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Flavio Crescenzi
Sábado, 8 de octubre de 2016
el proceso de redacción de textos

Los niveles de significación

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Imaginar las características del lector es una de las tantas prerrogativas que el escritor posee por derecho propio, y las preguntas que puede responder al respecto son muchísimas.

En uno de sus trabajos menos difundidos, el semiólogo argentino Walter Mignolo afirma que todo texto escrito presenta cuatro niveles de significación en los que, según explica, «es posible recuperar las elecciones que debe realizar quien produce un discurso; y el orden de las inferencias que debe realizar quien lo interpreta»[1]. Esos cuatro niveles no son otros que la situación comunicativa, el tópico del discurso, los tipos discursivos y la textura. Intentaré explicar brevemente cada uno de ellos.

 

I – La situación comunicativa

 

Llamamos «situación comunicativa» al conjunto de elementos que intervienen en un acto de comunicación (contexto, emisor, receptor, mensaje, etc.). Indudablemente, el escritor que conozca estos elementos tendrá muchas más posibilidades de encontrar las estrategias discursivas adecuadas para que su texto alcance el nivel de eficacia deseado.

 

En el ámbito profesional, por ejemplo, cuando un jefe le encarga a alguno de sus empleados la redacción de un informe, un memorando o una carta comercial, es muy probable que sea el mismo jefe la primera persona que lea el texto requerido, con todo lo que esto implica.[2] Por tanto, será necesario que el escritor adopte el estilo propio de la empresa, estilo que deberá conocer y respetar con naturalidad. En este sentido, considero que las siguientes palabras de Simonetta Vercelli son más que pertinentes: 

 

La comunicación profesional responde generalmente a las exigencias informativas de un proceso de decisiones. Seleccionar el tipo de interlocutor según el perfil profesional, el nivel jerárquico, las expectativas y la necesidad de información significa concebir bien el mensaje y orientarlo hacia la dirección más oportuna: qué idea presentar en primer lugar porque despierta mayor interés, sobre qué datos hacer hincapié… [3]

 

Como vemos, el lector nunca será una entidad del todo desconocida para el escritor, pues, incluso cuando éste escriba sin seguir consignas o pautas establecidas, podrá configurar igualmente un destinatario. De hecho, imaginar las características del lector es una de las tantas prerrogativas que el escritor posee por derecho propio, y las preguntas que puede responder al respecto son muchísimas. Del mismo modo, la situación comunicativa, en muchos casos, puede darse a partir de la invención de un lector ideal, construido según las necesidades y deseos de la persona que escribe. 

 

II – El tópico del discurso  

 

Cuando hablamos del «tópico del discurso» nos estamos refiriendo, en realidad, al tema de que trata el texto. El escritor, por lo general, escribe de lo que sabe, de lo que ha experimentado, o a partir de una serie de documentación. Sin embargo, la documentación es imprescindible en toda clase de textos, sean o no informativos. Por ejemplo, si el escritor quiere demostrar la probidad de sus ideas, será necesario que busque datos que apoyen e ilustren su argumentación; de hecho, esas ideas se verán enriquecidas con un buen sondeo de datos.

 

En un relato de ficción, el escritor también se documenta, entre otros muchos motivos, para conseguir una mejor ambientación histórica, para jugar con el significado etimológico de un nombre propio, para trabajar la verosimilitud de los personajes, para describirlos, etc.

 

En los textos informativos, el «amor al dato», como lo llama el periodista Álex Grijelmo, guía la tarea de documentación previa y la de la edición.[4] No es lo mismo escribir varios que un número más o menos aproximado, escribir mal un nombre propio, ni equivocarse en una fecha. Los errores periodísticos en datos, a veces mal llamados «erratas»[5], son graves y, por tanto, no admiten excusas de ningún tipo.

 

En los textos expositivos, propios de las disciplinas académicas, los contenidos se articulan, además, con arreglo a ciertos patrones de razonamiento, como pueden serlo la inducción, la deducción u otras disposiciones que procuran garantizar la asimilación del conocimiento. Con respecto a esto, vale aclarar que los estudiantes no suelen producir textos expositivo-explicativos, sino cuando redactan informes, monografías, ensayos o tesis.

 

III – Los tipos discursivos  

 

Graciela ReyesCada tipo o género[6] discursivo —es decir, cada clase de texto— se caracteriza por ciertos rasgos, más o menos permanentes, que orientan tanto la producción como la interpretación textual. Por supuesto, en la creación literaria, es superior el margen para la transgresión o para la modificación de esos patrones. En otros casos, como sucede en los textos judiciales y burocráticos, las transgresiones pueden interpretarse como errores o ruidos en la comunicación. El dominio de las clases de textos es decisivo en las formas de la comunicación escrita en las que se incrementan la formalidad, el compromiso que asume el escritor y la distancia con el mundo del lector. Al respecto, Graciela Reyes comenta lo siguiente:

 

En un texto escrito hay dos ausencias: la del espacio y la del tiempo compartido. La comunicación escrita no se hace cara a cara, y a veces hay, o es posible que haya, gran distancia temporal entre los interlocutores. Para compensar esas carencias, la sociedad ha creado una serie de normas que rigen los textos orales. […] desde sus orígenes, los principios y reglas de la escritura tienden a asegurar que el contenido del texto y la intención con que fue compuesto se mantengan y transmitan sin equívocos.[7]

