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Julia Milán Estañ
Domingo, 11 de diciembre de 2016
I PREMIO "LAS NUEVE MUSAS " DE RELATO BREVE - OBRA FINALISTA

EL TREN

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Noticia clasificada en: Artes Artes literarias Narrativa Relatos

-“¡Qué estación más bonita!”- Pensaba mientras esperaba el tren.

 

Había mucha gente en los andenes.

 

Una señora que llevaba un gato sin pelo en la cabeza miraba el gran reloj de la estación. Los dos gusanos marcaban la hora en este momento se estaban peleando y era imposible saber cuál marcaba las horas, cuál los minutos o cuánto faltaba para que llegara el próximo tren.

 

Un cochinillo con una manzana en la boca y una pajarita leía el periódico sentado encima de una tortuga de las islas Galápagos.

 

Miré los zapatos de uno de los viajeros que esperaban en el andén.

 

Eran de piel de mofeta. Preciosos. El olor llegaba hasta el lugar donde yo me encontraba. Valía la pena. No creo que a su propietario le importara ir por la vida con una pinza en la nariz. Rezumaba clase y distinción por los cuatro costados, y por los zapatos.

 

Bajé la vista para mirar mis propios zapatos y me di cuenta de que se me había olvidado vestirme. ¡Qué contrariedad! Ahora tendría que tener cuidado con los campos de cactus que atravesaría el tren en su recorrido hasta llegar a los campos de golf, que era el lugar donde yo me dirigía.

 

Estaba ensimismado mirándome los pelos del ombligo que estaban enfrascados en una discusión sobre el partido de calamares del pasado sábado. Por lo visto uno de ellos había tocado el balón con uno de los tentáculos, cosa totalmente prohibida en los partidos de calamares. A lo lejos empecé a escuchar el grave sonido del tren acercándose.

 

Ya podía oler el humo de los chicles quemados que salía por las grandes chimeneas de hierro. Me gustaba más cuando los trenes quemaban en sus calderas nubes de azúcar, eso sí que olía bien, eran otros tiempos. Antes de que pudiera ver el tren doblar la curva anterior a la estación, una densa  y pegajosa nube con olor a chicle quemado llegó por las vías. También tenía forma de tren así que, confundido, un hombre-topo intentó entrar por lo que parecía una de las puertas y calló a las vías. Rápidamente, unas máquinas aspiradoras salieron de debajo de los andenes y aspiraron al hombre-topo.  Una señora con un moño de dos metros se acercó demasiado a la nube y se le quedó pegado el pelo al humeante chicle. Uno de los operarios de la estación vino corriendo con unas tijeras de podar y le cortó el moño, dejando una redonda calva en la cabeza de la señora que no sabía si sentirse aliviada por no haber sido engullida por la nube pegajosa o triste por la pérdida de su aparatoso peinado.

 

Por fin el grandioso y rojizo tren de cobre apareció en las vías. Los rayos del sol se reflejaban en él, cegando con una luz cobriza a los pasajeros que esperaban en las vías, los cuales se afanaron en colocarse sus gafas de 3D para evitar males mayores. 

 

Los frenadores profesionales se prepararon haciendo estiramientos. Nada más entrar la máquina del tren en la estación la cogieron cada uno desde cada andén, con manoplas  aislantes para no quemarse con el ardiente metal. Sus brazos se estiraban y estiraban. Uno de los frenadores tenía rota una manopla y le había metido un dedo en la nariz al maquinista. Faltó poco para que se soltara porque, admitámoslo, no es plato de buen gusto meterle a otra persona el dedo en la nariz. A pesar de todo, como buen profesional, aguantó hasta que el tren se hubo detenido, al igual que el maquinista, aunque haciendo grandes esfuerzos por respirar por el orificio que le había quedado libre.

 

Las puertas se abrieron y los frenadores se retiraron a la enfermería a recibir primeros auxilios mientras esperaban la llegada del próximo tren.

 

Me senté en un asiento al lado de una ventana que daba a las cataratas Victoria. Bonitas vistas. Mucho mejor que la última vez que viajé en tren y me tocó una ventana con vistas al estercolero.

 

A mi lado  se sentó el cerdo de la pajarita. Me ofreció su manzana por si quería picar algo durante el viaje. La acepté y él se colocó otra en la boca inmediatamente.

 

El tren se puso en marcha con un poco de brusquedad. El gato sin pelo que iba en la cabeza de la señora salió despedido y aterrizó en la cara del señor de los zapatos de piel de mofeta. Después de darle un par de arañazos y arrancarle la pinza de la nariz de un zarpazo, volvió a su sitio, muy malhumorado.

