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José Rodríguez Infante
Miércoles, 30 de noviembre de 2016

La monja (I)

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El hombretón que hacía guardia junto a la puerta de la habitación tenía claro que aquel preso no podía escapar salvo que saltase por encima de sus hombros, por eso se permitía dar un par de cabezadas cada noche, a sabiendas de su buena preparación física y psicológica para situaciones de este tipo. En el pasillo hacía calor porque la calefacción estaba dos puntos por encima de lo que sería normal para que estuviese en la temperatura adecuada. Así que relajado se había quitado parte de su uniforme reglamentario y aflojado un tanto el cinturón del pantalón. Dentro de la habitación, el único paciente que la moraba, miraba con impaciencia su reloj de pulsera esperando que las manecillas del mismo alcanzasen la hora prevista para iniciar lo que tantas noches había soñado: escapar. Sabía que su paso por el hospital era una oportunidad que no podía desaprovechar y bastantes magulladuras le había costado conseguir llegar a la situación en que ahora se encontraba como para dejar pasar la oportunidad que se le brindaba. Las tres de la mañana era una hora difícil de superar para quien no tiene otra cosa que hacer más que esperar a que pasen las horas, así que aquel vigilante roncaba con placidez mientras que el preso se deslizaba de la cama, se quitaba los esparadrapos del brazo y se ataba el pijama con fuerza a la cintura. Con sigilo se aproximó a la terraza cuya puerta de rejas se encontraba sin el cerrojo echado y comprobó que en un rincón se hallaba un bulto con ropas tras un macetón de geranios. Miró al guardia, luego a su cama y por último cogió un extremo de aquel manojo de ropas y lo ató fuertemente a la reja de la terraza. Ni se paró a comprobar la solidez de aquella soga textil que debería dejarle con un pie en el suelo; se hallaba en la tercera planta y desde allí no había forma humana de salir como no fuera de la manera que él lo estaba intentando: nada donde agarrarse, nada por donde deslizarse y por supuesto abajo una acerado de losas cuadriculadas que en cualquier momento podían, si no llevarle a la tumba, al menos si dejarlo baldado para el resto de sus días. Tenía miedo, pero no le tembló el pulso a la hora de encabritarse en el borde de la terraza y enroscarse a la soga como un naufrago a una tabla de salvación.

 

 

Se deslizó suavemente, calculando a cada instante cuando sería el momento oportuno de soltarse y tocar tierra firme. Como las zapatillas tenían suela de goma, apenas se oyó ruido alguno y en pocos minutos se encaramó a la tapia que separaba el recinto sanitario de la ansiada libertad. A esa hora apenas había tráfico en la avenida, por lo que todo lo aprisa que pudo se pegó a los soportales de los primeros bloques de piso que encontró para perderse como una sombra fugaz tras unos contenedores de basura.

 

En la habitación, mientras tanto, todo parecía normal –la almohada ocupaba su espacio-, salvo el pequeño detalle de la soga atada a la reja y que el guardia no vio la primera vez que se asomó a comprobar que todo marchaba según las pautas previstas. En una segunda ocasión, tuvo necesidad de entrar en el servicio y mientras se enjuagaba la cara, porque pensaba que ya había dormido demasiado, se le vino a la mente alguna cosa rara que no le cuadraba del todo: consultó su reloj, las cinco de la mañana y tanta tranquilidad. Allí pasaba algo; se inquietó, tiró la toalla al suelo y clavó su mirada en el la puerta de la terraza; sus ojos se fundieron con aquel punto blanco que le hizo dar un brinco, encendió todas las luces, se fue hacia el preso y se encontró con la almohada. En ese momento se acordó de su padre y de su madre –los del preso-, se cagó en los calzoncillos y no gritó porque no le salía la voz del cuerpo.

 

En la terraza recogió velozmente la soga con todos sus amarres, miró a un lado y a otro para ver si el preso se encontraba desparramado por algún sitio, husmeó algún rastro, pero ni por asomo: la habitación era lo suficientemente pequeña como para que no hubiera duda, allí no estaba. Cerró la puerta luego de recoger su sillón y ponerse lo más decente que pudo y bajó hasta la parte trasera de las habitaciones para tratar de seguirle el rastro: nada. No había dejado ni una mala huella. Con la cara blanca del susto y pensando en lo que se le venía encima, retornó a su puesto sin atreverse a preguntar a nadie ni a informar a sus superiores hasta estar convencido de que no se trataba de una pesadilla.

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