Las nueve musas
concurso relato breve

Fue durante un viaje en tren por Europa. He pensado ahora en todo aquello por fotografías que he visto en los periódicos de familias enteras aguardando cruzar una frontera. Hará como diecisiete veranos. Después de veinte días de viaje en solitario, abandonaba en tren uno de esos países nuevos que se habían creado con la desintegración de otros y que, por aquel entonces, la mayoría de la gente no lograba situar en el mapa.

La memoria del viaje descarta los impedimentos, las incertidumbres y las manías persistentes de la realidad; y se queda con la forma y el anhelo. Desde lo alto del castillo, en el centro de la capital de ese pequeño país, se veían las afueras de la ciudad como si la capital hubiera sido construida a la medida de un país pequeño. En media hora de paseo se acababa el asfalto y comenzaba sin transición el verde oscuro de los bosques que siempre cautiva a los del sur.

Por lo que había leído solo unas decenas de personas murieron en los primeros días de una guerra incruenta y breve que les llevó a la independencia. Los videos aún se pueden encontrar en internet: camiones cruzados en las carreteras intentando impedir el avance de los tanques; milicianos con camisas de oficinistas desastrados y pantalones de camuflaje, rifles de asalto en mano en controles de carretera improvisados, manos crispadas de mujeres que zarandean cuerpos inertes. Sin embargo, ahora las banderas lucían limpias y nuevas y en las calles se respiraba la ilusión de un país recién estrenado como si el cambiar de nombre y enseña borrara el pasado.

«El que huye lleva consigo su castigo», no sé si la cita  la había leído en algún sitio o se me acababa de ocurrir amodorrado frente al cristal deslucido del tren en el que viajaba, un modelo anticuado de los que por España se veían veinte años atrás. La cuestión es que quedó anotada, como todo lo de aquel viaje, en un cuaderno Miquelrius azul que ahora me sirve para apuntalar los detalles.

El sol tibio de la mañana se filtraba entre la suciedad de los cristales con una suavidad que añoraré en la ciudad a la que regreso. De todas las personas que he sido a lo largo de mi vida, la que miraba desde el interior de un tren a la vez detenido y a la vez en marcha; solo ,en un compartimento para cuatro, con la única compañía de una mochila, puede que fuera el más ajeno a mi vida de hoy.

No logro comprender el estado de nerviosismo constante, la inminencia de fatalidades inconcretas, duras como piedras que me aguardaban y que vendrían y que marcharon. Había salido de madrugada con el ánimo del que se arrepiente de irse y de quedarse de la ciudad que no me esperaba, pero a la que regresaría. Madrugar para emprender un viaje es un castigo que no me deseo ni a mí mismo. Aunque todo había sido preparado de antemano y a conciencia, minutos antes de que mi padre me acercara a la estación de tren aún estuve apretando ropa dentro de una mochila incapaz de acoger todos los trastos que pretendía llevar conmigo.

Primero unos días en una ciudad española, donde visité a una chica con la que carteaba, antes de cruzar la primera frontera y quizás los actos indignos de los que fui testigo merezcan ser narrados en otro relato. Salí de mi país de noche, en un tren que atravesó dos fronteras, sin que nadie me pidiera el pasaporte que llevaba en un bolsillo interior sobre mi pecho.

Frecuenté durante horas la Pinacoteca de Brera contemplando cada cuadro con egoísmo solo porque me permitía descansar en bancos de madera. Frente a la catedral de Milán una chica peruana me pidió que le hiciera una foto, a continuación, ella me la hizo a mí ante el mismo monumento. Es la única fotografía de ese viaje en la que aparezco yo. Otro día, arrellanado en el asiento de un tren  llegué a la ciudad de Vasari  aún de noche y la paseé vacía de turistas como yo. El pasado son imágenes grisáceas, destellos apagados. En la última ciudad italiana  jóvenes con banderas celebraban una victoria deportiva frente a un mar manso que se alineaba con las plazas empedradas. Puede que entonces estuviera mirando alguno de aquellos paisajes solo por contárselo a alguien que estuviera por llegar.                                                             

