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Las nueve musas
Carter

Buitre no come niños

La fotografía puede ser  entendida como arte, como periodismo y, a veces, como ambas cosas.

Por un lado comparte con el resto de artes visuales la intención de crear imágenes con un fin conscientemente expresivo,  crear una imagen ya sea escultórica, pictórica o incluso performática que interrogue al sujeto, que produzca una reacción o conmueva y genere pensamiento.

kevin carterPor otra parte la fotografía puede ser entendida como veraz testigo de la realidad del momento, como ojo público que nos muestra la realidad.

Hace unos días El diario El Mundo publicó un artículo, fechado el 20/08/2016, bajo el epígrafe de “Entre la verdad y la propaganda” firmado por Alberto Rojas y titulado “Los buitres no se comen vivos a los niños” que versa sobre la tristemente célebre foto que valió un Pulitzer en 1993 a su autor, Kevin Carter, y que mostraba a una niña africana moribunda bajo la mirada de un buitre.

Nos hallamos ante una foto de indudable valor artístico, icónico y  universal que el artículo reconoce, aunque pasando de puntillas por la cuestión de la más que posible intención artística del autor, pero se centra en el punto de vista periodístico de la imagen, en  la referida concepción de la fotografía como disciplina simplemente testimonial y veraz de un suceso puntual.

Como persona corriente, normalita y no muy dada a grandes aventuras,  uno se siente lógicamente impresionado ante el relato de su viaje hasta allí y aliviado por la supervivencia de la supuesta niña a la vez que perplejo por la tesis que  defiende el intrépido reportero en su artículo.

Ya en una primera ojeada, si atendemos a lo que destaca en negrita el medio, el relato nos dice  que allí nadie ha visto jamás la imagen, que el niño  ya estaba atendido por personal humanitario y no estaba solo, que estaba en la zona elegida por los niños para defecar y, lo que nos parece más grave, califica la cuestión de la muerte del fotógrafo como otra mitología, aclarándonos así sin sombra de duda el sentido de su artículo. Nos hallamos al parecer  ante otro de esos alegatos que vienen a despertarnos de tanta mitología.

Al parecer este intrépido periodista, avezado correcaminos en zonas peligrosas, se toma la molestia de llegar hasta el lugar exacto donde Kevin Carter tomó en 1993 la célebre instantánea que le valió un Pulitzer.  Nos relata en primera persona cómo hay que pasar para ello por lugares de esos terribles y novelescos en donde abundan los tipos armados y una mirada puede costarte la vida, para desmontar la falacia y demostrarnos a todos  que esa niña en realidad era un niño, que no estaba moribundo sino que  había ido a cagar plácidamente al campo, lugar elegido por los niños del poblado,  y que probablemente lo hizo por una simple disentería pues de hecho no murió hasta unos años después, ya en la adolescencia  y por malaria, no te vayas a creer. También nos descubre que después de todo los buitres no se comen vivos a los niños enfermos, dando por hecho que creíamos que los buitres no saben esperar, y que el niño no estaba solo pues estaba ya atendido por personal humanitario en la zona, apenas a diez metros, como atestigua el tranquilizador brazalete distintivo de niño con desnutrición severa que luce el niño y que sagazmente podemos apreciar en la foto. También se refiere a la supuesta falsedad de la foto como motivo de suicidio de su autor, esa “otra mitología” que por no alargar dejaremos aparte.

Se nos está mostrando una realidad a todas luces catastrófica, terrible y vergonzante y al mismo tiempo  se nos deja ver que no, que esta historia es  mitología, que el revuelo causado por la foto fue exagerado pues a fin de cuentas los buitres no comen niños vivos y luego, fíjate tú, el chaval duró hasta la adolescencia…

La pregunta que nos surge, sin querer en absoluto presuponer intenciones al autor, es si se da cuenta  del lamentable relato político y social que su artículo ayuda a construir pues tratando loablemente de defender al  fotógrafo, da a su texto un sesgo probablemente no deseado pero a nuestro modo de ver muy inoportuno. Sólo hay que darse una vuelta por los comentarios que suscita en Facebook para ver cómo en muchos de ellos se pulveriza todo vestigio de empatía, cómo se refuerza ese latente argumento neoliberal que para cubrir sus vergüenzas, o mejor su falta de ellas, responsabiliza sin paliativos a los oprimidos de su propia desgracia.

El Bang Bang Club
El Bang Bang Club

El discurso tristemente  resultante  que podemos hallar entre  las opiniones de muchos  lectores, haciendo gala de un desalentador desconocimiento de la historia  y hasta de la más elemental caridad cristiana que en otros foros a buen seguro defenderán, no es otro  que culpar de su pobreza  a los propios africanos, habida cuenta de la falsedad del relato “buenista” . Abundan las opiniones  en el sentido de que África es pobre porque los africanos no trabajan como nosotros y además son muy dados a matarse entre ellos.

