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Las nueve musas

El atenueante moral de la distancia

“En las profundidades de la China existe un mandarín más rico que todos los reyes de quienes hablan la leyenda o la Historia. Nada conoces de él, ni su nombre, ni su rostro, ni la seda con que se viste. Para que tú heredes sus caudales infinitos basta que hagas sonar esa campanilla que se halla a tu lado, sobre un libro. Él apenas emitirá un suspiro en los confines de Mongolia. Entonces se convertirá en un cadáver y tendrás a tus pies más oro  del que puede soñar la ambición de un avaro. Tú, que me lees y eres un mortal, ¿harás sonar la campanilla?”

 Honoré de Balzac presenta de este modo el dilema del Mandarín en su obra El Tío Goriot, atribuyendo su autoría a Rousseau, aunque Chateaubriand alude al mismo en 1802 dentro de su obra El Genio del cristianismo, con idéntica intención de demostrar el poder que ejerce sobre el ser humano el peso de la conciencia.

Si nos hablaran de un mandarín inmensamente rico que vive en la remota China, sin herederos, cuya muerte podríamos causar simplemente tocando una campanilla y pasar a ser dueños de su fortuna sin ninguna consecuencia, ¿lo haríamos?

El Tío Goriot
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De hacerlo ¿cuál sería el sentimiento que impulsaría la acción: la envidia, la codicia, la seguridad de no ser castigados?

En un primer momento todos nos dispondríamos a tocar la campanilla porque concebiríamos la idea del mandarín como algo tan abstracto que no cabría duda, y aunque parezca mentira el factor determinante no sería el hecho de poder causar una muerte sin mancharnos de sangre las manos, sino la distancia: lo remoto de la ubicación física del mandarín; y otra distancia no menos importante: la cultural y humana. La intención del dilema es constatar que resulta más fácil aceptar el dolor causado a un desconocido que se encuentre al otro lado del mundo que a otro que viva en la casa de enfrente.

Ya Aristóteles, en su Retórica, habla de la distancia como atenuante moral. Podemos reflexionar a tenor de este pensamiento en el impacto que nos produce una misma noticia según ocurra más o menos cerca de nosotros, y constatar que se produce un menor sufrimiento moral si sabemos que un niño ha muerto de hambre en nuestro bloque, nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestra comunidad autónoma, nuestro país, nuestro continente… pero cuando la distancia se dilata hasta otro niño que está muriendo de hambre en África el sufrimiento moral es menor porque a la distancia física se van sumando también la distancia cultural y cognitiva.

El caso del Enola Gay

La atenuación del sufrimiento moral que supone la distancia sobre los hechos que nos llegan como información se aplica también a aquellos hechos de los que somos directamente responsables.  Durante la II Guerra Mundial se dió la circunstancia de un resorte a presionar semejante al del dilema del mandarín, solo que se trataba de un botón en lugar de una campanilla.  El resorte en cuestión accionaba el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, tras la cual se consiguió la rendición de Japón y con ella la victoria de los americanos: el piloto era un héroe. En varias ocasiones Paul Tibbets manifestó no haber sentido remordimiento por ser la persona responsable de lanzar la bomba sobre Hiroshima, y afirmó incluso estar dispuesto a repetir la hazaña de ser ésto necesario. El piloto del Enola Gay arrojó la bomba sobre Hiroshima con menor peso moral, porque lo  hacía sobre un pueblo lejano al suyo, diferente en cultura, características físicas y modo de vida… y sobre todo distante de su país. Mas adelante, cuando abordemos el experimento de Milgram, veremos también que actuaba cumpliendo órdenes.

 

Aristóteles va más allá en su consideración de la distancia como atenuante moral: es difícil tener sentimientos hacia aquello que está lejano, incluso cuando esa distancia no es solo física. Cuando entre dos personas hay un abismo de formación, cultura, educación, cualidades personales y posición social, no puede darse el sentimiento. Aquella que se encuentre en un plano superior no puede experimentar compasión, dolor, envidia o cualquier otra cosa que no sea esa indiferencia moral sobre la que nos ilustra el filósofo.

Balzac complica todavía más estas consideraciones preguntándose en sus escritos si esta indiferencia moral, esta aceptación de la crueldad del mundo, no será una forma de complicidad…

El caso de Aylan Kurdi

En el verano de 2015  la imagen de Aylan Kurdi, un niño sirio de tres años ahogado en las costas de Turquía conmovió al mundo por su dureza. Al tratarse de un niño de tan corta edad la imagen transmitía la sensación de indefensión y despertaba la ternura y el deseo de protección, pero era importante tener en cuenta un detalle: el niño estaba vestido con ropas occidentales, y por tanto la diferencia de religión y raza y la distancia física no atenuaban el grado de identificación. De haber vestido Aylan Kurdi ropas islámicas habríamos pasado a considerarlo un ser más extraño, más alejado, y la tremenda imagen habría pasado a suponer un peso menor para la conciencia.

Aylan KurdiLa familia de Aylan procedía de la ciudad kurda de Kobani, al norte de Siria. En el viaje desesperado hacia la isla griega de Kos fallecieron doce refugiados entre los que se contaban tambien su madre, Rehan, de 35 años, y su hermano Galip, de 5. El padre, Abdulá, sobrevivió para ser ejemplo del drama que supone la guerra de Siria… pero observen ustedes que desde el momento en que hacemos nuestra la imagen de Aylan, y conocemos ya los nombres, edades, origen y suerte de su familia, ésta nos preocupa más que los otro nueve refugiados muertos, cuyos datos desconocemos, y que sin embargo representaban la misma tragedia: los datos van disminuyendo la distancia cognitiva,

El uso de la distancia para la manipulación de las masas

La serie de experimentos de psicología social conocida como El experimento de Milgram se llevó a cabo en la Universidad de Yale entre los años 1961 y 1963. Stanley Milgram, inspirado por la condena a muerte de Adolf Eichmann, estaba interesado en averiguar si tenía razón de ser el principal argumento de la defensa de los criminales de guerra nazis, es decir, la anulación del propio criterio moral ante la  necesidad de obedecer la autoridad, en un intento de comprender por qué tanta gente llegó a cometer crímenes tan horrendos.