Ya estaba de regreso. Debía transitar las mismas fronteras para  cumplimentar parte del camino pero a la inversa. El tren redujo violentamente la marcha -casi hasta detenerse- porque nos acercábamos a la última parada antes de la frontera. Era el único ocupante en un compartimento de cuatro, y eso me había permitido concentrarme en mis divagaciones mientras observaba, a través de los cristales roñosos un paisaje de bosque  y media montaña escarchado de  casonas de campo con tejados color arcilla; hasta que entraron ellos empujando sus pesadas maletas.   

Uno alto, macizo, con la cabeza afeitada y los mofletes sonrosados; y el otro, que no le llegaba ni al hombro, nervioso, con el rostro afilado, el mentón rasurado con esmero y los ojos hundidos, que producía inquietud cuando se quedaban fijos en uno. La primera impresión es que ni habiéndolos elegido a propósito podrían llamar tanto la atención. Las ropas, por ejemplo, se las habían echado por encima sin mirar las tallas, ni colores; porque lo que a uno le sobraba en las mangas al otro le faltaba en los pantalones. Hablaban en una  lengua que a mí me pareció eslava, y que no era ni parecida a la que había oído en el país que estaba abandonando. La estampa de dos hombres jóvenes viajando le restaba dramatismo a la escena.

Cuando se acomodaron -después de que solo el alto moviera la cabeza mirándome en lo que interpreté como un saludo- comenzaron a hablar sin mirarse en un tono muy bajo, como si temieran que pudiera entender su lengua. Desde que entraron en el compartimento, pasé de estar pendiente de los paisajes boscosos del exterior a crearme en la cabeza la novela de aquellos dos.

Me convenía mirarles de vez en cuando para que no pareciera fingida mi postura. Al cruzarse nuestras miradas, cosa que el más bajo evitaba obligando el gesto, el fornido mantenía su sonrisa bobalicona unos segundos hasta que el otro le reconvenía con un sutil toquecito de su codo en el costado. Entonces forzaba, por un segundo, un gesto de rencor como si yo fuera el culpable de su debilidad.

El tren comenzó a frenar su marcha en el mismo instante en que se aclaraba el bosque. En los pasillos del vagón, los pasajeros, agitados, volvían a sus compartimentos porque nos acercábamos al control fronterizo. Un niño abrió violentamente la portezuela del compartimento y se quedó plantado en medio de los tres. En cuanto advirtió su error, salió avergonzado sin mediar palabra. Al fornido aquello le pareció muy gracioso y aprovechó el hecho para contarle algo al otro, que ni le miraba.

 El ritual burocrático de los pasaportes tensó el gesto de mis acompañantes que se palparon la ropa buscando sus documentos. Extraje de un bolsillo lateral de mi camisa el pasaporte con el billete de viaje dentro. El más bajo giró a izquierda y a derecha la cabeza y tensó los músculos como si estuviera preparándose para el combate. El procedimiento demandaba unos breves segundos de tensión.

Cuando la máquina estuvo completamente detenida saltaron dentro los policías del país que abandonábamos. El silencio les precedía por el pasillo. Entraron dos al compartimento y miraron los pasaportes con desgana. El mío en cuanto vio el escudo en la portada cabeceó canturreando deportivamente “ispaniaaaa” -se ve que le hizo gracia que uno de mi país se perdiera por allí-. Con los otros dos se demoraron algo más, pero enseguida les devolvieron los documentos aliviados por quitárselos de encima. Echaron un vistazo a su alrededor sopesando el valor de los bultos de equipaje y se marcharon. Recuerdo que mis vecinos de viaje ni respiraron hasta que los policías bajaron del tren con sus gorras de plato desproporcionadas y sus uniformes y correajes marciales.

