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Jéssica Murillo Ávila
Domingo, 11 de diciembre de 2016
I PREMIO "LAS NUEVE MUSAS " DE RELATO BREVE - Obra FINALISTA

Niño Búho: El camino a la liberación

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Noticia clasificada en: Artes Artes literarias Narrativa Relatos

Los mejores mantecados de todo Madrid eran los que elaboraba la señora Amelia en su pequeño café del Barrio de Lavapiés. Quien los probaba ya no podía dejar de pensar en ellos sin que se le hiciera la boca agua.

 

Amelia era una mujer elegante de unos cincuenta y pico años muy bien llevados. Nada hacía presagiar en su cuerpo el preludio de la menopausia. Las arrugas apenas habían surcado su rostro. Tenía la tez pálida, el pelo carbón con mechones plateados, los ojos color miel enmarcados en unas redondas gafas de pasta, y anchas las caderas. Aunque no poseía una belleza convencional, estaba dotada de un poderoso atractivo. El hipnotizante movimiento pendular de sus caderas y sus tacones cansados, irradiaban una luz de sensualidad con la que deslumbraba a todo ser ante sus pasos. Parecía poseer un poder mágico. Era habitual verla contenta y tarareando alguna canción de moda. Con esa alegría convertía cualquier harina, mantequilla y leche, en una jugosa masa que rellenaba con una exquisita mermelada casera que atraía a una gran variedad de clientela, pero eso era antes de que su hermana María falleciera y con ella se olvidará de sonreír y canturrear. Cuando María saltó del mundo, una parte de sí se fue con ella. La otra se quedó aguantando un sufrimiento insoportable. Por si eso fuera poco, su novio rompió con ella. Entre ellos siempre hubo una chispa especial, pero últimamente discutían mucho. Más de la cuenta. Seguramente, porque Amelia llevaba tiempo calculando cada beso, cada caricia, cada abrazo que le daba...demostrando emociones que no sentía. Pero no era buena en matemáticas y debió equivocarse al multiplicar alguno de sus sentimientos porque él se percató. Un pequeño sobre ocre que anunciaba: "Para Amelia", fue el único rastro material que dejó en su vida. Al abrirlo emitía un nauseabundo hedor a cenizas. Era raro porque Pablo, su novio, no fumaba. Al sacar la carta lo entendió todo. Sobrecogida por la tristeza, descifró con los ojos cada frase. Allí estaban sus vivencias. Una a una, con todo tipo de detalles. Y al final en letras negras: "se ha acabado". Era la primera vez que veía escritas esas palabras para ella.

 

Con todos esos acontecimientos, la existencia de Amelia había cambiado en demasía como para pintarse una sonrisa. Tenía pocas razones para ser feliz y muchas para sentirse defraudada. Pensaba que la vida no hacía nada a su favor, salvo darle más días privados de sentido. Sus ojos carecían de aquel entusiasmo del pasado, y su mirada se tornó triste y marchita. Una figura avejentada y desgastada por el sufrimiento, la desdicha y la melancolía, era lo único que quedaba de aquella mujer elegante y cautivadora. Lo que no se había transformado en ese tiempo era su propia cafetería. Pequeña, pero llena de encanto. Hacía esquina con la calle Zurita, cerca del Mercado de San Fernando, en pleno corazón de Lavapiés. El edificio era una antigua corrala donde vivía de niña. La fachada estaba algo descuidada, por lo que nadie hubiera vaticinado que en su interior aguardaba todo un mundo de fantasía. Estaba decorada con algunas antigüedades, unicornios de plástico colgados de un techo de zinc en forma de cúpula, lámparas creativas y coloridas, guirnaldas de crochet por las paredes, y enormes ventanales que daban a un amplio patio interior. Era como adentrarse en un sueño. De todos esos objetos, el que más adoraba Amelia era un enorme reloj de plata que colgaba de una de las paredes. Se lo regaló su hermana antes de morir y permanecía allí ubicado en memoria de las horas que pasaban separadas. También guardaba otros objetos de su hermana en algunas cajas almacenadas en una esquina. Pasó un tiempo hasta que se decidió a abrirlas. De ellas, sacó unas figuritas de cristal de Murano perfectas para su cafetería. Mientras las limpiaba una a una, y tras haberlas colocado en un lugar destacado, oyó los ronquidos de alguien que dormía profundamente. El ruido se repetía hasta convertirse en un sonido monótono. Cuál fue su sorpresa al percibir que el soniquete procedía del interior de un estuche de madera que estaba mezclado entre las cajas de cartón. Amelia se acercó sigilosamente, con los pasos incrédulos y rezagados. El suelo de madera crujía débilmente a sus pisadas, mientras su cuerpo se encogía ante aquella situación inesperada. Podía apreciar cómo su corazón latía con fuerte excitación y le golpeaba con intensidad el pecho. Poco a poco abrió el pequeño baúl con cuidado. En ese momento comenzaron a tocar las campanas de la iglesia de San Lorenzo. Cada vez con más potencia. ¡Hasta enloquecer! Parecían ser la banda sonora de una película de intriga. Una vez destapado, encontró un niño dormitando.

