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Las nueve musas
Interior del Palacio de Fontainebleau

Asesinato en Fontainebleau

A excepción, tal vez, de Cleopatra, ninguna reina en la Historia Universal ha generado una producción teatral, literaria y cinematográfica y un compendio de comentarios e investigaciones tan copiosos como los que inspiró la figura de Cristina Vasa, Cristina de Suecia (1626-1689).

En vida y después de muerta, nunca dejó a nadie indiferente.

Se ocuparon de ella sus contemporáneos, fascinados y admirados por una mujer varonil que despreciaba a las féminas –en especial a la casada–, hablaba siete idiomas, manejaba las armas y montaba a caballo como un soldado, se rodeaba de filósofos y sabios de la categoría de Descartes, era una experta en antigüedad clásica que financió excavaciones arqueológicas, derrochó fortunas en libros científicos y en sus colecciones de arte, especialmente arte greco-romano. También en amantes.

En el siglo XVIII se ocuparon de Cristina enciclopedistas como Jean le Rond d’Alembert, entre otros, que no muestran simpatías hacia ella: Los bandazos de su conducta, de su humor y de sus gustos –escribe D’Alambert–; la poca decencia que muestra en sus actuaciones; el escaso provecho que sacó de sus conocimientos y de su inteligencia; su orgullo tan a menudo exacerbado; esas disquisiciones equívocas sobre la religión que había abandonado y sobre la que había abrazado; en fin, la vida errante, por así decir, que llevó entre extranjeros que no la apreciaban, todo ello justifica, más de lo que ella hubiera creído, la brevedad del epitafio que ordenó inscribir sobre su tumba: D.O.M. vixit Christina ann, LXIII.

Más tarde, el economista e historiador suizo Jean Charles Leonard Simonde de Sismondi (1773-1842) recoge en su monumental obra Histoire des Français (veinte volúmenes) el testimonio de quienes la trataron y el efecto que produjo en la corte de Luis XIV, en Compiègne, durante su primera visita a Francia en septiembre de 1656. Todos se quedaron sorprendidos por su ingenio y sus múltiples conocimientos, por la información amplísima que tenía sobre la sociedad francesa, hasta el punto de conocer las anécdotas y el carácter de las personas principales; pero también asombró a todos con su indumentaria extravagante en la que se mezclaban prendas masculinas y femeninas, el desenfado de sus expresiones –que te ponían los pelos de punta­– y su trato con los hombres, con los que compartía el tono de voz y los modales. Tenía que ser servida por éstos puesto que no permitía que la atendieran mujeres, con las que no congeniaba, a excepción de Ninon de l´Enclos, la famosa cortesana y escritora en la que encontró un alma gemela.

En el siglo XIX, la historia de Cristina desató pasiones en Francia y otros países europeos. El gusto romántico por el morbo dramático no podía desaprovechar el episodio del trágico asesinato o ajusticiamiento del marqués de Monaldeschi, caballerizo mayor y amante de la reina, acusado de traición y ejecutado por orden de ésta en una de las galerías del enorme palacio de Fontainebleau durante la segunda y última visita de la reina a Francia, en 1657. Con un sentido muy distinto al de los poemas laudatorios que le dedicaron sus contemporáneos y al de la obra teatral de Calderón de la Barca, La protestación de la fe, en la que se ensalza su conversión al catolicismo, los escultores, pintores, novelistas y dramaturgos decimonónicos centraron su atención en la agonía conmovedora del amante traidor. Una de las primeras manifestaciones pictóricas de la escuela historicista francesa se encuentra en el oleo sobre tela (1,3 x 0,83 m.) que pintó, en 1824, la artista Adrienne Grandpierre-Deverzy. Actualmente es propiedad del Estado francés, lleva el título Monaldeschi implore la grâce de Christine de Suède à Fontainebleau (“Monaldeschi implora la gracia de Cristina de Suecia en Fontainebleau”) y está colgado en el lugar donde sucedieron los hechos. En el mismo año se publicó la novela del alemán Carl Franz van der Velde, Christine und ihr Hof (“Cristina y su Corte”). La escultora Félicie de Fauveau presentó en el salón anual de pintura y escultura del Louvre, en 1827, el conocido altorrelieve en yeso patinado (actualmente en el museo de Louvriers) que se tituló Christine, reine de Suède, refusant de faire grâce à son grand écuyer Monaldeschi (“Cristina, reina de Suecia, negándose a perdonar a su caballerizo mayor Monaldeschi”). Esta obra, considerada excepcional en su momento, inspiró al mismo tiempo a los dramaturgos Fréderic Soulié y Alejandro Dumas-padre, pero con resultados opuestos. El drama Christine à Fontainebleau, de Soulié, se representó en el Odeón en octubre de 1829 y cosechó entre el público y la crítica unos abucheos tales que obligaron a retirar la obra del cartel. Por el contrario, la trilogía dramática sobre la vida de Cristina en cinco actos, Christine ou Stockholm, Fontainebleau et Rome, estrenada asimismo en el Odeón el 30 de marzo de 1830, catapultó a Dumas a la fama. También tuvo un éxito notable, en 1833, el danés Carl Christian Bagger con el estreno en Estocolmo de su obra Dronning Christine af Sverig och Monaldeschi (“La reina Cristina de Suecia y Monaldeschi”).

