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Ignacio Fernández Candela
Domingo, 27 de noviembre de 2016
la Historia de España es paradigmática

Una compleja España por reventar, estúpidamente

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Noticia clasificada en: España

En el  artículo de la semana pasada analicé la situación geopolítica y social del mundo que se enfrenta a tiempos de mayor complejidad que los que desembocaron en dos grandes guerras a principios del siglo XX.

El título de ese texto era: un mundo complejo por estallar, simplemente. Acumulada  toda la pólvora para provocar un estallido bélico generalizado, como es repetir la Historia por no aprender de ella, basta una chispa que reviente todo lo construido desde el fin de la II Guerra Mundial.

 

  Este siglo XXI se ha convertido en la espiral de la decadencia que facilita un choque de civilizaciones, como postuló en los años noventa Samuel  Huntington retomando la tesis de Arnold J. Toynbee que lo restringía simplificado a ámbitos geopolíticos. Desde entonces este mundo se ha complicado más allá de lo razonablemente preventivo: está sobrepasado y expuesto a un albur de acontecimientos riesgosos e  imprevisibles.

 

   Si el  siglo pasado fue el de la confrontación de las ideologías, el presente parece que será el del enfrentamiento de las civilizaciones.

 

Una teoría que parecía un poco descabellada pero que inexorablemente va tomando fondo empírico cuanto más nos adentramos en el nuevo milenio. Pero además de estos núcleos civilizados de disparidad confrontada, se incrementarán, a modo de satélites con tendencia a violentarse, las divergencias en los países facilitando la vulnerabilidad interna de Occidente. De hecho esto es lo que contemplamos sin advertir la gravedad del flujo migratorio que está diluyendo la identidad de los países europeos, imponiendo una invasión aceptada que atenta directamente contra los derechos autóctonos.

 

 Una tendencia contra la indefensión actual que  impulsará políticas, con directriz proteccionista, inclinadas hacia los totalitarismos excluyentes y defensivos. El ejemplo de la victoria del republicano Donald Trump en EEUU es el inicio de esta reacción en cadena que posiblemente tendrá como punta de lanza a Francia y Alemania, cuando los ciudadanos elijan sus próximos gobiernos. Se juzgará necesario un cambio de rumbo que será inspirado por el temor y la indefensión que ha propiciado tanta globalización fracasada.

 

 Muchos valores de la integridad humana están completamente podridos en Occidente. Una putrefacción de la que no se libran organismos como las Naciones Unidas que hasta hace unos años fue referente de dignidad en el compromiso ético de la construcción mundial. La globalidad va ser revisada y corregida, indefectiblemente, por la reacción contra la disolución de la integridad occidental. Habrá que ver cómo se toma este pulso de resistencia contra lo que se ha llamado, de manera equívoca, lo políticamente correcto; en realidad una sumisión a la amenaza prescindiendo del instinto de supervivencia, necesario para blindarse ante hostilidades parapetadas tras el multiculturalismo.

 

  Si el orbe del que formamos parte está al borde de un caos de difícil arreglo, la situación en España semeja ser un globo a punto de estallido, porque no cabe insuflar más necedad sin que se colmen las desavenencias y se rompa el sentido común que cada día es desafiado. En España estaremos tan anclados en la rencilla interna que perderemos la comba de los acontecimientos quedando a este paso aislados por la corrupción, el secesionismo, el quebranto del respeto a las instituciones y la reminiscencia de los peores años de desentendimiento que han desembocado en las recalcitrantes crisis del garrote y el puño.

 

  Todo lo que se siembra se recoge y la Historia de España es paradigmática para saber que lo que mal anduvo, peor acabó. Tristemente ejemplar. Los actos implican consecuencias y todavía no parece que hayamos cosechado las malas semillas de la hipocresía corrupta que nos aqueja desde hace décadas, siendo estos últimos años suficientemente expositivos para deducir que tanta presión no es sostenible.

