Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
José Ramón Ponce
Domingo, 13 de noviembre de 2016
VISUALIZACIÓN Y CEREBRO

Origen de la imagen mental

Guardar en Mis Noticias.

Visualización es la imagen mental, subjetiva, formada a través del funcionamiento cerebral, cuya fuente es la experiencia adquirida por el individuo, y a partir de la cual cada uno erige su propia realidad.

Esta imagen creada puede ser el reflejo directo del entorno, por la mediación integral de la percepción, la memoria, y el pensamiento. Por consiguiente, la visualización dirige cada uno de nuestros actos, momento a momento, y de hecho posibilita evocar el pasado y proyectar el futuro.

 

Pero además, la visualización no es solo medio para expresar la realidad individual, sino también un poderoso instrumento para accionar sobre esta. El aprendizaje de su control permite alcanzar solución a los problemas, el ajuste emocional a la frustración y pérdidas irreversibles, y la minimización del sufrimiento producido por la adversidad. Es un medio de prevención de acontecimientos estresantes, evaluación de errores individuales, y logro de un mayor optimismo, confianza, autoestima. Además, insertada dentro de técnicas de relajación y concentración mental posibilita alcanzar la serenidad. Adecuadamente utilizada conduce al aumento de la capacidad creativa.

 

La visualización, como imagen configurada integralmente en el escenario psíquico, comienza poco tiempo después del nacimiento. Al inicio es indefinida, pero al pasar los años, enriquecerse el pensamiento, y aumentar el conocimiento, adquiere plenitud. Por ello, en los seres humanos no existe pensamiento sin imagen ni imagen sin pensamiento.

 

La imagen visualizada del desenvolvimiento externo y el ámbito interno, tiende a convertirse en realidad. Como expuso Hipólito Bernheim, científico del siglo XIX, toda idea produce un efecto, y este recae sobre cuerpo, mente y conducta por diferentes caminos. Pero la condición fundamental para que se haga realidad lo visualizado es la absoluta convicción y confianza en que así será. No basta la mera presencia de la imagen, sino que debemos estar convencidos, en el “fondo” de nuestro ser, que se producirá lo visualizado. No es suficiente repetir como ritual sin sentido, “soy feliz”, “no tengo problemas”. Es cierto que en ocasiones se logra alivio con solo repetir la frase “mente positiva”, pero no se alcanza larga distancia si no hay convicción de ello.

 

¿Pero cómo se origina la imagen en la mente humana?

 

En la medida que órganos de control se centralizaban en la evolución de las especies, se producía mayor coherencia e integración dentro del cuerpo del animal, y de este con su entorno. De ello resultaba la fusión del modelo individual con el ambiental, uno respondía y era efecto del otro, o sea cada ser era producto de su desarrollo interno pero en función de su entorno. Se produce entonces mejor interacción entre el individuo y sus circunstancias, y por ende mayor adaptación. Ejemplo de ello se observa en insectos, donde numerosos animales se adaptan al medio no solo modificando sus reacciones a insecticidas, depredadores y otras agresiones, sino también cambiando su aspecto exterior.

 

Esta regulación psicológica en aquellos primeros momentos genera, como un sub-producto de su función integrativa, una arcaica, indefinible y no consciente forma de imagen o figura.

 

Representada en la psique de algún modo aún desconocido proyecta impulsos de control a lo largo del cuerpo e incipiente psique. En otras palabras, el modelo portado en la imagen tiende a ser reproducido en la acción física y mental, y en las condiciones internas del animal, hasta finalizar en conductas de adaptación y defensa. Por ejemplo, la señal del león en la mente del antílope lo impulsa a escapar. O los perros que al dormir y soñar reaccionan como si enfrentaran a un agresor, lanzando mordiscos y ladrando con tenue intensidad.

 

Otro ejemplo sobre la representación mental del animal son los antes mencionados experimentos con primates, iniciados por Wolfgang Köhler en la primera mitad del siglo XX. Estas investigaciones consistían, por ejemplo, en presentarles dentro de una habitación alimentos a una altura de muy difícil alcance. Al mismo tiempo estaban distribuidos por el piso diversos utensilios, los cuales facilitarían el alcance si eran ensambladas las diferentes piezas entre sí. Los animales terminaban por engarzarlas, utilizándolas como herramienta para lograr su propósito.

