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El autoritarismo falaz de la Real Academia de la Historia

Dejando de lado la cuestión de la servidumbre con la que nacieron todas las reales academias en el mundo, hay análisis históricos irresistibles.

El de Franco, régimen impuesto tras una crudelísima guerra, fue totalitario desde su misma raíz y en mimetismo constante con los regímenes fascistas, en su pleno apogeo.

Los elementos falangistas y filonazis del régimen así lo atestiguan. Hubo un desesperado intento por asemejarse lo más posible a estos regímenes en lo político y en lo social. Ahora bien, una vez finalizada la 2ª Guerra Mundial, y por razones de supervivencia el régimen fue dejando de lado las ideas totalitarias fascistas en todo aquello que no pudiera perjudicar el carácter intrínsicamente dictatorial del régimen.

El totalitarismo es la idea del Estado integrador e intervencionista en todos los ámbitos de la vida de la nación. Durante la posguerra, a duras penas podría haberse concebido un Estado no intervencionista en lo económico y esto fue así hasta las tímidas medidas aperturistas, ya en los años sesenta.

La integración vertical de las organizaciones sociales mantuvo en lo esencial este aspecto del totalitarismo. Ahora bien, la posición de preeminencia políticosocial otorgada a la Iglesia como institución habla de un Estado que se aleja en buena medida de los totalitarismos vigentes en los años 30.

La economía de libre mercado, que funcionaba a pleno rendimiento a partir de los 60, dice otro tanto de lo mismo. Es decir, que el régimen evolucionó de un totalitarismo rampante nunca perfectamente acabado, hacia una dictadura en lo político y lo social, no tanto en lo económico. En cuanto a la caracterización de la figura preponderante del régimen, el autodenominado caudillo de España, el hecho de obviar su categorización como dictador y el de hablar al mismo tiempo de un Estado autoritario, hace emparentar el régimen con gobiernos como el de Bismarck, donde la figura del Káiser, en este caso el propio Franco, se mantuvo apartado de todo y de todos. Nada más lejos de la realidad. No se puede olvidar que Franco forjó su régimen a base del exterminio físico del adversario durante la posguerra y del enemigo en la guerra civil (hecho en el que no se quedaron mancos los del otro bando, aunque es obvio que en una guerra, los regímenes acaben siendo dictatoriales como el de Negrín, sobre todo si quería hacer frente con seriedad al de Franco)

El autoritarismo bien entendido, señores, es un modo de hacer las cosas, no un fin en sí mismo. Un gobierno democrático puede, y hasta en ocasiones debe, ser autoritario.

Al calificar tan endeblemente el régimen de Franco ni siquiera se le está definiendo en sus bases objetivas, al no definir su declarada finalidad esencial, la de sometimiento de la voluntad popular.

Los tiranos en la antigüedad venían a salvar los pueblos en nombre del pueblo y bajo la excusa de la salvaguarda de los regímenes de libertad. Luego el término se ha negativizado aún más pero en rigor, Franco no era un tirano, jamás quiso disimular su labor o lo que él creía su misión. La impuso sin más, firmó cuantas sentencias de muerte consideró oportunas para ello y había librado y liderado una guerra para ese exclusivo fin.

Franco era un dictador en el sentido moderno del término, comparable a cualquier otro dictador del siglo XX.

Señores de la Academia, por lo menos pónganse de acuerdo con la de la Lengua para no tergiversar las palabras y luego intenten disimular de mejor modo sus nada agradables y nada inteligentes simpatías con determinados tiempos de nuestra Historia.

Antonio Sánchez Illescas

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