualmente se encuentra ultimando un ensayo.

Añadir comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

portada-almanzor

Secciones

¡Suscríbete a nuestro boletín!

Nuestras redes

Visita nuestras redes sociales