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Antonio Ramos Maldonado
Sábado, 22 de octubre de 2016
Todos estaban hechos con un mismo modelo

¿SOY UN ROBOT?

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Noticia clasificada en: Narrativa

La vida era lo más importante para los robots, la cual marcaba un límite desde donde comenzaba la confusión. Ninguno se ponía a pensar que detrás de la vida existía otra cantidad de razones, de intereses. Ignoraban que detrás de la vida había algo más significativo para los fabricantes de robots.

Ni se les ocurría pensar estas cosas a sabiendas de que todo el que fabricaba algo lo hacía por interés, para sacarle provecho, tal era el caso de ellos mismos, que fabricaban muchas cosas con sus manos, y con su mente se imaginaban historias y las escribían; crearon la música, las matemáticas; crearon templos, catedrales, etc. Pero nada de esto les servía a los fabricantes de robots; no les importaba nada de lo que fabricaran o construyeran los robots, absolutamente nada. Y no les importaba porque los robots en sí eran las máquinas, los laboratorios que procesaban lo que les interesaba a los fabricantes de robots. Pero esto no lo sabían los robots. Los robots también fabricaban computadoras y otros aparatos complejos, los fabricaban para su provecho y pensaban que en el futuro cercano fabricarían robots capaces de pensar, de tomar decisiones por sí mismos. Pero estos aparatos también desconocerían que los habían creado para sacarles provecho; tampoco conocerían a sus fabricantes ni sabrían de su existencia, en caso de que tuviesen algo de conciencia. De tener conciencia, las computadoras y los demás aparatos complejos creados por los robots, no sabrían cómo los crearon. De haber computadores científicos, quizá propondrían sus teorías, y asegurarían que ellos fueron evolucionando por sí mismos, por adaptación, etc.; dirían muchas locuras.

    

Los robots no podían ver que otras entidades manejaban las expresiones del cuerpo, el lenguaje bien marcado y preciso del rostro. Desconocían que estas entidades utilizaban el cuerpo para lograr los objetivos por medio de las palabras y las expresiones; sin el cuerpo del robot les era imposible contactar, convencer, expresarse; se les dificultaba la comunicación debido a su naturaleza intangible y por su desagradable aspecto. ¿Qué entidad era esa que se valía del cuerpo para  socavar lo que producía el cuerpo en que habitaban y socavar otros cuerpos donde habitaban otras entidades intangibles? Los robots no sabían que estas entidades se colaban, se adherían a las partículas con que se los fabricaba. Eran opuestas a los fabricantes. Tampoco sabían que en el momento de la fabricación, el material estaba en bruto; la mayor parte del material correspondía a algo siniestro, peligroso. Este era el material causante de todas las desgracias que aquejaban a los robots.

 

 Ningún robot aceptaba ser robot; no lo aceptaban  a pesar de admitir que eran  máquinas inteligentes mezcladoras de productos. No aceptaban que eran robots porque así fueron diseñados, con esta negación. Creerse otra cosa superior a las máquinas era algo difícil de cambiar. Considerarse robot era una locura, pues ellos no sentían que estuvieran manipulados por alguien; estaban convencidos de que eran dueños absolutos de sus acciones; nadie los conducía; nadie les marcaba derroteros.

    

Todos estaban hechos con un mismo modelo, producidos a gran escala, miles en un solo día, durante miles de años, miles reciclados  constantemente después de ser desconectados. Esta fabricación a gran escala tampoco los llevaba a pensar que eran robots fabricados con un propósito.   

 

 

 Los robots observaban el mundo y se formulaban infinidad de preguntas sobre la razón de ser de ellos y del mundo. Llevaban milenios formulándose estas clases de preguntas; llevaban eones buscando el por qué de su existencia. Algunos conseguían un poco de claridad sobre el asunto y escribían temas relacionados con dragones y otros monstruos que los atormentaban; escribían sobre grandes batallas llevadas a cabo por robots guerreros contra seres de otros mundos, seres de naturaleza siniestra. También se preguntaban sobre la existencia de sus fabricantes, de si existía algún fabricante de robots, si eran o si fueron varios, si fueron muchos, si fueron miles, millones, pues entendían que la labor era ardua,  y más ardua si se trataba de un solo fabricante. Sin embargo, opuesta a esta creencia, existía la de que solamente había sido un solo fabricante, el cual aún existía, existía en otro mundo a donde podían ir los robots que hicieran bien las cosas, que cumplieran las leyes, las diez leyes. Obviamente  jamás habían visto que algún robot hubiera ido a ese lugar, ya que al ser desconectados los robots quedaban convertidos en material de reciclaje. También se decía que, al ser desconectado el robot, su parte pensante se iba para el otro mundo; esta creencia era la más firme, la más difundida, tan creíble en algunos robots, que éstos, a fin de partir hacia ese otro mundo, se auto desconectaban.

    

Ningún robot, jamás de los jamases había conseguido un contacto con el otro mundo. Sin embargo no faltaban los que especulaban, inventando paisajes referentes a ese otro universo, paisajes hermosos, llenos de robots con alas. Pintaban ese otro mundo donde aparecía el fabricante de robots sentado en un trono, con una corona de oro, con un bastón de mando; sentado sobre un trono que a su vez reposaba sobre nubes blanquísimas y bajo un cielo lleno de estrellas, pero jamás lo dibujaban pisando tierra, sino nubes, como si se tratase de un mundo de solo nubes, es decir vapor de agua, como si las nubes estuviesen en el espacio sin nada que las soportara, sin un lugar donde hubiese agua a fin de que se diera la evaporación; era como si jamás se convirtieran en lluvia las gotas microscópicas de agua. Se trataba de una forma compleja de mundo en que habitaba el fabricante de robots; no era un planeta, que es lo que indica el razonamiento simple, sino un “puñado” de nubes aparecidas de la nada, como formando parte de un mundo mágico. No entendían que de existir este fabricante de robots que vivía rodeado de nubes, también debió ser fabricado por otro fabricante de robots.

