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Alfonso X, un rey no tan Sabio

Alfonso X de Castilla y León, hijo del santo rey Fernando III y de la princesa alemana Beatriz de Suabia —nieta del emperador Federico I Barbarroja—, nació en Toledo en 1221.

Alfonso X el SabioPor aspecto y por carácter fue siempre más alemán que castellano. Aquel príncipe intelectual, apasionado de la cultura y de exquisita sensibilidad para la poesía y la música, era por coherencia pacífico y pecó a veces de indecisión y de excesiva buena fe.

Pese a su predilección por las actividades artísticas y literarias, no dejó de participar en las grandes batallas de la Reconquista ni de colaborar cuando era príncipe heredero con su padre en arrebatarle a al-Ándalus el reino de Murcia, Sevilla y otras grandes plazas.

En 1246 se acordaron sus esponsales con una hija de Jaime I de Aragón, doña Violante, que era aún una niña, razón por la que hasta el 29 de febrero de 1249 no se ratificaron y consumaron los desposorios, celebrándose en la catedral de Valladolid en presencia de ambos reyes y cuando la infanta contaba 13 años. Debido a su corta edad, tardó en llegar descendencia, por lo que en 1251 Alfonso pensó en repudiarla por estéril, pese a la monumental indignación de su suegro El Conquistador y, justo, cuando ya estaba embarazada pero el esposo aún lo ignoraba; al saberlo, renunció a tal idea y en 1251 nació su primogénita, Berenguela.

En 1254 vio la luz su segunda hija, Beatriz. Fue entonces cuando Alfonso decidió de nuevo repudiarla por parir dos hijas seguidas. Inició tratos para casarse con Kristina de Noruega y la hizo venir a España; pero entonces, en 1255, la reina doña Violante tuvo a su primer varón, el heredero de la Corona don Fernando de la Cerda, por lo que casaron a la princesa noruega con un hermano de don Alfonso, el infante Felipe. Aquella reina humillada llegó a darle  hasta diez hijos; varios de ellos, varones.

Alfonso X comenzó a reinar en 1252, con 31 años de edad, tras la muerte de su padre, Fernando III. Inició su reinado recuperando varias plazas andalusíes que su antecesor ya antes conquistara, pero cuya ocupación no quedó bien consolidada: Morón, Lebrija, Jerez y Murcia. En 1262 dirigió personalmente los asedios de Niebla y de Cádiz.

Por entonces, el rey de Granada, Aben Alhamar, que había sufrido todo tipo de humillaciones con Fernando III con tal de conservar una sombra de soberanía, tras su apariencia de vasallo leal maquinaba vengarse con una traición: tras aliarse con el rey de Túnez, planeaba incitar al levantamiento a los musulmanes del sur y este peninsular., apresar en Sevilla a los reyes castellanos y ocupar la ciudad. Los africanos llegaron a cruzar el estrecho, sin embargo, el rey Alfonso hallábase desprevenido y Sevilla casi desguarnecida. Fue advertido a tiempo de poder defender la capital, pero se perdieron Jerez, Murcia y numerosas plazas de Cádiz y Sevilla.

Un año después, gracias al esfuerzo de la Orden de Calatrava habíase recuperado todo lo perdido en Andalucía, mientras el rey de Aragón reconquistaba el reino de Murcia para entregárselo generosamente a su yerno, aunque en contra de la opinión de los nobles y caballeros aragoneses. Alhamar de Granada pidió la paz y Alfonso X construyó las atarazanas de Sevilla con intención de proseguir la reconquista por el norte de África —siempre soñó con esa empresa—, pero solo consiguió en 1260 la efímera conquista de Sale, frente a Rabat.

jaime I el conquistadorPretendió que el rey de Navarra le rindiese homenaje feudal en 1254, causando un serio conflicto entre ambas coronas[1]. Las relaciones con su suegro, Jaime I el Conquistador, atravesaron momentos tormentosos, como cuando el de Aragón hubo de acudir en defensa de Navarra o como los que surgieron por la delimitación de las conquistas de ambos reinos entre Valencia y Murcia. Pero la condición del rey de Aragón y la intercesión de las dos reinas Violantes (madre e hija) lograron restablecer la concordia. Reunidos los dos monarcas en Soria en 1256, fueron alcanzando cierta armonía, que culminó en el encuentro de Ágreda de 1260. Mas los recelos entre ambos nunca desaparecieron del todo, como muestran sus turbias políticas: Jaime I favorecía a los rebeldes de Castilla, y Alfonso X tomaba el partido del infante de Aragón contra su padre o alentaba a los mudéjares sublevados en Valencia.

La idea central de todo el reinado de Alfonso X fue su sueño perpetuo de sentarse en el trono del Imperio Germánico[2], al que tenía derecho por su madre, Beatriz de Suabia, demostrando que hallábase más identificado con su herencia alemana que con la castellana; ese proyecto condicionó toda su política interior. Por ese ideal, Castilla perdió gran cantidad de subsidios que el rey invertía en su sueño alemán hasta el dispendio y, a veces, con doblez y falsedad, alegando emplearlos en fines e intereses castellanos.