 

- ¡Parece imposible, pero es real!- susurró sin dar pábulo a lo que veía. Luego, guardó silencio. Su asombro era demasiado grande como para hallar las palabras adecuadas.

 

El niño, que vestía de harapos y aparentaba unos ocho años, abrió sus enormes ojos y permaneció inquieto, con el gesto inexpresivo. Amelia, al ver cómo se desplegaban sus espectaculares pestañas, emitió un alarido tan ensordecedor que el propio muchacho tuvo que taparse las orejas. A continuación, palideció, puso los ojos en blanco y se cayó de bruces al suelo. Al par de segundos se puso en pie con gran esfuerzo. Se quedó mirando al joven sin moverse. Inmutada. Entonces, se acercó con disimulo y le acarició ligeramente el brazo, como una primera toma de contacto.

 

-Tranquilo. ¿Estás bien? ¿Quién eres? ¿Quién te ha metido ahí?- le interrogó con preocupación mientras se preguntaba cuánto tiempo haría que no había visto el sol.

-¿Dónde estoy?- curioseó el niño desconcertado, asustado y con un hilo de voz ahogado y tembloroso.

-No te preocupes. Aquí estás a salvo. ¿Te encuentras bien?- insistió de nuevo.

- Sí, pero ¿dónde estoy? ¿Quién eres? - preguntó intranquilo y desazonado.

- Estás en mi cafetería. Soy Amelia ¿Tú cómo te llamas?

- Enciende la luz. ¡Quiero verte!- gritó el pequeño.

- Cariño, está encendida- le explicó Amelia a con un tono de voz afable, como queriendo infundirle confianza.

-¡No, enciéndela!- insistió una vez más. Estaba aturdido y movía los ojos para buscar la luz. Se los restregó, pero no surtió efecto.

 

Amelia abrió la mano, se la presentó ante su rostro y la movió de izquierda a derecha. El pequeño no seguía con los ojos la palma.

 

- ¡No veo, no veo, no veo!- vociferó entre lágrimas y haciendo aspavientos con los brazos.

- No te preocupes, tesoro, es el susto. Te traeré algo de beber.

- No. Yo antes veía. ¿Por qué ahora ya no?

- En serio, tranquilízate. Es el shock de estar ahí encerrado. Pronto te acostumbraras a la luz- afirmó mientras le ponía un vaso de leche con cacao entre las manos.

 

El chiquillo absorbió con ansia la taza humeante, sintiendo como  el intenso calor abrasaba su paladar. Parecía que había estado meses sin beber. Cuando se hubo calmado, volvió su rostro hacía Amelia, como si pudiera verla con los ojos apagados. Le contó su historia con cierta timidez y con la ineluctable sensación de perturbación dolorosa que le proporcionaba recordar las llagas de su pasado.

 

Se llamaba Iván, pero había quien le apodaba "Niño Búho". El mote venía por sus enormes ojos curiosos. No le molestaba que se dirigiesen a él de ese modo. Sabía que la curiosidad no era un defecto. Si los periodistas no lo fueran, sería difícil descubrir las verdades del mundo.

