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Juan José Fermín Pérez
Domingo, 11 de diciembre de 2016
I PREMIO "LAS NUEVE MUSAS " DE RELATO BREVE - obra galardonada con el PRIMER PREMIO

Niebla en el horizonte

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Noticia clasificada en: Artes Artes literarias Narrativa Relatos

Rodrigo pensaba en cometer un crimen. Un secuestro. Lo había considerado varias veces, es verdad, pero siempre se achantaba en el último momento. No esa mañana. Esta vez lo haría.

 

Secuestraría a esa niña.

 

La idea no llegó de repente, como un visitante inesperado. Necesitó varios meses de crecimiento. Al principio, sólo era una chispa, que brillaba y se iba. Con el tiempo, tomó hechuras y algo de volumen. Era un tumor invisible en el rincón más oscuro del pensamiento. Un feto malvado y deforme. Rodrigo intentó abortarla y no pudo. La idea estaba viva, ocupando una amplia parcela de su mente. No dejaba espacio a ninguna otra. Tenía su propia voz, y en los últimos días no paraba de chillar. Hazlo, ordenaba. Hazlo aquí, hazlo ahora.

 

Rodrigo no era un hombre inclinado al delito, aunque su familia no le había proporcionado riquezas ni una buena educación. En las profundidades de Andalucía, los maestros son la azada y el palustre. Allí las décadas no pasan, aunque el campesino lleve un teléfono móvil en el bolsillo de sus pantalones. No mejoran nunca las cosas. Los humildes siempre están abajo, pisoteados por los poderosos, sin más consuelo que un Cristo o una Virgen paseada entre cánticos y aplausos por calles de tierra batida. No conocen demasiados placeres. Aprenden a arrancar raíces o a poner ladrillos antes de manejar un bolígrafo. Se casan antes de los veinte, más por pactos y conveniencia que por sentimiento. Envejecen a los cuarenta, derrotados por el trabajo y la ausencia de cualquier horizonte.

 

Pero son honrados.

 

Para la familia de Rodrigo, aquel era su único orgullo. Su mejor divisa. Lo poco que tuvieron se pagó con sudor y espaldas doloridas. Fueron al Cielo, como todos los humildes, para mirar a San Pedro a los ojos y exigirle que se echara a un lado.

 

Nada de delitos, no. Rodrigo había aprendido esa máxima al viejo estilo, con puños y correas. Las faltas, cuando las hubo, fueron poco llamativas. Algún duro suelto del monedero de mamá, dos o tres cigarros robados a papá. Crímenes tan ridículos que bastaban dos avemarías para eliminarlos de su haber.

 

A sus cuarenta y cuatro años, Rodrigo estaba seguro de tener el pasaporte de entrada al paraíso.

 

Pero allí estaba, pensando cosas malas. En coger a una niña y pedir rescate. Él, que no entendía de crímenes, que sólo los había visto en el periódico y en su televisor de catorce pulgadas.

 

La vida, se justificó, que es así de perra. Él quería ser honrado, pero algo se estropeó por el camino.

 

Todavía se preguntaba el qué.

 

Tal vez el día en el que conoció a Marisa. Ella no le gustaba demasiado, y además olió cierto peligro en el aire —Cuidado, Rodrigo, que esta engancha y no suelta—, pero donde manda la verga no lo hace la nariz. A sus diecinueve años, recién salido del servicio militar, buscaba abrigo en cualquier agujero; y ella era bonita, a su manera, porque no hay mujeres feas a los diecisiete, cuando no asoman varices, no interrumpen las estrías y no se almacenanmuchas grasas. Tenía algunas imperfecciones, ya entonces. Un producto del campo, tan genuino como el romero, las moscas o la mierda de cabra. Su educación estaba un solo dedo por encima del analfabetismo, y seso tampoco tenía mucho. Sin embargo, le gustaba beber y abrirse de piernas, y eso era suficiente. Se casaron seis meses después del primer revolcón, cuando la barriga ya no se podía disimular.

 

Los sapos se convierten en príncipes, si hay beso, y las bodas pueden transformar a los cónyuges en ranas. Ese fue el destino de Marisa. Se levantaba a las once de la mañana, envuelta en sudor y legañas, y veía la tele hasta la noche, con las pausas mínimas para hacer la compra, preparar la comida y limpiar un poco. Rodrigo, machista pero práctico, le sugería en vano que buscase trabajo. Ella tenía un agujero de la mano, si de dinero se trataba, y no escatimaba caprichos.