El espinoso asunto se trató en las Cortes de Toledo de 1259 y, aunque logró convencer, no pudo evitar el descontento y la rebelión de muchos de sus nobles. Los primeros en oponérsele fueron sus propios hermanos, sobre todo el infante don Enrique, además de las grandes casas de la nobleza de Castilla (Lara, Haro, Guzmán, etc.), quienes llegaron a organizar una conjura en Lerma en 1269 que pretendía alzarse en armas contra el rey, con los refuerzos de Alhamar de Granada, de los reyes de Navarra y Portugal, además del sultán de Marruecos ben Yusuf, con lo que exponían al reino a una nueva invasión de benimerines. No existía entonces la noción de patriotismo como más adelante sería entendido, sino la relación de vasallaje respecto al rey, que los nobles podían romper, “desnaturarse” y tomar armas contra su señor.

Enfrascado en su política exterior, el rey Alfonso no advirtió lo que se tramaba. Una vez más, fue su suegro el que intervino, y tropas aragonesas acudieron en auxilio del monarca castellano, pero Alfonso X viose obligado a conceder a sus nobles cuanto pedían con tal de aplazar la guerra. Llegó a perder el Algarve en favor de Portugal. Y aún peor: la actuación de la nobleza abrió al fin en 1274 las puertas a la invasión de los benimerines, contra los que murieron _tratando de recuperar las plazas andaluzas perdidas_ gran número de nobles y hasta el arzobispo de Toledo, don Sancho de Aragón, hijo de Jaime I y hermano de la reina de Castilla, doña Violante.

La falta de entendimiento entre el rey y sus súbditos se fue agravando con el tiempo. Cuando despertó de su sueño imperial —porque el Papa Gregorio X prefirió reconocer como emperador de Alemania a su primo Rodolfo de Habsburgo— cayó en la cuenta de que el reino de Granada habíase fortalecido y consolidado, de que Portugal era dueño de parte de sus tierras y de que los benimerines habían invadido su reino, perdiendo plazas por las que su padre, Fernando III el Santo, había sacrificado su vida y su salud.

Cuando en 1275, tratando de enmendar el fiasco, su hijo mayor y heredero, don Fernando de la Cerda —príncipe de gran discreción—, se encaminaba con su ejército a enfrentarse a aquellos invasores benimerines, murió inexplicablemente antes de cumplir los 20 años en Villa Real (Ciudad Real), aquella ciudad que Alfonso fundara el mismo año en que nació su primogénito. El heredero estaba casado con doña Blanca, hija de San Luis rey de Francia, y tenían dos hijos.

El desastre en Castilla y León se agudiza cuando el segundo varón de Alfonso X, el infante don Sancho, se proclama heredero sin respetar los derechos de los hijos de su hermano mayor muerto. Don Sancho llegó a dominar a su padre, débil e irresoluto, que lo declaró heredero pese a la secreta preferencia que el rey sentía por sus nietos, los “infantes de la Cerda”. El reino en pleno viose dividido entre legitimistas y  partidarios de don Sancho. Hasta el rey de Francia —Felipe III, hijo de San Luis—, en defensa de los derechos de sus sobrinos, amenazó con declarar la guerra a Alfonso X de Castilla y León. Los dos infantes de la Cerda, Alfonso y Fernando, refugiáronse en Aragón con su madre, Blanca, y con su abuela la reina Violante, esposa de Alfonso X, que jamás aceptó que aquellos sus nietos, herederos del hijo bienamado y muerto, perdieran sus derechos.

Las Cortes de Segovia de 1278 reconocieron como heredero al infante don Sancho. Pero el rey sentía remordimientos de haber desheredado a sus nietos y trató de poner enmienda dividiendo sus reinos, para legar Andalucía al mayor, Alfonso, y Murcia al menor, Fernando. Con esta medida solo logró encender la guerra civil con su intransigente y violento hijo Sancho, así como debilitar más su monarquía y dividir más a sus nobles, quienes llegaron incluso a deponer al rey y proclamar a su hijo Sancho en 1282, en una Junta de Prelados y Nobles celebrada en Valladolid[3].

Don Sancho llegó al extremo de pedir auxilio al sultán de Marruecos y de aliarse con el rey de Granada, gestos que hicieron retroceder al país hasta el siglo X, cuando los reyes cristianos peninsulares reconocían a los califas como árbitros de sus querellas.

Contemplando el panorama político en que estuvo inmerso, asombra que Alfonso X pudiera llevar adelante la obra cultural que realizó y en la que, sin duda, se refugiaba para paliar los sinsabores que la política le proporcionaba: unificó la tradición jurídica hispana con el derecho romano y el derecho canónico en su Código de las Siete Partidas“; también publicó su “Fuero Real” y “Espéculo“. Compiló una “Estoria de Espanna” y su “Grande e General Estoria“. Con la Escuela de Traductores de Toledo culminó la tradición toledana —que se remontaba a principios del siglo XII— de verter al latín y al romance español los libros de ciencia de origen griego, árabe y hebreo. Escribió un “Libro de Juegos” y compendió en sus libros de Astronomía todo lo que se sabía por entonces sobre esta ciencia. Compuso en lengua galaica sus “Cantigas a Santa María”, impulsó las construcciones de catedrales góticas y prohibió bajo severas penas que se dañasen las obras arquitectónicas árabes y almohades de Andalucía —promoviendo incluso una restauración de la mezquita de Córdoba—. Habría que añadir que la música contenida en sus “Cantigas” fue la más refinada e inspirada que pudo oírse en la Europa de su tiempo.

