Las nueve musas
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Cuestiones de Gramática funcional

TEORÍA DE LA TRANSPOSICIÓN

Las funciones se reconocen por hechos lingüísticos formales como la concordancia, las posibilidades de conmutación (sustitución de un elemento de la oración por otro equivalente) o la presencia de índices funcionales como ciertas preposiciones.

TEORÍA DE LA TRANSPOSICIÓN
El funcionalismo lingüístico hispánico tiene sus figuras más señeras en Emilio Alarcos Llorach y Salvador Gutiérrez Ordóñez.

Aunque son varias y diferentes las orientaciones metodológicas que, en ocasiones, se engloban bajo el ecléctico marbete de funcionalismo lingüístico o gramática funcional –incluso dentro del paradigma estructuralista o postestructuralista– (véase el caso de la Gramática funcional del español de César Hernández Alonso), se antoja crucial tomar como punto de partida insoslayable los imprescindibles Estudios de gramática funcional del español (1970)[1] de Emilio Alarcos Llorach como germen esencial en el enfoque estructural-funcionalista desde el que abordar los estudios de Lingüística así como seguir su profundo rastro y perenne estela en toda esa privilegiada pléyade de discípulos que se formaron bajo su magisterio y que han ido ampliando y desarrollando su labor en multitud de trabajos, estudios e investigaciones sobre distintas cuestiones que conservan, en gran medida, las ideas pioneras y la sagaz, perspicaz y aguda visión repleta de erudición del campo abierto por el maestro Alarcos, siendo, probablemente, el ejemplo más sobresaliente el del brillante lingüista de la Universidad de León y académico de la Real Academia Española Salvador Gutiérrez Ordóñez.

Leonardo Gómez Torrego.
Leonardo Gómez Torrego. Fotografía: Fundéu.

Por tanto, aun cuando podemos encontrar orientaciones metodológicas –en su aplicación- de corte funcional en distintas –y muy buenas- obras, como, por ejemplo, la Gramática española[2] del ilustre e insigne Francisco Marcos Marín (junto a Satorre Grau y Viejo Sánchez) o también, y aunque muchas veces predomine el carácter prescriptivo, en los siempre diáfanos y excelentes trabajos del didáctico y eminente Leonardo Gómez Torrego, los pilares fundamentales habrán de ser, indefectiblemente, las obras alarquianas, tanto sus Estudios (1970) antes mencionados como su Gramática del 94[3] (quizá no tan funcionalista como hubiera sido deseable al tratarse de un encargo de la RAE, pero donde, aun así, mantuvo su independencia para exponer sus criterios sobre diversos aspectos, ya fuera de forma más o menos explícita o de manera subyacente a los temas tratados) entre otros tantos trabajos dispersos del maestro Alarcos, a los que hay que sumar los otros muchos surgidos desde entonces; y, sin duda, en este ámbito se erige majestuosa la figura del gran sabio del idioma Gutiérrez Ordóñez. No obstante, para no hacer demasiado tediosa y farragosa la lectura de este humilde artículo con múltiples referencias a sus obras –todas ellas de más que recomendable lectura y estudio-, recurriremos, igual que he intentado hacer en mi obra La pervivencia del pensamiento alarquiano en la actualidad, a sus aportaciones en otras diferentes plataformas donde ha expuesto sus planteamientos, siempre con una coherencia metodológica y rigor científico absolutamente deslumbrantes siguiendo el ejemplo de su maestro, Alarcos Llorach. Sirva de ejemplo su magnífica conferencia del año 2009, Lo que no debe decir un gramático[4], que tuvo lugar con motivo de un ciclo de conferencias organizado aquel año por el Instituto Cervantesy donde en apenas una hora Gutiérrez Ordóñez desgrana algunas cuestiones muy interesantes con la profunda sapiencia y espléndida maestría que le es inherentemente característica. Además de sus conocidas obras (Lingüística y Semántica. Aproximación funcional; Principios de Sintaxis Funcional, La oración y sus funciones, etc.) y de su activa y directa participación en obras académicas de la RAE, como dijimos en nuestro anterior artículo (Lingüística estructural y funcional), Gutiérrez Ordóñez, igual que hiciera Alarcos, también ha participado en la elaboración de magníficos libros de texto (y fantásticos manuales como el de Análisis sintáctico I, junto a Manuel Iglesias Bango y Carmen Lanero Rodríguez[5]).

TEORÍA DE LA TRANSPOSICIÓN
Emilio Alarcos Llorach (a la dcha.), junto a su gran amigo, el poeta Ángel González.

