Las nueve musas

Están ahí. Son los buscadores de fama y gloria. Me llaman, me persiguen, y después, apenas atisban un poco de luz,  se olvidan de sus comienzos. ¿A cuántos he visto invocarme para después volverme la espalda al cabo del tiempo? Son  traidores de pluma negra y guante blanco. Sus absurdas promesas nunca lograron atraerme, aunque sí su desesperación. Solo otro más, me digo, cuando los veo arrastrarse por el fango de la maldición a la que sus instintos les avocan, vagando por las calles más solitarias de la ciudad, rebuscando en el vertedero de sueños, en busca de alguna historia. No puedo menos que compadecerme de ellos. Los amo al advertir su naturaleza: seres doloridos, fragmentos de un instante que vuelan en pos de un imposible, de ese rayo de luna del que tanto habló uno de mis preferidos, que tuvo la inmensa suerte de morir antes de corromperse. Sé que su subconsciente colectivo les arrastra, como un tsunami de recuerdos perdidos de las vidas que no vivieron; las que soñaron, las que quisieron vivir sin saber cómo, las que esperan, flotando en las nubes de sus memorias, a la espera de la pluma maestra que las describa.

Sé que al principio la mayoría de ellos pueden verme. Alcanzan a contemplar mi rostro desde la ventanilla de un tren, entre tiempo y tiempo. Entran, a través de la puerta entreabierta de mis desvelos, y consiguen vislumbrar parte del paisaje en el que habito.  Se les instala en el pecho entonces una bolsa de aire, que no consiguen exhalar sino es a través de letras sangrantes, de batallas en las que se baten cuerpo a cuerpo con sus sensaciones. Entran en noches que se alargan hasta el infinito, diluidas en la incertidumbre de lo que están haciendo. No saben qué persiguen ni qué ocultas ansias les mueven a vestir el insomnio de extraños personajes que creen imaginar en sus febriles mentes.

¿Cómo no voy a conmoverme con sus pesadumbres? Los vendedores de humo saben atraparlos. Mediante anuncios en los que prometen gloria y reconocimiento, les instan a enviarles sus obras y ellos, pobres peces hambrientos en el río de lo absurdo, pican de lleno en el anzuelo y se esfuerzan en correr frenéticas carreras de méritos en las que dejan de verme. Entonces viene el rechinar de dientes y el pánico ante el folio en blanco. Se acuerdan del instante en el que lograron divisarme; cuando les rocé  justo en medio de la desolación, y sintieron por un momento que nada de lo que les sucedía era cierto; cuando tocaron los pechos virginales de aquellas que les llevaron a la locura del desamor y el forzado olvido; cuando todavía eran crédulos y escribían sobre las hojas del viento para deshacerse de sus sentimientos excesivos. Se acuerdan de que estuvieron cerca de alcanzarme, e interceden para que les ayude.

¡Pobres buscadores de oro! En el crisol de sus mentes trabajan para encontrar la fórmula perfecta. Se apuntan a talleres de escritura y leen manuales de redacción. Asisten a eventos y recitan en altares de cartón piedra poemas en mi nombre.  Caen en el error del que hablaba aquel cuento ruso, en el que un campesino, tentado por el diablo, acababa  entregando su alma, completamente extenuado, al cabo del día por su afán de hacer suyas todas las tierras que lograse pisar en una sola jornada. No saben que ellos mismos son la tierra y el abono que buscan fuera.

Desconocen que al rozarme rozan un poco de su materia. Porque todas las cosas que existen nacieron antes en la imaginación y ellos mismos han sido imaginados. Beben de un río del cual forman parte y son sus propios cuerpos de agua los que agitan en busca de tempestades. Al principio, cuando sienten el impulso de las olas sobre sus sienes, están muy cerca de intuirlo; pero con frecuencia se desvían por el camino triste del ego. Entran en la espiral de la fama que les anestesia y dejan su mochila al borde del sendero, para internarse en un bosque de vanas alucinaciones en las que creen subsistir separados del océano al que pertenecen. Entonces, venden caras sus firmas y olvidan que la bolsa de aire va creciendo en sus pechos hasta enquistarse y dejarles sin oxígeno; secos como el desierto, incapaces de escribir una línea más. Algunos afortunados, a medida que la bolsa de aire va aumentando de tamaño, comienzan a volverse más y más ligeros, hasta que salen volando y no vuelve a vérseles.

A mí me gustan los que comienzan. Los que tiran del hilo poco a poco y, en algún recodo del camino, se encuentran con ellos mismos, aprendiendo a reconocerme en sus ojos hasta hacerme fluir en sus manos. Son muy pocos, apenas un mínimo porcentaje, los que llegan a sentir esto. Porque son muchos los caminos que conducen al mismo sitio pero algunos mucho más engañosos que otros.

He conocido pintores que retrataron fielmente el brillo de una mirada, la fiebre que a través de sus manos les llevó al encuentro con el delirio. Porque siempre hay un delirio que subyace en el arte, una esencia común que embriaga cuando se aspira. 

Algunos se han atrevido a decir que somos nueve, como los meses de gestación, aunque la leyenda afirme que hemos nacido de nueve noches seguidas de amor y deseo. Lo mismo podrían decir que somos legión, o que somos unidad, o que no somos, porque habitamos en cada ser y lo deshabitamos, a medida que este ser va creciendo, hasta el punto en que comienza a decrecer, en un ciclo perenne.

