Las nueve musas
David Thoreau

“Así como Cowley amaba un jardín, yo amo un bosque”

 

En julio de 1845 Henry David Thoreau iba camino al zapatero cuando fue arrestado.

El motivo era un impuesto impago que aún exigía el Estado en nombre de la iglesia.

Memorial de Thoreau cerca de Walden
Memorial de Thoreau cerca de Walden

En Walden (1854) Thoreau comentó respecto de su experiencia en la cárcel que la comunidad había mostrado su incapacidad para soportar a “tipos raros” como él; no obstante, su estadía tras las rejas no le ofreció un trauma posterior. Ya en libertad, escribe: “Retorné a los bosques en flor para preparar mi almuerzo de arándanos en la colina de Fair Haven”.

Este episodio que para lectores desprevenidos puede resultar folklórico representa, sin embargo, la irrupción del Estado y los tiempos modernos, aunque visto desde el siglo XXI tal vez sea observado con cierta ternura.

Como todos los manuales indican, incluso esa nueva especie de enciclopedia universal que es Wikipedia, Thoreau formó parte de lo que F. O. Matthiessen llamó American Renaissance; supo ser poeta y filósofo, aspirante a botánico, apreciador de las matemáticas y, por herencia paterna, fabricante de lápices. Relata Alfred Kazin que cuando Thoreau fue detenido, la representación del Estado ya no recaía en su amigo S. Staples, sheriff de Concord, quien lo condujera amablemente a la prisión, por el contrario, ese Estado se había transfigurado en el gobierno de los Estados Unidos, el mismo que llevaba adelante la guerra de México impugnada por Lincoln. En 1846 ensaya Desobediencia civil, donde recuerda su noche en la prisión:

“Cuando meditaba examinando las paredes de sólida piedra, de dos a tres pies de espesor  […] no pude menos que pensar en la estupidez de esta institución que me trataba como si simplemente fuese un montón de carne, sangre y huesos, susceptible de encerrarse bajo llave. […]Comprendí que el Estado era ingenioso a medias, que era tímido como una mujer solitaria con sus cucharas de plata, que no sabía distinguir a sus amigos de sus enemigos, y perdí todo el respeto que conservaba por él y le tuve lástima”.

Walden

Thoreau ejerció la práctica de la emancipación del individuo respecto de la sociedad, creía que el ejemplo personal prevalecía sobre los recursos de la política ante las injusticias de la guerra o la esclavitud. Este modelo activo de rebelión personal estaba direccionado a una reforma mental más que a un cambio puntual en sus vecinos de Concord. Años después, cuando el ataque del abolicionista John Brown a Harper´s Ferry (1859) le significó a este último una sentencia mortal del estado de Virginia y del gobierno de los EE. UU., pronunció en el ayuntamiento un alegato encendido a favor de la justicia donde el cuerpo de Brown era el símbolo de otro Cristo sacrificado, y su palabra la traducción de una gigantesca y diabólica estupidez. En el siglo posterior, figuras como Martin Luther King y Ghandi llevaron a la práctica ese credo refrescante.

Pero Thoreau sobre todo era un escritor. Lo que rodea al incidente de la cárcel acontece durante su estancia de dos años, dos meses y dos días (1845-1847) en Walden Pond, como correlato experimental de lo que Emerson puso de relieve en Nature (1836); a saber, el orden cósmico de los procesos naturales, una dimensión de la divinidad accesible a los hombres, la armonía del universo con nuestro yo más profundo, y el valor pedagógico que tiene la naturaleza sobre nosotros. Todas estas consideraciones venían a esclarecer el verdadero sentido de la raza humana sobre la tierra, principios que profesaban los trascendentalistas del norte, como su amigo y maestro Emerson, Channing, Alcott o Margaret Fuller, entre otros. El testimonio de esos dos años vería luego la luz en Walden como una ruptura a la dependencia puritana para consolidar el derecho del hombre a ser libre. Un corrimiento temporal de la civilización. Vecino del Israel Potter de Melville y Leaves of Grass de Whitman, el texto de Thoreau, como anota Pérez Gallego, nos permite asomarnos a las postreras luchas espirituales de un hombre de pensamiento en la época tecnocrática.

