Las nueve musas

Creo que fue la fiebre, o tal vez no… Bueno, el caso es que entre los gritos de mi hermano y los ladridos de Rex opté por seguir en el sarampión y no ascender a convaleciente. ¡Era maravilloso estar enfermo! Todos te dejan en paz y puedes decir cosas que estando sano sería, fijo, opositar a dos meses sin tele. Así que no les hice caso, eché un par de gritos y mamá, que siempre estaba alerta, los sacó enseguida de la habitación.

Pues eso, que no sé si fue la fiebre pero lo cierto es que volví a oír esa palabra; venía del mundo de los sanos:

¡Tonto!…

Pero sonaba distinta. Para los que habitamos el sarampión, el delirio nos cambia el gusto, la visión, el apetito y también la percepción de los sonidos. Todo se hace más grande. Por ejemplo: que te das un martillazo en un dedo, pues te duelo como si te arrollara un mercancías y ves que aquello se congestiona como un pimiento, y aunque gritas y te lamentas, en el delirio, tu queja es como un gritito, más un «perdone usted» que un «¡aparta, memo!». No sé si me explico…

Pues en esas andaba yo cuando escuché insultos (algunos que ni delirando deben citarse). Era como si todos los maleducados del mundo se hubiesen puesto de acuerdo. Los que más se oían eran los insultos comunes: imbécil, bobo, cretino, gilipollas, idiota, mamón…, aunque también los había eruditos, como estólido, necrófilo, mentecato; compuestos, como lameculos, abrazafarolas, pichafloja o cagabandurrias, y otros referidos a comparaciones humanas con animales: cerdo, gallina, babosa, foca

Algunos me resultaron desconcertantes porque dichos en tono neutro no eran términos hirientes. Era el caso de almorrana, lactante o espinilla. Y recuerdo que había otros que sí, que eran insultos de verdad, y me preocuparon porque hacían referencia a los defectos del ser humano: estérilgordafeoborracho

 Todo aquello me intrigó.

No comprendía cómo a esa pandilla de maleducados con sarampión les quedaban fuerzas para ponerse a insultar.

Luego me di cuenta de que no era así: estaba pagando la novatada de ser un recién llegado a la enfermedad. Aunque no tardé en adaptarme. Al tercer día ya tuteaba a las calenturas tratándolas como si fueran de la familia, y fue entonces cuando descubrí que aquel vocerío no era una reunión de maleducados sino de palabras. En concreto, era la Comisión de Insultos y Vituperios (los más conservadores se hacían llamar PM “Palabras Malsonantes”).

Me quedé un rato en los 40º —luchando contra los efectos del antitérmico que me dio mamá— y comprobé que la cosa iba en serio. La discusión trataba sobre la apropiación de las palabras por parte del ser humano y el uso indebido que hacía de ellas. Casi nada.

Así pues, como el tema era apasionante y como nunca había visto palabras haciendo uso de su capacidad de discernir, me procuré una situación ventajosa a modo de oyente en aquel teatro literario. Subí hasta los 41º y allí ¡sí que sí!… No sé cómo explicarlo, pero notaba un agradable sopor que favorecía el entendimiento, entre sonidos amortiguados pero amplificados, prestando más atención a medida que me adormecía… Por poner un símil, era como dormir arrullado por el mar, aunque suene cursi.

A mi lado se sentaba una familia que no paraba de chillar y a la que, curiosamente, nadie hacía caso. Y como no me quitaba ojo, dado lo insólito de ver a un ser humano en aquel lugar, decidí presentarme:

—Hola, me llamo Iván —dije.

—Yo soy Intolerante —respondió la palabra, mirándome con ojos de loco. Y añadió, señalando al otro lado—: esta es mi prima, Irascible y aquellos son mis hijos, Obstinado e Intransigente; y este mi marido, Fanático.

—Mucho gusto —asentí mirándolos a todos—. Yo he venido porque tengo sarampión —me justifiqué.

Sorprendido, uno de los hijos miró hacia el patio de butacas y gritó:

—¡Achacoso! ¡Achacoso! Aquí tienes otro enfermo.

Y desde abajo se oyó:

—¡Queréis dejarme en paz de una puñetera vez! ¡Lleváis todo el invierno dándome la lata!

