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Alonso Pinto Molina
Lunes, 19 de septiembre de 2016
Sólo la convicción es susceptible de asombro

ELOGIO DEL ASOMBRO

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Noticia clasificada en: Ensayo Narrativa

 Cuando me disponía a escribir el título de este texto me di cuenta de la semejanza que guardaba con otro título, El elogio de la sombra del escritor japonés Junichiro Tanizaki.

    En aquella obra el autor pone de relieve la diferencia estética entre Oriente y Occidente y, veladamente, cómo la moral nipona se refleja en su estética y viceversa. Quise buscar otro título pero los demás se ajustaban menos al texto, y por otra parte un parónimo no era razón suficiente para cambiar mi título. Asombro significa "salir de la sombra", y en ese sentido podría parecer guardar alguna relación con el libro de Junichiro Tanizaki, tal como una antítesis. Pero no es así, al menos intencionadamente. Por otra parte, el elogio es ya una forma de asombro. Elogiamos lo que en mayor o menor medida nos ha asombrado, es decir nos ha sacado de la sombra, de la indiferencia. Además, el elogium significaba para los romanos la inscripción en esculturas o tumbas, y no es este escrito otra cosa que la inscripción en la tumba del asombro. El título, pues, era necesario.

 

 Si asombrarse es salir de la sombra, no hace falta decir que el que no se asombra tiene pocas luces. El mundo moderno, sin embargo, parece opinar lo contrario. El asombro se ha convertido en algo así como una mueca de la ignorancia, un gesto infantil con el que nadie quiere verse relacionado. Una de las etapas del ser humano característica por volvernos algo idiotas, la llamada edad del pavo, tiene una especial ojeriza contra el asombro. Los adolescentes, a los que la naturaleza desmarca de la infancia, hacen un esfuerzo extra, casi podríamos decir antinatural, por hacer aún más definida y drástica la diferencia. Su rostro se vuelve aséptico, o se enmascara de indiferencia, porque entiende que para deshacerse de la infancia debe deshacerse del asombro, esa impresión que parece haberle acompañado durante toda su vida como una doble cara. Esta forzada reacción puede tener consecuencias desastrosas y vitalicias. He conocido a personas de sesenta años que mostraban claros signos de la edad del pavo. Más aún: hay claros indicios de que nuestra actual época se encuentra en esa fase; no estamos en la era tecnológica, ni en la secular, ni en la neopagana: estamos en la era del pavo. Y la era del pavo se caracteriza principalmente por ser una ausencia de era, pues carece de fundamentos o principios desde los que empezar a contar, más allá del derribo ciego de todo aquello que una vez estuvo en pie. La postura o impostura de algunos que se hacen llamar librepensadores (suelen querer decir no que piensen libremente, sino que están libres del pensamiento) es la de derribar cualquier cosa culpándolas de estar de pie. Si existe un límite, hay que derribarlo, con independencia de lo que ello delimite, sin examinar previamente si ese límite en sentido ideal es tan importante para el ser humano como importante es para el ser humano el límite material de su propio cuerpo.

 

ELOGIO DEL ASOMBRO

 

