Las nueve musas
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El camino en el silencio

Y después de la calma de la jornada de reflexión, llegó la tormenta.

Lo ocurrido en las elecciones andaluzas el pasado domingo nos deja como primer saldo algo inédito en estas lides en las urnas: debemos felicitar a todos los partidos, a todos, sin excepción, por los frutos obtenidos tras sus lisérgicas campañas. Desmerecer a cualquiera de ellos sería un error.

Del primero al último, todos son héroes de esta oscura gesta.

Nos arrojan a lo incierto.

Y lo hacen todos tomados de la mano para empujarnos.

Se centuplican las razones y motivos que han germinado en unos resultados electorales que han descolocado a propios y extraños: el independentismo catalán, la falta de fuelle y fuego en la respuesta de la derecha al “desafío secesionista”, el inofensivo encanto de la inoperancia socialista a ese mismo respecto, la desafección ciudadana, los alarmantes vaivenes de la justicia, la poca desinfección en las cloacas políticas, cambios pero sin cambiar en la constitución, la ausencia de votantes, los alardes de populismo hasta convertirlos en lemas, la presión de los medios conservadores, la desmedida y equivocada atención de los medios más al margen de la extrema derecha, las cadenas de televisión, presentadores de informativos, las interminables riadas de corrupción que todo lo arrastran, los inmigrantes, los emigrantes, el voto por correo, los rusos, los fachas y desde luego, y como siempre, la culpa fue del blablablá.

Los expertos en ser expertos ya lo dirimirán a fuego lento.

Pero teniendo en cuenta que lo que estaba en juego era un parlamento autónomo, y que es ahí donde todos aquellos que nos representan deberían hacer su trabajo, no puedo ocultar el escalofrío al constatar la pobreza intelectual de la gran mayoría de nuestros dirigentes. Llevamos años, especialmente en los últimos meses, siendo bombardeados por palabras que han terminado por resultar indigeribles: golpistas en el gobierno, faltas de respeto a la bandera, Europa puede decir lo que quiera que nosotros ya veremos, límites a la libertad de expresión, aquí no cabe nadie más, cárcel para el que sea, falsos escupitajos, insultos machistas, Franco no fue un dictador sino un ecologista, corruptelas de palacetes… Una y otra vez, Sánchez, Casado, Iglesias, Rivera y sus respectivas huestes se han saltado el protocolo por el que se presupone cierta honestidad democrática para plantarse en la palestra, ávidos de focos, y machacarnos hasta la extenuación con esas soflamas. ¿Y no son acaso esas mismas palabras, una por una, las que contiene el programa electoral de Vox?

Es mucho más rentable para conseguir votos atender a los berrinches de los políticos que escuchar lo que necesita la gente y pide a gritos.

Resulta descabellado regalarle todo ese material, todo ese trabajo sucio hecho en el congreso, y en el senado, y en la justicia, y ahora poner cara de pasmo porque les han hecho ganar un poder que ya le convierten en un adversario muy peligroso, tanto para la derecha como para la izquierda (al parecer la opción de centro ha quedado extinta).

Ninguno de ellos parece comprender (o les importa más bien poco) lo complicado que resulta vivir en un país sin proyecto alguno. Ningún programa electoral pasaba muy de puntillas más allá de lo inmediato, o si acaso rozaba lo muy inconcreto. Nadie nos habla de cómo no perdernos un futuro que no tendrá reparo alguno en dejarnos atrás si es que nos da por rezagarnos. El tiempo no se detendrá para esperarnos. Y sin embargo, no escuchamos ideas, propuestas, proyectos o cualquier otro acercamiento a un modo de reinventarnos, de volver a ser nuevos, de aglutinarnos en torno a una idea de avance en vez avivar acicates para que triunfe la extrema derecha.

Insisto. Buen trabajo, señores políticos. De primera.

Ahora tienen a un líder montado a caballo, casi posando ya para futuras estatuas ecuestres, cabalgando hacia el centro del poder, sumando muchos jaques a lo que ocurra en las muchas elecciones venideras de marzo.

A ver si alguno de los que cobran por representarnos termina por darse cuenta de que este no es un país imaginario sobre el que se puede garabatear lo que a cualquier le venga en gana.

Emilio Calle

Emilio Calle (Málaga, 1963)

Crítico de cine y guionista, ha publicado el libro de cuentos “Imaginando rutas” (Huerga & Fierro, 1999), y las novelas “Linda Maestra” (Ediciones Libertarias, 1995), “La estrategia del trueno” (Huerga & Fierro, 2001) y “El hombre que pudo salvar el Titanic” (Editorial Martínez Roca, 2010, reeditada por Editorial Planeta ese mismo año).

Asimismo es coautor de “Los barcos del exilio” (Oberón, 2005 y RBA, 2010), escrito junto a Ada Simón.

Durante diez años trabajó en “El País”, en “Tras la pista”. Y colaboró en Onda Vasca en el programa “Melodías de Seducción”, dedicado a la música en el cine.

También estuvo cinco años en el suplemente infantil de “ABC”, y ha colaborado con diversos periódicos tanto nacionales como internacionales.

Actualmente prepara su nueva novela.

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