 

Cuando una persona tiene por encima a una supuesta autoridad tiende a confiar en ella, aunque por sí mismo considere lo ordenado inadmisible moralmente. Un soldado incumple su criterio personal por seguir el criterio de su superior, pero en el caso del genocidio nazi se añade a esta disposición   la circunstancia de que el pueblo alemán había sufrido un adoctrinamiento previo que creaba una distancia infranqueable entre la raza aria y la judía. El soldado nazi estaba a estas alturas convencido de que no le unía a los que fueran sus compatriotas ni tan siquiera la consideración de ser humano.

La conclusión del experimento las expone Stanley Milgram en Los peligros de la obediencia (1974): “La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.

Hemos visto en lo tocante a Eichmann del experimento Milgram que los dirigentes nazis supieron conducir la voluntad del pueblo alemán para que dejaran hacer, o participaran, en el exterminio de millones de judíos. Para lograrlo tuvieron que difundirla idea de que en realidad las víctimas no eran seres humanos, no eran personas. Del mismo modo que una persona amante de los animales, que se horrorizaría de ver maltratar a un cachorro de perro, no tiene nada que objetar al hecho de que se maten ratas, porque la rata es un animal dañino y repugnante.

El límite del remordimiento

El Genio del cristianismo
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Desde el punto de vista del psicoanálisis el superyo o conciencia moral está asociada al medio ambiente del que ha surgido. Al alejarnos de ese medio el superyo pierde fuerza, pierde influencia sobre el yo. Tenemos un claro ejemplo de cómo afecta la distancia al comportamiento en los turistas extranjeros que en  su país no hacen un ruido y se desmelenan en otro donde son capaces de llevar a cabo actos que ni remotamente harían en su entorno habitual, sin experimentar remordimiento a no ser que éstos actos terminen derivando en alguna consecuencia que les resulte negativa.

Desde luego el límite del remordimiento está en la psicopatía, o sea, en la incapacidad de experimentar sentimiento alguno ni empatía. Pero es de suponer que el hombre tienda a experimentarlo toda vez que sus acciones contravengan aquellos valores que considere aceptables. En el dilema del mandarín existe, desde luego, una segunda parte que contempla el remordimiento, porque una vez pasada la euforia por los bienes conseguidos comienzan a plantearse otras cuestiones: ¿Cómo era el mandarín? ¿era un malvado, o un ser cuya desaparición perjudicase a alguien? Podría pesar sobre la conciencia la misma facilidad con que se han obtenido sus bienes, por la insatisfacción de no haber sido éstos conseguidos por méritos propios, pero una vez más es la distancia la que conduciría, al acortarse, a aumentar el peso moral.

En el momento en que el mandarín muere por nuestra causa se convierte en algo propio; es alguien que forma ya parte de nuestra vida porque ha aportado a ella una gran fortuna, y por tanto la distancia sufre un acortamiento. Mientras no se rompa la distancia no tenemos más remedio que dar la razón a Aristóteles en cuestión de sufrimiento moral: Para el filósofo no cabría siquiera la posibilidad de sentimiento alguno derivado de esa acción, ni tan siquiera el remordimiento; luego la realidad es que puede uno tranquilamente hacer sonar la campanilla y tomar como propios los bienes del mandarín … Está tan lejos de nosotros como Aristóteles lo está en el tiempo.

Yolanda Cabezuelo Arenas

Yolanda Cabezuelo Arenas

Yolanda Cabezuelo Arenas es un espíritu libre, extraño equilibrio entre la estricta educación conservadora y la influencia librepensadora de su padre José Luis Cabezuelo Holgado, insigne abogado que durante muchos años lo fuera del Consulado de Italia en Sevilla, ciudad donde era conocido por su erudición.

De su madre, Laura Arenas Green, perteneciente a una familia aristócrata y aficionada a las Artes, hereda el de verbalizar y hacer visible la realidad. Hay que recordar que es sobrina de Luis Arenas Ladislao, conocido fotógrafo cuyo legado diera a la belleza de Sevilla proyección internacional, incluso la Sevilla secreta de la más estricta clausura en e Sevilla oculta, Sevilla eterna y Semana Santa en Sevilla.

Su tatarabuelo, Isauro López-Ochoa y Lasso de la Vega, fue un periodista perseguido por sus ideas liberales; fundador de la revista El Avisador, que contaba con la colaboración de Javier Lasso de la Vega, José Gestoso, Luis Montoto, Antonio Machado y José de Velilla, entre otros.

El ambiente familiar propició el trato desde niña con personajes destacados de las Artes, recibiendo una formación esmerada en el estudio de la Historia, Literatura, Música y Pintura, faceta que perfeccionó en la escuela de Artes Aplicadas y oficios artísticos de Sevilla. También fue alumna de José María de Mena en la escuela de Arte dramático, llegando a interpretar y dirigir obras como Cinco horas con Mario, La vida es sueño, Don Juan Tenorio y La casa de Bernarda Alba.

La principal temática de sus escritos ligeros se centra en el comportamiento humano. Para estudiarlo no ha dudado en introducirse en distintos ambientes sociales, incluso marginales. Aunque reconoce que “habría podido evitar conocer a algunas personas, he aprendido la importancia de los valores viendo las consecuencias que sufren quienes viven sin ellos”.

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