    El mundo moderno es escéptico, pero ese escepticismo es antónimo de sí mismo; ya no estamos ante la voz griega σκεπτικοί (Skeptikoi) «el que todo lo examina», sino ante el escéptico que no examina absolutamente nada. Cree estar de vuelta de todo, pero a la vez niega el mareo que debiera resultar de ello. No leerá El Quijote, porque no quiere ensuciarse las manos con algo tan manoseado, ni sentirse rebajado al resto de los mortales alabando lo mismo que ellos. Hablará pestes sobre el cristianismo, aunque solo conoce de él lo que le han contado los que no conocen nada de él; repetirá frases manidas o acusará a cualquier creyente de falta de raciocinio mientras él se limita a expeler afirmaciones o falacias genéticas, balbuceando pensamientos de segunda mano, por lo que no demostrará tener más raciocinio que el loro de un tartamudo. Este sujeto tan representativo de nuestra época se llamará a sí mismo librepensador, pero a la hora de informarse acerca de algo no duda en predisponer la información conforme a su prejuicio, de tal manera que sus convicciones no sufran ningún imprevisto. No escribirá la palabra «cristianismo» en el buscador para informarse imparcial y abiertamente sobre ello, sino que escribirá cosas como «el timo del cristianismo» o «el invento del cristianismo» para entrar a la página de algún monomaníaco como él. Este tipo es de lo más frecuente, y lo curioso es que no se trata de alguien que ya se informó una vez imparcial y completamente sobre un tema, sino que desde que aprendió a leer (a deletrear más bien) se dejó influenciar por la corriente más fácil de nuestros días, que es la de negar y vituperar algo para no tomarse el trabajo incómodo de investigar algo en contra de las propias convicciones. Este tipo de escéptico que nada examina, este tipo de librepensador que se ha librado del pensamiento, repetirá una y otra vez cosas como «los creyentes son seres sugestionados, los creyentes son seres sugestionados, los creyentes son seres sugestionados», sin pasársele en ningún momento por la cabeza que él mismo se está sugestionando, que está practicando el ejemplo más claro de autohipnosis. En realidad, en una profunda capa oscura y polvorienta de su conciencia, sabe que es un perezoso intelectual que ha elegido el camino más fácil, pues es mucho más sencillo repetir esas frases cortas tan cómodas de proferir, que leerse la Summa Theologiae de Tomás de Aquino o el Temor y Temblor de Kierkegaard. Se ríen de la oración, pero sus reiteraciones, estribillos y muletillas no son sino la oración que ellos le profieren a su dios, que no es otro que su propio orgullo.

 

 Y porque este es un mundo escéptico, es un mundo sombrío. Porque nada examina, nada le asombra. Mantiene el gesto de la esfinge y la mirada de soslayo del aburrimiento y la indiferencia. Pero el asombro es una impresión sagrada. El mismo gesto facial que nos produce puede revelarnos algo: tenemos los ojos abiertos, porque salimos de la sombra y entramos a la luz, pero no es la luz directa y cegadora del sol, sino la luz reveladora de lo que el sol alumbra; tenemos la boca entreabierta, como cuando realmente caminamos en la oscuridad con las manos por delante. En el momento del asombro nuestro propio gesto facial parece reflejar que la parte baja de nuestra alma se halla en la sombra, mientras que la parte alta ha salido al encuentro de la luz. Aristóteles escribió en su metafísica que «en efecto, las ciencias tienen siempre su origen en la admiración o asombro que inspira el estado de las cosas». Aquí ciencia se entiende por conocimiento, por gnosis. Su maestro Platón opinaba que el asombro es el origen de la filosofía. Pero creo que Sócrates estaría de acuerdo conmigo si afirmo que el verdadero problema de la falta de asombro es que nos incapacita para asombrarnos de nuestra propia ignorancia. No soy nadie para enmendarle la plana a Aristóteles, pero a mi parecer el conocimiento tiene su origen en el asombro que nos inspira nuestra ignorancia en relación al estado de las cosas.

 

    El mundo moderno ha hecho del escepticismo, que era una transición entre la ignorancia y el conocimiento, una instauración, un estado permanente en el que se siente cómodo porque le deshace de la pesada carga del pensamiento. En la práctica moderna el escepticismo no es la original duda inquisitiva, sino la suspensión in aeternum de ese mismo estado. Se habla de los medios de producción, de los medios de comunicación o de los medios de transporte, pero parece pasarse por alto que el siglo XXI no debería llamarse, si fuera ese el caso, el siglo de los medios por este motivo, sino porque su signo más característico estriba en hacer fines de los medios, ya sean ideales o fisiológicos. Comer ya no es un medio para mantener un estado saludable que nos permita a su vez preocuparnos por otros fines más elevados; comer es un fin en sí mismo. El sexo ya no es un medio para sellar carnalmente y mantener una relación amorosa o para crear una nueva vida, es un fin en sí mismo. El ejercicio físico ya no es un medio para robustecer el cuerpo y prolongar así nuestra vida, dejando más tiempo para alcanzar otros fines, sino que es un fin en sí mismo hasta el punto de redundar en perjuicio de nuestra salud, invirtiendo así su original acometido. En un nivel socio-político, literario, filosófico y antropológico se podría decir lo mismo y dar muchos ejemplos. Basta con una breve mirada a ciertas prácticas a la orden del día.