En primer lugar, uno de los elementos fundamentales, esenciales y cruciales en la Lingüística funcional es que la función precede a la categoría. Podríamos traer a colación aquello que decía Carla Victoria Jara Murillo][6] “¡Creer que la estructura es previa a la función es como creer que los pájaros vuelan porque algunos animales primero desarrollaron alas y luego tuvieron que ver qué hacían con ellas!”. Es decir, los conceptos de forma y función no están disociados, sino que, al contrario, la función condiciona la forma. Ello es lo que conforma lo que se conoce como la perspectiva funcional de la oración, de acuerdo con la cual un enunciado es un conglomerado de elementos que, a la vez que forman parte de un sistema, cumplen una función; es decir, la forma de cada una de las unidades que conforman un enunciado lingüístico no puede concebirse en términos exclusivamente sintácticos, sino que, además, es fundamental y decisorio determinar el significado de estas unidades en el amplio contexto comunicativo en el que suceden.

En segundo lugar, y como ya comentamos en nuestro anterior artículo, uno de los mecanismos fundamentales dentro del funcionalismo al que nos adscribimos es el de la transposición. En su momento ya expusimos, siguiendo la metodología alarquiana, los criterios formales en el reconocimiento de funciones, así, las funciones se reconocen por hechos lingüísticos formales como la concordancia, las posibilidades de conmutación (sustitución de un elemento de la oración por otro equivalente) o la presencia de índices funcionales como ciertas preposiciones. Por ejemplo, la función de sujeto se reconoce por las desinencias flexivas del verbo (sujeto gramatical) y la concordancia con este; la de implemento (complemento directo) por la sustitución por los pronombres clíticos de acusativo (lo, la, los, las), la de complemento (complemento indirecto) por la sustitución por los pronombres de dativo (le, les), etc. Otras funcio­nes oracionales son el suplemento (complemento preposicional regido), el atributo, el atri­butivo del sujeto o del implemento (complemento predicativo del sujeto o del complemento directo) y el aditamento (complemento circunstancial). Aunque tradicionalmente el estudio de las funciones se centrara en el ámbito oracional, entre el verbo y otros elementos de la oración también se reconocen funciones no oracionales, como la de adyacente en el ámbito nominal, adjetival o adverbial.

Como detallo en mi obra antedicha, en cuanto a las categorías gramaticales, se distinguen en sintaxis funcional dos tipos de categorías gramaticales: las morfológicas o sintagmémicas y las sintácticas o funcionales.

Las categorías morfológicas se definen por rasgos formales de las palabras y son las cate­gorías gramaticales tradicionales (llamadas a veces partes de la oración, clases de palabras): sustantivo, adjetivo, pronombre, verbo, adverbio, etc. Cada una de ellas se define por rasgos formales (no de distribución), como [+léxico], [+género], [+numero], [+tiempo], etc.

Las categorías sintácticas o funcionales se definen por las funciones que las palabras pueden desempeñar. Una categoría funcional agrupa “todas aquellas magnitudes de un decurso que estén capacitadas para contraer una(s) misma(s) función(es) sintáctica(s) abstracta(s)”[7]. Un pronombre, por ejemplo, es una categoría morfo­lógica que se caracteriza por tener rasgos de género, número, persona y caso; sin embargo, no constituye por sí mismo una categoría sintáctica, pues realiza las mismas funciones que los sustantivos; por tanto, pertenece a la categoría sintáctica sustantivo (=sintagma nominal).

Hay cuatro categorías sintácticas: sustantivo, adjetivo, verbo y adverbio. El resto de las categorías morfológicas son elementos que indican una función o están destinados a posibilitarla. Veamos un ejemplo. Si se define la categoría sintáctica sustantivo como `’aquella que puede contraer las funciones abstractas de sujeto, implemento, etc.’, pertenecen a esta categoría todos los elementos que aparecen entre llaves en:

  • Me encanta {Marina/esa chica/ella/que llegues pronto/la que te dije}

En este modelo, entre categorías y funciones existe una relación necesaria. Las funciones preceden a las categorías sintácticas y estas se definen en virtud de las funciones que pueden contraer. Las funciones sintácticas son, por tanto, primitivos en esta teoría lingüística, mien­tras que las categorías se definen en función de estas. Así, pertenecen a la categoría sustan­tivo todas las secuencias que pueden realizar la función de sujeto, implemento, complemento o suplemento.