 

Niño Búho vivía a las afueras de Madrid. No tenía casa, ni padre, ni madre, hermanos, hermanas o amigos. Tampoco tiempo para jugar. Se levantaba antes de que asomara la gran bola de fuego, y se dedicaba a trabajar en el campo. Daba igual si llovía, hacía viento, sol o nieve, siempre estaba ocupado. Ayudaba en el establo, cuidaba un huerto de verduras y a veces recolectaba la cosecha. También recogía la leña y se dedicaba al pastoreo. Cuando se le escapaba alguna oveja, o tardaba más de un determinado tiempo en hacer sus tareas, su jefe le azotaba. Por la noche tenía que dormir a la intemperie, tapado solo con algunos rastrojos de paja. Comía pan duro y con suerte, un pedazo de queso rancio que conseguía por desobedecer el séptimo de los mandamientos: no hurtar.

 

No sabía cómo salir de la miseria, pero sí que no podía seguir así. No quería sufrir más, así que un día decidió esconderse del mundo, y lo hizo en lo único que poseía: una caja de madera que robó en una tienda de regalos. En ella encontró su refugio. Cerraba los ojos  y se entregaba a los sueños, donde no existía la pobreza y nadie le hacía sufrir, donde se apagaban los ruidos y se hacía el silencio. Todas las noches se ocultaba en ella y por el día se resignaba a vivir. O mejor dicho, a sobrevivir. Sin embargo, hubo una fecha en la que todo cambió. En la tarde de marras, Iván huía de los gritos y las palizas de su patrón:

 

- ¡Niño Búho, ya me has perdido otra oveja! ¡Esta vez correrás tú con los gastos! ¡Sólo me haces perder dinero!- le gritaba con desprecio, mientras le perseguía con una vara que utilizaba para vapulearle. - ¡Eh! ¡Vuelve aquí! ¡Vuelve! ¡Detente!- repetía de modo incesante.

 

Iván, cansado de escapar, se descansó junto a una encina para recuperar el aliento. Le flanqueaban las piernas. Se encorvó apoyándose en sus muslos y exhaló el perfume de un campo de lavanda. Después de comprobar que se encontraba a salvo, se reclinó en el árbol mientras se lamentaba por su vida. El sol penetraba entre las ramas. Los segados rayos vespertinos le proporcionaban un calor íntimo y de reflexión continua. Entonces, pensó que su existencia era tan pésima como para no volver a despertar. Sabía que la fantasía siempre estaría dispuesta a sugerirle una nueva aventura, así que se encerró en la cajita de madera durante unas horas. La idea era permanecer allí hasta que se le apagase el arrebato a su amo. Sin embargo, algo no salió como lo deseado. Tras unas horas encerrado, intentó levantar la tapa con los brazos. No podía. Lo hizo con todas sus fuerzas y no se movía. Desgraciadamente, la cubierta estaba atascada. Pronto llegaron los llantos, el enfado y la resignación.

 

- ¡Lo he abierto esta misma mañana, no puede ser!- chilló con desesperación.

 

Sintió deseos de gritar indefinidamente. Sabía que estaba en una situación complicada. Habían fracasado todos sus intentos por salir. Fue entonces cuando se dio por vencido con la conformidad con la que se aceptan las cosas inevitables, así que se sumió en su particular mundo de sueños. De fantasía preciosas, pero destinadas a seguir siéndolo. Desde aquel momento, vivía en ese pequeño baúl. Sin sol, ni luna, ni estrellas… Ya estaba durmiendo como una marmota cuando notó que alguien invadía su refugio.

 

- ¿Qué hace esta caja tan hermosa aquí tirada?- se sorprendió alguien mientras la agitaba.