Cristina, reina de Suecia, negándose a perdonar a su caballerizo mayor Monaldeschi – Félicie de Fauveau

Tras la etapa románica no decayó el interés por la Semíramis del Norte. A lo largo de las centurias continúan publicándose centenares de trabajos de investigación sobre su vida en general o sobre episodios concretos de la misma. Entre las investigaciones recientes, cabe destacar –entre muchas otras– Christine de Suède, un roi excepcionel, del historiador francés Bernard Quilliet (Ed. Presses de la Renaissance, 1982, traducida al español con el mismo título, “Cristina de Suecia, un rey excepcional”, por Clara Cabarrocas y editado por Planeta, Barcelona, 1993), y La reina Cristina de Suecia, de Úrsula de Allendesalazar (Ed. Marcial Pons Historia, 2009) donde aflora a la luz numerosa documentación española inédita.

La reina Cristina de Suecia
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Cristina ya había entrado en el mundo de la leyenda con 28 años, cuando cedió a su primo Carlos X Gustavo el trono de Suecia (baluarte del protestantismo) y se convirtió al catolicismo, instalándose en Roma libre de ataduras y compromisos. El medallón que mandó acuñar después de su abdicación, en 1654, resume bien su concepción de la existencia y del libre albedrío como valor absoluto; el metal representa a Pegaso alzando el vuelo desde la cima del Olimpo y lleva la leyenda Sedes haec solio potior, “Esta sede vale más que el solio”. Después, Cristina pronunciaría la frase que resume sus aspiraciones: La libertad de decidir lo que se desea es más importante que gobernar el mundo. Sin embargo, una de sus decisiones empañó para siempre su aureola y la retiró definitivamente de la escena política: el asesinato cometido en la galería de los Ciervos de Fontainebleau.

Stendhal trascribió para los lectores de la Revue trimestrielle (nº de julio-octubre de 1828) las páginas del acta o informe redactado en 1664 por el reverendo padre Lebel, dando cuenta del auxilio espiritual que prestó al marqués de Monaldeschi en su tránsito al otro mundo. El manuscrito forma parte de la colección harleyana (iniciada en 1704 por Robert Harley y adquirida por la Biblioteca Británica), aunque la Biblioteca Nacional de Francia cuenta con una copia, de la que se derivan las múltiples versiones existentes, que difieren ligeramente en los signos de puntuación y la ortografía. Madame Françoise Bertaut de Motteville, a la que cita el prior, era hija de la secretaria –española– de Ana de Austria, madre de Luis XIV; dejó escritas sus Memorias. Hemos considerado que merecía la pena hacer nuestra propia traducción al español de ese testimonio excepcional y, para ello, hemos elegido el texto francés cuya puntuación nos ha parecido más arcaica. Se ha publicado en la revista LA FRANCE PITTORESQUE del sábado 10 de noviembre de 2012 y dice así:

“El 6 de noviembre de mil seiscientos cincuenta y siete, a las nueve horas y un cuarto de la mañana, estando la reina de Suecia en Fontainebleau, alojada en la conciergerie del palacio, me envió a uno de sus lacayos requiriendo mi presencia. Éste me dijo que, en el caso de que yo fuera el superior del convento, tenía órdenes de Su Majestad para conducirme a hablar con ella. Le respondí que sí lo era y que iría con él para conocer la voluntad de S. M. sueca.