 

En la siguiente estación se subieron los revisores con sus tigres albinos sujetos por unas fuertes correas de cuero. Iban pidiendo los billetes y se detuvieron un rato a charlar sobre las novedades del mundo felino con el gato sin pelo.

 

Cuando se estaban acercando a mi asiento comencé a sentir un poco de miedo. No me acordaba del hecho de que, al no llevar ropa, no había podido pagar el billete.

 

Los revisores me harían elegir entre ser devorado por los tigres o bailar el casachok. Siempre había detestado bailar y mucho más sin ningún atisbo de ropa que cubriera mi cuerpo. 

 

Los revisores y sus tigres se detuvieron frente al cerdo y le pidieron su billete. Estaba dormido y no se enteraba de nada, así que uno de los tigres le dio un suave zarpazo. Del susto se le cayó la manzana de la boca , la cual rebotó en el suelo y le dio a otro tigre en la cabeza. Parece ser que no le sentó muy bien el golpe porque, dando un salto mortal con triple tirabuzón hacia adelante con dos carpados a derechas, se plantó a escasos centímetros de la cara del cerdo. Todo el vagón aplaudía entusiasmado el gran salto del tigre y unos jueces que había en los primeros asientos enseñaron sus puntuaciones. ¡Un 9,8! Excelente. El tigre lloraba de emoción al recibir la medalla y las flores de manos de unas azafatas bastante feas que habían sido seleccionadas sobre la marcha entre los viajeros. Las prisas nunca son buenas. Para celebrarlo, el tigre se zampó de un bocado al cerdo que acababa de recoger su manzana del suelo. Con la confusión y la emoción del momento se olvidaron de pedirme el billete y continuaron su camino. Menos mal.

 

El viaje era bastante tranquilo y agradable aunque de tanto mirar a las cataratas Victoria me estaban entrando ganas de ir al baño. Además, la siguiente estación era la de los campos de cactus y cuanto más alejado me encontrara de las puertas en ese momento mucho mejor para mi desprovisto de ropa y vulnerable cuerpo.

 

Me dirigí a los lavabos, después de cruzar las arenas movedizas del tercer vagón. Cerré la puerta del baño en el momento justo en que las espinas de los enormes cactus vegetarianos entraban por las puertas y ventanas del tren. Descalzo era más fácil mantener el equilibrio y no caerse en las cuchillas trituradoras que había al fondo de cada agujero de váter. Con las ganas que tenía de ir a jugar al golf sería una contrariedad que me sucediera algún percance.

 

Tras las dos horas protocolarias en el baño (a pesar de haber olvidado vestirme siempre he sido una persona muy educada), salí del lavabo.

 

No se oía nada. Ni una mosca, ni un helicóptero, ni una bomba nuclear… nada. Todo era muy inquietante.

 

Miré por la ventana del vagón y vi que estaba lloviendo. Eso no presagiaba nada bueno. Las gotas de agua, afiladas como cuchillos, atravesaban las hojas de los árboles dejándolos como quesos de gruyère. Las gotas que caían en las vías del tren se rompían en mil pedazos. El ruido de cristales rotos era ensordecedor. La lluvia se convirtió en tormenta y los rayos comenzaron a caer sobre el tren de cobre electrificando todos los vagones debido a la acción conductora del metal. Menos mal que el suelo era de corcho en el vagón donde me encontraba.

 

De repente comencé a oír a lo lejos una musiquilla triste. Esperaba que no fuera… Repté por el suelo como una serpiente en dirección hacia la música. En mi camino me encontré una liebre. Desencajé la mandíbula y me la tragué sin masticar. Debía hacer bien mi papel si no quería que me descubrieran.

 

Según me iba acercando más al lugar de donde venía la música más claro iba teniendo de qué se trataba. ¿Por qué a mí?

 

La música se escuchaba cada vez más fuerte. Pertenecía a un acordeón si mi oído no fallaba, aunque aún lo tenía lleno de arena del vagón de las arenas movedizas.

 

Me asomé al último vagón y confirmé mis sospechas. En la anterior estación habían entrado al tren unos pedigüeños que habían hecho ponerse a bailar, cantar y tocar instrumentos a los pasajeros a punta de pistola. Si no les gustaba cómo lo hacía alguien, le daban pasaporte, y si les gustaba les tenían que dar dinero con el argumento de que alguien con tantas dotes artísticas les podía quitar el trabajo y lo suyo era darles una compensación.

 

Pobre gente. Cómo se afanaban en hacerlo bien. Volví sobre mis pasos y me escondí en el baño. Tendría que tener cuidado hasta que se bajaran en la próxima estación porque, al juntarse dos factores peliagudos (ir desnudo y no tener dinero para pagar a los pedigüeños), no creo que fueran muy amables conmigo.

