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Flavio Crescenzi
Domingo, 6 de noviembre de 2016
una adecuada elaboración literaria

El texto y el paratexto

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Los que nos dedicamos de una forma u otra al estudio de las ciencias del lenguaje acostumbramos a manejar conceptos muy complejos que, en definitiva, terminamos por naturalizar en el uso, a tal punto que después nos cuesta trabajo aventurar una definición más o menos satisfactoria si pretendemos explicarlos.

Eso ocurre, por ejemplo, con la palabra texto.

 

En una de sus obras más importantes, el catedrático español Enrique Bernárdez recopila once definiciones de este vocablo, de las que rescato la de Ilia Romanovich Galperin por ser sumamente funcional a los fines de este artículo. El lingüista ruso sostiene que un texto es «un mensaje objetivado en forma de documento escrito, que consta de una serie de enunciados unidos mediante diferentes enlaces de tipo léxico, gramatical y lógico. Tiene carácter modal bien definido, orientación pragmática y una adecuada elaboración literaria»[1].

 

Ahora bien, es muy poco probable que un texto escrito se presente por sí solo; generalmente lo acompañan otros elementos que intentan establecer su lectura y orientar su interpretación. Prólogos, epílogos, dedicatorias, epígrafes, títulos, subtítulos, notas, imágenes, gráficos, etc., conforman eso que llamamos «paratexto», es decir, aquellos elementos subsidiarios de una determinada obra escrita que añaden información y compensan la falta de contexto compartido entre el lector y el escritor.[2] A continuación, veremos cómo se manifiestan en tres de las instancias de escritura más usuales.

 

I – El paratexto en la escritura literaria

 

Los paratextos literarios son elementos históricamente variables, pues no todos tienen vigencia en una misma época ni tampoco mantienen fijas sus formas de composición. Asimismo, suelen cambiar según el tipo de género que los acoja. Por ejemplo, el título no se ha mantenido estable como clase de texto; es raro encontrar hoy en día obras literarias de títulos extensos como El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, abreviado como Quijote. Sin embargo, ahí tenemos a La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez, que desde el mismo título nos advierte que se trata de una historia de exageraciones y dislates.

 

La novela, en efecto, admite una interesante articulación con paratextos provenientes de otros discursos, prueba de esto es la numerosa lista de novelas que insertan textos de otros géneros discursivos, que juegan con las notas al pie, que se valen de dispositivos anacrónicos. Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne, incluye elementos gráficos, tipográficos y discursivos absolutamente variados, como páginas en negro, o marmoladas, capítulos bilingües, en latín y en inglés, etc.  La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, juega con la voz del condenado que llega a la isla y escribe el relato de su naufragio, y la del editor que publica el texto anónimo, pero agregándole notas que lo desmienten o satirizan. Domar la divina garza, de Sergio Pitol, a modo de parodia, encabeza cada capítulo con un breve resumen, siguiendo el esquema de las novelas clásicas.

 

Si bien es cierto que quienes redactan los paratextos suelen ser traductores, comentaristas, editores o impresores, es importante que el escritor también tenga en cuenta esta tarea desde el inicio mismo del proceso de escritura. Fundamentalmente, porque, tal como lo hemos señalado, la utilización de paratextos puede convertirse, de vez en cuando, en un interesantísimo recurso estilístico.

 

II – El paratexto en la escritura académica

 

El paratexto informativo goza de los mismos atributos que el texto informativo. Es claro, ordenado, carece de ambigüedad, segmenta la información en distintas unidades y ayuda al lector a jerarquizar las ideas que el texto en sí presente.

 

Muchos libros de estudio utilizan viñetas, cuadros, gráficos e imágenes para organizar mejor los materiales y hacer más apreciables los conocimientos ahí vertidos. Parte de la tarea del estudiante universitario consistirá, por tanto, en adiestrarse en la lectura de estos dispositivos. Cuando los alumnos leen la fotocopia de un capítulo sin conocer el libro del cual éste procede, sin revisar las notas al pie o sin examinar cuadros, gráficos y demás, se privan de recibir la información necesaria para la comprensión total del material.

 

Los textos académicos —ponencias, monografías o tesis— están hipercodificados en lo que respecta al uso del paratexto. Las universidades, los comités de redacción de revistas científicas, los comités de organización de congresos y jornadas cuentan con normas que disponen cómo han de redactarse y componerse los textos para su aprobación, publicación y lectura, respectivamente, y la infracción de alguna de esas normas puede eventualmente invalidar el trabajo.

 

Por convención, el contenido de estos tipos de texto se segmenta en tres grandes apartados: introducción, cuerpo de trabajo y conclusiones.[3] Cada capítulo se subdivide, a su vez, en partes menores, con títulos y números que señalan la jerarquía que tienen en la estructura general. El cuerpo del trabajo suele incluir antecedentes, material y método, resultados, discusión y comentarios.[4] La portada, las notas al pie o al final de capítulo, las remisiones a otras partes del texto, la bibliografía, los anexos, los índices, cuadros, gráficos y tablas son paratextos necesarios para organizar el texto propio de la investigación de campo o bibliográfica.

 

III – El paratexto en la escritura periodística

 

En los diarios y revistas, los paratextos están compuestos por los sumarios o índices, las remisiones desde tapa a alguna página, la disposición de las secciones, el diseño y la maquetación, para citar tan sólo algunos ejemplos. Todos los paratextos están estandarizados, en términos de escritura, tipografía y composición, y el periodista debe usarlos conscientemente, de acuerdo con los criterios del medio para el cual trabaje.

 

Los textos periodísticos, asimismo, se valen de infografías, fotos e ilustraciones, con sus respectivos epígrafes. Los titulares tienen unidades que aportan información de diferente importancia (volanta o antetítulo, título y bajada). El titular es el paratexto de mayor importancia en estos géneros, es la «primera línea de lectura»[5] y la primera unidad informativa que recibe el lector, y debe satisfacer adecuadamente su demanda de información.

     

Muchos estudiantes de periodismo piensan que para que un título sea atrayente, éste debe ser impreciso o informativamente incompleto, ya que, según ellos, el lector deseará satisfacer su inquietud leyendo el contenido del artículo. El libro de estilo de El País, sin embargo, opina todo lo contrario: «Los titulares y la entrada deben satisfacer la curiosidad primera del lector, que ha de quedar enterado sin necesidad de acudir al resto de la información»[6].

 


[1] Bernárdez, Enrique. Introducción a la lingüística del texto, Madrid, Espasa-Calpe, 1982.

[2] Véase Gerard Genette. Palimpsestos. La literatura en segundo grado. Madrid, Taurus, 1989.

[3] Véase Carlos A. Sabino. Cómo hacer una tesis y elaborar todo tipo de escritos. Buenos Aires, Lumen/Humanitas, 1998.

[4] Véase Roberto Cataldi Amatrian. Los informes científicos (cómo elaborar tesis, monografías, artículos para publicar, etcétera). Buenos Aires, Lugar Editorial, 1998.

[5] Luis Pazos y Sibila Camps. Así se hace periodismo. Manual práctico del periodista gráfico. Buenos Aires, Paidós, 1996.

[6] El País. Libro de estilo. Madrid, Ediciones El País, 1991.


 

 

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