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Damnatio memoriae. La maldición de la desmemoria colectiva

Entre amados y odiados muertos anda el juego de la desmemoria colectiva de la izquierda y la derecha.

Tumba de FrancoEl tan inesperado honor que está a punto de recibir la ridícula cofradía española de “amigos del caudillo“, por obra y gracia del vergonzante despropósito de uno más de los desgobiernos que tiene España que soportar, nos quiere hacer retrotraer al ya nebuloso recuerdo de un abismo superado por la sociedad civil española, el abismo que se abrió durante la transición, el mismo que tuvo en jaque el futuro democrático de España hasta que, con hercúleas zancadas, la Constitución de 1978 firmó la incipiente ruptura teórica pero extraordinariamente radical y -en la práctica de los hechos consumados, netamente revolucionaria- no sólo con el régimen dictatorial anterior, malparido con la sangre de miles de hombres y mujeres, adultos, jóvenes, ancianos y niños… sino con los vestigios político sociales más recalcitrantes incluso del Antiguo Régimen Monárquico.

Y lo hace con toda la malicia -perversidad, incluso- de que siempre se han demostrado capaces los que gobiernan desde un Palacio, sea El Real, El Pardo o La Moncloa. El terrorismo social en España siempre ha tenido a dos miserables voceros azuzando al pueblo español a izquierda y a derecha, como si de un rebaño se tratase. A la cabeza, el rey, caudillo o líder de turno. En retaguardia, la más baja, soez y ruin canalla española (que nunca ha faltado) gritando “Vivan las cadenas” y, en medio, la nación… para variar. Atolondrada las más de las veces, descontadas notabilísimas excepciones o, sencillamente, demasiado descreída como para apostar por algo más que por su propia supervivencia.

Pues perverso es desenterrar a los muertos con fines políticos, perverso para los vivos, claro está. El muerto no es nada. Porque si algo fuera, encantado estaría de que lo removiesen, por ver algo de novedad en un mundo que todos abandonaron para siempre. Como sospecho que en este caso no se trata de dar gusto al muerto de turno, al menos, no de manera declarada y oficial, resulta obvio que ese gusto pasa (por transmisión directa) a quienes se consideran sus herederos legítimos -por miserable que sea la herencia que se arroguen-.

Y esos fines no son otros que los de levantar de su tumba a la derecha fascista española -misión imposible donde las hubiera, por anacrónica y porque jamás estuvo en pie por la fe y devoción de sus supuestos partidarios -como en la Italia de Mussolini o en la Alemania nazi- sino por resultar una sencilla receta ideológica, de fácil lectura y asimilable digestión para un pueblo derrotado en medio de un tremendo baño de sangre.

Pero a cualquier política simplona, basada en la barbarie de la estupidez y la ignorancia, que necesite presentarse ante el electorado como única vía democrática para “salvar o regenerar” el propio régimen democrático (muy propio de las izquierdas de raíz o simpatías totalitarias) les termina siendo imprescindible resucitar a sus declarados y admirados enemigos en la palestra política, frente a sus burdos y aburridos imitadores, ambiguos opositores de tres al cuarto.

Franco hizo grande el comunismo en España, tanto durante la guerra como después de ella. Lo invistió de una realidad y de una categoría que ni tenía ni presentaba visos de tenerla. Ahora le tocaba el turno ya a ese nuevo socialismo fagocitador de todos los comunismos, paternalismos y buenismos de toda especie, de devolverle el favor al dictador, sacándolo a relucir de la manera más brillante que se pudiera haber imaginado. Resucitándolo “in corpore”, ya que con el alma del “movimiento” apenas dan por mucho que busquen.

Y lo hacen recolocándolo donde creen que merece, es decir, en cualquier parte donde pueda ser venerado con fruición (aunque sea durante un par de telediarios; media generación de idiotas más, a lo sumo) por sus fervientes fieles, que le harán el juego al gobierno a placer, pues sacarlo de esa mole tan abstracta como horrenda para singularizarlo como el personaje histórico que quiso ser y que nunca fue (el caudillo de un Imperio) sería la mayor de sus delicias. Había que crear la Tumba de Franco, inexistente hasta el día de hoy, a la cual se le acaba de otorgar carta de naturaleza, por decreto ley. Y levantar su sitio será trabajo de los propios franquistas (en colaboración con la familia) una peña que llevaba ya mortalmente aburrida durante más de tres décadas.

Lo que ahora pretenden resucitar está tan putrefacto o tan reducido a la nada como las miserables ideas que les mueven.

La “damnatio memoriae” a la que tan aficionados eran los déspotas de la antigüedad (tristemente famosa en Egipto) y que, en buena parte, insufla el espíritu de la no muy atinada ley de memoria histórica, está detrás de una decisión (otra más) absolutamente carente de utilidad práctica para el país. Con el agravante de que además sirve al propósito contrario, el de reedificar la figura del condenado por la Historia.

Sirva como ejemplo histórico la famosa tumba de Alejandro Magno (salvadas sean todas las astronómicas distancias con el alfeñique que nos ocupa aquí) Desde su muerte, fue movida, desplazada y trasladada a lo largo y ancho de sus ciudades y territorios conquistados, sirviendo a distintas políticas interesadas de sus sucesores pero, sobre todo, a la temprana consolidación exaltadora de su recuerdo popular en una época en que la mayoría de la población era iletrada.

España en el siglo XXI, no tan iletrada pero sí más mediatizada y, por consiguiente, idiotizada que cualquier contemporáneo del macedonio, arrastra tras de sí las pesadas cadenas de los falaces eslóganes políticos que la aprisionan, entre letras y voces sin ilustración alguna. Como si de una bestia de tiro se tratase, España sigue cargando con todos sus muertos en la carreta de los vivos, como un lastre más a su pesado y eterno caminar, lento, vacilante hacia un etéreo horizonte de estabilidad social, justicia, y prosperidad económica.

Y todo parece resumirse en una política necrófila. Aspiran a gobernar a los muertos ya que ellos no se quejan. Han creado un zombie, un espantajo que traiga adeptos en este circo mediático que es como la Casa del Miedo de unos feriantes disfrazados de doctor Frankenstein.

Entretanto, Lorca sigue agonizando según las proclamas de quienes, al mismo tiempo, ignoran la tumba de Machado en tierras del exilio.

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Antonio Sánchez Illescas

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