Explicar por qué secuencias complejas funcionan como las simples, y aislar y describir los mecanismos que lo posibilitan conduce a la teoría de la transposición que Gutiérrez Ordóñez explicaba, con gran espíritu didáctico, de la siguiente forma (en una entrevista en Las dos vidas de las palabras: [8]

“La transposición es uno de los mecanismos que introducen en la lengua mayor riqueza expresiva y, a la vez, mayor economía. En el léxico de una lengua disponemos de un número elevado de unidades léxicas o palabras (nombres, adjetivos, verbos o adverbios), pero tenemos la posibilidad de crear un número prácticamente infinito de términos para referirnos a las realidades más concretas. Por ejemplo, tenemos el adjetivo estudiantil que empleamos en combinaciones con manifestaciónprotestareclamación… Si estas manifestaciones, protestas o reclamaciones fueran realizadas por colectivos como las azafatas, las enfermeras, los conserjes, los electricistas, los bibliotecarios, los maestros, los informáticos, los barrenderos, etc., resulta que no tenemos en el diccionario los adjetivos correspondientes (*azafatil, *enfermeril…). No hay problema. Al aprender el español, aprendemos la forma de crear esos adjetivos: Manifestación de las azafatas, de las enfermeras, de los conserjes, de los electricistas, de los bibliotecarios, de los maestros, de los informáticos, de los barrenderos, etc. En el procedimiento de la transposición tenemos un elemento gramatical que actúa como transpositor (en estos ejemplos, la preposición de) y una base (en estos ejemplos, un nombre). El conjunto formado por el transpositor más la base da lugar a una construcción o bloque que pertenece a otra categoría (en estos casos, la categoría resultado son sintagmas adjetivales: de las azafatas, de las enfermeras…)”.

Lo mismo cabría aplicar en otros tantos casos como, por poner solo otro ejemplo, cuando una conjunción completiva (nexo) transpone/transcategoriza/degrada una oración a categoría sustantiva (de sintagma nominal) à Subirán los impuestos (oración) à Que subirán los impuestos (con que, SN): Han anunciado que subirán los impuestos à Han anunciado eso (esas cosas / esa subida de impuestos).

Lucién TesnièrePor consiguiente, la transposición es el mecanismo sintáctico mediante el cual se transfiere una palabra o un conjunto de palabras de una categoría sintáctica a otra. La transposición produce cambio de categoría sintáctica, no de función. Los cambios de función son consecuencia de la variación efectuada sobre la categoría (Gutiérrez Ordóñez, 1984). Este mecanismo fue definido inicialmente por Lucien Tesnière, que lo denominó traslación (fr. translation), y que es el que se aplica en la teoría funcionalista más influyente en España (escuela de Oviedo-León) para explicar que determinadas palabras desempeñan ciertas fun­ciones que en principio no están capacitadas para desempeñar. Exponemos más ejemplos: un adjetivo no puede desempeñar la función de sujeto, pero si se opera un cambio de categoría, o transpo­sición, de adjetivo a sustantivo, entonces sí ya puede realizar tal función: Blanco me gusta*. àEl blanco me gusta.

En la formidable conferencia a que me he referido antes, Salvador Gutiérrez Ordóñez dice, con mucho acierto y gran juicio, que la ciencia es algo muy complejo, que está formada por los descubrimientos, por los hallazgos, por las nuevas tecnologías, pero que, al mismo tiempo, la ciencia es un proceso en el que interviene la vanguardia y la retaguardia, y a veces algunos descubrimientos tardan mucho en llegar a todas las capas de la sociedad y en generalizarse. Y más en la Lingüística. Ello le sirve para citar los varios tipos de conocimiento: el conocimiento mítico, el conocimiento religioso, el conocimiento vulgar y el conocimiento científico señalando el frecuente error que estriba en pensar que la Humanidad va caminando, cronológicamente, en estadios y que en una determinada época o momento histórico se da un determinado modo de pensamiento cuando ello no sucede exactamente así, aunque sí que sea cierto que primero surgieron unos y luego, posteriormente, otros, pues no son compartimentos estancos que vayan quedando atrás y que al alcanzar el final no exista posibilidad de que los anteriores aparezcan, sino que los pensamientos primitivos siguen operando, por ejemplo, el pensamiento mítico sigue operando aunque tenga por superestratos al resto de conocimientos, como si fueran capas de una cebolla, unos se superponen a otros, pero en cualquier momento pueden emerger los que están abajo o en el interior y salir a la superficie, y, de hecho, de vez en cuando afloran estos niveles y producen retrasos en la ciencia. Así, por ejemplo, en la medicina hay momentos de reacción ante ciertas investigaciones, y esos momentos de reacción o esos lastres no vienen nunca del lado de la ciencia. O, por ejemplo, cuando vemos los intentos de ciertos sectores de la América profunda por inocular teorías acientíficas (creacionismo). O recuérdese, si no, la prohibición expresa por parte de la Société de Linguistique de Paris para tratar el tema del origen del lenguaje debido a la fuerte reacción que suscitó el darwinismo y la teoría de la evolución (con la publicación de El origen de las especies). Y es que en Lingüística se utiliza un método científico, el método inductivo y también el hipotético-deductivo, combinados según disciplinas o corrientes, según los enfoques o prismas a través de los cuales uno se aproxime a ella, y también el criterio de falsabilidad de Karl Popper por el cual el objeto de estudio –en este caso, la lengua- ha de estar abierto a la verificación y a la posible falsación. No vamos a detenernos ahora en todos los puntos que se tocan en la conferencia, pero huelga decir que son especialmente atinadas las alusiones o referencias que se realizan, ya sean a Gustavo Bueno (y su Teoría del cierre categorial), ya sean a las entrañables anécdotas no exentas de humor sobre el padre Feijoo para resaltar la importancia de, empíricamente, comprobar las teorías e hipótesis o incluso cualquier aserto con los hechos. De esta manera se podrán evitar errores o contradicciones (inadmisibles en ciencia) a los que es propenso el llamado pensamiento prototípico.