De nuevo el tren se puso en marcha y avanzó lentamente; para mí no era nueva aquella parafernalia porque ya la había vivido, en sentido inverso, cuando entré una semana antes al país. Antes de detenerse nuevamente, un traqueteo violento anunciaba la apertura de las puertas y la entrada de un aire ferruginoso, antiguo; y, a continuación, los policías del país al que nos dirigíamos. Eran jóvenes, enérgicos, vestían pantalones vaqueros desgastados con camisetas veraniegas que les impedían disimular el bulto de las armas. Calzaban deportivas de marca, con las que no les sería muy difícil cazar al incauto que quisiera escapar saltando a las vías.

Mi fornido vecino de compartimento miraba al frente con una seriedad impuesta, aunque a mí me parecía al principio que allí no sucedía nada destacable, empecé a comprender que aquellos dos se jugaban mucho. Lo mío fue rápido, apenas un vistazo. De la foto del pasaporte a mi cara y, nuevamente, foto del pasaporte. Añadió un “gracias” seco en español mientras me lo devolvía. El escudo de mi pasaporte poseía el efecto de convencer a los guardias fronterizos de que nada malo le podía ocurrir a su país permitiendo mi entrada. Lo de aquellos dos no fue tan sencillo.

Desde mi posición no podía verle la cara al policía que entró, además apenas entendía su idioma. Otro se quedó en el pasillo bloqueando la puerta con el cuerpo. Comprobaron los pasaportes deletreando los nombres con la inicial de equipos de fútbol de la Liga del país. Cuando, desde la radio, les confirmaron que no había nada contra ellos, suspiraron con fastidio y pasaron a registrar meticulosamente sus pertenencias. Primero la bolsa de uno y luego la del otro; su actitud no podía ser más colaborativa, pero los policías,  nerviosos, no se dieron por vencidos e insistieron con los bolsillos de la camisa, las carteras de mano, los bolsillos traseros de los pantalones. Rastrearon con la ansiedad del que está obligado a encontrar algo que justifique su presencia.

El gigante de cabeza afeitada se dejaba hacer, perdidos los ojos en un horizonte que me traspasaba a mí y a la pared del compartimento; y que por la leve sonrisa de sus labios parecía estar correteando en libertad en algún lugar lejano. Una mueca que podía interpretarse como un gesto de reconocimiento del trabajo bien hecho o como una muestra de sumisión. Un “me pliego a tus órdenes porque sé que estás haciendo tu trabajo  y, por lo tanto, no voy a impedírtelo, ni te lo voy a poner más difícil; porque entiendo lo complicado que puede llegar a ser esto y bla, bla, bla”.

El tren detenido entre dos estaciones, entre dos países, cumpliéndose el viejo ritual burocrático del control de pasajeros. Las manos que cotejan las páginas del pasaporte, las yemas de dedos que tantean el relieve en sus dibujos. Ojos experimentados que al trasluz descubren marcas de agua mientras descifran sellos de entrada y de salida. Bocas que inquieren en un idioma franco mezcla de inglés y de idioma del país. Oídos entrenados en el nerviosismo del que miente, del que duda, del que engaña, del que oculta.

Ahora el que esto escribe entiende  y percibe todo aquello, aunque hayan transcurrido diecisiete años, o precisamente porque han transcurrido diecisiete años. Y lo entiende y lo percibe porque ha atravesado otras fronteras y ha leído y ha vivido y ha comprendido una parte infinitesimal de lo que le rodea; y puede que no desee entender ni comprender mucho más. Pero, entonces, en el entonces de aquel compartimento con aquellos dos desdoblando la ropa de sus maletas y volviéndola a doblar ante los policías, no comprendía ni entendía absolutamente nada.

El pequeño era el que administraba la información y acaparaba la indignación de los dos. Sus ojos hundidos causarían pavor fuera de aquel tren, pero allí contestaba con amabilidad, a la vez que dejaba escapar simpáticos bufidos de fastidio. Les mostró un sucio fajo de billetes enrollados a una goma e insistía en la fecha del billete de vuelta y en la ciudad de destino; y repetía “turista, turista” como quien quiere abrir una caja fuerte.

