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Comprender a nuestros muertos

Cuando hablo de comprender a nuestros muertos, no lo hago en el sentido de comprender lo que fueron estando vivos, sino comprenderlos en su calidad de muertos.

Obviamente, la misma definición de “muertos” les confiere una complejidad inmanente al hecho de haber existido, que no existiría con lo meramente no existente sin preexistencia (y con ello la propia comprensión).

RIPComprender tiene, además del significado sobre el entendimiento, una acepción puramente material: la de abarcar, abrazar o rodear algo (Europa comprende a España, algo dudoso en la acepción a la que nos referimos en este escrito, pero indudable en el sentido geográfico). Pero esta otra acepción tiene en su misma definición elementos que se pueden incorporar al que nos ocupa: la comprensión como el acto de abarcar intelectiva y/o emocionalmente un objeto, idea, concepto o conciencia. Lo que es algo claro es el hecho de que para comprender se necesita una conciencia inteligente como mínimo, y que ésta puede dirigir su comprensión hacia una idea abstracta en la que su simpatía sólo crezca en proporción a la verosimilitud del objeto a comprender. Pero cuando ésta va dirigida hacia otra conciencia, se le añade el hecho de que lo que queremos comprender comparte con nosotros unas cualidades muy características y diferenciables del resto. Ya no es una relación conciencia-objeto, sino conciencia-conciencia, y eso implica que la relación conlleve una serie de complejidades, destacable sobre otras la de la empatía. En mayor o menor grado, sentimos empatía hacia otra persona, pues aun cuando un particular ajeno se nos aparezca como carente de relevancia y afecto; aun cuando nos parezca tan lejano emocionalmente y casi  reducido a la nada por nosotros, del hecho mismo de admitir su existencia de rasgos equivalentes a los nuestros aparece eo ipso un mínimo de empatía, tal como si ésta y la conciencia de lo ajeno (ajeno amenizado por el parentesco) fueran hermanos siameses.

Ahora bien: la relación con nuestros muertos no es una relación conciencia-idea, ni una relación entre conciencias, ni algo intermedio, sino una relación que comprende estas dos relaciones a la vez.

Kierkegaard
Tumba de Kierkegaard

Como escribía Kierkegaard en La obra del amor que consiste en recordar a un difunto, en la relación con un muerto la parte dinámica, es decir el vivo, no puede utilizar el reproche más común en las desavenencias de las relaciones entre personas vivas: «Has cambiado». Porque el muerto pasó de un estado a otro, pero su carácter no puede ser más definitivo, cerrado y concluyente. Es alguien hecho de una vez por todas, y que por lo tanto no va a cambiar más. «Nadie puede convertirse en “nadie” mejor que un difunto» escribía Kierkegaard en el mencionado fragmento de Las obras del amor. Aquí el gran y no suficientemente popular filósofo danés nos explica cómo, al faltar uno de los que componían la relación, queda al descubierto el verdadero carácter amoroso del sujeto, hasta entonces confundido por la reprocidad dinámica y por la mutua influencia que hace más difícil la observación de uno sólo de ellos; ahora, sin que sus actos estén condicionados por una inevitable modificación implícita en la compenetración amorosa, se puede observar mejor de qué manera ama al otro. Es decir, que la verdadera ocasión para saber cómo una persona ama a otra es que una de ellas muera, momento en el que se puede observar, de forma individual y concreta, su amor. Sin embargo se hace necesario pensar antes que nada en ese «nadie».

Nunca, nada, nadie. Tres palabras terribles; sobre todo la última. (Nadie es la personificación de la nada). El hombre, sin embargo, se encara con ellas, y acaba perdiéndoles el miedo… ¡Don Nadie! ¡Don José María Nadie! ¡El excelentísimo señor Don Nadie! Conviene que os habituéis –habla Mairena a sus discípulos– a pensar en él y a imaginarlo. Como ejercicio poético no se me ocurre nada mejor. Hasta mañana.                                                                                                                                                                                