El problema reside, por ejemplo, en las definiciones de sujeto, de oración; es el problema de las definiciones prototípicas, fruto de nuestro conocimiento banal, cotidiano porque este conocimiento es prototípico. Ponía un ejemplo muy diáfano al respecto Gutiérrez Ordóñez: Cuando nos preguntan por un árbol, tendemos a mencionar el que haya en nuestra zona, el de nuestra infancia, el que hayamos visto más (así es normal que un asturiano diga el manzano, un castellano, la encina o un californiano, la secuoya…). Cuando hacemos gramática nos encontramos con hechos de carácter prototípico, pero cuando los trasladamos a la ciencia debemos tener cuidado porque en ese salto a veces se cometen errores graves desde el punto de vista de la ciencia. En ocasiones, se han violentado esos principios científicos a la hora de definir conceptos. Por ejemplo, tradicionalmente se ha dicho que toda oración tiene sujeto y predicado, que no hay oraciones sin sujeto y predicado, que sujeto y predicado son los constituyentes inmediatos de la oración. Y, de repente, en la página siguiente de un libro de texto tras afirmar eso se hablaba de las oraciones impersonales que eran las que no tenían ni podían tener sujeto. ¿Cómo se come eso? ¡Contradicción al canto! Y eso no se puede mantener. Dejando al margen que toda oración puede tener sujeto si nos referimos al sujeto gramatical inserto en las desinencias o morfemas flexivos del verbo conjugado que es núcleo oracional, desde el punto de vista sintáctico, el sujeto no es más que un argumento (complemento argumental) más del verbo, como lo pueda ser el complemento directo. Bien es cierto que hay autores que prefieren seguir hablando de sujeto y predicado como constituyentes inmediatos de la oración, pero el sujeto léxico (expreso) no es necesario para la existencia de oración, solo el gramatical de las desinencias del verbo conjugado.

Cuestiones de Gramática funcional
El funcionalismo se centra en la competencia comunicativa, que trasciende el concepto de mera competencia lingüística del generativismo chomskiano. Léase el sublime discurso de ingreso en la RAE de Gutiérrez Ordóñez: Del arte gramatical a la competencia comunicativa.

Ocurre lo mismo con la definición del sujeto: El que realiza la acción del verbo. ¡Falso! Por cuanto no todos los verbos indican acción, hay sujetos experimentantes, procesados, pacientes. O cuando se dice que el sujeto es la persona, animal o cosa de que decimos algo. ¡Falso! Eso es el tópico o presuposición frente al foco, el tema frente al rema, el soporte frente al aporte, la información conocida frente a la información nueva. En “el puente lo levantaron los romanos”, ¿de qué decimos algo? Del puente. ¿Y es el sujeto? ¡¡¡No!!! Es el complemento directo, el sujeto es “los romanos” por cuanto es el sintagma nominal que concuerda en número y persona con el núcleo del sintagma verbal predicado (mejor dicho, de la oración), es decir, con el verbo. Que prototípicamente el sujetocoincida con el tema, con la información conocida, no quiere decir que siempre sea así, y, por tanto, la definición esa es defectuosa. El sujeto es el sintagma nominal que concuerda en número y persona con el núcleo del sintagma verbal, con el verbo, que ha de estar conjugado y en sus propias desinencias se halla el sujeto gramatical que puede tener su correlato léxico en la oración (o no tenerlo). Otros errores fruto del conocimiento prototípico son que el atributo es adjetivo cuando puede ser perfectamente un nombre como en las ecuativas (Roberto es el contable – El contable es Roberto) o en las adscriptivas (Miguel es profesor) o incluso el mal llamado sintagma preposicional (preposición + sustantivo donde la preposición degrada al nombre convirtiéndolo en adjetivo, en realidad, es una transposición): Son de Palencia = Son palentinos.