 

Los géneros discursivos, considerados por el teórico ruso Mijaíl Bajtín como «formas típicas y estables para la estructuración de la realidad», se dividen, a la vez, en primarios o simples y secundarios o complejos. Los primarios se constituyen en la comunicación discursiva inmediata, son más «naturales», como las réplicas de un diálogo, o una carta familiar; los secundarios son «culturales», absorben a los primarios y los reelaboran o los integran en su propio discurso. El conocimiento de los géneros permite apropiarse de ellos productivamente. El mismo Bajtín lo explica de este modo:

 

Cuanto mejor dominamos los géneros discursivos, tanto más libremente los aprovechamos, tanto mayor es la plenitud y claridad de nuestra personalidad que se refleja en este uso (cuando es necesario), tanto más plástica es y ágilmente reproducimos la irrepetible situación de la comunicación verbal; en una palabra, tanto mayor es la perfección con la cual realizamos nuestra libre intención discursiva.[8]   

 

Tal como advertimos, dominar adecuadamente las convenciones genéricas puede llegar a ser una señal de maestría en determinados campos, por ejemplo, en trabajos universitarios y académicos (monografías, tesis, ponencias) o en situaciones de formalidad en las que se producen textos en extremo convencionales, por ejemplo, en la redacción comercial o administrativa (informes, actas, invitaciones). Si conocer estas convenciones puede contribuir al éxito del texto, desconocerlas y, por tanto, no respetarlas, puede contribuir a su fracaso. Naturalmente, como creo haberlo mencionado más arriba, las rupturas conscientes y artísticas de las convenciones, propias de los géneros literarios, quedan excluidas de esta consideración.

 

IV – La textura

 

La textura es una categoría que Mignolo, al parecer, toma de las artes plásticas, pero que ya había sido utilizada en su momento por críticos como John Crowe Ransom. Ésta puede definirse como las características propias de un texto o, dicho de otro modo, como el conjunto de rasgos que determinan un estilo. En la etimología de la voz estilo se alude tanto al punzón para escribir (en latín) como al uso arquitectónico dórico, jónico y corintio (en griego). Por consiguiente, se trata tanto de la marca personal que distingue a un creador (y a su obra) como del conjunto de rasgos propios de un género o de un movimiento artístico. Del mismo modo, el estilo también tiene un valor normativo, como vemos cuando nos referimos a libros o manuales de estilo.

 

Las decisiones que toma el escritor con respecto a la textura se resuelven fundamentalmente en la dispositio y la elocutio.[9] Estas decisiones, en efecto, no sólo afectan el plano léxico, sino también el sintáctico (por ejemplo, utilizar o no la voz pasiva, puntualizar o no ciertos deícticos, simplificar o no las oraciones con demasiados incisos, etc.) y el estructural (por ejemplo, ordenar jerárquicamente el material, mantener una extensión regular en los párrafos, revisar la cohesión integral del texto, etc.).

 

Ahora bien, estas decisiones no parten de una absoluta disponibilidad. El estilo está regulado por la situación comunicativa, el tópico elegido, el tipo o género discursivo y las manieras propias del autor. Se sabe que en la página en blanco todo puede escribirse; sin embargo, no bien se registra la primera palabra, las posibilidades de elección se restringen. Si buscamos mantener un tono, o si nos ajustamos a unas distinciones genéricas, tendremos que seleccionar elementos de un conjunto más o menos acotado, lo que no necesariamente significa que nuestro texto deba carecer de originalidad.

 


[1] Walter Mignolo. Teoría del texto e interpretación de textos, UNAM, México, 1986.

[2] Podemos advertir en este caso una asimetría en los roles que cumplen el escritor y el lector, algo similar a lo que se da en la relación docente-alumno, pero, como aquí no hay un objetivo educativo, será menor la tolerancia ante los errores y las inadecuaciones del texto presentado.

[3] Simonetta Vercelli. Informes, comunicados y presentaciones,  Editorial de Vecchi, Barcelona, 2000.

[4] Álex Grijelmo. El estilo del periodista, Taurus, Madrid, 2001.

[5] Si nos remitimos a lo que indica el DRAE, una errata es una «equivocación material cometida en lo impreso o manuscrito».

[6] La categoría de género es, en puridad, eminentemente literaria: un género es un conjunto de textos que guardan un «aire de familia»; es decir, que reúnen similares convenciones, tales como los principios compositivos, los asuntos que tratan, el tipo de personajes, la figura que representa en ellos el autor, etc.

[7] Graciela Reyes. Cómo escribir bien en español. Manual de redacción, Arco Libros, Madrid, 2001.

[8] Mijaíl Bajtín. Estética de la creación verbal, Siglo Veintiuno Editores, México, 1989.

[9] Todo proceso de escritura consiste en elaborar, estructurar y ordenar elementos lingüísticos dispersos con el propósito de obtener un texto claro, efectivo y original. Por supuesto, esto no es ningún descubrimiento. Ya la Retórica clásica distinguía tres operaciones para la producción de discursos: la inventio (el momento de la elaboración de sus contenidos), la dispositio (el momento de la estructuración y ordenamiento de sus distintas partes) y la elocutio (el momento de su expresión, y que abarca tanto las correcciones como la revisión estilística).

 


 

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