Juan de Mairena

¿Quién es, efectivamente, ese Don Nadie? Es la personificación de la nada, pero personalizar la nada es ya hacerla algo. El muerto es un nadie, pero es una nadiedad que no hace sino corroborar constantemente que ha sido “algo”; decir de alguien que no ha existido que no es nadie, se nos presenta casi como una contradicción, pues parece que el “nadie” sea un particular, y quien no ha existido no es un particular, sino que pertenece sin definición propia a la muchedumbre de los que no han existido. Y es aquí donde conviene resaltar una vez más la relación, y por lo tanto ansia de comprensión, con nuestros muertos. Ellos son nadie, pero lo han sido todo; todo en sí mismos, como realizados plena y definitivamente. Quizá se arrepintieron de cosas que hicieron, y de cosas que dejaron de hacer, pero lo que es cierto con la seguridad de lo tautológico es que hicieron lo que hicieron, y tánto que se acabaron de hacer a ellos mismos y son ahora seres completos. Me permito aquí desviar la definición coloquial del Don Nadie como persona viva de poca importancia, para llevarla al terreno de los muertos, aprovechando esa respetabilidad que el “Don” les concede. Es curioso observar cómo el trato de “usted” con que nos dirigimos hacia las personas mayores no queda relevado por otro trato con el que dirigirnos a ellos cuando una vez muertos los nombramos en tercera persona. A los muertos se les tutea, tengamos o no confianza con ellos, hayan muerto jóvenes o viejos. Nuestro muerto no es un nadie, porque esa palabra nos lo representa no sólo no siendo, sino no habiendo sido; se ha convertido en un nadie, pero esa conversión es siempre imperfecta porque sus antecedentes de existencia le dejan marcado para siempre. Don Nadie, sin embargo, le sería apropiado, pues define su dualidad: por una parte es nadie, pero por otra se le da el tratamiento de Don reservado a quien es algo. Es un nadie pero, por otro lado, y siguiendo la  raíz etimológica del Don, es el propietario de esa nadiedad, por lo que la expresión contiene la suficiente ambigüedad para definir al ex-ser, entendiendo al ser en el sentido cognoscible. Pero dejemos a un lado esta divagación para volver a nuestro punto: ¿Cómo relacionarnos con ese Don Nadie, con ese ser concluído, cuando nosotros estamos inacabados, cuando somos tan diferentes?

entierroEn realidad no hay tal diferencia, o no más que la que hubo en vida, pues cambia la relación por una imposición natural, pero no en relación a un cambio de carácter o por desavenencias.

El muerto nos ha dejado, como en usufructo, la gestión y mantenimiento de la relación que nos unía; toda la responsabilidad cae ahora sobre nosotros, pero el carácter del muerto sigue siendo fundamental para el futuro de la relación.

Como en la relación común entre vivos, en la relación con nuestros muertos nuestro carácter y el de ellos, nuestras ideas y las suyas, son las bases en las que se asienta toda comprensión recíproca. Todo, como en la relación de los vivos, influye: raza, sexo, pensamiento, condición social, temperamento, etc. Pensemos, sin ir más lejos, en lo diferente que es la relación con sus muertos en un racionalista, y la relación con sus muertos en una persona con cierta idea de trascendencia, ya sea desde el ámbito religioso, heterodoxo, agnóstico, o simplemente desde un escepticismo abierto a la esperanza de que Dios o la propia naturaleza tengan un salvoconducto para el alma. En el primer caso, la relación con el muerto es sólo de pasado, y es el recuerdo lo único que sigue sustentando la relación; en el segundo caso la relación es de pasado, presente y futuro, y es la combinación de estas tres la que otorga el carácter de la relación. Para el materialista todo cuanto sea un intento de prolongar el contacto con el muerto es una ridiculez; si encuentra a una persona hablando con muertos queridos pensará (si su desfachatez no llega al punto de expresárselo) que está loco o que es un supersticioso. Pero, si tuviéramos que clasificar a alguien como loco, sería al mismo racionalista, y esto por varias razones:

   1º:  Porque es incapaz de concebir un acto simbólico, aun cuando su propia vida está llena de ellos. Cuando besa está actuando de una manera simbólica adquirida, pues el beso no es el amor, no contiene amor, sino que es un símbolo del amor. Aun así él es incapaz de concebir que el hecho de hablar con un muerto sea un acto simbólico del amor, y se reirá del arcaico que reza, mirándolo como a un pobre desgraciado, sin entender que no hay que compartir ese acto para comprenderlo, y que por lo general el que así actúa es plenamente consciente del simbolismo de su acto.