A veces se producen contradicciones de manera flagrante, pero lo más fuerte de ese pensamiento prototípico en las gramáticas es que el complemento circunstancial (CC, aditamento) es de naturaleza adverbial. Prototípicamente puede valer, pero afirmar que todo CC es adverbial es un salto cualitativo que no es admisible de acuerdo con los hechos. La primera falacia es que los CC son de naturaleza adverbial y que el que no lo sea tiene que estar por fuerza adverbializado. La segunda falacia es que toda oración subordinada que funciona como CC es adverbial y, como corolario de las anteriores, que los nexos que las introducen son también adverbiales. Falacias. ¡Falso! En el caso de las de lugar, tiempo, modo e incluso cantidad, vale, podemos aceptarlo y, aun así, con matices, pero todas las demás (causales, concesivas, finales, condicionales, e incluso las particulares estructuras consecutivas y comparativas, bastante especiales) no se pueden sustituir por un adverbio, no pueden ir en aposición ni coordinarse con un adverbio. Ante tal incongruencia, algunos optaron por denominarlas circunstanciales NO adverbiales o adverbiales impropias. Pero esto no acaba aquí, ya que incluso algunos elementos tradicionalmente considerados adverbios pueden comportarse, en realidad, como pronombres, como sustitutos de nombres. Fijémonos en oraciones como “Viene de Madrid” à “Viene de allí” o “Va hacia Toledo” à “Va hacia allí”, o “Pasa por su finca” à “Pasa por allí”, o “Lo sabe desde el lunes” à “Lo sabe desde entonces”, el adverbio “allí” o “entonces” solo sustituye al nombre (Madrid, Toledo, su finca, el lunes) pero la preposición permanece, no es sustituida, no se la incluye en dicha sustitución. Solamente el adverbio “allí” o “entonces” sustituye al conjunto ‘preposición + sustantivo’ en unos casos que son: lugar adonde, lugar en donde y tiempo en el que, en todos los demás el adverbio funciona como un ‘pronombre’, son sustitutos de nombre.

Otro concepto controvertido es el de oración subordinada. ¿Podemos decir que la oración subordinada es subordinada? Lo es en sí misma por la función que realiza, pero no por el funtivo (o segmento) que desempeñe esa función. La función es algo abstracto que desempeñan los funtivos, distintos segmentos, sintagmas. Podemos decir cosas de las funciones con independencia de los funtivos (grupos de palabras, sintagmas, constituyentes) que las ocupen. Podemos decir que el CD es una función sintáctica que está en dependencia respecto del verbo, es una función subordinada al verbo, pero lo que está subordinado al verbo es la función (no el grupo de palabras específico) igual que el vicepresidente del gobierno está subordinado al presidente del gobierno, lo está la función de vicepresidente a la de presidente, no el señor o señora que la ocupe. Alfonso Guerra estaba subordinado a Felipe González por ser el primero vicepresidente y el segundo presidente, no porque Guerra fuese subordinado en sí mismo a la persona de Felipe, sino por el cargo que cada uno desempeñaba en aquel momento. Una función puede estar subordinada a otra con independencia de quiénes ocupen esos puestos. 

No existe mejor descripción de un objeto funcional que el que toma como dato primario sus funciones.