 

La voz potente de quién sacudía su hogar, le despabiló. Iván quiso pedir ayuda para abrir la tapa, pero no le salían las palabras. Se le quedaron todas anudadas en la garganta ante el pánico del momento. Lo próximo que escuchó fue el silbido de un tren y el bisbiseo de la gente a lo lejos. Al rato, quedó amodorrado por el traqueteo del convoy, con una sensación parecida a la que siente un bebé cuando se le acuna. Después de unas horas, se desadormeció tras un brusco frenazo. De nuevo escuchó el chirrido del ferrocarril y el murmullo de la multitud en la lejanía. Pensó que había llegado algún destino, pero el zarandeo de la cajita ante los pasos de quién la llevaba entre manos, le arrebató ese razonamiento. De camino, empezó a cavilar sobre dónde se dirigiría y quién le rescataría. Pasadas un par de calles, el ajetreo paró y se quedó en calma. Sin embargo, los ruidos eran constantes. Agudizó el sentido del oído y le rugieron las tripas ante el sonido de las cucharas disolviendo el azúcar en la leche y los labios sorbiendo el chocolate. Hacía meses que no tomaba bocado, y engañó a su estómago imaginando una copiosa comida. Tras unos cuantos días, advirtió el sonsonete de unas pisadas cautelosas acercándose a su pequeño baúl. Cuando Amelia lo abrió, notó que la salvación llegaba, pero cuando pasó solo tenía ojos para anhelar. No podía contemplar a su liberadora, ni el bello lugar en el que se encontraba.

 

Después del sorprendente relato del niño, Amelia reflexionó sobre la triste y desventurada historia de Iván, puso su dulce voz persuasiva dar consejos y le transmitió unas palabras de comprensión:

 

- Amor, lo has tenido que pasar fatal. Tu vida es muy dura y ahí encontraste tu refugio para huir de lo que te hacía sufrir, para protegerte del miedo y la soledad. Fue así como te quedaste atrapado entre toda esa madera, y de tanto fantasear entumeciste tu sentido de la vista. Tendrás que salir de tu mundo de sueños para poder ver. Es el primer paso, no solo para recuperar la visión, sino también para liberarte por completo.

 

Niño Búho permanecía a su lado escuchando silenciosamente, dando muestras de interés y desentrañando el sentido de cada una de las palabras de su nueva amiga:

 

- ¿Quieres decir que en realidad estoy atrapado en mí mismo?

 

Amelia se sorprendió al percatarse de la gran inteligencia que demostraba Iván para sus escasos ocho años de edad.

 

- Así es. Has caído preso de tus propios sueños al encerrarte ahí dentro. El baúl no te protege, sólo te aleja de la realidad. Tienes que diferenciar otras formas de vida. No es todo dolor o meras entelequias. También hay un mundo maravilloso ahí fuera. Sólo tienes que aprender a aceptar y a cambiar todo lo que te hace mal. La solución no es huir y esperar a que todo cambie.

 

Entre ellos surgió un punto común de afinidad. Cuanto más hablaban, más luz se infiltraba por los ojos de Iván. Paulatinamente iba adquiriendo de nuevo el sentido de la vista. Pasado un rato, salió de la cajita exhausto, dolorido y débil como los primeros rayos del sol, pero quedándose maravillado ante los extravagantes e increíbles objetos que había en el cafetín de Amelia. Fue entonces, cuando entendió que era verdad que había un mundo diferente y que ese era el suyo. Este hecho avivó su curiosidad por descubrir un nuevo universo y sus ojos brillaron con la ilusión de una nueva vida. Amelia, feliz por el transcurrir de los acontecimientos, vertió agua en una palangana y lo lavó. También le midió, le pesó, le hizo decir treinta y tres, le examinó la garganta y los oídos, le ordenó toser y le obligó a seguir con los ojos el destello de una linternita. Una vez que se aseguró de que tenía una salud de roble, salió a buscar a Pablo. Con los consejos que le regalaba a Iván, había comprendido que también eran aplicables a su propia existencia. Le llamó y quedó con él en su lugar favorito de la capital: el parque del El Capricho. Para Amelia tenía algo especial, tal vez por ese aire del Romanticismo que parecía evocar épocas pasadas. Lo cierto es que pensaba que no podía haber escogido mejor lugar para reencontrarse con él. Llegó nerviosa, pero segura de sus sentimientos. Era la primera vez que estaba convencida de ellos. No pensó que Pablo fuera, pero allí estaba, en la plaza de los Emperadores, sentado junto a una de esas columnas que sustentan bustos romanos. Juraría que las esfinges de la exedra le miraban con cara de complicidad, como si supieran lo que estaba a punto de pasarle. Al verle desde lejos, Amelia paró sus pasos. Quería disfrutar de él en la lejanía, como una metáfora de su historia. Pablo se percató de su presencia en la distancia. Ambos acercaron sus pasos y frente a frente se quedaron callados. Fue un silencio de esos en los que nadie sabe que decir.