 

Escuche cómo la música se iba acercando a los baños. Salí de allí y repté marcha atrás para alejarme de esa zona. En el vagón contiguo no me podía quedar porque estaban desgatizando. Qué contrariedad. Se estaba convirtiendo en un verdadero problema esto de las plagas gatunas.

 

Arrastrándome de espaldas (boca abajo se me hacía verdaderamente doloroso) llegué al siguiente vagón. Parecía que, aparte de un grupo de dictadores planeando sus próximas atrocidades, no había nadie más. Era un buen lugar donde esconderse.

 

Cogí una pala y un pico y empecé a cavar. Cuando el agujero fue lo bastante profundo me metí dentro. Allí nadie me encontraría pero… ¡había alguien más!

 

Miré a mi lado y una chica, que, una de dos, o había tenido la misma idea que yo o había pagado muy poco por su billete, me miraba con cara sonriente. Lo curioso es que también a ella se le había olvidado vestirse. Nos presentamos cordialmente. Se llamaba Helena y era terroríficamente guapa y divertida. Olía a magdalenas de arándanos. Estuvimos allí 3 días. Hablamos de muchas cosas, de nuestras vidas y de animales, que eran nuestra pasión. Ella tenía 20 perros, 40 gatos (20 con pelo y 20 sin pelo), 3 ratas y 2 ratos, 5 tigres de Bengala, 3 orangutanes y 2 tiranosaurios rex que, sumados a mis 50 ratones de ojos dispares, mis 10 leones africanos y mis 15 hienas hacían un número bastante decente de mascotas.

 

Además de los animales, teníamos en común muchas otras cosas. Ambos odiábamos a los pelirrojos y, de noche, luchábamos contra el crimen vestidos con trajes de malla roja. Algo muy común pero una casualidad al fin y al cabo.

 

Al final nos entró hambre y salimos de nuestro escondite. El peligro había pasado. Sólo quedaban la mitad de pasajeros. Muchos nos habían dejado tras el incidente de los pedigüeños. No todos poseían dotes artísticas por lo visto. Descansen en paz.

 

Fuimos al vagón restaurante. Estábamos llenos de tierra así que, para disimular, robamos una pajarita para Helena y un tocado para mí. Ya podríamos pasar desapercibidos entre los elegantes comensales.

 

Nos sentamos en la mesa con el cocinero que empezó a prepararnos la cena. Ésta consistía en unas anguilas en salsa que, primeramente, tuvo que pescar por la ventanilla del vagón, trabajo que le tuvo ocupado durante tres largas horas, unos saltamontes con guarnición de grillos, unos glúteos de mandril al ajillo y el postre, un soufflé de pulgón. Todo atrozmente exquisito.

 

Como ninguno de los dos teníamos dinero, secuestramos a los comensales de la mesa contigua y, tras algunas amenazas y torturas (poca cosa) accedieron gustosamente a pagar nuestra cena. Buena gente.

 

Tras la cena subimos al techo del vagón restaurante a mirar las estrellas. Algunas de ellas también nos miraban a nosotros pero no nos sentíamos incómodos, lo hacían con bastante disimulo. Se reflejaban en el cobrizo techo del tren, lo que hacía que todo se iluminara con un extraño resplandor rojizo.  El techo se notaba bastante frío bajo nuestros cuerpos, sobre todo porque seguíamos desnudos. Entonces, Helena me miró y me besó dulcemente. Era el hombre desnudo más feliz del tren.

 

La siguiente parada era la mía. Recordé el golf y las ganas que tenía de ir a jugar unos cuantos hoyos a vida o muerte. Miré a Helena. Bajo las estrellas era aún más terriblemente guapa y tomé la decisión de quedarme con ella para siempre en ese tren de cobre.  Evitando a los sanguinarios pedigüeños y a los tigres de los revisores, atracando a la gente para pagar lujosas cenas de etiqueta en el vagón restaurante e intercambiando miradas nocturnas con las estrellas rodeados de ese resplandor rojizo.

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3 Comentarios
Fecha: Martes, 11 de octubre de 2016 a las 14:09
Pepín
Es un cuento extraño, pero me encanta. Será porque me recuerda algunos cuentos aparentemente absurdos mi de infancia.
Fecha: Jueves, 6 de octubre de 2016 a las 21:02
Abel Beard
Me ha gustado mucho. Un relato muy original y diferente. Me recordó a las novelas de Boris Vian.
Fecha: Martes, 4 de octubre de 2016 a las 04:15
Isabella
Extravagante, surrealista, lleno de humor. Este extraño relato me ha gustado muchísimo.También le gustaría a Lewis Carrol. ¡Bravo, Keops!

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