En el ejemplo “Sabe la noticia”, “la noticia” es el SN que contrae la función de CD, pero nadie lo llama “sintagma nominal subordinado” o “complemento directo subordinado” o “complemento subordinado directo”, ya que sabemos (damos por hecho) que es subordinado en tanto en cuanto la función que realiza es la de CD y sabemos que el CD es una función subordinada al verbo. Lo que está subordinado es la función CD respecto a la función núcleo oracional (verbo), pero cuando llegamos a una oración compleja como “Sabe que llegaron sus padres” se determina que “que llegaron sus padres” es una oración subordinada. Vale, lo aceptamos por tradición, por cuestión didáctica, pero desde el rigor, lo que está subordinado no es el grupo de palabras “que llegaron sus padres”, sino la función de CD, igual que en “Sabe la noticia”, “la noticia” es subordinada al verbo “sabe”. Sin embargo, gracias a esto (a la denominación de subordinada sustantiva) podemos rebatir a aquellos que dicen que el sujeto está al mismo nivel que el verbo cuando, en realidad, está subordinado a este. Por ejemplo, pongamos la pasiva refleja: “Se sabe que llegaron sus padres”, “que llegaron sus padres” sería sujeto que para algunos está al mismo nivel que el verbo y, sin embargo, definirían ese segmento como oración subordinada (de sujeto paciente). Pues claro, es subordinada en tanto en cuanto el sujeto (al igual que el CD) es un argumento (complemento argumental subordinado al verbo), luego dan la razón a quienes consideramos que el sujeto es un complemento más subordinado al verbo. Por tanto, en oraciones como estas, tenemos un elemento muy importante, esa conjunción completiva ‘que’, un transpositor que ¿subordina? ¿O más bien (re)categoriza?

Se decía también que, dentro de las oraciones subordinadas (seguiremos llamándolas así, por puro didactismo y tradición), las que hacían la función de CC eran adverbiales, pero, ¿cómo decir eso incluso con aquellas que no pueden sustituirse por un adverbio como las causales o las finales? ¿Cómo se puede decir que en “Corre para que no le pillen”, “para que no le pillen” es adverbial o en “Vienen a que le curen la herida”, “a que le curen la herida” es adverbial? ¿Dónde está el adverbio? Los sustitutos son “¿A qué viene?” o “Viene a eso” y “qué” y “eso” son sintagmas nominales (pronombres), y lo mismo con las causales: “Llora porque le han roto el corazón”, “porque le han roto el corazón” se sustituye por la preposición más el SN: “Llora por eso”. Y a veces se comete el disparate de considerar “para que” o “a que” como locuciones conjuntivas adverbiales cuando salta toda la lógica. En realidad, se trata de preposiciones (para, a, por…) seguidas de un transpositor (en este caso una conjunción ‘que’) que es la que convierte una primigenia oración (le curen la herida) en SN (que le curen la herida): Viene a que le curen la herida à Viene a la cura/a la revisión à Viene a eso. Muchas veces los gramáticos cuando son conscientes de que algo no tiene fundamentos recurren o acuden al adjetivo ‘impropio’ para salvar los muebles, caso de las llamadas ‘adverbiales impropias’ que Gómez Torrego, con muy buen criterio, prefirió denominar ya en su momento: ‘circunstanciales no adverbiales’. Por su parte, en “Sale del garaje” sustituimos y decimos “Sale de allí” o en “Irá hacia el pueblo”, “Irá hacia allí”, pero ese adverbio (allí) funciona como un pronombreporque lo que sustituye son nombres (el garaje, el pueblo; fijémonos en que la preposición permanece), así que lo mismo podríamos decir en oraciones como “Sale de donde vive” o “va hacia donde trabaja” que se han considerado tradicionalmente adverbiales. En primer lugar, hay que decir que son oraciones de relativo sin antecedente (podríamos rescatar un hipotético antecedente: Sale de donde vive à Sale de la casa donde vive; Va hacia donde trabaja à Va hacia la oficina donde trabaja) y, por ende, pueden tener un valor nominal, pero un valor nominal que significa tiempo o lugar. Pero se viene diciendo que son adverbiales. Como dice el lingüista y académico, bueno, venga, vale, ¡estamos perdonados! Y estamos perdonados porque aquí, allí, ahí, entonces han venido considerándose como adverbios, aunque, como hemos visto, pueden tener una naturaleza nominal. Lo mismo ocurre con oraciones del tipo “Lo sé desde que era niño”, sí, “que era niño” puede sustituirse por entonces (“Lo sé desde entonces”, pero, otra vez, la preposición permanece –desde– y entonces solo sustituye al SN) y es que también puede sustituirse por un sintagma nominal como ‘ese momento’: “Lo sé desde ese momento”.