 

-Hola, Amelia. ¿Qué tal?

-Bueno, la verdad que muy bien, pero me faltas tú. Te echo de menos.

-Yo a ti también te he añorado mucho en este tiempo. Pero ya sabes… No funcionábamos. Construimos una relación sin pensar en que necesitaba pilas.

- Es cierto, nos faltaba energía. Fuerza para seguir adelante.

- Y sentimiento, Amelia, mucho sentimiento.

 

Aquel matiz que le quiso dar a su frase terminó por romper el hormiguero que tenía en la tripa. Aquellos bichitos salieron disparados por todo su estómago. No opuso resistencia a sus lágrimas. Ya no podía reprimir más lo que estaba sufriendo. Entonces, supo que no debía alargar más el momento.

 

-Pablo, te he citado aquí para hablar de lo nuestro. Después de todos estos años parece que nuestra historia la inventamos sólo con palabras de despedida. No pretendo reconstruir las piezas del puzle que destruimos, porque sé que algunas ya las hemos perdido. Sólo quiero explicarte que te quise con locura, pero sabes que siempre he sido de corazón duro y mirada de hielo. Tú, en cambio, eres de escasas palabras y muchos besos. Quizás nunca llegué a entregártelo todo y te cansaste de esperar a que lo hiciera. Yo estaba obsesionada con la muerte de mi hermana y dejé de disfrutar de la vida, sin darme cuenta de que el fin no era esperar a que llegase mi momento, sino aceptar su fallecimiento y cambiar todo lo que me hacía daño. Tú quisiste salvarme de la hecatombe que suponía vivir sin ella, pero no tenía fuerzas para luchar- le explicó aferrándose en encontrar una disculpa que justificara su versátil carácter y le permitiese continuar a su lado.

- No pasa nada. No me ofendían tus cambios de humor porque sabía que yo no tenía nada que ver con ellos. Eran por causas ajenas a mí. Ahora sólo debes dejarme compartir mi felicidad contigo.

 

Amelia suspiró aliviada y esbozando una sonrisa de complicidad, le miró con los ojos iluminados y ávidos de nuevas aventuras. No había necesidad de más conversación. Cansados de esconder unos sentimientos que no eran dignos de censura, ambos se abrazaron. Una sensación de amor mutuo pareció rodearlos. En esos momentos salió Iván, que permanecía escondido detrás de Amelia.

 

- Te presento a Iván. Ha sido un soplo de felicidad en mi vida. Ha tenido una vida bastante azarosa, pero con nosotros por fin tendrá un hogar, comida y mucho cariño.

 

Pablo pensó, ¡Qué talentosa es! y exclamó:

 

-¡Qué inmensa es la grandeza del pensamiento!

 

Amelia no sabía muy bien a qué se refería, pero Pablo no se molestó en explicárselo. Tal vez, ahora que Amelia había vuelto a sonreír y a mostrar su mejor aspecto, era demasiado temprano como para manifestar que era una excelente ventrílocua. Sabía que la mente es ilimitada creando mundos irreales. Hay mucha gente que vive atrapada en su propio universo y no puede salir. Amelia, sin duda, era una de ellas, pero ya había iniciado un pequeño camino a la liberación.

 