“Así, sin buscar acompañante por temor a hacer esperar a la reina, seguí al lacayo hasta la antecámara, donde me hicieron esperar unos momentos. Al fin regresó ese lacayo y me introdujo en la cámara de la reina de Suecia.

“La encontré sola y, habiéndole rendido mis muy humildes respetos y pleitesía, le pregunté lo que S. M. deseaba de mí, su muy humilde servidor. Ella me dijo que la siguiera para hablar con más libertad y, una vez entramos en la galería de los Ciervos, me preguntó si me había hablado alguna vez anteriormente. Le respondí que yo había tenido el honor de hacer la reverencia a S. M. y de asegurarle mi más humilde acatamiento y que ella había tenido la bondad de agradecérmelo, y nada más. A continuación, ella me dijo que yo llevaba un hábito que le exigía fiarse de mí y me hizo prometer, bajo el sigilo de la confesión, guardar y mantener el secreto que me quería revelar. Respondí a S. M. que en materia de secretos yo era, naturalmente, ciego y mudo y que, siéndolo con respecto a toda clase de personas, con mayor razón debía serlo para una princesa como ella; y añadí que las Sagradas Escrituras dicen que es bueno tener oculto el secreto del rey: Sacramentum regis abscondere bonum est.

“Tras esta respuesta, me entregó un fajo de papeles, sellado en tres sitios, sin ningún sobrescrito, y me pidió que se lo devolviera en presencia de quien ella me lo pidiera, cosa que prometí a S. M. sueca. A continuación, me pidió que tuviera bien en cuenta el momento, el día, la hora y el lugar en que ella me entregaba aquel paquete y, sin más espera, me retiré con el paquete de papeles y dejé a la reina en la galería.

“El sábado, décimo día del mismo mes de noviembre, a la una de la tarde, la reina de Suecia envió a buscarme a uno de sus camareros que me dijo que S. M. requería mi presencia y, con la convicción de que me llamaba para que se lo devolviese, entré en un despacho para coger el paquete que me había confiado. Seguí los pasos de ese criado, que me llevó por la puerta de la torre y me hizo entrar en la galería de los Ciervos y, una vez dentro, cerró la puerta con tal prisa que me quedé un poco sorprendido. Dándome cuenta de que, hacia el medio de la galería, la reina estaba hablando con uno de su séquito al que se referían como “el marqués” (después supe que era el marqués de Monaldeschi), me aproximé a la princesa. Tras haberle hecho la reverencia, ella, con un tono de voz bastante alto, en presencia de ese marqués y de otros tres hombres que allí estaban, me pidió el paquete que me había confiado. Dos de los tres hombres estaban separados de la reina a unos cuatro pasos y el tercero bastante cerca de S. M. Ella me habló en estos términos: Padre, devuélvame el paquete que le he dado. Me acerqué y se lo entregué.

“S.M. lo cogió, lo contempló unos momentos, lo abrió y sacó las cartas y escritos que había dentro. Hizo que aquel marqués los viera y los leyera, preguntándole, con voz grave y tono firme, si los reconocía. El marqués lo negó, pero se puso pálido. ¿No quieres reconocer estas cartas y estos escritos?, le dijo ella (en realidad, no eran sino copias que la propia reina había transcrito). S.M. sueca dejó que el mencionado marqués recapacitara sobre las copias cierto tiempo, hasta que ella sacó los originales que llevaba encima y, mostrándoselos, le llamó traidor y le hizo reconocer su letra y su firma. Ella le formuló varias preguntas, a lo que aquel marqués, excusándose, respondía lo mejor que podía, echando la culpa a diversas personas. Finalmente, él se arrojó a los pies de la reina pidiéndole perdón; al mismo tiempo, los tres hombres que allí estaban presentes sacaron las espadas de sus vainas y no volvieron a envainarlas hasta después de ejecutar al marqués (entonces aun no le habían tocado).