Como dice Gutiérrez Ordóñez, la explicación al niño le llega mejor por conceptos prototípicos, y es posible que sea así, y por eso el profesor tiende a enseñar que “el sujeto es el que realiza la acción del verbo” pensando que en los ejemplos de clase el sujeto siempre va a ser agente, o se le dirá que todas las oraciones tienen sujeto y predicado y cuando aparezca alguna como “Ayer nevó”, le dirán: “Déjala, chico, no te preocupes, que además son muy pocas”. Pero eso se fija y, según algunos, a la larga, produce resistencias enormes, “lo que se aprende mal, mal se olvida”, esa es la opinión de eruditos e ilustres sabios del idioma como nuestro admirado S. Gutiérrez Ordóñez, discípulo aventajado del insigne lingüista, brillante crítico literario y excelso poeta póstumo Emilio Alarcos Llorach. Consideramos también, desde nuestro punto de vista, que hay que enseñar las cosas con el rigor científico necesario, quizá un servidor no lo lleva al extremo de desterrar las definiciones defectuosas (como si fuera un tabú) debido a la impronta que han tenido a lo largo de la historia, y porque, además, muchos comenzamos estudiando según los criterios de la gramática tradicional y eso cimentó una buena base, aunque, luego, obviamente, hubiéramos de ir descubriendo los errores procedentes de esa tradición gramatical y, entonces sí, enseñar a ver –y estudiar y comprender- la lingüística como la disciplina científica que realmente es, de tal suerte que, probablemente, hay que acostumbrar a los alumnos a replantearse cada cuestión para que estén abiertos ante las nuevas evidencias científicas huyendo, por tanto, de todo tipo de dogmatismo para, al final, poder llegar a la mejor comprensión posible de nuestro objeto de estudio, la lengua, aunque sea con las consecuentes reformulaciones que ha sufrido la propia ciencia lingüística y que, en realidad, experimentan todas las disciplinas. En este sentido, pero siempre con cautela y acierto, se pueden enseñar las definiciones tradicionales para, eso sí, poco después indicar a los jóvenes por qué son incorrectas, erróneas e incluso disparatadas, por qué son defectuosas y enseñar las adecuadas, razonándolo y elaborando un cuerpo argumentativo pues además ello, a buen seguro, contribuirá a forjar mentes despiertas, con inquietudes intelectuales y capacidad de abstracción para desenmarañar la bella madeja del idioma, que, como suelo remarcar siempre, es nuestro patrimonio común más consistente y nuestro principal cauce de comunicación en el que tantos afluentes vierten sus aguas y de cuya enseñanza tanto nos podemos enriquecer. No procede extendernos más en este artículo por cuanto todo lo que se diga ya está magistralmente expuesto en la conferencia de Gutiérrez Ordóñez e igualmente he intentado desarrollarlo un poco más exhaustivamente en mi obra La pervivencia del pensamiento alarquiano en la actualidad.

Asimismo, enlazando con lo ya dicho en mi artículo anterior en este mismo semanario Las nueve musas, es cierto que en las primeras etapas lo que conviene asentar es la placentera práctica de la lectura y que desde niños se habitúen a ella; la lectura tiene que ser automática, como el que toca el piano o la guitarra. O como el que monta en bici. Tiene que ser una ventana por la que se vea sin trabajo, sin esfuerzo –y, si es posible, con placer y delectación-, lo que hay del otro lado, que es el contenido. Ello no ha de contraponerse en modo alguno al estudio de la gramática, aunque esta haya de irse introduciendo después, poco a poco, y en períodos de mayor madurez intelectiva. Primero, el género masculino, femenino, cosas elementales, sí, y la sintaxis quizá no deba introducirse excesivamente pronto, sino cuando el alumno tiene cierta madurez para comprender estructuras como las oraciones compuestas (aunque dependerá de cada persona, de cada clase), es decir, probablemente, a los 12 o 13 años se puede ya comenzar a cimentar una base más fuerte e ir volviéndose más intrincada en los 14 o 15, y sería más que deseable que dicha  enseñanza de la lengua continuara más intensamente a partir de ahí, porque, efectivamente, el dominio de las estructuras lingüísticas complejas se va a dominar mucho más a partir de los 15 años, y prácticas como la del análisis sintáctico, a veces tan injustamente denostadas, son muy saludables por cuanto el alumno tiene que ir jerarquizando, ordenando, componiendo, razonando, y esa etapa es muy buena para aprender; desterrarla como propugnan algunos no puede sino parecernos un delito de lesa humanidad como los que vienen cometiéndose contra las Humanidades. Y, muy al contrario, convendría incentivarla haciéndola atractiva, incluso o, mejor dicho: especialmente, entre los jóvenes a los que se puede cautivar con pasión, paciencia, humor y empatía –aunque también suponga sus dosis de esfuerzo-, frente a quienes la demonizan como ocurre muchas veces con quienes, empezando por los estamentos políticos, desprecian y detestan las Artes y las Humanidades, la Ciencia y, en definitiva, la Cultura.

