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Ricardo Fernández Esteban
Viernes, 23 de septiembre de 2016

¿Hay que conocer las normas para saltárselas?

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Noticia clasificada en: Artes Poesía

Siguiendo estos artículos sobre métrica, vamos a tratar de los paralelismos entre la poesía y otras artes afines, la pintura, la música y el baile, para argumentar si es necesario o no conocer la norma, en este caso la métrica, hasta para saltárnosla cuando convenga.

Comencemos por la pintura por su gran relación con la poesía. Ya en el siglo V a.C el lírico griego Simónides de Ceos dijo que la poesía es pintura que habla y la pintura poesía muda y Horacio en su Ars poetica sentenció “ut pintura poesis” (como la pintura, así es la poesía), además, hasta hay un subgénero poético, la écfrasis, para calificar a los poemas que describen una pintura o un objeto artístico. La inmensa mayoría de los pintores comienzan con una época de escuela donde estudian dibujo al natural, perspectiva, composición, etc. Luego, su pintura puede abandonar lo figurativo y llegar hasta lo abstracto, pero les queda ese subyacente de escuela que es lo que a mi entender ayuda a que un cuadro abstracto sea atractivo por el adecuado reparto de volúmenes o por el tratamiento del color. Sirva como ejemplo Joan Miró, que elaboraba sus cuadros a partir de bocetos con recortes pegados de figuras que iban evolucionando en sucesivas abstracciones hasta llegar a unas formas en las que ya no se reconocía el original, pero quedaba una atractiva composición de volúmenes y colores. Ya que he citado la écfrasis y Miró, estos dos poemas míos tratan sobre uno de sus cuadros y su génesis:

 

 . JOAN MIRÓ. CAMPESINO CATALÁN CON GUITARRA, 1924.
 

Sobre ese fondo azul, la barretina
recuerda los inicios del trabajo. 
No queda mucho más del campesino,
la pipa en llamas y su corazón
que abajo e invertido parece un as de picas.

Pero eres —como siempre— honesto cuando creas,
tan sólo simplificas la idea original
quitando lo superfluo y dejando en la tela
lo que tú consideras importante.

 

JOAN MIRÓ. CAMPESINO CATALÁN CON GUITARRA, 1924

 

Hoy me dejo de historias (tecnicismos),
y me abandono en ese mar azul,
¡qué importa la intención o si su origen
fue un collage de recortes de periódico!

Hoy día ya no intento defenderte
ni discutir con esos detractores
que dicen: “¡eso no, eso es de niño,
me va a tomar el pelo con sus manchas!”

Simplemente me pierdo por tus mares
de colores profundos o de islas,
o en esos cielos de constelaciones,
o en esa simple estrella solitaria,
o en esa raya que interrumpe nada,
y soy feliz mirando..., y eso es todo.

 

De lo anterior, pueden exceptuarse algunos pintores intuitivos, los que suelen denominarse naif, muchos de los cuales pintan lo que sienten sin haber pasado por la academia, pero ya sabéis que las excepciones confirman las reglas y, además, esos naif intuitivos suelen tener un recorrido limitado dentro del arte pictórico.

 

Si nos referimos a la interpretación musical ocurre algo parecido, todos conocemos a alguien que toca de oído, pero en general es preciso un trabajo importante de escuela para dominar un instrumento, aunque luego se quiera dedicar uno a las improvisaciones jazzísticas. El dominio de los recursos técnicos siempre ayuda y es una condición necesaria a la que hay que sumar el arte de la interpretación.

 

Y con la danza algo similar. Los grandes bailarines de contemporáneo llevan en sus piernas mucha barra de academia. Siempre habrá una Carmen Amaya que baile instintivamente, pero la mayor parte de los bailadores flamencos actuales pasan por la escuela.

 

Pues lo mismo ocurre con la poesía. Se puede escribir lo que uno siente y cómo lo siente, desentendiéndose de rimas, de metros y de ritmos. Pero si no hay al menos ritmo, la poesía no suele pasar la prueba del algodón del recitado. Ese ritmo nos lo da la intuición, la práctica o el estudio, pero cuando algo no nos suena bien, la métrica es una ayuda imprescindible para saber el porqué y corregir el entuerto.

 

Se dice que quien no ha escrito un buen soneto endecasílabo rimado difícilmente escribirá buen verso blanco, o sea isométrico, polimétrico o simplemente verso libre. Esos conocimientos de la estrofa clásica proporcionan al poeta un subyacente que le da ritmo al poema y lo distingue de la prosa poética. Sí, ya sé que no todo es blanco o negro y entre la poesía y la prosa hay una tierra de frontera en la que se van diluyendo ritmos. Como siempre repito, por suerte la poesía no es una ciencia exacta y 2+2 a veces suman 5, pero no 25, y una cosa es un poema y otra cosa prosa cortada a renglones, sea buena o mala dicha prosa; o sea, que hay campo para moverse pero no todo vale. Por cierto, cuando he hablado del soneto endecasílabo no he querido decir que haya que empezar a escribir poesía por ahí, hay que empezar con metros fáciles como son el octo o el heptasílabo, para ir cogiendo mano, o a la vez hacer prácticas con esos metros y con lo que nos dicte la inspiración.

 

En resumen, que hasta para saltarse las normas es conveniente conocerlas previamente; si no, uno no se salta nada, simplemente salta al vacío. Mi consejo es, al menos, simultanear la escritura poética libre con ejercicios métricos; para ello, un manual sencillo nos puede ser de gran ayuda, como por ejemplo “La métrica española” de Antonio Quilis. Y como el movimiento se demuestra andando, os invito a leer los próximos artículos en los que voy a ir desgranando los fundamentos de la Métrica poética con ejemplos prácticos.

 

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