He conocido plumas que jamás han escrito. Seres que se sentaron a la orilla del río para confundirse con él. Siempre son los seres más puros los que más se acercan al silencio, los que comprenden que su música va más allá de cualquier instrumento. En vano lo han intentado músicos de renombre como Mozart, Beethoven, Bach, aunque lograsen acercarse considerablemente. Siempre tropiezan con una partitura incapaz de escribirse y de  tocarse. Con una música inaudible que solo ellos oyen en algún lugar intraducible del alma, como una incontestable e irrebatible realidad. Por eso los verdaderos músicos saben que la composición suprema no puede llevarse a cabo; aunque algunos compositores clásicos casi lo consigan, obsesionados por traducir sus lamentos a ondas musicales. Lo cierto es que la música es un estado del alma y, al igual que la escritura, de ser capaces de reflejarlo podrían también ser capaces de corregirlo y eso es algo que los científicos estudian cada día, sin lograr comprender que lo más simple es también lo más genuino. De hecho, si un escritor lograse escribir su vida tal y como la siente, esta sería la mejor obra jamás escrita. Si se lograse transcribir el impulso, el latido del corazón que despierta a la vida en todo su sistema corporal, esta sería, sin lugar a dudas, la obra perfecta, la suma de todas las obras.

Y ahora, que yo misma he intentado alzar la cortina que desciende, invisible, sobre cualquier realidad, advierto que, mientras el desespero y la angustia de todos estos seres sigan rozándome, seguiré intentando despertarles, atraerles, cada vez más profundamente hacia el abismo que los habita, para que pierdan el miedo a encontrarse con su reflejo, ese que intentan reproducir una y otra vez.

Y entretanto, lector que buscas la historia perfecta, esa que toque tu corazón y te demuestre que hay algo de ti en cada línea, te animo a que emprendas ese camino a lo profundo del bosque; porque también los ríos y las copas de los árboles componen melodías con el viento y juegan a leer en las hojas que arrastra la corriente, en las nubes que se reflejan en el agua o en el vuelo de los pájaros en el cielo.

Porque no hay más historia que la vida propia. Esa sucesión de momentos que se encadenan y hacen que los percibamos como unidades aisladas, cuando son parte de un inmenso círculo formado por otros círculos que se entrelazan creando una auténtica galaxia de planetas que componen un universo que gravita dentro de otro. Al modo de las muñecas rusas, esas matrioskas que guardan en su interior una muñeca cada vez más pequeña;  y esto es lo que pasa con las historias que, cuando te enfrentas a ellas, no sabes si eres tú quien las está contando o son ellas quienes te cuentan; porque todo transcurre alrededor de un círculo, como si de un gran ovillo se tratase, a cuyo alrededor transitamos y que, de vez en cuando, nos empeñamos en recoger en otros tantos, que vamos devanando hasta crear una galaxia de ovillos, que proceden de un único hilo, como ríos que discurren por varios cauces y tienen el sueño de ser distintos, cuando son únicamente manifestaciones que surgen de un tronco común.

Sí, las musas existimos, pero no somos como esas sirenas que trastornan a los navegantes y salvan a los náufragos cuando surge la tempestad. Porque la persona que escribe no lo hace para salvar a nadie ni para reconfortarlo, por mucho que así lo manifieste; sino para salvarse a sí misma, permitiéndose sacar a la luz esa parte invisible que trae consigo dentro de ella. La parte original con la que nació  antes de ser palabra; esa parte en la que tú, como lector, te reconoces a ti mismo e intuyes como propia y te lleva a buscarla cada vez que abres un libro, acudes a un concierto, miras una escultura o contemplas un cuadro que no sabes por qué te hechiza, por qué despierta en tu interior sensaciones nuevas que ignoras de dónde vienen.

No podemos huir de nosotros mismos y, aunque lo intentemos con ahínco, acabaremos por reconocernos. Cuando escribimos, leemos o soñamos, reproducimos aquellas regiones de nuestra alma a las que no sabemos acceder de otra forma, envueltos en las rutinas que nos absorben y nos precipitan al abismo de la soledad. Somos como veleros que han perdido el rumbo y con un golpe de viento advierten hacia dónde van.

Hay musas del dolor, que expresan su pena en versos que parecen derribar puertas, en frases que se clavan en nuestro pecho como estacas que nos dejan sin una gota de sangre.

Hay musas de la ira, que escriben con trozos de cristal, rasgando, arañando la superficie de la piel para llegar a la fibra sensible donde se instalan.

Hay musas del amor, que juegan a estampar corazones sobre los árboles del bosque, sobre las lisas paredes de los muros más altos, o en las cometas que se alzan al viento volando en el cielo de verano.

Hay musas imposibles, que se contradicen y desdicen continuamente, que se estrellan contra el sentimiento de un corazón que navega a la deriva, contra el apenas perceptible aleteo de una mariposa que pasa a nuestro lado.

Y hay también musas que no saben que lo son. Musas que se pierden en las huellas de un mundo que no acaban de entender y se limitan a habitar. Son las que viven en el agua, como las ondinas, las que habitan el momento como vestales guardianas del ahora, las que mantienen el fuego en una eterna chispa, que hacen brotar de cualquier ilusión.

Si buscáis musas, sin saber que forman parte de vosotros mismos, que se nutren de vuestra sed y se alimentan de vuestros sueños, perseguís destellos que proceden de vuestros cuerpos; haces de luz que se encienden a vuestro paso; porque las chispas que veis arder solo son parte de una hoguera mucho más grande de la que todos formáis parte.

 Sabed que la verdadera historia está siempre por escribir y, de igual  modo que vosotros tratáis de encontrarme cada vez que presentís mi roce, yo, en ese mismo intento que anima vuestra voluntad, también estoy buscando reconocerme, pues no es sino a través de vuestros ojos y de vuestras manos que persigo la ilusión de expresarme.

Manuela Vicente Fernández

Relato finalista en el concurso  I Premio Las nueve musas de Relato Breve

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José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor del semanario de artes y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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