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Emilio Calle
Martes, 4 de octubre de 2016
nunca hemos tenido peor resultado en el País Vasco, a pesar de las cosas que hicimos

EL ROSA ES EL NUEVO AZUL

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Leo, ya con mi capacidad de asombro dilapidada en los estercoleros en los que los políticos nos han abandonado, que Mariano “funciones” Rajoy se ha puesto en contacto con Javier Fernández, líder de la gestora del PSOE que se encargó de forzar la dimisión de Pedro Sánchez.

¿Su propósito? ¿Felicitarle por ser el orquestador uno de los episodios más ofensivos de la historia reciente del socialismo? ¿Averiguar una forma más de saltarse cualquier atisbo decencia en el caso de que haya que poner a un enemigo interior de patitas en la calle? ¿Regalarle un CD firmado con la versión merengue del himno del PP para sus fiestas o cualquier otro evento festivo (como apuñalar al Secretario General de tu partido)? Nada de eso. Tan sólo pretende tantear las posibilidades de que el Partido Socialista Obrero Español (en este momento, sobran las siglas, y no está mal recordar que hay, o que había, dentro de ellas) se abstenga en una próxima sesión de investidura, lo que por fin nos permitiría tener un gobierno que, se mire por donde se mire, no es el que han elegido los votantes. El sábado próximo un comité socialista se reúne para estudiar si se debe mantener el esfuerzo por impedir que Rajoy vuelva a ser el presidente (cuatro años más, sumándole otro que llevamos esperando que se perpetre el timo).

 

Realmente me importan menos las sucias artimañas empleadas para expulsar a un secretario elegido por los militantes, y constatar que, pese a los artificios teóricos y los estatutos hilarantes, mandan unos pocos, muy pocos, y que esos pocos en cuanto tiemblan al ver sus sueldos peligrar, conspiran, y cuando conspiran, terminamos temblando los demás. Y puede que me parezca absolutamente escandaloso que Felipe González tenga la indecencia de afirmar (y cito, porque no se admiten equívocos) a propósito de las recientes elecciones  que “nunca hemos tenido peor resultado en el País Vasco, a pesar de las cosas que hicimos”, admitiendo sin pelos en la conciencia que los aterradores sucesos relacionados con el GAL no eran una aberración democrática sin precedentes, sino tan solo un riesgo electoral. ¿A quién le importa que se hable de ese tema y con esos términos? Todo vale, todo es lícito porque todos están investidos de impunidad.

 

No. Lo que más me espanta, como persona (al menos para el fisco) y como votante, es lo aberrante de la posición mostrada por los líderes socialistas, abucheados e insultados mientras salían de la sede de Ferraz después del cónclave para sacrificar, frente a los altares de una rosa que una vez fue algo más que un logo, al líder elegido democráticamente, aunque no haya hecho falta un ejercicio similar para despojarle de su cargo. Y todo viene originado por el “no” que Pedro Sánchez mantuvo y pensaba mantener a cualquier intento que se produjera para que Rajoy siguiese en el gobierno.

 

La progresión con la que está desapareciendo lo que queremos los votantes (y yo no voté al PSOE, pero sí que voté con el único propósito de que Rajoy su compañía de rapaces se fueran a echar la siesta, al estilo Barberá, a algún lugar donde no tuviésemos que asistir a esos desprecios) adquiere, a veces en horas, un ritmo de lo más inquietante. Hablamos en las urnas, pero nuestra voz se queda dentro de ellas, asfixiadas, sin salida, meras comparsas para escenificar la tropelía. No hay que entrar en cifras para deducir que en las pasadas elecciones, y en las anteriores, la soberanía del pueblo no entregó su confianza ni su papeleta al PP con el suficiente margen para que los populares pudieran formar un gobierno. Y lo que suponía un nuevo tiempo donde se debía imponer el diálogo frente al decretazo, lo único que ha conseguido es que cada cual haga lo que le apetezca, y cual sentencia escrita en el gran libro del destino, el PP debe gobernar, digan lo que digan las urnas.

 

Y puede ser, quizás esa sea la inercia correcta.

 

Pero se le rompe a uno el alma si piensa que gente que se considera socialista, personas con familias que lucharon contra lo imposible por mantener esas ideas, votantes cuyas ideas están arraigadas en fértiles campos de certezas, descubran ahora que su voto sólo puede servir para que Rajoy vuelva a ser presidente, incluso cuando el líder de su partido defendía lo contrario en el sagrado templo del Congreso. No todos los que se apilaron en la sede socialista lo hicieron para mostrar su descontento y su ira y su frustración. La decepción y la tristeza también estuvieron presentes.

 

Cuesta imaginar la forma en que unos y otros, rosas y gaviotas, puedan hallar una manera de curarnos de la desafección que nos asola. Aunque algo va quedando claro. A nadie le importa lo que está pasando en este país. Ni lo que piensa. Ni lo que quiere.

 

Mariano Rajoy, elegido presidente gracias a los socialistas, y en contra de la opinión de muchos millones de electores. La rosa tiene espinas para todos, menos para los populares.

 

Eso tienen que hacérselo mirar, y a ser posible antes del sábado.

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