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Antiga, mui nobre, sempre leal e invicta cidade do Porto: carta de amor

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No quisiera hacer una crónica de viajes al uso.

Me sobran las visitas obligadas, las bienintencionadas recomendaciones de terceros y demás andaduras impuestas de antemano.

portoAquí nos demoramos por sueños y libertad, así que cada uno puede inventarse la ciudad que desee o necesite a su antojo.

Ella es dúctil a interpretaciones y, aun pesándole los años, se deja pausadamente codear.

Escribo desde el corazón de Oporto, donde me sentí renacer. Cada minúsculo detalle atrapa mi atención y tienta mis sentidos. Como una cálida balsa de sosiego, el río Douro y las pausas de las gentes me dan cobijo y sacuden las escarchas de pretéritos rotos. Redescubierta, indago más allá de lo evidente. Ella da pie a la reflexión sin prisa, a la conversación interna, al regocijo de sentirse uno bienvenido con limpia franqueza.

oportoEl objetivo, pues, es transmitir las sensaciones que experimento, aquello que los rincones inspiran, el color del que se viste esta belleza cada amanecer y que convierte estas calles en un gran espejo cubierto de resplandeciente pelaje de azulejos multicolor.

Que me enamoré de ella, no es secreto.

Me conquistó con su ritmo sereno, sus irrepetibles vistas, sus variopintos aromas o la danza de sus aguas mansas. El océano al alcance de los dedos.

Justo ahí, su familiar bravura.

A pesar de las cuestas y descensos que definen su orografía, Porto es llano. Llano por sencillo, por campechano, por accesible. Este mérito recae en sus lugareños, que convierten en hogar a esta beldad con la calidez y humildad que demuestran ya desde su bienvenida.

Una modesta y peculiar mujer de edad avanzada espera paciente en una esquina de la estación de tren para ofrecer castañas asadas a los foráneos. Todas las mañanas se lleva sus utensilios y, ataviada con un ajado abrigo del color de su cabello cano, prepara castañas durante horas.

Oporto no es un lugar pretencioso. En su desnudez radica su esplendor, la poesía que se vierte de sus balcones colmados de flores o de la ropa tendida en alarde espontáneo que se deja zarandear por cualquier paseante.

Los puestos de verduras en las aceras atiborran de saludable color y naturalidad la estampa diaria. Y no sólo muestran orgullosos sus verduras y hortalizas, sino que cuelan entre el género ramilletes de tulipanes o de cualquier flor sencilla, por si uno quisiera engalanar la superficie de algún monótono mueble al regresar a casa.

portoHay libros, muchos libros. Te empapas de cultura allá hacia donde dirijas tus pasos. Dedican calles enteras a los artesanos, otras están destinadas al gremio de los anticuarios, otras se abarrotan de sucesivas galerías de arte y otras homenajean al graffiti y a la creatividad rubricada en exteriores. No es extraño encontrar una frase inspiradora tatuada en cualquier fachada al doblar una esquina. En este sentido, Oporto rezuma lírica y no ceja en su empeño por sorprender.

Escuchas melancólico un fado donde menos lo esperabas y grita por amor a los cuatro vientos como filosofía autóctona que tiene la virtud de contagiarse.

No obstante, ella también significa decadencia.

En la acera de enfrente, a pesar de ser una calle céntrica, duermen dos mendigos. Basta con recorrer un poco sus calles y asomarte a sus callejones para atisbar una tristeza que tampoco se esfuerza en ocultar: drogadictos e indigentes se mezclan con turistas y lugareños. También hay adorables locos que tocan trompetas, poetas anónimos que elucubran letras en la Ribeira, muchos carteles de acera que revelan injusticia y ancianas que miran la vida pasar tras los visillos añorando no ser descubiertas.

Pregunto por la situación de los desfavorecidos y me contestan que hay albergues y asistencia para ellos, pero que la rechazan. Han hecho del hielo y la necesidad permanente una forma de vida, cuentan.

Cuesta creer que alguien llegue a acostumbrarse a lo que veo cada día, aunque, si algo caracteriza a esta ciudad, es que en ella cada cual es quien escoge o logra ser.

OportoNo hay juicios ajenos ni imposiciones.

Sí hay sonidos de gaviotas al despertar y, a pesar de las bajas temperaturas, un espléndido sol tapiza los tejados y ventanales de Oporto cada mañana. Hay gente risueña y relajada, corazones incorruptibles, buen vino, un perfume de bohemia infatigable, un fecundo caudal de creatividad, sabores únicos y tantas tonalidades como uno pueda atesorar en su retina.

PortoDe la memoria no huyen los espacios verdes, la chica con ese jersey de estética ochentera y melena kilométrica que caminaba con ligereza, la austeridad, el respeto y admiración por la abnegada y muchas veces minuciosa labor ajena, esa lengua melódica con dulce cadencia al desamparo que cada día siento más mía, los monumentos y las plazas sin miedo, las cabinas rojas decoradas por artistas, los paseos por las playas orladas de guijarros, la fiereza del oleaje gélido amenazando con extinguirnos y la voluntad de quedarme horas a ver ese colosal espectáculo sin aderezos.

Todo lo vivido aquí invita a despertar hacia adentro y a imaginar hacia afuera, de ahí que el arte en todas sus formas sea un bastión representativo de la personalidad de Oporto. Cada paso tiene un significado. No hay caminos al azar en este laberinto de biografías.

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En cada callejuela se da uno de bruces con el encanto y las señales, bajo imprevistos pórticos de mampostería recubiertos de hiedra o entre escalinatas que permiten ver la iluminación nocturna reflejada en la superficie del río. Allá, a lo lejos, semeja que queda aún más por descubrir. Y, tras cada hallazgo, se hace fácil el encuentro con los otros y, por ende, con uno mismo.

Parafraseando a la poeta Chantal Maillard, aquí soy el infinito proyecto de mí misma y, por encima de mí, me sobrevuelo.

Clausuro esta crónica desde las ruinas cinceladas de paraíso prestando voz al referente, a quien conserva el poder de enmudecer al resto:

Nunca ninguém se perdeu

Tudo é verdade e caminho.

 Fernando Pessoa

 

Carmen Teijeiro González

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