Pensé que, en cualquier momento, los harían apearse del vagón sin cruzar la frontera. Venían predispuestos a ello. Se habían despertado, esa misma mañana, al lado de sus mujeres con el ánimo de que aquello pudiera suceder. Desayunaron con brío y condujeron desde el extrarradio, en el que sus ajustados sueldos les permitían vivir, hasta la comisaría. Allí les dictaron las instrucciones correspondientes que se aprestaron a cumplir. Durante unos minutos pudieron tomar esa decisión, cualquier mínimo indicio, mirada o sospecha les podría haber llevado a ello. Y en esa labor habían sido entrenados, y a esa labor se dedicaron con afán.

El alto, en un momento dado, se percató de que yo era el único testigo; me miró fijamente, esa vez sin sonreír, como si estuviera comprendiendo que yo estaba comprendiendo. Los policías intercambiaron unas últimas  palabras, con voz inaudible desde mi asiento, antes de devolverles toda la documentación y excusarse con desgana. Se ve que no encontraron más excusas para continuar con el registro. No sé si al final se fueron convencidos, pero cesaron en su empeño y abandonaron el compartimento desilusionados.

El tren reanudó la marcha una vez cumplimentado el trámite en el resto de compartimentos. No recuerdo, pero imagino, el alivio que pudieron sentir aquellos dos viajeros. Por mi parte, como turista disciplinado revisé mapas y horarios de trenes en mi guía de viaje y me obligué a mirar por la ventanilla el resto del trayecto. No volvieron a despegar los labios, se acabaron los gestos de complicidad, se acabaron las simulaciones. Una parte de su viaje había acabado en esa frontera, aunque les quedara el resto; un resto que yo ni siquiera podía imaginar.

En la siguiente parada, sin mediar palabra, ni gestos, ni señales; como los que cumplen una orden largamente ensayada, se levantaron al unísono y recogieron sus equipajes. Salieron al pasillo sin mirar atrás, se los tragó el barullo de los impacientes que se agolpaban para descender del tren.

Me acerqué a la ventanilla esperando a que aparecieran entre la multitud que deambulaba por el andén, pero no aparecían. De lo poco que había entendido en la conversación con los policías, tenía claro que no era aquella la estación de destino en sus billetes. Solo unos segundos antes de que el tren reanudara la marcha, cuando empezaba a pensar que habían cambiado de vagón  pero continuaban el viaje, saltaron ágilmente del tren. En sus manos, las maletas parecían cargadas de aire mientras caminaban presurosos hacía otro tren en el andén de enfrente.

El alto, rezagado, aún se permitió mirar hacia mi ventanilla, fue solo un segundo, desde mi posición no pude discernir gesto alguno; tal vez él sí que necesitara mi mirada, el reconocimiento de un testigo, del turista disciplinado que desde su asiento anota todo lo que observa. A mí  todavía me quedaban un par de fronteras invisibles que atravesar antes de llegar a mi destino.

 

PABLO AUSTER

José Rico

José Rico

Oviedo (España) 1956. Gestor cultural.

Director-Editor de la revista de artes, ciencias y humanidades "Las nueve musas".

Fundador y administrador de la red social de escritores en lengua castellana "palabra sobre palabra".

En octubre de 2016 funda el Ateneo Las nueve musas donde se imparten cursos online de artes, ciencias y humanidades.

Autor, junto a Alonso Pinto Molina, del blog "Ángel González - poeta", homenaje al poeta de Áspero mundo y Tratado de urbanismo.

Editor de "MEMORIA 2012" (Editorial Círculo Rojo), "El viaje" (2013) Editorial círculo Rojo, "La gramática de las cigarras" (2014) Editorial Círculo Rojo. "En este banco" (2016) Ruíz de Aloza Editores

En agosto de 2017 comienza con el proyecto editorial Las nueve musas ediciones.

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