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13 Comentarios
Fecha: Domingo, 30 de octubre de 2016 a las 15:41
Jota
Intuyo duras e injustas palabras de aquellas personas que no están de acuerdo por lo que sea con este relato, intentando sacar cualquier tontería como que de dónde saca la leche caliente. Yo leo que es un cafetería donde trascurre la escena, por lo tanto no tiene que ir a la cocina a por nada. Normalmente, en una cafetería los vasos y la leche están en la mima cafetería, al otro lado de la barra por ejemplo o en una máquina dispensadora, no hace falta que se desplace. Yo he hablado con camareras mientras me servía la leche sin necesidad de que se fuera o viniera. Me parece innecesario sacar defectos donde no los hay. A mi me gustan también leer sin que en una misma frase se repita todo el rato la misma palabra, y el autor lo hace con cafetería, café, cafetín para no estar repitiendose o en caja, cajita, baul...que sí son sinónimos: http://www.wordreference.com/sinonimos/caja Además, le da una personalidad propia a la mujer, al niño, al novio... y rompe con estereotipos de que una mujer a una determinada edad tenga que estar casada, tener hijos o tener una determinada madurez. Eso me ha encantado. A mi me parece un relato muy bueno, con una redacción impecable, con ritmo...
Fecha: Lunes, 17 de octubre de 2016 a las 07:35
UlisesVidales
Bea se equivoca. Esas palabras no son sinónimos, según la RAE:

Baúl
1. m. Especie de arca, cubierta por lo común de piel, tela u otra materia y con una tapa frecuentemente convexa, que suele servir para guardar ropas.

2. m. Maleta grande para transportar cosas.

Estuche
1. m. Caja o envoltura para guardar ordenadamente un objeto o varios; como joyas, instrumentos de cirugía, etc.
Fecha: Lunes, 17 de octubre de 2016 a las 01:34
Bea Muñoz Muelas
Creo que es el relato que veo mejor estructurado. Tiene su introducción dónde nos mete en el ambiente, su desarrollo, su nudo y su desenlace, cosa que no he visto en algunos de los otros relatos a pesar de ser un concurso de relatos y no de simples historias sin ton ni son. Veo por otro lado un dominio impecable del léxico, no repite palabras en una misma frase o párrafo. Dice caja, baúl o estuche como sinónimos, lo que demuestra un amplio dominio del castellano. Me parece un relato intenso, conmovedor, entretenido y sobre todo sorprendente. Nadie imaginaba un final así. Buena moraleja.
Fecha: Miércoles, 12 de octubre de 2016 a las 08:11
UlisesVidales
El relato deja la sensación de haber sido escrito din que se supiera qué iba a pasar, lo cual no tiene nada de malo para una primera versión. Sin embargo, si se lee como una versión acabada, esto se traduce en problemas importantes:

1. Carece de unidad y de brevedad: hay fragmentos que no parecen cumplir función alguna en la trama y que se perciben como rodeos.

2. Es inverosímil: precisamente por apelar al recurso de la fantasía, el relato requiere que los detalles hagan creíbles las situaciones. Ejemplos: el niño-muñeco estaba en un baúl o en un estuche (tienen tamaños diferentes); si el niño estaba recostado en un árbol, en el bosque, se asume, ¿de dónde salió el baúl en el que se acostó?; tampoco son creíbles las actitudes de la mujer en función de la edad que se le atribuye; no resultan creíbles las voces en el diálogo con Pablo; de dónde sale la leche caliente: no acaba de decir ella que la traerá, de un espacio diferente, la cocina, cuando ya la está ponienfo en manos del niño.

3. Hay imprecisiones en el lenguaje a lo largo del texto, por ejemplo: "Nada hacía presagiar en su cuerpo el preludio de la menopausia": ¿presagiar el preludio?

