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Ignacio Fernández Candela
Domingo, 18 de septiembre de 2016
La Retro-España sociopolítica del siglo XXI

Orígenes y causas de la radicalización (IV)

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Noticia clasificada en: Ensayo

Sin una intencionalidad de la degeneración económica no puede justificarse una masificación tan a propósito para colapsar el mercado laboral y condicionar con excesos gubernativos la marcha normalizada de la dinámica empresarial y laboral.

4- La desintegración económica como nueva base social

 

    Ninguna referencia de cambio de régimen en un país desarrollado sería válida si la economía fuera un bastión de bienestar para la mayoría de los ciudadanos. Partiendo de esa elemental premisa y coligiendo la existencia de una planificación a corto, medio y largo plazo, tampoco es casualidad que durante los ocho años del socialismo zapaterista se camuflara la intención de desfondar la macroeconomía del país, en tanto existiera una crisis de carácter mundial con el fin de mimetizar el resquebrajamiento económico intencionado como factor clave para dinamitar el equilibrio institucional.

 

    Aunque se deduce en tiempos recientes la confirmación de que ha existido una preponderancia política por desestructurar el plano económico, hubo otros intentos de desestabilización que no sólo son achacables a un mal gobierno o a la incapacidad de reaccionar ante imprevistos que pudieran conllevar una crisis generalizada de la economía mundial.

 

    El socialismo español durante las legislaturas en que gobernó se ha distinguido por su capacidad destructiva arrasando las capacidades económicas potenciales junto a las ya construidas. El desarraigo de la protección económica del ciudadano ha coincidido con el saqueo sistemático de los remanentes junto a la debilitación del tejido empresarial, factor principal de creación de empleo.

 

    No pueden ser casualidades la toma de decisiones económicas contrarias al estado del bienestar que incidiendo en el carácter populista mediante la demagogia,  ha  puesto en peligro la sostenibilidad de lo español abarcando causas generales ajenas al desarrollo económico del país.

 

    A contracorriente del carácter proteccionista que cada país ejerce en defensa de sus ciudadanos, en la España progresista se han dilapidado los viáticos pecuniarios expansionando la dádiva sin contraprestaciones anteponiendo el prisma fingidamente humanitario frente a la responsabilidad social de garantizar el sustento con disposiciones delineadas en defensa de la ciudadanía española.

 

    Siendo tan pragmática la gobernabilidad de un país con esas constantes poco flexibles que condicionan la evolución económica en constante competencia  frente a otras potencias económicas, no se comprende desde el punto de vista práctico la generosa decisión de dar papeles a todos los inmigrantes si no fuera para desestabilizar las pautas macroeconómicas entonces saneadas y halagüeñas y por ende la microeconómicas que terminaron afectando a los bolsillos de las familias, destruyendo el esfuerzo generacional y los legítimos logros de sus trabajadores.

 

    Sin una intencionalidad de la degeneración económica no puede justificarse una masificación tan a propósito para colapsar el mercado laboral y condicionar con excesos gubernativos la marcha normalizada de la dinámica empresarial y laboral.

 

    Medidas de ese cariz conllevaban una intención política en ese plan de corto, medio y largo plazo que se ha ido cumpliendo en un todo integrado siendo las legislaturas socialistas del felipismo y el zapaterismo eslabones de una misma cadena. Un plan preconcebido que paulatinamente ha alcanzado objetivos con el fin último de reconstruir una nación con ventajismo oculto para instaurar un régimen con el que no se comulgó, salvo en apariencia, con la idea prefijada que de cambiar el curso de la Historia como antaño se porfió en la instauración de la causa izquierdista de corte republicano.

 

    Conseguir propósitos de ambición tan taxativos implicaba la destrucción económica del país sobre el que obrar el cambio que con bienestar económico no hubiese sido posible. La necesidad alienta las transformaciones y no sin mucho esfuerzo las indignaciones que tienden a culpabilizar a los responsables de las carencias del pueblo.

 

La Retro-España sociopolítica del siglo XXI    Rodríguez Zapatero se encargó de vaciar las arcas del Estado aprovechando la estampida económica que asolaba al mundo entero, pero la dilapidación de los viáticos fue una estrategia de limpieza social para levantar sobre las ruinas una nueva edificación sociopolítica en connivencia con los extremismos que fueron tomando posiciones cuanto más creció la indignación que alentara un cambio drástico capaz de cuestionar el basamento institucional en que se soportaron los pilares de una democracia cada vez más intervenida por el Estado.

 

  Ni en el ámbito político, legislativo, judicial y menos en el económico, el perjuicio de los supuestos errores ha afectado a un plan generalizado de desestructuración. Un desorden conveniente a los intereses ocultos que ahora sí confluyen públicamente, aglutinando a la izquierda radical de siempre con la izquierda radical mimetizada; la que se mostró moderada en las maneras parlamentarias-no así en la acción política- con tal grado de extremismo aún disimulado que sólo la cortina jurídica impidió ver en su verdadero calibre de daño al conjunto de la sociedad.

 

    El intervencionismo estatal propio de las dictaduras socialistas y comunistas ha sido la sombra alargada pero no concentrada que ha cubierto las cuatro esquinas del país, en tanto se evolucionaba en la apariencia democrática hasta llegado el momento de influir con menos disimulo sobre una sociedad trastocada por reflejos de estímulos espontáneos en realidad forzados por planificaciones calculadas.

 

  Actualmente esa sombra no sólo es alargada sino intensamente concentrada, tanto que España se ha convertido en un sombrajo de sí misma. Mariano Rajoy ha continuado con el exabrupto desarrollando políticas de recorte de derechos y mayor carga impositiva contra la ciudadanía. No debería ser olvidado el viaje a México para entrevistarse con las élites del poder mundial que transformaron de inmediato las intenciones gobernantes reseñadas en programa electoral.
 