“Él se levantó y llevó a la reina de un rincón a otro de la galería, suplicándole continuamente que le escuchara y que aceptase sus excusas. Su Majestad nada le desmintió, sino que le escuchó con gran paciencia sin dar muestras en ningún momento de la menor incomodidad o signo de cólera. Cuando el marqués más la presionaba para que le escuchara y comprendiera, ella al punto se dirigió a mí: Observe, Padre, sea testigo –me dijo aproximándose al marqués, apoyada en un bastoncito de ébano con el puño redondo– de que concedo a este traidor, a este pérfido, todo el tiempo que quiere, y más del que pudiera desear una persona ofendida, para justificarse si es que puede.

“El marqués, acuciado por aquella reina, le entregó unos papeles y un manojo de dos o tres llavecitas que sacó de su bolsa, de la cual cayeron dos o tres moneditas de plata y, tras una hora o más de conferencia, las respuestas del marqués no contentaron a la reina. Su Majestad se me acercó un poco y me dijo con una voz bastante alta, pero grave y moderada: Padre, yo me retiro y le entrego a este hombre; prepárele para la muerte y encárguese de su alma.

“Si aquella sentencia se hubiera pronunciado contra mí, no hubiera sentido mayor espanto. Al oír aquellas palabras, el marqués se arrojó a sus pies y yo hice lo mismo, pidiéndole el perdón para aquel pobre marqués. Ella me dijo que no podía y que aquel traidor era más culpable y criminal que los que son condenados a la rueda de suplicio; que él bien sabía que ella le había comunicado, como a súbdito fiel, los asuntos más importantes y sus más secretos pensamientos, aparte de que no quería reprocharle los favores que le había hecho y que excedían a los que hubiera podido hacer a un hermano, habiéndole considerado siempre como tal, y que su propia conciencia debería servirle de verdugo.

“Tras estas palabras, Su Majestad se retiró y me dejó con los tres que habían desnudado sus espadas con el propósito de llevar a cabo la ejecución. Después de salir la reina, el marqués se arrojó a mis pies y me suplicó insistentemente que fuese a ver a la reina para obtener su perdón. Aquellos tres hombres le apremiaban a que se confesase apuntando las espadas contra sus espaldas, pero sin tocarle. Y yo, con lágrimas en los ojos, yo le exhortaba a pedir perdón a Dios.

“El jefe de los tres (Madame de Motteville dice que era Sentinelli [Francesco Maria], capitán de sus guardias y hermano de un tal Sentinelli [Ludovico], favorito de esta princesa a quien Monaldeschi había acusado de muchos crímenes falsamente –y por celos– pero nadie lo sabe con certeza. Ella añade que la reina se burló del criminal, de que tuviera miedo a la muerte y que le llamó cagón y que ordenó a este hombre que le hiriera para obligarle a confesarse) salió en pos de Su Majestad para pedirle el perdón e implorar su misericordia para el pobre marqués. Pero regresó triste, ya que su señora le había ordenado que le despachara, y le dijo al marqués llorando: Marqués, pensad en Dios y vuestra alma; es preciso que muráis. Al escuchar estas palabras, fuera de sí, el marqués se arrojó una segunda vez a mis pies suplicándome que yo fuera a la reina para intentar la vía del perdón y de la gracia, cosa que hice.