No resulta menor que la over soul de Emerson. Ese principio del que participa el alma del hombre y el mundo era también un rechazo a su contexto material, y a esa tradición conformista y puritana.  El legado del círculo trascendentalista de Boston aspiraba al justo disenso respecto de los valores que la sociedad lega e impone, una confrontación a la herencia moral recibida. Sus adeptos ponían de relieve el valor del conocimiento intuitivo para apropiarse de la verdadera esencia del mundo y la improvisación moral como práctica de la conciencia, y quien más que Thoreau para alzarse contra la injusticia a partir de la palabra y la conciencia que construye acción.

Walden Pond
Interior de la réplica de la cabaña de Thoreau, Walden Pond

Walden fue más que un aislamiento en los bosques, por el contrario, configuró un entrenamiento espiritual para volver a la sociedad. Pero esta vía trascendental no los convertía a todos en teólogos o en pedagogos, antes bien, en escritores. Thoreau, no solo había logrado construir su propia cabaña a orillas del lago para asentar las bases de la experiencia primordial del hombre, también aspiraba a convertirse en un artesano de la palabra.

Declaró que lo “que se llama elocuencia en el foro, se advierte que en el gabinete es retórica”; le importaban la expresión perfecta, el ritmo y la medida en la poesía. Sostuvo que esta consistía en hacer conocer la cualidad de una cosa, como una manera de extraer la verdad de los objetos, por ello, le parecía necesario que esta verdad se develase de a poco en un largo proceso donde el artista debía reemplazar el entusiasmo por el temperamento.

La naturaleza no fue el único tema de Walden, también estimó que lo primitivo humano acechaba en su corazón como el cazador a la liebre. A menudo, afirmaba que “lo único que nos atrae en literatura es lo salvaje”, porque la naturaleza le brindaba a cada paso un tutelaje renovado. Sabemos que tuvo la convicción de que limitando su vida a condiciones elementales llegaría a las raíces donde inevitablemente se revelaba el artesano. Proust, Yeats y Tolstoi, declararon su admiración por la grandeza de Walden. Supieron que Thoreau había demostrado en su devoción a la vida que la función del artista en la sociedad, aún desde la soledad más entrañable de los bosques, consiste en reconstruir la primitiva experiencia de la raza.

Refiere Kazin que a su muerte fue conservada la caja que construyó para guardar sus manuscritos, tal obra consta de treinta y nueve volúmenes que contienen dos millones de palabras. Falleció antes de cumplir cuarenta y cinco años. En sus diarios, registró lo aprendido junto a los indios, sus tradiciones y costumbres, su batalla contra los elementos. Las enseñanzas que obtuvo de los pieles rojas lo auxiliaron para descubrir que “nunca queda desarraigado del todo el salvaje que hay en el hombre”.

Desde el sur del Sur escribe Adriana Greco

Adriana Greco

Adriana Greco

Adriana Greco nació en Buenos Aires,

Es docente, correctora literaria y bibliotecaria.

Tiene publicados en colaboración tres libros: Poetas y Narradores Contemporáneos (Argentina: Editorial de Los Cuatro Vientos, 2004) donde recibió medalla de plata y el tercer premio de poesía de un jurado seleccionado por la editorial; participó de la antología Poesía y Narrativa Actual (Argentina: Nuevo Ser, 2006), y colaboró con cuentos, poesías, y en la redacción de contratapa para La Tinta y el Blanco (Argentina: Ediciones Mallea, 2010).

En 2011 crea el blog Correctores en la Red.

Durante el 2012 y 2013 participó con columnas literarias en el programa Paranormales de Radio Zoe.

En 2015 obtiene con Mala entraña el tercer premio en el II Certamen "palabra sobre palabra" de Relato Breve (España).

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