Al texto le falta cocción.
Fecha: Martes, 11 de octubre de 2016 a las 13:01
Jota
Pues a mi me ha gustado mucho este relato. De hecho, no creo que un relato deba ser verosímil, sino entretenido, y en este caso lo es. Es más, yo creo que es totalmente verosímil en cuanto a que lo que se presenta es una metáfora de lo que muchas veces sentimos cuando se nos va un ser querido: nos encerramos en nosotros mismos y no sabemos cómo salir de ahí, eso sí, luego vamos dando consejos a las personas de nuestro alrededor para que se animen y nos cuesta aplicarlo a nuestra vida, y justo cuando damos esos consejos nos percatamos a veces que deberíamos aplicárnoslo a nosotros. Yo lo veo muy bien. Me siento muy representado en esa historia, en cómo nos encerramos en nosotros mismos por una pérdida que parece el fin de nuestra vida. Por otro lado, coincido en que los adjetivos y descripciones son necesarios, quizá es porque yo tengo poca imaginación, pero me gusta que me describan las emociones de los personajes, el ambiente, lo que sienten etc porque eso me hace meterme más en la historia y poder comprender a cada personaje. Me gusta mucho eso, y demuestra una pluma excelente porque no todo el mundo es capaz de explicar eso con tanta belleza.
Fecha: Lunes, 10 de octubre de 2016 a las 18:58
Francisco Salas
Como en los comentarios de otros relatos, detecto que los lectores a quienes no gustan los escritos son un poco duros en sus apreciaciones. A mí me pareció bueno este relato.
Fecha: Domingo, 9 de octubre de 2016 a las 12:20
marienbad
Más que enfático, exagerado e inverosímil relato que el uso excesivo de adjetivos agrava. Y el ritmo de la prosa requiere más correcciones. A menudo, menos es más…
Fecha: Sábado, 8 de octubre de 2016 a las 14:09
Manu
De los que he leido hasta ahora este es el que mas me ha gustado y mantenido atento durante toda la historia. Estoy de acuerdo con las opiniones mayoritarias del resto de lectores, es un relato muy ameno y considero que los adjetivos y descripciones no distraen ni quitan la atención si no todo lo contrario, hace que sea mas facil adentrarse en la historia y sentir lo mismo que sienten los personajes en ese momento. El tema me parece original y el final muy bueno e inesperado, ademas tiene de todo: amor, hazaña, tristeza y busqueda.
Fecha: Sábado, 8 de octubre de 2016 a las 09:31
Lector
Yo pienso que el relato es ameno y estoy de acuerdo con los primeros comentarios.
Fecha: Jueves, 6 de octubre de 2016 a las 05:44
Paty Schvertzman
No, definitivamente difiero de los otros comentarios. Me parece un relato sobre cargado de adjetivos que hace pesada la lectura e impide la claridad del texto.
Lo siento el tema era interesante pero no se aprecia como deberia.
Fecha: Martes, 4 de octubre de 2016 a las 18:10
Clara_CA
En un primer vistazo, el título ya de por sí llama la atención. Sin embargo, lo que destacaría del relato es más bien la narración detallista y la fluidez del relato, dos componentes que son difíciles de encontrar unidos. La construcción corta de las frases y la puntualización, posibilita una rápida lectura. Da muchos detalles del entorno, de los sentimientos y de las acciones de los personajes, pero en vez de hacerse pesado, enriquece el relato haciendonos pasar por las mismas inquietudes y agobios de los personajes. Es fácil identificarse con la protagonista porque todos hemos pasado por aspectos de nuestra vida parecidos al perder a un ser querido. La metáfora me parece muy acertada. Las descripciones nos sumergen en cada detalle de la historia y en lo que siente cada personaje, que parecen tener una personalidad propia que atrapa al lector. La técnica narrativa empleada recuerda a un cuento, pero sin embargo el contenido es muy maduro por la atmósfera generada, los giros argumentales, el propio contenido, el empleo de un lenguaje formal, la caracterización de los personajes... La historia en sí me ha resultado muy creativa. El tema me ha parecido muy original, fuera de lo común
Fecha: Lunes, 3 de octubre de 2016 a las 11:35
mariajo
Me ha gustado mucho este relato, curioso, muy imaginativo, muy bien escrito con un lenguaje culto pero sencillo, muy rápido leer y para todos los publicos. Me mantuvo en todo momento atenta al desarrollo de la historia con los detalles y la descripción del entorno y de las circustancias por las que va pasando cada personaje, la tensión de los momentos de angustia de Niño Búho, el proceso por el que pasa Amelia, y el final...espectacular cierre con un golpe a la realidad inimaginable. Es fantástico.
Fecha: Domingo, 2 de octubre de 2016 a las 22:28
Anita
Muy buen relato con mucha ligereza. Es muy fácil de leer, tiene mucho ritmo y atrapa fácilmente. La historia engancha hasta tal punto que hubo un momento en el que pude sentir la desesperación del niño intentando abrir la caja e incluso el momento en el que ella lo abre por primera vez, pero lo que más me ha llamado la atención es el final, totalmente inesperado y no sólo eso, también con una lección de vida porque es cierto que muchas veces no vivimos de verdad anclados en un momento malo de nuestra vida.

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