“Habiendo encontrado sola a Su Majestad en la cámara con el rostro sereno y sin emoción, me acerqué a ella dejándome caer a sus pies, con lágrimas en los ojos y sollozos en el corazón. Le supliqué por los dolores y las llagas de Jesucristo que tuviera misericordia y concediera la gracia al marqués. La reina me significó su desagrado por no poder acceder a mi petición tras la perfidia y crueldad que aquel desgraciado había querido infligir en su persona, tras lo cual jamás debería esperar remisión ni gracia, y me dijo que se les había aplicado la rueda del suplicio a algunos que no se lo merecían tanto como aquel traidor. (Se ha pensado siempre que el gran crimen de este caballerizo provenía de algunas infidelidades en el comercio de la galantería –que se creía era muy real entre la reina y él– pero no se podría ir más allá y deducir de las expresiones de la reina que tal vez Monaldeschi haya tenido parte en los pesares que la determinaron a abdicar la corona, que después continuaron, de lo cual ella se habría enterado por el contenido de las cartas; o puede que él mantuviera relaciones con los enemigos de la reina y se aprovechase de la familiaridad que tenía con ella para hacerla parecer más odiosa y tramar su perdición).

“Viendo que nada podía influir en el ánimo de la reina con mis ruegos, me tomé la libertad de significarle que estaba en la casa del rey de Francia y que tuviera buen cuidado con lo que iba a hacer ejecutar y si el rey lo encontraría adecuado. A lo cual Su Majestad me contestó que ella aplicaba la justicia ante el altar y que tomaba a Dios por testigo de que no estaba resentida contra la persona del marqués y de que había dejado de sentir cualquier clase de odio, ateniéndose tan solo a un crimen y una traición como nunca los habrá y que afectaba a todos; aparte de que el rey de Francia no la alojaba en su casa como a una cautiva refugiada y que ella era dueña de su voluntad para ajusticiar a sus domésticos en cualquier lugar y en cualquier momento, y que debía responder de sus actos ante Dios únicamente, añadiendo que lo que ella estaba haciendo no carecía de ejemplos.

“Repliqué a la reina que había alguna diferencia y que, si los reyes habían hecho algo parecido, lo habían hecho dentro de su territorio y no fuera. Pero nada mas decir estas palabras me arrepentí, temiendo haber urgido demasiado a aquella reina. Al marcharme también le dije: Señora, con el honor y la estima que habéis adquirido en Francia, y con la esperanza que todos los buenos franceses tienen puesta en vuestra negociación, yo suplico muy humildemente a Vuestra Majestad que evite que esta acción, aun cuando sea de justicia a juicio de Vuestra Majestad, señora, pase sin embargo a la memoria de las gentes como violenta y precipitada. Si hacéis, en cambio, un acto de generosidad y misericordia para con ese pobre marqués o, al menos, le entregáis en manos de la justicia del rey y le procesáis formalmente, vos obtendréis toda satisfacción y por este medio conservaréis en la memoria de todos los hombres, Señora, el título de admirable que preside todas vuestras acciones.

¡Cómo, padre! –me dijo la reina– ¡Yo, en quien debe residir la justicia absoluta y soberana sobre mis súbditos, ¿verme obligada a litigar contra un doméstico traidor, teniendo en mi poder las pruebas de su delito y su perfidia escritas y rubricadas por su propia mano?!

Es verdad, Señora –le dije yo– pero Vuestra Majestad es parte interesada…

La reina me interrumpió y me dijo: –No, no, padre; se lo haré saber al rey. Vuelva y cuide de su alma; yo no puedo en conciencia conceder lo que me pide. –Y así me despidió.

“Sin embargo, por el cambio de voz al decir esas últimas palabras supe que si la reina hubiera podido diferir la acción y cambiar el lugar sin duda lo habría hecho. Pero el asunto estaba demasiado avanzado como para tomar otra resolución, sin correr el peligro de dejar escapar al marqués y poner su propia vida en riesgo. En este extremo, yo no sabía qué hacer ni qué decisión tomar: marcharme no podía, y aunque hubiera podido me veía comprometido por un deber de caridad y de conciencia a socorrer a aquel marqués disponiéndole a una buena muerte. Entré, pues, en la galería y, abrazando a aquel pobre desgraciado que estaba bañado en lágrimas, le exhorté con los mejores y más apremiantes términos que pude, y que Dios quiso inspirarme, a resignarse ante la muerte y a ocuparse de su conciencia puesto que ya no había en este mundo esperanza de vida para él, y le dije que, ofreciendo y sufriendo su muerte por la justicia, debía poner tan solo en Dios sus esperanzas para la eternidad, donde encontraría consuelo.