 

     No hay ninguna convicción, y por eso no hay asombro. La única convicción, la del propio escepticismo moderno, se anula por su propia naturaleza; estar seguros de que el estado escéptico es el ideal, es no ser escéptico respecto al escepticismo. Pero en este caso es la excepción que confirma la regla, y además es un escepticismo demasiado irreflexivo como para estar al tanto de sus propias paradojas. Pese a esa contradicción el estado de letargo se adueña del ser humano. No hay verdadero asombro por la corrupción política, porque no hay una verdadera y profunda convicción por parte de la sociedad sobre su propia incorruptibilidad en una circunstancia de poder similar. Por supuesto que esto se mantiene en secreto, pero no es muy difícil ver bajo un gran porcentaje de críticos y detractores activos a corruptos en potencia que en el mismo contexto de poder actuarían de la misma forma, y que parecen querer apagar con sus gritos la voz que en su interior les susurra esa verdad incómoda. Por supuesto que muchos otros críticos serían coherentes y permanecerían incorruptos ante la posibilidad de la corrupción, pero me temo que no es ni con mucho la mitad de los que pensamos a juzgar por su número.

 

    A esto es a lo que nos referimos los que hablamos de crisis ética y no de crisis económica, conscientes de que la segunda orbita alrededor de la primera. Todo conflicto socio-político y económico se da por añadidura o está supeditado al conflicto ético de la sociedad, y por tanto al conflicto moral de cada individuo. Éste se encuentra en una encrucijada histórica en el que el principio que aún mantiene, aunque difusa, su moral, ha desaparecido a sus espaldas. Han creído posible cortar las ramas y seguir esperando el fruto. Pero la realidad demuestra que conforme la figura de Dios se hace borrosa a las espaldas de la historia, los fines que se derivaban de este principio se hacen borrosos frente a los ojos de la historia. Todo ello derivado de un simplismo intelectual que ha hecho una crítica en bloque de la religión, en vez de analizar atentamente y corregir los aspectos negativos para preservar los positivos, por no decir el fundamental. Pero los positivos se ignoran, y ya he explicado en otra ocasión por qué al capitalismo le conviene que lo ignoremos. Resumido muy brevemente, el capitalismo no tiene principios éticos, y no le interesa que la sociedad los tenga, pues lo semejante comprende lo semejante. Me asombra ver como parte de la sociedad es incapaz de ver la relación entre la secularizacion y la progresiva falta de valores, cuando salta a la vista que no se puede negar el fin y aceptar el medio, ser usufructuario de una moral a cuyo propietario negamos la existencia.

 

    Sólo la convicción es susceptible de asombro. Pero el mundo moderno no tiene convicciones; espera algunas revelaciones científicas que lejos de ser convicciones son constataciones de un hecho o teorías, muchas de las cuales serán refutadas más tarde. No niego que el escepticismo sea útil cuando abre camino a una conclusión, pero cuando la conclusión es el propio escepticismo, entonces uno se está ahorcando intelectualmente con un nudo gordiano. No me arrepiento de haber sido el tipo de persona que se llama a sí mismo librepensador mientras rehúye de todo pensamiento ajeno al suyo. No me arrepiento como no puedo arrepentirme de haber tenido acné; es decir, es una cosa de la edad. Un anarquista de diecinueve años me resulta simpático, pero uno de cuarenta me parece un abuso. El tipo de persona que dice estar de vuelta de todo a menudo no ha ido a ninguna parte, es que su cabeza lleva toda la vida dándole vueltas, lo cual él interpreta como una clara señal de que es un Phileas Fogg sin moverse del sitio. No es que no haya cosas que le puedan asombrar, es que no quiere exponerse a ser asombrado por algo, y el mismo gesto le provoca vergüenza ajena al descubrirlo en otros. Esta asombrofobia, las más de las veces asociada a la imbecilidad de toda la vida, es uno de tantos síntomas de la decadencia moderna que se esconde tras la cortina de humo del esplendor técnico y el apogeo de la frivolidad. Es ya una pena que aquellos niños que le tenían miedo a la oscuridad acaben teniéndole miedo a la luz.


 

 

 

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1 Comentario
Fecha: Sábado, 24 de septiembre de 2016 a las 17:00
Carlos XI
Estupendo!

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