 

Dos décadas después del Sí, quiero, Marisa superaba los noventa kilos, muy mal repartidos, sólo pisaba la ducha dos veces por semana, y abrazaba la hipocondría como estilo de vida. Coleccionaba síntomas como quien reúne sellos. Los tenía todos y ninguno era leve. Tenía diabetes, infecciones, cánceres y —desde que se aficionó al doctorHouse— media docena de síndromes autoinmunes.

 

, se dijo Rodrigo, tal vez Marisa tuviera algo de culpa. Con otro tipo mujer a su lado, más fuerte, con mayor carácter, que sirviera de motor y no de lastre, quien sabe. Sí, quien sabe... Eso admiraba de las jóvenes. Eran hermosas, eran inteligentes y resplandecían como ángeles. A veces, se imaginaba del brazo de alguna de ellas, iluminado como un apóstol, elevado sobre la miseria y los sinsabores. Libre.

 

Sueños inútiles, claro. Era viejo y demasiado feo. Un señor ancho y bajito, un poco encorvado. Sin cultura ni demasiado sentido del humor. Poco o nada podía ofrecerle a aquellas jóvenes diosas.

 

Luego estaban los niños. Otras carga, Dios le perdonase. Sin ellos sentados en la mesa, todo sería más fácil. Podría estirar el sueldo un poco más y, ya puesto, plantar a Marisa y a su bata rosa, siempre manchada de salsas y helado. Al final, tuvieron cuatro hijos. Después del primero, y no porque usaran protecciones —los prohibía la iglesia—, los demás se hicieron esperar diez años. Llegaron seguidos los tres, con un año de diferencia, como si alguien hubiera liberado una compuerta en el interior de Marisa, y hubieran  llegado más, apostaba Rodrigo, de no ponerle remedio. Se hizo la vasectomía porque, en su opinión, era mejor tener un nudo en las pelotas que en el cuello.

 

Manolo, el mayor, salió al abuelo materno. Era brusco en las maneras, y tenía muy poco apego a la sangre. A los trece años dejó de estudiar para embarcarse, sin permiso, en un pesquero. Ya era grande y envejecido a esas edades, y sus patronos no sospecharon su juventud. Alternó distintos trabajos, sin acercarse nunca por casa, llamando de año en año para decir que estaba bien y que dejaran de buscarle. Lo último que sabía Rodrigo, es que se había alistado en el ejército y que iba camino de Afganistán. Nunca volvieron a tener noticias suyas.

 

Juana era la siguiente y también su favorita. Una copia de sí mismo, más joven y del otro sexo. Nunca sería guapa ni tampoco demasiado lista, pero tenía el tesón de una mula. Siempre aprobaba. Por la mínima, es verdad, y después de pasarse muchas horas con el libro delante, pero aprobaba. Si seguía así, sería el primer miembro de la familia en completar la educación básica.

 

Miguel, en cambio, heredaba el carácter de la madre. Era perezoso hasta en sus ratos de ocio, que limitaba al televisor y los videojuegos. Con nueve años ya le sobraban los kilos. Su futuro, en la España de las hipotecas a cincuenta años, era enquistarse en el salón hasta que la vejez se lo llevara por delante.

 

El más pequeño, Ramón, era flaco y enfermizo. Tenía alergia a diez sustancias diferentes, desde el polen al gluten, necesitaba tres raciones diarias de insulina, y el especialista sacudía la cabeza y firmaba un amplio lote de recetas cuando le examinaba el corazón. Era un problema y también un enigma. Porque sus achaques no le impedían ser el más vivo, tanto de mente como de cuerpo. En el colegio nunca destacaba, salvo en raros destellos, porque según sus profesoras era un niño hiperactivo, además de superdotado. No podía adaptarse a la rutina diaria. Pero allí continuaba, porque su padre no podía pagar ni el psicólogo ni la escuela de talentos.

 

Ni mujer ni hijos, recapacitó. Ni siquiera el puto gato, aquel sinvergüenza que no paraba de comer, que le regaló a los niños en Reyes, a falta de dinero para algo mejor. Los responsables de su situación no eran ellos, sino la rubia de la caja de ahorros.

 

Sí, la rubia de la caja de ahorros. Rodrigo había soñado muchas veces con su escote y con sus piernas, pero no recordaba su nombre. Sólo era la rubia de la caja de ahorros. Una de esas bellezas asépticas y profesionales, como un androide, que atienden al público detrás de un escritorio. Su lenguaje era de otro planeta. Hablaba del Euribor, de los tipos de interés, de tasas y comisiones. Siempre con una sonrisa, blanca y apretada, de lobo preparado para morder.