“Con tan triste noticia, tras haber soltado dos o tres grandes gritos, se puso de rodillas a mis pies y, habiéndome yo sentado en uno de los bancos de la galería, comenzó su confesión; sin embargo, cuando ya estaba bien avanzada, se levantó dos veces y gritó. En los mismos instantes le hice dar testimonio de la fe y renunciar a cualquier pensamiento contrario. Acabó su confesión en latín, francés e italiano, como mejor pudo explicarse en la turbación que le embargaba. El limosnero de la reina llegó cuando yo le estaba interrogando para aclarar una duda y el marqués, al verle, sin esperar a la absolución, se fue hacia él con la esperanza del indulto. Los dos hablaron en voz baja durante bastante tiempo, cogidos de la mano y retirados en un rincón y, cuando terminaron la conversación, el limosnero se llevó consigo al salir al jefe de los tres encargados de la ejecución. Poco después, el limosnero se quedó fuera y el otro regresó solo y le dijo: –Marqués, pide perdón a Dios porque tienes que morir sin mas espera. ¿Ya te has confesado?

“Y diciéndole esas palabras le empujó contra la pared del extremo de la galería, donde está el cuadro de Saint-Germain-en-Laye, y yo no pude girarme bien para ver que le asestó una estocada en el estómago, en el lado derecho. El marqués, al querer parar el golpe, sujetó la espada con la mano derecha y el otro, al retirarla, le cortó tres dedos y quedó doblada [la espada]. Entonces, [el de la espada] le dijo a uno de los otros que [el marqués] estaba armado bajo la ropa y, en efecto, llevaba una cota de malla que pesaba nueve o diez libras y, al instante, ese mismo repitió el golpe en el rostro y el marqués gritó: “¡Padre, padre!”. Me acerqué a él, los otros se retiraron un poco aparte y él, rodilla en tierra, pidió perdón a Dios y me contó aun algunas cosas por las que le di la absolución, con la penitencia de sufrir la muerte por sus pecados, perdonando a todos los que le hacían morir, recibida la cual se tiró en los azulejos y, al caer, otro le dio un tajo encima de la cabeza que le cortó los huesos y, mientras estaba tendido sobre el vientre, hacía gestos para indicar que le cortasen el cuello. El mismo hombre le dio dos o tres tajos en el cuello sin causarle mucho daño porque llevaba la cota de malla, que paró y evitó los efectos del golpe, subida hasta el cuello del jubón.

“Entretanto yo le exhortaba a acordarse de Dios, a resistir con paciencia y otras cosas semejantes. En aquellos momentos el jefe me vino a preguntar si acababa ya con él. Yo le reñí con rudeza y le dije que no tenía consejo alguno que darle al respecto, que lo que yo quería era su vida y no su muerte. Me pidió perdón y reconoció haberse equivocado al hacerme semejante pregunta.

“Durante este diálogo, el pobre marqués, que tan solo aguardaba la estocada final, oyó como se abría la puerta de la galería y, recuperando valor (toda la corte, dijo madame de Motteville), se burló del pobre muerto que bien había sabido tomar la precaución inútil de guarnecerse con una cota de malla y no había tenido el valor suficiente para defenderse o escapar) se giró y, viendo que era el limosnero quien entraba, se arrastró como pudo apoyándose en el zócalo de la galería y pidió hablar con él. El limosnero se situó a la izquierda del marqués, estando yo a la derecha; el marqués se giró hacia el limosnero y, juntando las manos, le dijo algunas cosas como si se estuviera confesando y el limosnero le dijo que pidiera perdón a Dios; tras haberme pedido permiso, le dio la absolución y entonces se retiró diciéndome que permaneciera con el marqués y que él se iba a ver a la reina de Suecia.