Por suerte, Intolerante terció y los mandó callar (creo que le caí bien a pesar de su tozudez, aunque luego me di cuenta de que aquel no era el mejor sitio para buscar compasiones; el congreso de sentimientos quizás se celebrase en otras regiones de dolencias más graves).

De pronto, se hizo el silencio en el auditorio. El bullicio cesó cuando Alfeñique, que por antigüedad ostentaba la presidencia, tomó la palabra.

—Como todos sabéis –dijo con gravedad—, os hemos convocado porque consideramos que es necesario reflexionar sobre la utilización indiscriminada que de nosotros hacen los seres humanos.

—Indiscriminada e irrespetuosa —precisó Diplodocus, otro de los veteranos, señalando hacia las primeras filas donde Irrespetuosa asintió agradeciendo la alusión.

—Exacto —recalcó Alfeñique—. Desde que el español existe como lengua reconocida nunca hemos tenido una etapa tan denostada, tan negativa y de tanto menosprecio hacia las palabras —enfatizó su arenga levantando signos de admiración—: ¡Nunca, hasta este momento, hemos tenido la sensación de estar sometidos a vejaciones y abusos de utilización semejante! Creo que es un parecer unánime si digo que todos nos sentimos profundamente ridiculizados.

Ridículo, oculto entre las últimas filas, se deslizó un poco más en su butaca cuando las miradas se volvieron hacia él.

Alfeñique prosiguió:

—Y aunque mi condición de debilidad no sea de mucha ayuda, debo sobreponerme, ya que me habéis elegido para presidir esta comisión —señaló a sus compañeros de mesa—. Quiero agradeceros el que hayáis confiado en los insultos más viejos para constituir el comité técnico. En nombre de Diplodocus, Alcahueta, Eunuco, Infeliz, y en el mío propio, gracias, amigos. Os doy la bienvenida y espero que todos obremos bien y eficazmente por el bien de los insultos y de toda la lengua castellana.

El auditorio prorrumpió en aplausos al grito de: ¡Alfeñique! ¡Alfeñique!

Por turno, fueron interviniendo cada uno de los representantes sectoriales. Primero lo hizo Alcahueta en nombre de los insultos en desuso. Pidió la adopción de medidas para recuperar la elegancia a la hora de insultar, moción a la que se unió el representante de «Insultos Radicales», que junto a un nutrido grupo de correligionarios ocupaba el primer anfiteatro. Maricón levantó sus admiraciones para reclamar más horas de descanso, y su pintoresco grupo, ataviado con llamativas letras en cursiva, tuvo que ser acallado por el presidente.

Seguidamente intervino el representante de los Insultos Compuestos, en concreto: «Alcalde, cabrón, queremos tu dimisión». Dada su complejidad semántica, su oratoria era fluida y envolvente. Cautivaba la atención. Dijo algo muy cierto: «Como siempre nos utilizan en manifestaciones y muros, reclamamos que se nos reconozca el derecho a la imagen y que se sirvan de nosotros de manera racional. De lo contrario nos veremos obligados a adoptar medidas de fuerza como la de alterar deliberadamente nuestro significado». Y añadió que de no cumplirse sus reivindicaciones a corto plazo él mismo pasaría a denominarse: «Ala de carbón, quemo tu misión», para convertirse en una frase ininteligible.

Nuevamente, la ovación fue generalizada.

En eso, noté algo cálido y pegajoso en mi cara. Miré a Intolerante y vi que seguía instalada en la protesta; así que me dije que esa sensación tenía que provenir del mundo de los sanos. Descendí hasta los 38,5º y abrí los ojos: era Rex. Me dieron ganas de vomitar cuando en un esfuerzo de lucidez comprendí que mi perro me estaba lamiendo la mejilla con su áspera lengua y su baba de olor a galletas. Para quitármelo de encima llamé de nuevo a mamá, y al llegar me preguntó que qué tal estaba. Yo le respondí:

—Como un alfeñique.

—¿Y eso qué quiere decir? —quiso saber ella, sorprendida.

—En México es una pieza de artesanía, pero en España se utiliza normalmente como insulto; aunque está en desuso.

Mamá me tocó la frente y me destapó un poco. Luego me susurró dulcemente al oído:

—Descansa, cariño.

