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Darwin y su viaje iniciático hacia el origen de la vida

Siempre podrá albergarse esperanza para la humanidad extraviada de sí misma si, de tanto en tanto, pisan fuerte sobre nuestra Tierra esos hombres y mujeres dignos de admiración que se atreven a cambiar el curso, a menudo pesaroso, del ser humano.

Seres inteligentes, valientes, lúcidos, que elevan su rostro por encima de los demás y arrojan su tremenda luz y conocimiento sobre la existencia gris, mísera e ignorante del resto del mundo.

Viaje del Beagle
Viaje del Beagle (1831-1836)

Muy atrás quedaron ya —más de 175 años— aquellos días en los que un joven Darwin (1809-1882), entusiasta e interesado por todo, no sin complicaciones, aceptaba la tentadora oferta de formar parte de la expedición científica del barco inglés Beagle, como naturalista y compañero de camarote de Robert FitzRoy, su capitán.

En contra de lo que pueda pensarse y a pesar de ser un novel apasionado de la Historia Natural, Charles Robert Darwin había sido un estudiante mediocre en el colegio, abandonó la medicina en su segundo año en Edimburgo e iba camino de una precaria ascensión a clérigo anglicano desde Cambridge, a unos meses de ordenarse.

Pero, súbitamente, la vida estampó sobre su desordenado espíritu una oportunidad aventurera que impresionó a aquel muchacho inglés de veintidós años.

Ni la ausencia de titulación específica, ni su inexperiencia, ni un padre resuelto a encarrilar su vida y evitar que se convirtiese en el joven ocioso al que parecía aspirar, nada de aquello aparentaba ser impedimento para una misión de vida que arrancó en esos casi cinco años (1831-1836) que duró el viaje de investigación geográfica, cartográfica y cronométrica de la costa sudamericana, y que se modelaba predestinada para él.

Darwin
Darwin

Otros lo llaman un golpe de suerte, pero con frecuencia los invisibles hilos del entramado cósmico son inesperados y asombrosos.

Jamás hubiese podido él profetizar, no ya el cambio radical que supondría en su vida y su carácter tal experiencia, sino que removería drásticamente y sin posibilidad de retorno la visión pétrea de una sociedad, trabajada a golpe de cincel religioso, en torno al origen del hombre y a todo ser viviente sobre el planeta, hasta el punto de atravesarla y hacerla añicos, explosionando toda moral social, y así permanecer hasta nuestros días.

Fueron cinco años que dieron para innumerables vivencias, aprendizaje veloz y descubrimiento de la miseria humana y de la insignificancia del hombre ante las fuerzas internas de la Tierra.

Sus intensos y casi ininterrumpidos mareos —por un mar a menudo bravío— que padeció durante buena parte del viaje no pudieron con su persistente afán de investigar, rastrear, estudiar, comparar, recorrer cada rincón virgen de los nuevos paisajes que se le ofrecían ante los ojos, cada vez que tenía ocasión de respirar aliviado sobre tierra firme y adentrarse tierra adentro en sus múltiples excursiones de exploración científica.

Su pasión por la ciencia y la naturaleza lo instaba una y otra vez a madurar en las complejas disciplinas de la geología, la paleontología, la botánica y la zoología.

No deja de maravillarnos la permanente visión holística de fondo que su mente reflejaba con cada acontecimiento natural, fuese pequeño —las diminutas hormigas legionarias de la pluviselva brasileña y su fiero comportamiento grupal— o fuese grande —el proceso de formación escondido tras los atolones coralinos de la isla de Coco en el Pacífico—, que iba asimilando en su cerebro de genio intérprete del complejo lenguaje desafiante de un planeta aún por acabar de desentrañar. Apenas quedó costa, montaña, acantilado o llanura sin ser explorados por su mirada observadora y escudriñante de halcón.

Conoció varias razas de indígenas, que inevitablemente comparaba y desgranaba desde su visión de ciudadano civilizado, y a los que compadecía frente a su evidente masacre; vaticinaba una posible extinción futura, de los propios aborígenes y de muchos animales autóctonos, ampliamente explotados ya por el hombre.

Presenció la crueldad de algunos colonos en Brasil y el lamentable espectáculo de la esclavitud, que tanto hería su sensibilidad.

No fue arbitrario que hubiese sido educado en un ambiente liberal, protagonizado por su familia materna, los Wedgwood, que serían de los primeros adversarios al esclavismo, allá por tiempos de su abuelo Erasmus.

Se le estremecía el corazón ante tales escenas, y no podía evitar entristecerse al reflexionar sobre la hipocresía igualmente de los ingleses y sus descendientes americanos, implicados en el tráfico de esclavos, mientras proclamaban exaltados la libertad como bandera.