“Al mismo tiempo, el que había golpeado al marqués en el cuello y que se encontraba a la izquierda del limosnero, le atravesó la garganta con una espada bastante larga y estrecha; con esa estocada el marqués cayó sobre su costado derecho y no habló más, pero siguió respirando más de un cuarto de hora mientras yo le predicaba y exhortaba lo mejor que me era posible. Y así, al perder la sangre, se acabó la vida de aquel marqués a las tres horas y tres cuartos después del mediodía. Le recé el De profundis y, después, el jefe de aquellos tres le removió una pierna y un brazo, desabotonó sus calzas y calzoncillos, hurgó en sus bolsillos y no encontró nada, salvo un librito de horas de la Virgen y un cuchillito que estaban en su bolsa. Los tres se marcharon, y yo detrás, para recibir las órdenes de Su Majestad.

“Con la confirmación de la muerte del marqués, la reina manifestó su pesar por haberse visto obligada a ordenar aquella ejecución en la persona del marqués; dijo que era de justicia llevarla a cabo por su crimen y su traición, y que rogaba a Dios que le perdonase. Me encomendó que me ocupara de sacarlo de allí y de enterrarlo, y me dijo que ella quería encargar varias misas por el descanso de su alma. Yo mandé hacer un ataúd, hice que lo pusieran en una carreta a causa de la bruma, el peso y el mal estado del camino, y lo hice trasladar a la parroquia de Avon por mi vicario y capellán, ayudado por tres hombres, con órdenes de enterrarlo en la iglesia, cerca de la pila del agua bendita, cosa que se hizo y ejecutó a las cinco horas y tres cuartos de la tarde.

“(Toda la corte, dice también madame de Motteville, se horrorizó de semejante venganza. Los que habían estimado a la reina se avergonzaron de haberla ensalzado y se la dejó largo tiempo en Fontainebleau para mostrarle el desprecio que se sentía hacia ella. No obstante, los particulares que habían visto a esta reina en Fontainebleau han asegurado que el rey Luis XIV allí había ido de incognito pocos días después, que había hablado con la reina y que ella había partido casi de inmediato para Roma, lo cual hizo creer que esa era la causa de su salida del reino).

“El lunes, duodécimo día de noviembre, por medio de dos de sus camareros, la reina envió cien libras al convento para rogar a Dios por el descanso del alma del marqués. El martes, decimotercero de dicho mes, se anunció el servicio con el toque de campanas y fue celebrado el miércoles decimocuarto con toda solemnidad y devoción en la iglesia parroquial de Avon, donde el marqués está sepultado, y continuamos con un credo y las misas que la reina había ordenado que se dijeran para suplicar de la bondad divina que quisiera tener en su paraíso al alma del pobre difunto.””

Monaldeschi asesinado por soldados por orden de Cristina de Suecia en Fontainebleau – litografía de Achille Devéria

Giovanni Monaldeschi della Cervara, hijo natural del marqués del mismo nombre, había nacido en Italia en 1626, el mismo que Cristina. A los 28 años fue recibido en la corte de Suecia por invitación de su pariente el conde Magnus de la Gardie, al que pronto sustituyó como favorito de la reina. Durante los dos años que residió en Suecia y después en Roma, Monaldeschi sirvió fielmente a su señora desempeñando delicadas misiones diplomáticas. La acompañó en sus dos viajes a Francia, en 1656 y 1657, motivados, según parece, por las promesas secretas del cardenal Mazarino (todopoderoso ministro de Luis XIV) de prestar a Cristina ayuda militar para ocupar el trono de Nápoles, entonces bajo soberanía del rey de España. Durante el primero de esos viajes, Monaldeschi inició una relación sentimental con una dama francesa al tiempo que la reina desviaba su favor hacia Ludovico Santinelli, conde de Pesaro y hermano de Francesco María, marqués de San Sebastiano, a los que el citado historiador Bernard Quilliet califica de sombres canailles abusant de la situation (“sombríos canallas que se aprovechan de la situación”). Por una carta de Ercole Manzieri, representante del duque de Módena en la corte de Francia, fechada a 16 de noviembre de 1658, se sabe que los dos gentileshombres de Su Majestad, Giovanni Monaldeschi y Ludovico Santinelli, se aborrecían y procuraban recíprocamente destruir la imagen del otro ante su amante reina. A partir de ahí, todo son conjeturas. Nadie sabe exactamente en que consistió la “infame traición” que merecía el castigo con pena de muerte.