A la hora de comer mamá me trajo un plato de sopa. Si tuviera que definirla diría que estaba asquerosa, aunque por solidaridad con los insultos preferí decir nauseabunda (que se usa menos). Lo mismo pasó con el pescado a la plancha y el yogur, todo tenía un sabor metálico. Pensé incluso que mis papilas gustativas se habían aliado en extraña coalición metalingüística con los insultos para funcionar incorrectamente, pero no, enseguida comprendí que era por culpa de la fiebre.

Al terminar estuve un rato inspeccionando la habitación pero me aburría de mirar siempre lo mismo, y decidí que la siesta sería una buena excusa para darme otra vuelta por el mundo enfermo; además, Rex había salido con mi hermano y mi madre se había ido a trabajar, y como Carmen, la canguro, se pasaba las tardes mirando su móvil, pues nada… Regresé.

Al llegar conocí algunas palabras invitadas que nada pintaban en aquella reunión. Era el caso de Recaída, que resultó ser tan pesada que no logré desprenderme de ella hasta varios días después. También andaba por los anfiteatros un señor mayor que casi no se movía y una niña, Raquel, que por su desparpajo supuse que llevaría el doble de tiempo que yo habitando el sarampión. Ella fue quien me informó de las novedades:

—Han presentado nuevas acepciones. Contenedor, por ejemplo; dicen que se empleará para definir a alguien que le gusta la «comida basura».

—¿Las hamburguesas y todo eso? —pregunté.

—Sí.

—Pues a mí me gustan las hamburguesas y no soy un contenedor.

—Bueno, hombre, es un decir —trató de explicarme Raquel—… Tampoco nadie se parece a un reloj y sin embargo le han dado la bienvenida a «Reló Suach», que se utilizará en el futuro para definir a las personas que pierden su tiempo leyendo correos electrónicos inservibles.

Desde luego, capacidad de trabajo no le faltaba a la comisión.

Le dije a Raquel que todo aquello estaba muy bien pero que no me imaginaba yo a los seres humanos acatando dictámenes de las palabras. Si no somos capaces de reprimir un escupitajo ¿cómo haríamos para contener un subidón de adrenalina? Y me hizo gracia pensar en dos conductores en pleno atasco de tráfico diciéndose: «¡No tienes ni ramera idea de conducir!», a lo que el otro respondería: «¡Anda y que te copule un pez!».

En realidad no me había perdido mucho. Tras la euforia inicial, el debate se contagió del sopor que caracteriza a eventos similares en el mundo sano. Lo mejor, me dijo Raquel, fue «la hora del silencio», algo así como el tiempo que en mi cole dedicamos al estudio, solo que en este caso me sonó a cosas serias: «La hora del silencio»... Y resulta que era para reflexionar y preparar conclusiones. Raquel me contó que como los insultos abusaban de los signos ortográficos, la Presidencia había presentado una moción para que, en lo sucesivo, se liberase a los signos de semejante exceso de actividad, es decir, que se siga insultando, sí, pero sin tanta vehemencia, con menos admiraciones y entrecomillados irónicos; con menos insidia en los interrogantes y menos puntos suspensivos… Por contra, se dijo que hacían falta más puntos y aparte, que relajan mucho.

Por fin, cuando Alfeñique dio por concluido el tiempo de meditación tomó la palabra:

—Amigos —miró con solemnidad al auditorio—… Tras este fructífero debate, la comisión técnica ha acordado someter a votación la siguiente propuesta: restringir el uso de los insultos a lugares, situaciones y acontecimientos en donde sea estrictamente necesaria nuestra utilización, y advertir a los seres humanos que desde ahora cada uno de nosotros dispondrá de la propiedad intelectual de su nombre, una norma que nos permitirá ejercer las pertinentes acciones en defensa de nuestros derechos de uso. En una palabra —aclaró—, se trata de tener copyright. Así los obligaremos a insultar lo menos posible y no sufriremos más explotación en nuestro trabajo.

Yo no entendí muy bien eso del copirrai, pero debía de ser algo fabuloso, pues todos empezaron a dar vítores y aplausos y salieron de allí en tropel como una bandada de estorninos, insultándose entre risas.

