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Definición corrupta de corrupción

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Cada vez estoy más convencido de que el capitalismo es una ideología cuyos efectos nocivos sobre el ser humano actúan como un refuerzo de éste a su causa.

Hablo del capitalismo no como sistema económico únicamente, sino como ideología que desplaza la moral de su centro para hacer que sea la moral la que orbite alrededor de la economía, las más de las veces como estrella fría y deshabitada.

En esta más amplia y exacta definición, no sólo el sistema capitalista, sino el comunismo y sus sucedáneos ideológicos modernos son ejemplos de su definición. Ambos sostienen sistemas económicos opuestos y un idéntico sistema moral. La economía ocupa para ellos el centro de todas sus preocupaciones, y el hecho de que sus sistemas distributivos sean diferentes u opuestos no debe ocultar que convergen en el punto más importante desde el punto de vista filosófico e histórico.

Estas dos variantes del capitalismo, el sistema capitalista y el comunista, responden hoy en día, en sus partidos, en movimientos derivados, en sus defensores, a esta adhesión de que hablo, la cual se refuerza cuanto más fracasa. El capitalismo sale ganando cuando vence, pero sale ganando mucho más cuando pierde. En el primer caso refuerza su defensa práctica, pero en el segundo caso hace algo mucho peor, que es reforzar su defensa moral.

El actual caso de Cataluña ha servido para reafirmarme en esta convicción, y servirá como ejemplo para ilustrar lo que quiero decir.

Cuando algunos políticos independentistas, después de haber sido prevenidos en innumerables ocasiones de las leyes que iban a transgredir y las consecuencias de esa transgresión, han sido encarcelados por hacer caso omiso a esas advertencias, se les ha llamado “presos políticos“. Claro que ese término lo han utilizado los defensores del independentismo para reforzar su causa añadiendo un componente victimista más. No por repetido debemos dejar de contestar que no es lo mismo un político preso que un preso político, porque esa es exactamente la confusión que me sirve como ejemplo para demostrar el capitalismo de los mismos grupos que se hacen llamar anticapitalistas. Nadie llama «presos políticos» a las personas con cargos políticos que han sido encarceladas por corruptelas económicas. Se les llama políticos presos, ladrones o corruptos. Así lo hacen las personas que piden la libertad de los “presos políticos” independentistas, y así en general cualquier persona que llame a las cosas por su nombre en vez de rebuscar entre un surtido de eufemismos. ¿A qué se debe, entonces, esta diferencia de criterios? Sin duda alguna, a una definición errónea, corrupta, del término «corrupción».

Si preguntamos a cualquier persona qué significa la corrupción política, o simplemente la corrupción, seguramente nos respondan algo relacionado con la desviación de fondos, las tramas financieras y los sobresueldos. Estarán acertando en su definición sólo muy parcialmente. Sin duda es una forma de corrupción política que por desgracia afecta a casi todos los países en mayor o menor grado, y a España de una forma especial. Sin duda es un problema para el que hay que encontrar una solución. Pero un error muy común es confundir el problema más importante con aquél que más se repite, y dejar de lado la raíz del problema al enfocarse en la multiplicación de sus ramas. Si cada caso de corrupción económica vuelve a enfocar el problema en la economía, la solución del problema vuelve a alejarse de nuevo, pues el problema es moral y por lo tanto hay que sustraerse del capitalismo. Este es, desgraciadamente, su gran mérito estratégico: cada problema que produce el capitalismo redunda en la consideración del capitalismo como su solución. El problema de la política siempre ha sido la corrupción, pero no acabaremos con ella hasta que no comencemos a considerarla en su verdadera dimensión.

Si me preguntan qué es la corrupción política, responderé que es la transgresión de la ley por parte de aquellos que tienen por deber hacerla cumplir. Quiero que los políticos culpables de corruptelas económicas sean juzgados y que cumplan una condena superior a la que cumpliría un civil acusado por el robo de la misma suma de dinero, y ello porque entiendo que en el político se da el agravante de la confianza y la responsabilidad que se le ha dado para hacer cumplir las leyes económicas. Un civil que roba es un ladrón; un político que roba es un corrupto. Cualquiera que piense en estos diferentes términos para nombrar dos mismas acciones, se dará cuenta que el matiz que lleva a diferenciarlos es el diferente autor que las lleva a cabo. El político que ha robado no es un corrupto porque ha robado, sino porque ha transgredido una ley; y sería un simple ladrón a no ser porque la ha transgredido mientras ocupaba un cargo destinado a hacerlas cumplir. Esto aceptado, se comprenderá la confusión que me genera ver que la misma persona que se alegra del encarcelamiento de unos políticos que han incumplido la ley en un sentido económico se entristezca o enfurezca por el encarcelamiento de unos políticos que la han incumplido en cualquier otro sentido. Todo político que incumple la ley es corrupto. Un policía es corrupto tanto si admite sobornos como si aprovecha su cargo para saltarse la cola del supermercado. La corrupción económica es una de las formas de la corrupción, pero la transgresión de la ley es la que engloba las distintas formas. Sabiendo que el robo está sancionado por ley, los políticos que cometen uno pierden el crédito moral necesario para hacerla cumplir; pero sabiendo con Perogrullo que toda infracción de leyes está sancionada por la ley, los políticos independentistas responsables de un referéndum ilegal, que estaban sobre aviso de su ilegalidad, pierden también el crédito para hacerlas cumplir. No sé de qué modo uno de esos políticos podría pretender que los ciudadanos del país que quieren establecer obedecieran las leyes. Si ellos aceptan unas y desechan otras, los ciudadanos tienen todo el derecho a aceptar las otras y desechar las unas. En vano el político puede decirle «no robes porque yo no robé»; el ciudadano puede contestarle: «yo incumplo la ley porque tú la incumpliste, y porque este país debe su fundación a su incumplimiento».