 

¿Era la auténtica culpable? Bien pensado, fue el propio Rodrigo el que firmó los papeles. Él solito. No quería esperar ni permitir que los precios siguieran subiendo. Algunos expertos pronosticaban el fin de la burbuja, mientras otros señalaban lo contrario. Ante la duda, la decisión más sensata parecía comprar cuanto antes.

 

Marisa estuvo en contra. No estaba el horno para bollos, murmuraba a todas horas. Llegó a comentárselo cuando estaba debajo, a media faena. Las cuotas les dejarían sin la mitad de sus ingresos, y habría que cargar con esa losa durante treinta años. Además, no estaban en malas condiciones. Vivían en piso de protección oficial, construido en tiempos del régimen. Era feo, con muchas grietas y humedades, pero el alquiler no pasaba de los doscientos euros.

 

Discutieron a voces durante algunas semanas. Mucho o poco, un alquiler equivalía a tirar el dinero, gritaba Rodrigo. Llegarían a viejos sin nada, salvo lo puesto. Además, puede que su bloque de viviendas se levantara en medio de ninguna parte a mediados de los sesenta, pero eso había cambiado. Alrededor había empresas, centros comerciales y una estación de Metro.

 

—¿Y qué? —preguntaba Marisa—. ¡Pues mejor!

 

Una vez más, Rodrigo tuvo que explicárselo. El bloque era una ruina, pero se levantaba sobre un terreno muy valioso. Cuando el ayuntamiento hiciera cuentas, no tardaría en mandar a un grupo de hombres con traje, corbata y órdenes de desahucio. ¿Eso quería ella? ¿Agarrarse a las paredes como un percebe, hasta que la sacaran a rastras?

 

Rodrigo se impuso a su mujer y firmó la hipoteca. No tardó en arrepentirse. Los vaivenes del mercado eran bruscos y despiadados. Muy pronto, se vio pagando casi novecientos euros mensuales, más de dos tercios de su sueldo. Empezó a trabajar los fines de semana como guardia de seguridad. Se pasaba cinco días en la fábrica, haciendo turnos de diez horas, y la noche del sábado y del domingo dormitaba en una caseta de obra, cargado de cansancio y de café.

 

Las cosas sólo pueden ir a mejor, se repetía. El refranero patrio le proporcionaba grandes esperanzas. No hay mal que cien años dure, que Dios ahoga pero no aprieta, siempre amanece. Etcétera.

 

Mentiras. Putas mentiras.

 

La bomba inmobiliaria explotó a la hora prevista, y todo se fue a la mierda. Su empresa cayó en las primeras semanas. Suministraba materiales de construcción y, en los momentos previos al desastre, tampoco pasaba por su mejor época. Rodrigo estaba en la primera tanda de despidos. No se molestaron en darle consuelo ni muchas explicaciones.  Después de doce años en el mismo puesto, estaba fuera.

 

La constructora que lo tenía empleado como vigilante también quebró poco después. Así perdió su última fuente de ingresos.Se sumaba a una horda de cinco millones de parados. Su caso era difícil. Con cuarenta años cumplidos, sin estudios, lo rechazaban  todas las empresas. Cada día,dedicaba de nueve a once horas en buscar ofertas, visitar oficinas de trabajo temporal y hacer entrevistas. Sin ningún éxito.

 

Las cartas de su banco fueron cada vez más amenazantes. Los echaron del piso una mañana de octubre, tres meses después del primer impago. Rodrigo intentaba fingir cierta dignidad, mientras Marisa y los niños lloraban. Todo el vecindario parecía haberse reunido para verles marchar. Gestos de consuelo hubo pocos. Morbo sí, en grandes cantidades, y alivio también. Todos ellos agradecían que el desgraciado fuera otro, y no ellos.

 

Con la entrega de la vivienda, la deuda no quedaba saldada. Ni mucho menos. Con suerte, podrían liquidarla en quince años.

 

Se trasladaron a la periferia de Madrid, con el padre de Marisa. El viejo vivía en un tercero sin ascensor. Los días de lluvia, las paredes del ala norte lloraban como niños, y todos los enseres se cubrían de una humedad pegajosa. Por las noches, a menos de cincuenta metros, media docena de prostitutas ofertaban su carne, y las bandas intercambiaban cocaína, billetes o navajazos.