    

Desde un principio a los robots los acondicionaban para que funcionaran como parte de todo el mecanismo. Su accionar representaba las funciones que debían cumplir. Obviamente los robots desconocían que ellos eran piezas del equipo, un equipo que representaba un bloque de tamaño ilimitado, de proporciones descomunales. A los robots se los ubicaba en lugares precisos desde donde debían comenzar a funcionar; transmitían y recibían; transmitían y recibían de múltiples maneras.

    

Había otros robots con otras formas y con otros tamaños: los robots microscópicos conque estaban formados los robots que podían pensar, que no se creían robots sino otra cosa de más valor; no aceptaban que los hubieran creado, no lo aceptaban a pesar de que existían; ninguno era capaz de pensar que si existían, era gracias a que los habían fabricado, los habían hecho; si no los hubieran hecho, no existirían.

    

Todos los robots estaban formados con robots más pequeños, microscópicos; esto lo sabían ellos gracias a las investigaciones que habían realizado con instrumentos de alta tecnología. Sin embargo, como no sentían la actividad de los robots microscópicos que mantenían funcionando sus cuerpos, no sentían esta labor realizada de manera constante para que el cuerpo se mantuviera “encendido”, respirando, “encendido” o con vida los motores, no le prestaban atención a esta actividad constante, porque se la pasaban todo el tiempo mirando hacia afuera, atraídos por otras cosas, todas las cosas que los fabricantes de robots adicionaban para distraerlos, a fin de que no se observaran a sí mismos y descubrieran la verdad, de que eran robots. No los asombraba saber que los robots microscópicos les daban mantenimiento todo el tiempo. Tal vez se asombrarían si les hubieran adicionado unos aparatos potentes en los ojos para que vieran los objetos microscópicos, los robots conque estaban conformados sus cuerpos. Y no solamente se asombrarían, sino que se tendrían miedo al ver de lo que estaban hechos. Pero los fabricantes no les colocaron estos microscopios de alta tecnología porque sabían que ellos no volverían a producir la materia prima; necesitaban tenerlos casi ciegos para que no vieran la realidad de su mundo.

    

Los creaban así para poder manejarlos a su antojo, a fin de que cometieran errores y culparlos; así los ablandaban, los sometían; aunque existían otras formas de sometimiento. Así los echaban al mundo, envueltos en la ignorancia, desconocedores de la realidad. Por eso no les colocaban el sentido adicional, que era otro órgano de la visión para trazar líneas, fuesen rectas o curvas, con las cuales podrían conectar el nivel de las formas tangibles con el primer nivel, que era donde se originaban las ideas y donde se encontraban los que fabricaban los robots. No se sabía de ningún robot que hubiera logrado hacer este recorrido con el órgano adicional. Aunque se decía que los robots que dejaban de funcionar al ser desactivados iban a ese sitio esquivo; no iba el cuerpo del robot sino la parte pensante.

    

Se decía que cada partícula con que estaban fabricados los robots tenía su función específica, incluyendo los sentimientos, la clasificación de los sabores y los olores. Esta cantidad asombrosa de partículas con estas funciones, ocasionaban un caos en el  dispositivo donde se producían los pensamientos, razón por la cual los robots decían que iban a hacer unas cosas y resultaban haciendo otras. Estas anomalías eran tan frecuentes, que no se les prestaba atención. De haber existido un robot con un sentido adicional, habría observado la locura colectiva, el descontrol.

   

También desconocían que vivían en medio de una guerra sostenida por los fabricantes de robots y el material con que estaban fabricados éstos, un material que cobraba vida una vez el robot comenzaba a producir la materia prima. La guerra se daba porque ambas fuerza la pretendían. En esta lucha, rara vez los fabricantes de robots recibían en buenas condiciones este material, debido a que, por ser mayoritaria la materia bruta, vencía fácilmente a su oponente.

    

A todo robot se lo sometía a la extracción de la materia prima por medio de una aguja que le introducían en la columna. Este procedimiento lo realizaban los jueces varias veces al día, en algunos casos, ya que existían robots a los que se les practicaba la extracción cada veinticuatro horas. Les introducían la aguja en la base de la columna y les sacaban el material, de color verde cristalino. En el momento en que el material pasaba a la jeringa expelía un aroma que extasiaba a los robots. Ningún robot rechazaba este ejercicio; a todos les agradaba; a tal punto, que ellos mismo, frecuentemente, se extraían la materia prima y la botaban en las corrientes de agua para que no los descubrieran, aunque sospechaban que los jueces lo veían todo. Debido a esta práctica constante, todo robot era adicto. Lo particular del asunto era que todos sentían cuando llegaba el juez con la jeringa, cuando les introducían la aguja y les extraían la materia prima. Pero nadie lo veía ni podía tocarlo. Sin embargo, a pesar de que todo esto estaba ocurriendo, de que a todos los robots les extraían la materia prima pues ellos lo experimentaban, la mayoría dudaba de la existencia de sus fabricantes.

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