Que el independentismo es una ideología burguesa es algo sobre lo que no voy a insistir demasiado, pero que sí debo señalar. Mi crítica al independentismo catalán difiere de la crítica que en general mantiene la opinión pública. En primer lugar, basar la crítica en su posible salida de la Unión Europea no entra dentro de mi argumentario crítico. Creo haber escrito con anterioridad sobre mi poca simpatía hacia la Unión Europea, y creo haber empleado palabras comedidas y amables cuando la he llamado engendro de la bancocracia y gangrena de Europa. Que su centro neurálgico radique en Bélgica, un país nacido como Estado-tapón, con triple personalidad y por lo tanto sin carácter propio, y uno de los países con menos influencia en la creación de Europa si se lo compara con España, Francia, Italia o Irlanda, es ya una señal de su propósito. Por supuesto, tampoco comparto la crítica al independentismo que intenta justificar su postura profetizando el deterioro económico que supondría para Cataluña. No es el empobrecimiento de las grandes fortunas de Cataluña lo que me preocupa, sino precisamente su enriquecimiento, que suele llevar implícito el empobrecimiento de los más pobres. Caen aquí de nuevo los críticos en la monomanía económica, y en esto se parecen a los independentistas de izquierda, ya que son más capitalistas cuanto más se esfuerzan en no serlo. Es obvio que no fueron los campesinos catalanes que trabajaban la tierra de sol a sol los que pensaron en independizarse del resto de España; fueron los burgueses en sus castillos, con sus estómagos llenos tras opulentas cenas servidas por sus criados, los únicos que tenían tanto tiempo y despreocupación como para ir desarrollando en sus conversaciones la manera de ser más ricos de lo que eran. En vano intentan los independentistas dar a su reivindicación una imagen rebelde y revolucionaria: no fue en las calles y a grandes voces, no fue con huelgas de hambre como se ideó el independentismo catalán; fue en las reuniones de grandes burgueses que regaban su conversación con un vino más caro que la sangre de los pobres catalanes. Es precisamente este origen puramente económico, la reductio ad absurdum que su aplicación lleva implícita y el posterior adoctrinamiento a que se ha sometido y somete a los niños para defender la causa, las razones de mi oposición. Mientras la mayor parte de los críticos con el independentismo aducen razones económicas, mi mayor razón para oponerme es precisamente su origen económico. Pero no puedo menos que reconocer el mérito como estadistas de aquellos burgueses catalanes: consiguieron que muchos antiburgueses de hoy luchen por la causa burguesa de ayer.

Esta contradicción está conectada con mi idea sobre el capitalismo. Los independentistas de izquierdas son los primeros en llamar “presos políticos” a quienes incumplen las leyes no económicas (o no exclusivamente económicas) y corruptos a quienes incumplen las económicas. A eso me refería cuando escribía que el capitalismo sale vencedor tanto si vence como si pierde, o más aún si pierde. Porque cuando se encadenan años de estabilidad económica el capitalismo sale reforzado de una forma pragmática; pero cuando fracasa, cuando hay una crisis económica o cuando se da en él la corrupción política porque el mismo ambiente moral que crea induce a ello, entonces la opinión pública se centra tanto en el problema económico que refuerza ideológicamente su capitalismo. Y en esa misma ideología convergen los defensores del sistema capitalista y los comunistas, la izquierda y la derecha, todos atraídos por razones opuestas pero por una misma prioridad. No me cansaré de repetirlo: el capitalismo no es un sistema, sino una ideología que prioriza el capital sobre la moral. Eso hace la izquierda y la derecha políticas indistintamente aunque por diferentes medios y, sobre todo, eso mismo ocurre cuando la propia definición de corrupción queda reducida al ámbito económico.

 

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina (Mallorca, 1 de abril de 1986) es un escritor español.

Aunque sus comienzos estuvieron enfocados hacia la poesía y la narrativa (ganador II Premio Palabra sobre Palabra de Relato Breve) su escritura ha ido dirigiéndose cada vez más hacia el artículo y el ensayo.

Su pensamiento está marcado por su retorno al cristianismo y se caracteriza por su crítica a la posmodernidad, el capitalismo, el comunismo, y la izquierda y derecha políticas.

Actualmente se encuentra ultimando un ensayo.

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