Raquel, el señor que no se movía y yo nos quedamos un rato observando la inmensidad de aquel teatro vacío. Nos miramos incrédulos, y sin decir nada nos despedimos con un movimiento de cabeza.

Cuando tres días después, desayunando, le conté a mamá esta historia, ella me dijo que era normal, que cuando uno tiene sarampión pasan cosas así.

—Es por la fiebre —me sonrió—. ¿A que ahora ya no tienes esos pensamientos?

—Pues no —respondí, engullendo un buen trozo de tostada.

—Venga, cariño, se hace tarde —me apremió mamá—. Termina y recoge tus libros.

 

Al lunes siguiente, la encontré en aquella sala de estar. Estábamos mi madre y yo, y enfrente, Raquel y su madre. Los dos nos mirábamos con la distancia de quienes se conocen pero no se atreven a saludarse. Nos separaba un estado saludable, una mesa llena de revistas, de esas horribles que tienen los abogados, y un florero con ramas secas que utilizamos a modo de parapeto para espiarnos mutuamente. Resulta incómodo conocerse en el sarampión, porque luego cuando te ves en el mundo sano todo se vuelve imperfecto; yo, por ejemplo, tenía más vergüenza y había perdido la capacidad de flotar en el aire, y con ella, la posibilidad de huir al instante. Sólo una cosa permanecía invariable: la belleza de Raquel.

En eso se abrió una puerta y un señor de traje y corbata llamó a mamá. Como habíamos acordado previamente, ella entró sola y yo me quedé leyendo el cuento que me dejó la chica que cogía el teléfono. Entonces sentí el mismo desasosiego que cuando me llevaban al médico o al dentista, solo que aquel señor no curaba ni recetaba jarabes. Al cabo de un rato me hicieron pasar. Vi que mamá tenía los ojos enrojecidos. Su bonita melena rubia estaba algo despeinada. Me miró desde su asiento con la sonrisa de los que intentan disimular el llanto, pero yo me di cuenta. Y entonces, cuando el señor del traje empezó a hacerme preguntas, comprendí que estábamos allí para hablar de papá: que si alguna vez me había pegado, que si me dolió, que si vi cómo le pegaba a mamá, que si me insultó… Y, claro, yo le dije a todo que sí.

Solo cuando me preguntó qué clase de insultos decía mi padre le contesté que a eso no podía responderle.

—Debo respetar el acuerdo —afirmé.

Pude ver que mamá hacía un gesto, al que el señor del traje respondió asintiendo.

—Dile todo lo que recuerdas, Iván —me insistió ella.

—¿De dentro o de fuera del sarampión?

—Antes, hijo, antes. Cuéntale a este señor lo que pasó hace quince días en casa de la abuela, antes de que enfermaras.

Pero no lo hice.

Me daban ganas de volver al mundo enfermo para que me dejaran en paz, como pedía Achacoso. No dije nada. Solo me acordé de cuando papá me llevaba al parque y jugábamos al fútbol, y también de cuando comprábamos nubes de algodón de azúcar en las fiestas del pueblo. Pero aquellos recuerdos me quedaban lejos, a mucha más distancia del sarampión y de la casa de la abuela.

Cuando salimos Raquel seguía allí, leyendo el cuento. Su madre tenía los ojos igual de rojos que los de mamá. Las dos se levantaron y nosotros fuimos hacia la puerta que amablemente ya nos había abierto la chica del teléfono. Yo caminaba con la cabeza vuelta hacia atrás. Raquel dejó el cuento y me miró. Posó sus ojos en mí y en ese instante mamá me cogió del hombro, sin darse cuenta de que con ese gesto me impedía seguir mirando a Raquel… Y ya fue demasiado tarde: primero noté el frío del pasillo, luego leí «Abogado» en una placa, el ascensor traqueteó y la otra mano de mamá me acarició la cabeza para guiarme en la evasión. Entonces, con la puerta a punto de cerrarse y la chica del teléfono concluyendo su sonrisa, oí decir al señor del traje:

—Pasen ustedes.  

Fernando Méndez

I PREMIO “LAS NUEVE MUSAS ” DE RELATO BREVE – OBRA GALARDONADA CON EL SEGUNDO PREMIO

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José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor del semanario de artes y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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