Se vio atrapado a las puertas de la ciudad de Buenos Aires y peligrando su vida, debido a la recién iniciada revolución del general Rosas, al que había conocido personalmente, hecho que pudo librarle de verse envuelto en amenazas mayores.

Dio con multitud de fósiles de grandes animales antediluvianos en la Pampa, circunstancia provocadora, antesala de la necesidad imperiosa de una hipótesis aclaratoria sobre las especies extinguidas, que tambaleaban herética y peligrosamente el modelo creacionista del Génesis.

Aguantó fuertes temblores provocados por un intenso terremoto, cuyo epicentro se situaba a pocos kilómetros al norte de donde se encontraban. Solo cuando entraron en el puerto chileno de Talcahuano, vieron terrenos, ciudades y vidas arrasadas por la fuerza inexpugnable de una Tierra que desploma en segundos la grandeza soberbia de las obras humanas.

Tras recorrer tierras y costas sudamericanas, coronaron el ecuador terrestre en las extrañas Islas Galápagos o Encantadas, teselas de lava negruzca y ardiente que escondían un mosaico evolutivo que el joven naturalista habría de reconstruir en los siguientes años: una revolución de mentalidades comenzaba a gestarse entre dragones contemporáneos (reptiles iguanas), gigantescas casas andantes (tortugas galápagos), picudos polimorfos alados (aves pinzones) y personajes desubicados (pingüinos).

TortugasY ya el viaje de regreso —añorante y eterno— hasta su anhelada Inglaterra culminó pisando tierras australianas, en una bella Tahití que deslumbró a los viajeros y en otras islas del Pacífico.

Pero su epopeya, aunque él solo lo intuyera, no había hecho más que empezar. El frenesí del trabajo científico que le acompañaría hasta el final de sus días ya no tenía vuelta atrás: debía desarrollar y completar todo lo que un visionario como él estaba predestinado a elaborar y compartir con el resto de la humanidad.

Dedicó los siguientes años a sintetizar y publicar, tanto un detallado Diario de viaje del Beagle, como un compendio sobre zoología de cinco volúmenes en el que colaboraría, sobre los años de exploración del viaje (Zoología del Beagle), y asimismo escribió artículos, dio charlas y publicó variados libros sobre sus investigaciones en muy diversos campos —las lombrices y su laborioso papel en la formación del suelo, la fertilización de las orquídeas, los pequeños cirrípedos, el poder del movimiento en las plantas, la expresión de las emociones, las plantas insectívoras, la formación de los arrecifes de coral, la inteligencia de las raíces vegetales,…

galápagoPero, de forma paralela, además fue elaborando —en su cabeza y con esquemas— una teoría que se iba configurando tan claramente como las ideas que iba plasmando en el resto de sus indagaciones científicas que sí que iban viendo la luz.

Muy a su pesar, también lo acompañaría el resto de su vida una rara enfermedad que, con frecuencia, lo mantenía postrado y con poca posibilidad de ejercer su labor tan eficazmente como él hubiese deseado.

En cualquier caso, los años iban pasando y, sorprendentemente, el misterio de los misterios —como él mismo lo llamaba a veces— seguía encriptado, excepto para un par de colegas compañeros.

¿Por qué transcurrieron más de veinte años desde que volvió a pisar tierras inglesas aquel año de 1836, de vuelta de su odisea, hasta que se atreviese a lanzar su teoría, sin lugar a dudas, más polémica?

Se ha especulado bastante al respecto, porque no se supo nunca a ciencia cierta si pudo ser por miedo a un fuerte y consecuente rechazo de buena parte de científicos y, por supuesto, de la Iglesia, o por reparo hacia su familia, especialmente por su esposa y prima Emma Wedgwood, de carácter alegre, comprensivo y dulce pero también fuerte y de gran arraigo religioso, o quizás más bien por esa permanente actividad que lo mantuvo tan atareado durante todos aquellos años.

Hasta se piensa que su propia conciencia —no hay que olvidar que estuvo a poco de convertirse en clérigo— ante sus propias creencias religiosas pudieron hacerle dudar, aunque en sus escritos y comentarios se hace muy evidente la seguridad que emanaban sobre lo que decía.

Él era, sin ninguna duda, consciente de la trascendencia de sus fundamentos y de las pruebas que lo avalaban. Y, así y todo, vaciló y lo pospuso año tras año.

Tuvo que ocurrir un incidente que lo sacó de su ensimismamiento, para decidirse de forma determinante.

ALFRED RUSSEL WALLACEEl naturalista Alfred Russel Wallace le remitió un ensayo propio sobre el estudio de la aparición de nuevas especies, consultándole sobre la idoneidad y calidad de sus tesis, para que luego el mismo Darwin se lo enviase al geólogo Charles Lyell, amigo suyo y miembro de la Royal Society, para ser publicado. Paradojas de la vida: había llegado a las mismas conclusiones que él veinte años antes.