 

funeral de Isaías Carrasco  Basta un golpe de efecto- de eso ya hemos experimentado algunos puntuales y nada casuales como el asalto al Congreso en 1981; la expropiación delictiva de Rumasa en 1983; el 11-M o el asesinato de Isaías Carrasco que posibilitaron la era zapaterista que supuso un antes y un después en el equilibrio social e institucional de España para volcar la precaria ponderación y enfrentarnos sin remisión; sin dar nadie el  brazo a torcer, sin inteligencia que valga y sí con toda la necedad que nos trasciende. Una trascendencia desbocada con múltiples intereses que agravan la falta de cohesión dinamitando las bases constitucionales en que se basa la paz de cuarenta años. Las bases sobre las que se estructura una convivencia pacífica aunque no sea perfectamente democrática. El elemento vital de cohesión que ha posibilitado un común entendimiento y que hoy en día está a punto de explotar, literalmente por método de implosión con muchas cargas destructivas que amenazan la convivencia pacífica. Y más vale que admitamos la gravedad de las situaciones para no adentrarnos más en un laberinto sin retorno. ¿De verdad no cabe preguntarse qué destino nos aguarda si seguimos pugnando por desafiar las convivencias hasta romperlas definitivamente?

 

  Lo único que nos separa de las violentas intenciones guerra civilistas de 1934 es el entorno europeo aliancista y la experiencia democrática que todavía nos impide lanzarnos a la yugular del contrario político. La aparición de nuevas generaciones parasitarias que cabalgan en los ideales de posturas políticas totalitaristas, ha comprometido literalmente la paz de la construcción democrática en la porfía de imponer un régimen de libertades coartadas, sectarias y rupturistas contra todo el orden establecido durante décadas. No les bastan las conveniencias reformistas, sino que la necesidad de la transformación y la revisión constitucional se han convertido en el pretexto para arraigar el radicalismo per se. ¿Hasta cuándo es posible la paz social quebrantando permanentemente el consenso vital con el que progresa todo país consciente de sus arraigos históricos e intención constructiva?

 

  España es un país adaptado en la convivencia pacífica y es hiperbólico predecir unas líneas límite que puedan traspasarse, pero lo cierto es que hace mucho tiempo que se pasea la clase política por las lindes de un abismo donde cualquier tropiezo puede pagarse muy caro.  Las  ganas de traspasar esas líneas no parecen faltar en las manifestaciones de ruptura y regresión, con las mismas causas que llevaron a enfrentarnos civilmente en 1936. Júzguese exagerada la comparación,  pero la incertidumbre es lo único de lo que se puede estar seguro al hilo de los acontecimientos agravantes que parecen precipitarnos a riesgos decisivos: teóricamente confluyen demasiados factores radicalmente determinantes y comprometidos para nuestro futuro como país.

 

 En el año 2014 escribí una columna en El Imparcial, cuyo carácter sarcástico advertía de la imposibilidad de soportar tensiones socio políticas como reflejo de nuestro violento historial de confrontaciones. Enfrentamientos que dirimieron  las diferencias viscerales cortando por lo sano y guerreando cruelmente finalizada la argumentación pacificada y el debate parlamentario. “Hacia la contienda civil” se limitaba a criticar con ironía la necia y reincidente capacidad autodestructiva de nuestra idiosincrasia subyacente que siempre ha terminado por enfrentarnos con crueldad. Solo han transcurrido dos años para empezar a prescindir de la retórica del sarcasmo e incidir en la factible posibilidad de que tanto nos vaya el cántaro a la fuente que se rompa definitivamente,  o se estire tanto la cuerda de las intransigencias para encontrarnos un nuevo estadio de actitudes violentas con la estructura constitucional quebrada y el imperio de la ley sobrepasado.

 

   Es muy peligroso jugar a romper las reglas del juego esperando que cada cual imponga sus propios órdenes y el objetivo final por el que esas necesarias reglas obligan a seguir unas pautas comunes de responsabilidad sociopolítica.

 

  En la mirada de algunos se identifica un odio que no difiere del que otros llevaban cuando fueron a matarse durante la Guerra Civil. Este país juega con fuego y ya se sabe lo que pasa con tan lúdica insensatez: esto puede acabar en un verdadero incendio y hay demasiados pirómanos, bomberos locos, capaces de avivarlo por el gusto de ver todo arder. Tan codiciosa y estúpidamente.

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