 

El propietario era un incordio. Nunca le gustó su yerno y no soportaba a los niños. Con setenta años acumulados, había enterrado a dos esposas y a cinco hijos. Se dejó gran parte de su capacidad pulmonar en las minas asturianas, algo que le hizo merecer una pensión vitalicia, pero el resto de su organismo funcionaba muy bien, aunque desayunara una copa de whisky, sin hielo ni mezclas, y consumiera dos paquetes de tabaco al día. Llegó a la capital para apartarse de las humedades del norte, malas para su reuma, y para estar más cerca de las administraciones y aseguradoras que, durante seis años, remolonearon para pagarle su pensión. Pero Rodrigo creía que estaba allí para hacerle la puñeta, ni más ni menos. A las seis de la mañana se lo encontraba en el baño, purgando flemas hasta las siete. A partir de ese momento, todo eran tropiezos, voces o murmullos.

 

Rodrigo empezó a beber. Nunca se hundió en las entrañas del alcoholismo, pero siempre le rondaba las fauces. Con un chorro de ginebra, el mundo perdía relieve y colorido. Se quedaba en una película y blanco y negro, olvidada por el público y la crítica. Indiferente. Podía echarse sobre su mujer, con la nariz insensible y el tacto adormecido. No sentir su olor, a medias entre el ajo y la leche agria, ni las arenas movedizas de sus carnes. Soñar. Con una copa en el estómago, no se compadecía de la pobre Juana, en caída libre hasta los brazos de un mediocre que la preñase. No le enfadaba Manolo, un vegetal que criaba grasas delante del televisor, con las energías mínimas para pedir comida, cagarla y sacudirse la picha de vez en cuando. Ya no lloraba sin lágrima, tampoco, por las toses de Ramón y un talento que nunca encontraría tierra donde plantarse.

 

El alcohol era un bálsamo, la madre de todas las medicinas, el elixir de la eterna juventud. Su ruina también, porque le dañaba el hígado y los riñones. Lo advertía el médico, y Rodrigo meneaba la cabeza para indicar que sí, que tomaría medidas. Por ejemplo, no volver a la consulta. A un señor con bata blanca no se le dice que cada día equivale a ser sodomizado, y que el alcohol es el único lubricante disponible. No se le cuenta que la prestación por desempleo se agota  y que, más allá, no hay nada, negro y vacío, la muerte o el delito. Porque ese hombre se dedica a salvar vidas, y hay vidas que no quieren ser salvadas. Sólo necesitan alivio para hacerlas más llevaderas hasta el buscado final.

 

En eso pensaba Rodrigo todas las mañanas, en el banco del parque, con un periódico gratuito abierto, que no leído, a la vista de un instituto de secundaria.

 

Miraba lo que nunca tuvo, lo que no tendrían sus hijos. Un presente, un mañana. Carne joven, salpicada de acné y de aromas agresivos. Libre de formalidad, libre de complejos, libre para vivir como mejor supieran. Bellas también, por qué no decirlo. Eclipsaban las fealdades del mundo, y llenaban la imaginación. Rodrigo bebía juventud, se ahogaba entre sus labios, renacía con un llanto y un orgasmo, limpio de toda mancha.

 

Sueños, sólo sueños, nada más que sueños. Ya no era joven. Un viejo, a ojos adolescentes, y nada más. Bajito y demasiado ancho, escaso de pelo, sobrado de taras. Se conformaba con mirar, y el pensamiento giraba siempre sobre el mismo núcleo. Que el cumplir años no es malo porque se acumulen arrugas y achaques. Se achican los horizontes, eso es lo terrorífico. Cuando se quiere y ya no se puede. Cuando la vida es una estación por la que ya ha pasado el último tren. Cuando todos los naipes están en la mano, son malos, y no quedan descartes. Esa es la vejez. Cuando el alivio y la esperanza sólo existen en la memoria.

 

Así surgió la posibilidad del crimen. Hacer lo impensable, cuando aún quedaba un residuo de energía. Decirle a la tumba que no, que no se entregaría sin un último grito. Romper todas las cosas que no podía reparar.

 

Maduró su plan durante dos o tres meses.

 

Algunos fines de semana, le llamaban para atender un cortijo, en algún punto de la sierra que separa Segovia de Madrid. En tiempos de Franco, allí se criaban los caballos destinados a los poderosos. La democracia estropeó el gusto por la hípica, y la crisis la enterró. Pero el dueño confiaba en el futuro, y siempre buscaba peones para limpiar las instalaciones. No pagaba mucho ni tampoco ofrecía contrato, pero nunca se pasaba por allí. En un par de ocasiones, Rodrigo se atrevió a llevar toda la familia a disfrutar el fin de semana, y nadie llegó a saberlo. Además, el lugar estaba lejos de las carreteras principales. Allí podía esconderse a un prisionero durante mucho tiempo.

