Las nueve musas
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Muy cerca del silencio

No hay nada acabado ni exacto en los relatos de Raymond Carver, existe sí un vasto territorio mudo, difícil de ser pensado a partir de las metáforas o los símbolos que ofrece a menudo el cuento tradicional.

Ninguna cabal resolución nos conducirá a la dinámica final de los hechos, las personas y las cosas que no consiguen ser esclarecidos para nuestro escrutinio lector, más bien, su naturaleza intestina permanecerá hurtada y se agigantará desde el sin sentido al absurdo, para dejarnos en esa zona inapropiada de silencio donde los temas se debaten en las elipsis.

raymond carverAquellos parloteos cotidianos, todos sus soles y lunas lúgubres definen un paisaje citadino de hoteles y suburbios habitados por seres, a veces sin nombre, que transitan su frustración o su inercia en la representación de un lenguaje despojado y un tanto mordaz que asocia al creador y sus criaturas a los parámetros que la crítica denomina realismo sucio y minimalismo, ese ámbito de los efectos literarios reducidos a la austeridad de los vocablos y las gestas. A propósito de aquellas etiquetas el mismo autor protestó en una entrevista para The Paris Review[1]: “En una reseña del último libro, alguien me llamó un escritor “minimalista”. El reseñista lo quiso decir como un cumplido. Pero no me gustó. Hay algo sobre lo “minimalista” que huele a una pequeñez de visión y de ejecución que no me gusta”.

De estas declaraciones resuena con más fuerza la controversia póstuma que desató el factor Gordon Lish en torno a los recortes de estilo que este imprimió a una parte de la producción del escritor. La biografía de Carol Sklenicka, Raymond Carver. A Writer’s Life (2009) pone al descubierto esa “imperativa” influencia para acceder al gran público por parte del llamado Capitán Ficción sobre algunos de los relatos de Carver aparecidos en Esquire.

Ray Carver (1938-1988) nació en Oregon y creció en Yakima, un pueblo del este de Washington. Su padre trabajaba en un aserradero, su madre como vendedora o camarera; ella admitió que, en ocasiones,  a los cuatro años de edad lo sostenía con una correa. Carver murió a sus cincuenta de un cáncer de pulmón. Su obra consta de varios libros de poemas y cuatro libros de relatos, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral y Tres rosas amarillas. Fue amigo de Cheever, con quien compartió un taller de escritores en Iowa solo para irse de copas, le gustaba la literatura de Tolstoi, Chejov, Hemingway y Richard Ford, consideraba que para escribir había que ser “inmensamente atrevido”. Una tarde de 1983 confesó que creía en los milagros y en la posibilidad de la resurrección.

Catedral, un fragmento:

Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión.

Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono. Telefoneó, se presentó y la contrataron en seguida. Trabajó todo el verano para el ciego. Le leía a organizar un pequeño despacho en el departamento del servicio social del condado. Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, la nariz, incluso el cuello. Ella nunca lo olvidó. Incluso intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.

Desde el sur del Sur escribe Adriana Greco.


[1] The París Review Interview.  The Art of Fiction Nº. 76. Por:  Mona Simpson y Lewis Buzbee


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Adriana Greco

Adriana Greco

Adriana Greco nació en Buenos Aires,

Es docente, correctora literaria y bibliotecaria.

Tiene publicados en colaboración tres libros: Poetas y Narradores Contemporáneos (Argentina: Editorial de Los Cuatro Vientos, 2004) donde recibió medalla de plata y el tercer premio de poesía de un jurado seleccionado por la editorial; participó de la antología Poesía y Narrativa Actual (Argentina: Nuevo Ser, 2006), y colaboró con cuentos, poesías, y en la redacción de contratapa para La Tinta y el Blanco (Argentina: Ediciones Mallea, 2010).

En 2011 crea el blog Correctores en la Red.

Durante el 2012 y 2013 participó con columnas literarias en el programa Paranormales de Radio Zoe.

En 2015 obtiene con Mala entraña el tercer premio en el II Certamen “palabra sobre palabra” de Relato Breve (España).

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