Ante el dilema moral que se le planteaba si publicaba su propia obra, inevitablemente ya después de aquel ensayo y apareciendo como un vulgar ladrón de ideas, fue honesto y tajante: envió a Lyell el manuscrito de Wallace. Pero puesto que, tanto aquel como el botánico Joseph Dalton Hooker conocían el incalculable trabajo de Darwin a lo largo de tantos años, finalmente se llegó a un acuerdo intermedio y el artículo se presentó de forma conjunta entre ambos, ante la Linnean Society el año 1858.

Así que, manos a la obra y tras el revuelo y expectación creados entre la comunidad científica, Darwin pudo finalmente publicar El origen de las especies al año siguiente, agotándose esta primera edición de mil doscientos cincuenta ejemplares en el mismo día de su publicación.

Los poco inesperados ataques llegaron otro año después, en 1860, en la famosa y controvertida Asamblea de la British Association en Oxford, en la que científicos creacionistas e Iglesia, con toda la artillería convenientemente planificada durante ese tiempo previo, perpetraron la ofensiva.

Ya sabemos que siempre habrá opositores conservadores a cualquier descubrimiento revolucionario que suponga un avance en la comprensión del universo, incluya este el sistema solar, el planeta Tierra, la geosfera, la vida o el mismo hombre y su devenir.

El dogmatismo es una consecuencia inherente al fanatismo, que obliga a sus fervientes seguidores esclavizados a aferrarse con uñas y dientes a sus dogmas, por ejemplo científicos —y más aún si vienen sustentados por otros religiosos, lo que los hace inexpugnables—, a pesar de las evidencias y debido a un irracional y aterrador miedo al cambio que, paradójicamente en el caso que nos ocupa, era temor a la progresión, a la evolución, al movimiento continuo y transformador de todo cuanto existe.

El mismo naturalista no pudo asistir a la Asamblea, debido a sus problemas de salud, pero estuvieron presentes su fiel y antiguo profesor de botánica en Cambridge, el clérigo John Stevens Henslow —fue el que lo recomendó para la expedición y estuvo acompañándole desde el otro lado del océano recibiendo datos y todo su material, y le apoyó durante el resto de su carrera—, así como Thomas Henry Huxley, su más fervoroso defensor, y el nombrado Hooker.

Fue entonces cuando la oposición arremetió contra la errónea idea —aún extendida en nuestros días— de la descendencia directa del hombre desde el mono. Darwin jamás dijo tal cosa en ninguna de sus obras.

De hecho, no fue hasta doce años después cuando se atrevió a meterle mano a tan escabroso tema —que también eludió cuanto pudo—, gracias a la publicación de El origen del hombre y la selección sexual.

El origen de las especies supuso arramplar con el paradigma bíblico, tan firmemente enraizado, de la creación divina e inamovible de todas las especies sobre la Tierra a lo largo de siete días, y tal como se conocían, rescatadas por Noé en su arca durante el Diluvio Universal.

Pero si esta teoría rompía con el texto sagrado del Génesis, El origen del hombre y la selección sexual no solo repetía tan indigna osadía, sino que se aventuraba más allá pretendiendo poner en duda el carácter divino del hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios y separado con carácter superior del resto de la Creación y la naturaleza.

Porque entre toda esta sinrazón y despropósito, ¿dónde quedaba el Creador Pantocrátor?

Las consecuentes calificaciones de hereje, ateo y diablo retumbaban en el alma de un hombre de ciencia, perseguidor incansable de la verdad, que no perdía un ápice de fe en sus propias creencias, y que ahora consideraba a un Dios creador de una única forma primordial originaria de toda vida, a la que dotó de tremenda flexibilidad para que pudiese acontecer el auténtico milagro de la lenta y pausada evolución, a lo largo de millones de años.

DarwinEste fenómeno evolutivo, según él, no hacía más que ennoblecer a todos los seres vivos en su empresa hacia la perfección de cada especie, originando una extraordinaria biodiversidad.

Otra de sus máximas científicas fue tergiversada  —y utilizada posteriormente para justificar la competitividad y las desigualdades sociales—: la ley de supervivencia del más fuerte. Sin embargo, más acertadamente Darwin lo que argumentaba era que la especie exitosa es la que se las ingenia para adaptarse mejor y más eficazmente al medio continuamente cambiante, lo que puede conseguir mediante muchos mecanismos inteligentes; sobreviven los más aptos.

Siendo, en boca de su propia mujer, un hombre sincero y directo, y transparente respecto a lo que pensaba, no le importó dedicar tiempo y energía a contestar a sus detractores. Con paciencia y elegancia contestaba y rebatía de forma precisa y contundente cualquier reproche, idea sin fundamento o engañosas interpretaciones.