El mito de SísifoPor último, no me resisto a transcribir un breve fragmento del magnífico discurso de ingreso en la RAE de S. Gutiérrez Ordóñez[9] de muy recomendable –casi me atrevería a decir imprescindible– lectura o visionado: “Durante la larga travesía de la prehistoria el homo sapiens ha venido acumulando conocimientos y experiencias. Este saber adquirido o creado por la mente humana constituye un tesoro valiosísimo para la especie: la cultura. Será la clave de su supervivencia y de su desarrollo. Pero es un tesoro frágil y volátil: no forma parte de la dotación genética y no se hereda. La especie humana encarna el mito de Sísifo que recuerda Homero en el Canto XI de la Odisea. En su visita al Hades, Ulises encuentra a Sísifo castigado a subir eternamente «un peñón monstruoso» hasta la cima del monte; con la desesperanza de que, una vez arriba, la piedra vuelva a caer rodando hasta el valle, para verse obligado a comenzar de nuevo el ascenso. Algunos han visto en esta terrible historia un símbolo de la vana lucha de nuestra especie en su afán de conquistar la sabiduría. En efecto, el hombre atesora conocimientos a lo largo de su vida. Pero todo este saber adquirido en su largo ascenso desaparece con el último soplo de su existencia. La piedra de Sísifo (el conocimiento) regresa al valle y cada niño debe iniciar su escalada cognitiva desde la base. Sin embargo, un hecho biológico, la coexistencia de generaciones, y un hallazgo cultural, el lenguaje, nos permiten perpetuar conocimientos a través de la transmisión, es decir, de la educación. Gracias a ella, podemos entregar como legado el cofre del saber a las generaciones que nos siguen”. Sencillamente precioso. Dijo en un desternillante capítulo Homer Simpson (de la célebre serie animada de Matt Groening) aquello de “los bienes son efímeros, hija”, cabe añadir que nuestras existencias terrenas –de este valle que tantas veces se torna lacrimógeno- también, pero mientras tanto: ¡Sapere aude!, ¡atrévete a saber! ¡Atrevámonos a saber!

 

(cabecera: Salvador Gutiérrez Ordóñez – Fotografía: Santiago Mazzarovich)

[1] ALARCOS LLORACH, Emilio, Estudios de gramática funcional del español, editorial Gredos.

[2] MARCOS MARÍN, Francisco; SATORRE GRAU, Francisco Javier; VIEJO SÁNCHEZ, María Luisa: Gramática española, Madrid, Síntesis (1998).

[3] ALARCOS LLORACH, Emilio (1994): Gramática de la lengua española, RAE, Colección Nebrija y Bello, Madrid, Espasa Calpe.

[4] GUTIÉRREZ ORDÓÑEZ, Salvador, Lo que no debe decir un gramático, Conferencia del Instituto Cervantes. Ciclo: La lengua española. Usos y desarrollos, año 2009.

[5] GUTIÉRREZ ORDÓÑEZ, Salvador, IGLESIAS BANGO, Manuel, LANERO RODRÍGUEZ, Carmen (2002): Análisis sintáctico I, Madrid, Taller de Lenguaje Anaya.

[6] Carla Victoria Jara Murillo es profesora catedrática de la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura de la Universidad de Costa Rica.

[7] GUTIÉRREZ ORDÓÑEZ, Salvador, “Problemas en torno a las categorías funcionales”, en F. Hernández Paricio (ed.): Perspectivas sobre la Oración, Zaragoza, 1994, págs. 71-99.

[8] Entrevista a Salvador Gutiérrez Ordóñez en la web Las dos vidas de las palabras, reproducida también en la web del Grupo Sintaxis Comunicativa (SinCom).

[9] GUTIÉRREZ ORDÓÑEZ, Salvador, Del arte gramatical a la competencia comunicativa. Discurso de ingreso en la Real Academia Española.


Miguel Ángel del Corral

Miguel Ángel del Corral

Experto en Lingüística, de formación netamente filológica, con varias matrículas de honor y sobresalientes en diversas materias del Grado de Lengua y Literatura españolas (extinta Filología Hispánica), y adscrito a las corrientes del estructuralismo y el funcionalismo europeos, es profundo conocedor y estudioso especialista de la obra de don Emilio Alarcos Llorach.

Ha escrito La pervivencia del pensamiento alarquiano en la actualidad (que aún permanece inédita). Con experiencia docente y ligado al mundo de la juventud, ha desarrollado y contribuido al fomento e impulso de la cultura entre los jóvenes.

Es uno de los socios fundadores del Ateneo de Palencia. Coruñés de natural, pero toledano-palentino de pastura, de marcado carácter castellano, actualmente reside en Palencia.

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