 

Conseguir esa víctima tampoco sería muy difícil. Los adolescentes beben y trasnochan, subestimando cualquier peligro. Lo había visto durante los fines de semana, cuando iba o venía de su trabajo como vigilante, a altas horas de la madrugada. Sólo necesitaba paciencia y un poco de suerte, para dar alguien que se tambaleara camino de casa, demasiado borracho para resistirse y demasiado solo para contar con testigos. Un par de golpes, y el escogido acabaría en la parte trasera de su vieja Ford Courier.

 

Cobrar el rescate sería la fase más delicada. Para evitar trampas, necesitaba demostrar que estaba dispuesto a sacrificar a su víctima, aunque tuviera que renunciar al dinero. No toleraría negociaciones ni demoras. Dejaría un móvil en algún sitio, uno de esos desechables de la marca Bic que había visto en algunos supermercados. Desde una cabina, ordenaría a un miembro de la familia que recogiera el teléfono y luego siguiera sus instrucciones. La idea era obligarle a dar vueltas y hacer varios trasbordos por las líneas de trenes de cercanías y metro, y que abandonara el dinero en algún punto del camino, cuando la policía le perdiera la pista.

 

Un plan muy detallado, desde luego. Pero Rodrigo era realista. Evaluaba muy bien sus propios límites. Inteligencia no tenía mucha, y estómago para capturar a una persona, ninguno. Sólo eran las fantasías de un hombre ahogado por su existencia. De un hombre muerto también. Un fantasma encadenado al banco de un parque.

 

Sí, a veces lo olvidaba. De cómo experimentó cinco segundos de dolor, los últimos de su vida, sin abandonar la lucidez ni las amarras. El alcohol, el tabaco y las comidas con grasa le aplastaron el corazón, y pasó mucho tiempo hasta que alguien se diera cuenta que no estaba dormido ni borracho.

 

No olvidaba, en cambio, todo lo demás. El desencanto, las angustias, la monotonía de muchos amaneceres, las pesadillas regaladas por la noche. En vida, detestaba esos malos sabores. En la muerte, eran su único tesoro. Su existencia se comportaba como un eco en un espacio cerrado. Perdía intensidad y colorido con cada sacudida. Muy pronto, cuando se agotaran todos sus recuerdos, desaparecería por completo.

 

Un espíritu es memoria. Rodrigo podría enseñarles eso a las personas que pasaban a su lado sin verle. También era capaz de dibujarles el infierno. Significaba descomponerse sobre una montaña de oportunidades perdidas y comprender, demasiado tarde, el valor de un solo segundo de vida.

 

Como siempre, echó sus recuerdos a la bruma, y volvió a pensar que esta vez sí, lo haría. Cometería un crimen que le permitiese limpiar todos sus pecados.

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9 Comentarios
Fecha: Viernes, 7 de octubre de 2016 a las 12:53
Uge
El relato me parece bastante correcto y muy actual.
Los personajes muy bien descritos, sobre todo el protagonista, que tiene planeado un plan maestro y no sabe si le saldrá bien al final.
Me ha gustado bastante y muy directo
Fecha: Jueves, 6 de octubre de 2016 a las 21:17
Axel
Lectura amena, que te mantiene en vilo. Facilmente podria ser la historia de cualquier familia de hoy en dia. Muy realista y de agradecida lectura.
Fecha: Lunes, 3 de octubre de 2016 a las 20:21
jbeteta
Relato bien narrado que va enganchando desde el principio hasta el fin.
Te hace ponerte en la piel de Rodrigo y pensar si la culpa de todo es Marisa, la rubia del banco, el alcohol… sueños, solo sueños
Fecha: Lunes, 3 de octubre de 2016 a las 10:15
Raquel
Un relato estremecedor. Muy bien narrado, consigue mantener la tensión y emoción desde el principio hasta el final. Se te escapa alguna risita nerviosa, no sabes si de gracia o de espanto.
Fecha: Domingo, 2 de octubre de 2016 a las 16:30
yolymb
Historia que te atrapa de principio a fin .
Fecha: Viernes, 30 de septiembre de 2016 a las 17:50
estr
Me gusta mucho la manera de desarrollar la historia.
Fecha: Viernes, 30 de septiembre de 2016 a las 12:56
oscar
Interesante y entretenido este relato.
Fecha: Viernes, 30 de septiembre de 2016 a las 12:04
marthalch
Un buen relato que te engancha hasta el final.
Fecha: Jueves, 29 de septiembre de 2016 a las 16:58
Isabella
Muy bien narrado el desencanto vital del protagonista

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