Pero en sus creaciones propias, como en el Código de las Siete Partidas, no hay que perder de vista que (como hijo de su tiempo) acarreó desafortunadas consecuencias que irían acentuando la intolerancia religiosa y propiciando las primeras actuaciones de la Inquisición en la península[4] —en Francia y norte de Italia ya existía desde que la creara el Papa Gregorio IX en torno a 1170—. Los judíos castellanoleoneses serían considerados “residuos” que el gobernante había de tolerar, el Islam era un “insulto a Dios”, y prohibíase que hebreos y muslimes hicieran proselitismo o conservasen libros de sus religiones que refutasen dogmas cristianos; también promovía la vigilancia con celo de las herejías cristianas. La política que siguió el rey Alfonso X con los mudéjares andalusíes fue sumamente represiva.

En su último testamento (1283), poco antes de su muerte, nombraba como heredero de sus reinos a su nieto mayor, don Alfonso de la Cerda, y en su falta, al segundo nieto, don Fernando de la Cerda. Desheredaba abiertamente a su hijo Sancho, por lo que, si faltaran sus nietos, resolvía que el heredero de Castilla y León fuese el rey Felipe III de Francia, nieto de Blanca de Castilla y bisnieto de Alfonso VIII. Murió en abril de 1284, tras dejar seriamente quebrantado el prestigio de la autoridad real.

Libro de los juegos

En su testamento, expedido en Sevilla, decía:

“Pugnó él (don Sancho) de nos deshonrar lo más cruelmente que pudo (…) por nos deshacer lo que Dios nos havía dado y codiziando nuestra muerte (…) E por ende don Sancho por lo que hizo contra nos sea desheredado e assí lo damos nos por trahidor, e ordenamos e damos e otorgamos e mandamos en este nuestro testamento que el nuestro señorío mayor de todo lo que havemos y haver debemos (…), sino que después de nuestros días, en nuestros nietos, hijos de don Fernando nuestro hijo que fue primero heredero…”

El hijo desheredado fue considerado a partir de entonces traidor por los legitimistas defensores de los derechos de los infantes de la Cerda, y sus descendientes conocidos como “el linaje maldito”, pues maldito fue por su padre en su lecho de muerte. Sin embargo, ese hijo desheredado fue su sucesor, consiguiendo ser coronado como rey de Castilla y León con el nombre de Sancho IV.


[1] – “Historia de España” (tomo 3), del Marqués de Lozoya.- Edit. Salvat.

[2] – “Alfonso X el Sabio: La forja de la España Moderna”, de Julio Valdeón Baruque.- 2003.

[3] – “El rey Alfonso X de Castilla, de León y de Andalucía“, de José María García-Osuna.- Revista “Arte, Arqueología e Historia”.- Diputación de Córdoba, 2016.

[4] – “Historia de España” de EL PAÍS, dirigida por John Lynch y VV.AA..- Santillana Ediciones.


 

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado

Carmen Panadero Delgado nació en Córdoba y reside en Ciudad Real. Es pintora y escritora.

Estudió Profesorado de E.G.B., ejerciendo la enseñanza a lo largo de varios años. Inició su formación plástica en Madrid, en el Estudio de Dibujo y Pintura de Gutierrez-Navas. Posteriormente, en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid. Por estos años escribió también una primera novela corta, para luego centrarse únicamente en su actividad plástica, realizando veintiseis exposiciones colectivas y otras tantas individuales, y recibiendo algunos premios y distinciones. Su obra se encuentra representada en Museos y colecciones públicas y privadas de España, Alemania, Portugal, Reino Unido y EE.UU.

En 2000 recuperó su actividad literaria, habiendo publicado varias novelas históricas:

* “La Cruz y la Media Luna” (editorial VíaMagna, 2008, 2009). Reeditada en ebook por Leer-e (Pamplona, 2012). 3ª edic. en papel en 2015.

* “El Collar de Aljófar”, editada por Leer-e en ebook y papel, 2014.

* "El Halcón de Bobastro”, editada en ebook por Amazon y en papel (Create Space, 2015).

* "La Estirpe del Arrabal", editada en papel por Carena Books, 2016.

Así como el ensayo de investigación histórica:

* "Los Andaluces fundadores del Emirato de Creta", editado en ebook y papel por Create Space, 2015.

* Asimismo, ha publicado artículos, relatos y cuentos en revistas impresas y en webs literarias.

Otras novelas de esta autora son "Iberia Histérica", “La Horca y el Péndulo”, “Encrucijada”.

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