    2º: Por su mismo racionalismo, haciendo notar aquí el sufijo ismo, que es el que hace de la razón algo incapaz de mirarse a un espejo. Ser razonable es antónimo de ser racionalista. La persona razonable comprende que el ser humano haga cosas irracionales, o contrarracionales, y es totalmente consciente de que una persona sin otra cosa que la razón sería la bestia más inmunda que pudiera imaginarse. Pongamos un ejemplo para ilustrar el racionalismo del materialista: él ama, suponemos, a su madre; y lo hace, según él, apoyado sobre todo en una razón, que es la de deberle la vida. Sin embargo, paguémosle con la misma moneda, y reflexionemos sobre este punto única y exclusivamente con la razón: cuando su madre le dio la vida, ella no estaba pensando en él, en lo que es él y mucho menos en lo que se ha convertido. Pensaba en un hijo cualquiera, en una vida en abstracto. El racionalista le debe una vida que, por casualidad, es la suya, pero que podría haber sido otra cualquiera. En ese caso, pensando de forma delirantemente racional, su amor no guarda correspondencia proporcional al acto de ser concebido por su madre, pues si un bombero le salvara de un incendio y con ello de la muerte tendría que profesarle el mismo amor que a su madre. Tampoco el hecho de ser criado por ella es un argumento válido, si volvemos a pensar que lo habría hecho si en vez de a él hubiera tenido a un hijo que fuera todo lo contrario de lo que es, y pensando además que el Estado obliga a ello. Si, por último, quisiera explicarlo amparándose en el instinto, en la pura biología, en el comportamiento genético de los seres humanos, tendríamos que recordarle que hay personas que golpean a sus madres, que hay otras que sin llegar a ello le profesan hostilidad, y que entre los que aman a sus madres los hay de muy distinto grado. El amor que él siente por su madre no puede, entonces, explicarse únicamente por el vínculo materno-filial, ni por deberle su mantenimiento, vida, o cariño, cosa que además sería algo así como una deuda contraída con un prestamista. Si ese racionalista acabara diciéndonos que ama a su madre porque sí, porque es su madre y punto, le contestaríamos que ha dado una respuesta mucho más acertada que las otras, y acto seguido le daríamos la bienvenida al club de los no racionalistas.

   3º: Por su hipócrita cortesía. El racionalista inmanente quiere hacernos creer que cuando nos reprocha nuestra conducta emocional, contrarracional o sobrerracional, lo hace por nosotros y por amor a la verdad. Sin embargo, en muchas ocasiones su reproche suele ser mal educado, irrespetuoso, insultante, y con cierto aire de superioridad infundada. Si alguien se empeña en la opinión de que 2+2=7, puede que yo intente convencerlo de su equivocación, pero si sigue convencido, su obstinación no me irritará a tal punto de faltarle al respeto por esa sola opinión. No extrapolaré la falta de respeto que tengo de su opinión hacia él como persona. En el racionalista, por el contrario, hay una irritación que no guarda correspondencia con el simple amor a la verdad. Dejando a un lado que, obviamente, lo inmanente y lo trascendente no son problemas de tan evidente solución como la suma expresada anteriormente, se hace patente una sospechosa intolerancia agresiva hacia el que cree en algo que pueda no estar  al alcance del radio gnoseológico del ser humano. Observamos entonces una envidia hacia la relación que las personas espirituales mantienen con sus muertos, tal como alguien que envidia la relación entre dos personas vivas por ser para él inalcanzable. Sólo así se entiende esa irritación de rasgos tan parecidos a la envidia común.

LápidaAsí, en la persona para la que es imposible creer en lo inverificable, y no sólo eso, sino que niega lo inverificable con la misma rotundidad con la que afirma lo verificable (simplismo de resorte irreflexivo, cientificista) la relación con sus muertos es meramente pretérita, pues la esperanza es el único nexo que mantiene la relación aun después de un cambio tan brusco. En los demás, ya sean teístas, deístas, panteístas, agnósticos, o simplemente escépticos abiertos a lo espiritual, la relación continúa aunque el muerto haya delegado en el vivo. La comprensión, sin embargo, es compleja, pues el muerto se encuentra en el lugar incomprensible por antonomasia. Aceptar esa incomprensibilidad, sin convicciones arbitrarias fundadas en la mera inaccesibilidad, es comenzar a comprender a nuestros muertos. Negar categóricamente un posible reencuentro aunque sea en forma imprecisa, por el simple hecho de parecernos suprarracional acaba con la relación por medio del egocentrismo desproporcionado de nuestra razón; afirmar categóricamente ese reencuentro también lo hace, pues aplaza la relación hasta ese reencuentro, por lo que hay una separación intermedia. Pero entre negar y afirmar hay una tercera: dudar. Pero esta duda no debe ser la del estancamiento, sino la duda dinámica, inquisitiva, acicate, y ya sea que unas veces se decante hacia lo inmanente, otras hacia lo trascendental, toda pequeña oscilación de la balanza, por mínima que sea, mantiene despierta la esperanza. La duda es lo contrario a la fe, pero no va contra la fe, de la misma manera que podemos decir que el blanco es lo contrario al negro, pero ambos se realzan por contraste, se ayudan a ser ellos mismos. Nuestra esperanza es también la de nuestro muerto. Por supuesto él no va a decírnoslo, porque los muertos son muy reservados. Nadie va a guardarnos un secreto mejor que un muerto, ni tendrá tanta paciencia a la hora de contarle nuestros problemas; nadie nos dice «tranquilo, ya pasará» mas efectiva y tácitamente que un muerto.

