VER EN VERSION CLASICA
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
►w_adblock_title◄

►w_adblock_intro◄

►w_adblock_explain◄

►w_adblock_closed_btn◄

Juan G. Campal
Viernes, 14 de octubre de 2016

Paraísos terrenales de este apátrida - II

Guardar en Mis Noticias.

La LoberaTintinea, ¡por fin!, la lluvia en el tejado y ventana de la cabaña que me acoge en el X Encuentro Poético y Artístico de otoño en La Lobera de Gredos. Tintinea, me despierta y enciende la conciencia, cómo no, de Las Nueve Musas y muchas más, pues, en este paradisíaco paraje de La Lobera de Gredos, habitan, no nueve, sino innúmeras musas y númenes de la más varia morfología. Me lleva la conciencia, en su versión mejor memoria, a la necesidad de no acallar por más tiempo la necesidad de seguir hablando ­–aun sea variando el indicado orden- de los paraísos que tiene la fortuna de habitar de cuando en vez este apátrida que aquí comparece con igual frecuencia. Sí, uno se pregunta, asiduamente, si lo que normalmente escribe a alguien importa y más, si es lícito hacerlo de paraísos terrenales con lo infernal que a veces se muestra la realidad bajo ese cínico eufemismo de “con la que está cayendo” cuando, en verdad, no se trató ni trata de otra cosa que del derribo cínicamente programado y ejecutado del llamado Estado del bienestar para regresar a la mayoría al de real esclavitud, por más que (avances de la tecnología) sean sus grilletes y cadenas modalidad virtual. De los que no se ven, pero bien pésima y pesadamente se sienten.

 

Nada mejor para tomar conciencia de lo humano que habitar terrenales paraísos. Ya Adán y Eva, si un mínimo crédito, aun sea simbólico, damos al Antiguo Testamento, tomaron conciencia, sabiduría, de su humanidad en él cuando tan sólo era, se dice, jardín de divinas delicias y ellos eran unas más de ellas: unos placeres muy intensos del ánimo del supuesto hacedor, “cosas” al fin y al cabo.

 

Escribo a hora bien temprana, mientras luz, nieblas y orvallo se encuentran, hermanan y abren a mi vista el día y la hermosura de los árboles y bosques que me permite contemplar este airoso alojamiento a la vera de un madroño.

 

Escribo mientras, en esta sabida última mañana compartida con los compañeros, hago examen de lo mucho que de ellos y sus sabidurías vitales y poéticas he atesorado en estos días. Larga sería la nómina de magisterios y enseñanzas y corto aún me quedaría nombrándolos a todos pues no alcanzaría a poder nombrar cuántos árboles, rincones, musgos, piedras, rocas, caminos me han venido abriendo y enriqueciendo a borbotones de ese equilibrio que uno busca en la soledad acompañada –no confundir con soledad en compañía- cuando acude a encuentros y parajes tan aleccionadores como es éste, donde además de brotar la poesía a raudales se escucha también la humana elocuencia de los silencios, de las miradas, del trabajo bien hecho por quienes de nuestras intendencias se ocupan y de los sonidos naturales que –tal que ahora hace la lluvia en su crepitar sobre las hojas, caminos, rocas y musgos, que de todo tengo al alcance de la caricia- a uno le hablan del cotidiano milagro de estar vivo; sencillamente vivo.

 

Sencillamente vivo y en casa. Que también así se siente este “aprendiz de escribidor” de renglones de varia longitud en este paraíso de La Lobera y hasta se atreve a afirmar que estos son los denominadores comunes de los paraísos terrenales, que amén de sencilla y profundamente vivo, uno, al margen de las distancias físicas que lo separen del propio hogar, de su propio llar, se siente en casa. Esa “Casa” donde Antonio Pereira escribió:

 

                                            Y todo es más sencillo. Las palabras

                                            contienen el misterio, no hace falta

                                            oscurecerlas con las (malas) artes,

                                            son más profundas cuanto son más claras.

 

Y son estos calmos sentimientos los que hoy, aquí, acompañándome de una serena alegría, y mientras alterno mirada creadora al texto con mirada recreada al paisaje, me llevan hasta la aldea leonesa de Felechas donde cada mes de agosto se abren casas, calles y prados a la buena vecindad, a la música tradicional y a la poesía y donde se nos acoge como que de aquel lugar fuéramos y a él volviéramos tras larga ausencia. Y es que también es verdad que de allí somos. Lo somos desde el primer día que nos acogió porque, desde esa lluvia o ese sol, que de todo hubo y hay, una parte de nuestro mejor ser allí se quedó, como una parte de Felechas con nosotros va y está a donde nosotros vayamos, pues nos ocupa y endulza los días con sus recuerdos y los rostros de quienes nos hicieron posible conocer y gozar ese Paraíso Felechas.

 

Escribir agosto es desde ya hace unos años, también, tocar a rebato, pero no a rebato de peligros, sino a rebato de amistad. Es convocar presencias e intendencias para reunión de poetas amigos y algún escribidor de renglones cortos para fiesta de sol y ribera, de comida y convivencia, de cánticos y buen humor, de paseo y, cómo no, poesía. Es reunirse a sentir la amistad y compartir alegrías en La Omañuela, a la orilla de su prodigioso y acogedor río Omaña, en plena Reserva de la Biosfera de Omaña y Luna. Es sentirnos, por unas horas y siguiendo la tradición que nombra el río, tal cual los romanos llamaron a los habitantes de la comarca que atraviesa: homus manium u «hombres dioses». Dioses en la mejor humanidad de cada uno.

 

Ahora. Ahora me queda despedirme de La Lobera y compartir las últimas horas con cuanto compañero “lobereño” quede hasta el último instante y después regresar a la casa propia, en silencio, haciendo inventario, fijando, todo lo compartido y aprehendido, lo vivido y esperar que se afiance el otoño para ir en solitaria y gratificante marcha de entresemana hasta el Faedo de Ciñera a rendir gratitudes a la vida por permitirme venir llenándola de estos paraísos terrenales en los que uno puede serenamente citar a Walt Whitman:  “Si llego a mi destino ahora mismo, lo aceptaré con alegría, y si no llego hasta que transcurran diez millones de años, esperaré alegremente también”, porque tanto lo que alivian a uno de la realidad, que le permiten darle esquinazo a esta tozuda realidad nacional que tantas veces me conduce, ¡Ay, España!, camino a Apatridia.

Noticias relacionadas
Acceda para comentar como usuario Acceda para comentar como usuario
¡Deje su comentario!
Normas de Participación
Esta es la opinión de los lectores, no la nuestra.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Las nueve musas
Las nueve musas • Política de Privacidad
© 2017 • Todos los derechos reservados - ISSN 2387-0923
Powered by FolioePress