Por otro lado, Darwin, gran conocedor de la orogénesis terrestre, explicaba que el aislamiento ocasional geográfico de una especie, producido por estos acontecimientos geológicos de la historia del planeta, provocaba una evolución independiente del resto de sus semejantes, que podía acabar culminando en nuevas especies.

¡Cómo encajaba este clarificador proceso en el hecho de que, en cada isla de las Galápagos, las tortugas que las habitaban presentasen características únicas y diferentes a las de las demás islas!

Y en el caso de los pinzones, con sus variados picos según el tipo de alimento que ingerían, eran prueba de su adaptabilidad a las distintas fuentes de alimentación, lo que fue conformando por medio de la selección natural las diferentes especies de estas aves.

Respecto al hombre, el científico inglés daría toda una suerte de detalles sobre las fascinantes semejanzas entre aquel y los primates actuales, sugiriendo así un antecesor común para ambos, y situando el origen geográfico del hombre en África —no anduvo nada desencaminado, como veremos en el futuro en la presente sección.

El incombustible Darwin se dedicó a su trabajo hasta dos días antes de morir, en 1882, a la edad de 73 años. El incalculable valor de su aportación al patrimonio científico de la humanidad lo ha hecho digno de ser comparado con Copérnico, Newton o Galileo.

Todos ellos fueron hombres notables que una sociedad e Iglesia ciegas llegaron a estigmatizar. La gran herejía de Darwin fue argumentar que las especies no eran inmutables, incluido el hombre. En vez de Pero se mueve…, él vino a decir Pero cambian

Para terminar este capítulo de la historia de las ciencias de la vida, nos quedaremos con unas breves palabras de su protagonista, que nos harán reflexionar sobre la actual escalada sin fin del hombre contra la naturaleza…

 

El hombre selecciona solo para su propio bien.

La naturaleza solo para el bien del ser que tiene a su cuidado.

Mar Deneb

Mar Deneb

Mar Deneb nació en Sevilla. Es bióloga, escritora y música.

Como bióloga, fue supervisora en el Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Generación y Captura de Datos de los Subsistemas de Relieve y Uso del Programa Sistema de Información Ambiental de Andalucía (SINAMBA)”.

Fue Directora Técnica del Proyecto de la Agencia de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía “Plan Rector de Uso y Gestión (P.R.U.G.)” del Parque Natural Bahía de Cádiz y Coordinadora en el del Parque Natural Barbate.

Trabajó como Técnica de Medio Ambiente y Educadora Ambiental en el Ayuntamiento de Sevilla.

Como escritora, publicó las novelas “Zenia y las Siete Puertas del Bosque” (2016), de fantasía épica, y “Ardo por ti, Candela” (2016), de género erótico.

Formó parte de las Antologías de Relatos “Cross my Heart. 20 Relatos de amor, cóncavos y con besos” (2017) y “Ups, ¡yo no he sido!” (2017), junto a otros escritores.

Fue redactora de la sección de Ciencias en la Revista Cultural “Athalía y Cía. Magazine”.

Colaboró en el Programa Cultural de Radio “Tras la Puerta”, con alguno de sus relatos.

Formó parte del jurado del I Certamen de Relatos Navideños del grupo literario “Ladrona de sonrisas”.

Como música, fue Jefa de Seminario y Profesora de Música de Enseñanza Secundaria y Bachillerato.

Fue Socia y Coordinadora de Producción en varias empresas de Producción Musical.

Formó parte como instrumentista de diversas agrupaciones musicales.

En la actualidad, imparte talleres sobre la inteligencia de las plantas y sus elementales.

Lleva la sección “Más que plantas” en su canal de YouTube.

Trabaja en sus dos próximas novelas, en diversos relatos y escribiendo artículos para su propio blog.

5 comentarios

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  • Una exposición excelente de una de las figuras más importantes y a la vez poco conocidas de su siglo. Gracias por mostrarnos de manera tan prolija y amena esos aspectos que lo hicieron distinguirse en una sociedad marcada por el hermetismo ideológico, social y científico. Solo los genios son capaces de nadar contra corriente para encontrar el sentido correcto. Felicitaciones a la autora y a la revista, es un lujo poder disfrutar de artículos tan innovadores e interesantes. Esperando al próximo.

  • Maravilloso artículo que nos presenta, por fin, la versión mucho más real y humana de ese gran personaje que cambió sin duda la forma de ver y entender el mundo. La forma dede contarle hace que te enganches a la lectura y quieras más. Así da gusto aprender.
    Enhorabuena a la revista y sobre todo a la encargada de la sesión que, sin duda, está tocada por alguna musa.
    Mis Felicitaciones.

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