Cementerio
Cementerio Central – Viena

Por supuesto que todo esto son palabras sin sentido para el ser humano dogmatizado por el culto a la materia. Llegados casi a la mayoría de edad del siglo XXI, han conseguido idiotizarnos hasta tal punto que creamos idiotas a cualquiera que crea en algo no verificado o contrastado científicamente. Lo cierto es que no hace falta ser muy inteligente para ser el abajo firmante de los descubrimientos científicos que van surgiendo, limitándose a afirmar con la cabeza y sonreir. Estoy convencido de que si mañana los diez científicos más eminentes del mundo se unieran para anunciar conjuntamente que la tierra en realidad no orbita alrededor del sol, dando para ello razones basadas en intrincados sofismas científicos, millones de seguidores que se burlan de la credulidad religiosa o espiritual quedarían convencidos por la sola reputación de quienes idolatran. Ya no hay en realidad crédulos o incrédulos, sino que cada persona es ambas cosas, y sólo lo define el hecho de hacia dónde dirige su credulidad e incredulidad. Si ayer lo que decía un eminente sacerdote era creído sin reservas, hoy lo que dice un eminente científico convence a millones de personas sin previa reflexión, con una predisposición total a la credulidad. Hasta tal punto llega el culto a lo verificable, contrastado, pragmático, etc., que hay quienes piensan que creer en algo que existe (creer en el sentido de darle relevancia) es más inteligente que creer en algo que pudiera no existir, como si eso que pudiera no existir (llámese Dios, Trascendencia, reencarnación) no tuviera más motivo de reflexión que lo más insignificante pero existente, cuando es precisamente lo irrefutablemente existente lo que pone esclusas al fluir del pensamiento. No es incompatible hacer un descubrimiento científico durante el día y hablar con muertos queridos por la noche, pues tal científico comprende el área de su estudio y las fronteras gnoseológicas, y no pretende hacer extensible su estudio a todo cuanto no le es relativo o está fuera de su campo. Ese científico ha soñado muchas veces cosas increíbles y ha creído, mientras soñaba, en la realidad de su sueño. No es nada extraño que, al despertar, siga con sus trabajos científicos con dedicación pero no sin cierta esperanza de que sus muertos queridos se encuentren en ignotas regiones, fuera de todo despertar.

No es extraño que en una época donde la utilidad prima sobre la idealidad, nos induzcan a suprimir cualquier idea trascendental sobre la muerte, pues cerrando toda posibilidad hacia esa trascendencia crece proporcionalmente el pragmatismo materialista, ya que al ser convencidos de la transitoriedad de nuestra existencia queremos rentabilizarla de tal modo que lo que nos han quitado en eternidad lo ganemos en intensidad, cosa por lo demás descabellada. Reflexionar sobre otra posible vida es para el actual sistema capitalista contraproducente, puesto que invierte el modelo carpediemista en el que se sustenta. Al inducir a la negación irreflexiva de dicha trascendencia, se consigue potenciar la agresividad y competitividad hacia lo material por la ilusión de rentabilidad antes mencionada, puesto que de esa manera se hace religión invirtiendo la religión, haciendo del cielo un lugar accesible en esta misma vida, aunque alcanzable ahora por medios infernales.

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina

Alonso Pinto Molina (Mallorca, 1 de abril de 1986) es un escritor español.

Aunque sus comienzos estuvieron enfocados hacia la poesía y la narrativa (ganador II Premio Palabra sobre Palabra de Relato Breve) su escritura ha ido dirigiéndose cada vez más hacia el artículo y el ensayo.

Su pensamiento está marcado por su retorno al cristianismo y se caracteriza por su crítica a la posmodernidad, el capitalismo, el comunismo, y la izquierda y derecha políticas.

Actualmente se encuentra ultimando un ensayo.

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