Cristina de Suecia
Cristina de Suecia a caballo (1653) de Sébastien Bourdon

Se ha dicho que la amante francesa de Monaldeschi se sintió despechada y envió a Cristina las cartas de él en las que no la dejaba muy bien parada como persona y como hembra. Otros piensan que falsificó escritos y suplantó la firma de su rival para perjudicarle. Otros, en fin, creen que actuaba como espía e informaba a la corte de España sobre los planes de Mazarino y Cristina para apoderarse de Nápoles. Es posible que todas estas acusaciones fueran ciertas, como cierto es que, en el campo del derecho internacional tan solo se conoce otro caso en el que un monarca sin ejercicio ejecute a uno de sus súbditos en territorio extranjero. Carlos II de Inglaterra, durante su exilio alemán en 1665, descubrió que uno de sus domésticos llamado Manning pasaba información sensible al secretario de Cromwell. Fue sentenciado a la última pena y arcabuceado en el castillo del duque de Neoburgo, si bien en este caso las pruebas del delito se hicieron públicas.

Monumento a la reina Cristina de Suecia
Monumento a la reina Cristina de Suecia en la Basílica de San Pedro, Roma (fotografía de Jean-Pol Grandmont

El rechazo que provocó la muerte de Monaldeschi creó en torno a Cristina de Suecia un vacío que redujo su esfera de actuación y anuló para ella toda posibilidad de gobernar en cualquier parte. En los años sucesivos, en el palacio Riario del Trastévere romano, dedicaría sus inagotables energías a reunir una magnífica biblioteca, una extraordinaria colección de monedas y medallas, y una espléndida colección de pinturas y esculturas que, tras su fallecimiento el 19 de abril de 1689 –a los 63 años– fueron heredadas por su bien amado cardenal Decio Azzolino. Ella le había manifestado por escrito que nunca ofendería a Dios ni daría motivos al cardenal para sentirse ofendido, pero eso no me impide amarte hasta la muerte y, puesto que la piedad te exime de ser mi amante, yo te eximo de ser mi sirviente pues viviré y moriré como esclava tuya. Por azares del destinó, la mayor parte de la colección escultórica acabó en manos de Isabel de Farnesio y se encuentra en el museo del Prado.

La varonil Cristina de Suecia, “rey excepcional”, es una de las cuatro mujeres privilegiadas que descansan en el Vaticano. Sin embargo, la sombra de Giovanni Monaldeschi gravita sobre su tumba. Esa horrible aventura ha dejado un oprobio eterno sobre el nombre de Cristina y aquellos que han pretendido justificarla merecerían servirle de verdugos, dijo Voltaire.  

José Antonio Álvarez-Uría Rico

José Antonio Álvarez-Uría Rico

Nace en Pola de Siero, Asturias, el 31 de octubre de 1944.

Es licenciado en Derecho por la Universidad de Oviedo (1965) y diplomado en Estudios Internacionales por la Escuela Diplomática de España (1973).

Impartió clases de lengua española como profesor auxiliar en la Wallington Grammar School for Boys, Londres (1967-68).

Colaboró en la elaboración del informe para las Naciones Unidas sobre la descolonización del Sahara Occidental (1974). Es miembro del Instituto de Cultura de Sahara.

Trabajó como traductor autónomo para la Organización Sindical española, las editoriales Saltés, Júcar, Alhambra, el Ministerio de Educación y Ciencia, la Organización de Estados Americanos y la Organización Mundial del Comercio (O.M.C.) (1974-1998).

Trabajó en Ginebra como traductor oficial de la O.M.C. (1999)

Prestó servicios como técnico en los Ministerios de Trabajo, Asuntos Sociales y Economía y Hacienda (1979 a 2009).

Dirigió la revista Cibelae de la Corporación Iberoamericana de Loterías y Apuestas de Estado (2003 a 2009).

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