De un plumazo dejamos para buenistas, progres y demás perroflautas cuestiones al parecer tan peregrinas como su recientísimo pasado colonial y la impagable deuda externa que arrastran, fruto del retraso cultural y económico en que la desastrosa descolonización sumió a países imposibles “construidos a tiralíneas”, frase hecha pero no por ello menos cierta como podemos comprobar simplemente mirando un mapa. La tremenda influencia de las multinacionales en la financiación de sátrapas, gobiernos y grupos afines a sus intereses y la colonización económica, cuando no directamente la invasión, de todo aquel país que para desgracia de su gente tenga petróleo u otras materias primas, diamantes o, sobre todo últimamente coltán. También obviamos el descontrolado negocio de las armas, que por ejemplo en España se ha multiplicado  en los últimos años, como origen fundamental de la inmensa distopía…

Todo lo expuesto son zarandajas progres a ojos de tanto ignorante de vuelta sin haber ido que va generando a la carrera la educación neoliberal que cada día más disfrutamos. Nada hace más feliz a un ignorante que creerse de vuelta de todo y despreciar ideologías que desconoce siguiendo esa zanahoria negacionista que aparta de un plumazo la historia y la filosofía para hacerle creer que él no es un ingenuo, que cuando el progre va, él ya está de vuelta.

Así, viendo el inoportuno sesgo del artículo, el medio en que se publica,  las cuestiones que enfatiza y sobre todo viendo los comentarios que genera y que tarde o temprano definen votos, uno empieza a creer  como cierta esa otra supuesta falacia populista que asegura que el ataque a las humanidades en la enseñanza es algo orquestado y con un claro fin, que no es otro que el de allanar el camino para que la democracia no suponga un obstáculo al negocio, sea éste cual sea.

El artículo sin duda es veraz y cuenta unos hechos reales, tanto como lo es este otro que tras un vistazo a Google encontramos entre otros más antiguos que abordan el tema, publicado ya un año antes por Kike Pérez, que viene a contar lo mismo pero, a nuestro entender, de un modo más aséptico y  sin que pueda ser utilizado  de un modo tan inoportuno como excusa para la expresión y la apología de la más absoluta carencia de humanidad.

CasadoEsa misma carencia de humanidad, ese espíritu negacionista neoliberal que  por ejemplo proyectaba Pablo Casado, vicesecretario de Comunicación del Partido Popular cuando en declaraciones a Infolibre el 24/11/2015  tachaba de “irresponsables” a quienes se oponían a bombardear Siria, dejando de paso otra perla “Ese complejo que tiene la izquierda europea de intentar buscar causalidad al terrorismo es algo que se tienen que hacer mirar”.  Con esas poderosas razones, con ese recurso facilón a la frase hecha que sustituye al argumento, el Sr Casado liquidaba cualquier consideración política, histórica o social que se pudiera oponer al bombardeo por parte de los “buenistas retrógrados” de la izquierda. Esos aguafiestas tan cansinos que estorban al progreso con sus anticuadas  mitologías .

Este verano, ante las  fugazmente célebres imágenes del nuevo niño sirio, el mismo personaje  se despachaba  con un tuit en que muestra toda su humanidad y hace gala de una sensibilidad fuera de lo común.  “La mirada de Omran no me deja dormir. Tiene los mismos años que mi hija. Todos ellos sufriendo la guerra de Siria.”

Creo que voy a llorar.

La revista agradece sus comentarios. Muchas gracias
Alfredo Llorens

Alfredo Llorens

Alfredo Llorens (Valencia).

Licenciado en Bellas Artes por la Universidad Politécnica de Valencia en la especialidad de Escultura.

Máster en producción artística y profesor asociado del Departamento de Escultura en dicha Universidad (2010-2012).

Realizando en la actualidad su tesis doctoral que compagina también con su trabajo como escultor para la compañía Lladró.

Aborda en sus obras una revisión marcadamente irónica, mecanicista y caricaturesca de los comportamientos humanos, con especial atención al concepto de Poder.

Realiza esculturas y dibujos organizados en exposiciones temáticas que van desde la pieza de pequeño formato hasta la instalación de gran volumen.

Exposiciones individuales:
- 1997 "La Grandeur" (con sus secuelas "La Grandeur Encore" y "La Grandeur Encore Plus").
- 2005 "Elogio del Artefacto".
-2009 "La vida Ingrávida".
-2012 " Mecánicas del Dominio".

Cuenta con obra en "Museo de Escultura al Aire Libre" de la Universidad Politécnica de Valencia así como en numerosos organismos oficiales y colecciones particulares.

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