 

Probablemente la "sedimentación" y la estructuración reiterada de la información obtenida, intento tras intento, terminara por elaborar algún tipo de imagen de cómo resolver el problema. De algún modo, el modelo representado en su psique se traslada a la conducta, promovido por la acción de adaptación y defensa.

 

Al surgir el homínido, a medida que aumentaba progresivamente la interacción e integración del individuo con un ambiente más enriquecido y complejo, surgía entonces la imagen consciente. Esta adquiere entonces papel superior, de "código" integrador, poseyendo desde ese momento un carácter anticipatorio, preventivo, preparatorio y participatorio con respecto a las demandas del ambiente. Estas nuevas características de la imagen mental posibilitan la conversión de una adaptación pasiva a una adaptación activa. A este nivel de desarrollo la prioridad del órgano de control, el cerebro, ya no es la coherencia biológica e instintiva, sino la transformación del entorno.

 

La estructura encefálica que portaba el nuevo ser, es decir el humano, lo obligaba, para no perecer, a cambiar, transformar, buscar, planificar. La imagen mental no se podía circunscribir entonces a mera subsistencia a través de señales de alimento, agua y agresión, sino se produce un giro de 180 grados, y comienza a proyectarse hacia lo exterior de manera modificadora. Ya el papel de código de la imagen no es solo "¿qué hacer?", sino "saber" lo que va a agredir y crear condiciones para su prevención. Evitar el frío, matar animales para mitigar el hambre, y ripostar el ataque de otros humanos, entre otras necesidades. Esta modificación requería del pensar, por lo cual paulatinamente se enriquece la conciencia a lo largo de un extenso período de tiempo.

 

El hombre primitivo poseía aún una conciencia muy limitada, pero dentro de sus precarias posibilidades necesitaba reunirse y comunicarse para lograr sustento, protección y abrigo. No conocía todavía la palabra, y la expresión motora y onomatopéyica de la imagen mentalmente representada era el medio de comunicación de que se disponía. No captaba la realidad a través del concepto y comprensión abstracta, sino por la representación concreta de la realidad vivida; su entorno natural y la tribu.

 

En este período de transición, sus procesos analítico-sintéticos operaban con irrisoria cantidad de información y operatividad, por lo que la participación de áreas asociativas del cerebro era mínima; el razonamiento lógico no podía ser rector principal de su psique.

 

En estos inicios la imagen mental se confrontaba, una y otra vez, con acontecimientos relacionados a las necesidades vitales, por lo que al mismo tiempo que la desarrollaba, la impulsaba a su reproducción con los medios disponibles: la ejecución motora y gutural. Por ejemplo, los actos que casual y fortuitamente satisfacían necesidades dadas por hambre, frío, sed o sexo, se representaban y fijaban en la psique, determinando nuevos modos de acción.

 

O sea, al llegar el alimento a la boca, recostarse a la piel del animal y sentir su calor, o tener lugar el acercamiento a una mujer, quedaban huellas satisfactorias de lo acontecido y eso los impulsaba a repetir el evento; pretendían sentir nuevamente el placer recibido. En la medida que el acto suministrara la misma sensación, se consolidaba la imagen de la acción, la del objeto específico, su conexión con la realidad, movimientos a llevar a cabo para repetir el evento, y toda la situación en general.

 

Se observa aún en tribus primitivas como se simboliza la satisfacción de necesidades a través de acciones, posturas y sonidos. Danzas con lanzas como si estuvieran matando al animal en caza, pesca, o a miembros de tribus enemigas. Nombres originados en lo que ven. Ritos que conjuran sequía, inundación, enfermedad. Gestos y expresiones de ira que intentan agredir o atemorizar. Pinturas rupestres donde se plasmaban acontecimientos frustrantes y venturosos con tal de conjurarlos o mantenerlos. Todo según la representación mental.


 

 

Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Las nueve musas
Las nueve musas • Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados - ISSN 2387-0923
Powered by FolioePress