 

   Llegados hasta este punto de la disertación se palpa una sugerencia sobre las consecuencias sociopolíticas de hechos causales que bien podría adjudicárseles un propósito concreto y no espontáneo. Así pues podría acuñarse el término de Historia inducida a la constatación de que existe un plan preconcebido que invierte toda la voluntad de cuatro décadas en la obtención de un objetivo al que se orienta de manera unidireccional la cuestión política, jurídica y económica con el fin de influir en última instancia sobre la decisión popular. Puede prescindirse de máquinas del tiempo por inventiva de H.G. Wells y dominarse la incógnita temporal mediante directrices que sólo son visibles una vez transcurrido el lapso, para comprobar la incitación histórica con pretensiones que de antemano buscaban propias ambiciones políticas de índole histórica. 

 

  ¿Es descabellado pensar en una inteligencia previsora que programase una revolución silenciada durante décadas, hasta llegar a la eclosión de esa principalidad de consecución de fines a largo plazo? A tenor de los rastros que ha dejado esa voluntad programática donde cada pieza del puzle encaja mostrando con nitidez la imagen del cambio concebido desde el punto de vista radical, no erraríamos en la apreciación si coordinamos las diversas señas de identidad extremistas que han terminado doblegando la paciencia popular ante el empobrecimiento creciente de sus recursos de subsistencia.

 

  Un término de Historia inducida explicaría esas lagunas de nuestra democracia que han quedado exentas de explicación o responsabilidad penal siendo a todas luces de carácter delicuescente. Una teoría que probablemente explicara muchos vacíos si intentamos entender el devenir sociopolítico no como un hecho espontáneo, sino provocado.

 

  Si fuera así, acuñado el término de Historia inducida, aduciríamos a la programática visión política que ha existido con el último fin de generar un cambio drástico de régimen, mediante la experimentación social de acontecimientos conducentes a provocar diversas reacciones previamente calibradas en un campo de experimentación histórico tan amplio como silenciado.

 

  En esa Historia inducida entraría el influjo medido de una crisis forzada para establecer medidas dirigidas a transformar el conjunto de la sociedad española,  por la potenciación de la disgregación y el descalabro social, desconfiando de los estabilizadores institucionales cuestionados en sus raíces más hondamente alimentadas del consenso democrático; cuestionadas, en definitiva, las bases sobre las que se asienta un régimen monárquico, obstáculo prístino del pretendido cambio estamental.

 

  Para romper un equilibrio institucional es obligada la dependencia económica del ciudadano ante circunstancias que crean la zozobra de la incertidumbre proporcional a la certeza de la decisión por pugnar contra aquello que vislumbra como el origen de sus males. No podría ser de otro modo que de la incomodidad de la circunstancia personal devenga el deseo de la transformación social donde los guías del oportunismo son tratados como gurús de toda revolución que implica el deseo de las mejoras o, en el peor y más frecuente de los casos, el impulso de la venganza contra la identidad de quienes son responsabilizados de lo que aqueja al cuerpo social.

 

  La sociedad de consumo permite la mejora del individuo a la par que deja en evidencia la carencia de quienes sucumben ante el vértigo de una sociedad desarrollada pero elitista, capaz de agrandar las brechas de la clase social cuanto más intenta supervivir el concepto de la comodidad que se paga al precio del empobrecimiento de cuantos no poseen oportunidad de engrosar su capacidad adquisitiva. Del imperio del consumismo se ha originado el estado carencial de millones de ciudadanos que, debido a sus circunstancias económicas, pueden obrar una conversión social de tintes revolucionarios a través de ideologías en defensa de los más desfavorecidos: en realidad reconocidas demagogias que encuentran dimensión renovada en el espectro social del inconformismo, verdadero caldo de cultivo para elaborar un resentimiento sociopolítico de suficiente envergadura como para neutralizar las premisas del bienestar y radicalizar la sociedad que, careciendo de fondos morales, se entrega a las  formas imperfectas de las ideas que, aun demostradamente fallidas, siempre poseen margen operacional para un resurgimiento.

 

  La radicalización, sea de la ideología que sea, obra un parasitismo residual en las sociedades que van dejando por el camino del progreso los lastres de quienes no aguantan el ritmo competitivo de la supervivencia económica y esperan el momento oportuno para eclosionar fuera del orden establecido, toda vez que la inoculación de la rebeldía es una eficaz proclama para atraer a los marginados y fundirlos en un bloque que confronte contra el sistema, por muy equilibrado o constructivo que se haya podido mostrar en tiempos de bonanza.

 

La Retro-España sociopolítica del siglo XXI  Estos cambios drásticos que parecen surgidos de los imprevistos propios de avatares poco previsibles, suelen estar guiados a un nivel inalcanzable para la consciencia pública, por una serie de intereses particulares que repercuten finalmente en el conjunto social. De manera causal se ejerce una presión teórica que luego se cristaliza en la acción práctica que incide en tomas de decisiones populares, influidas por otras previas que son las que verdaderamente rigen el destino del país. De manera camuflada y que subyace en el anonimato hasta que parecen consolidarse cuando cada punto de influjo en esos intereses particulares, es detalladamente pormenorizado en la busca de un resultado concreto que define el devenir sociopolítico y económico de cada individuo y, en definitiva, de cada sociedad integrada a su vez en una sociedad aglutinante, verdadero objetivo del extremismo para transformar desde las bases estamentales hasta el  criterio moralizador del individuo como integrante de una sociedad en franco declive de valores elementales.

 

  Pero no existe una nueva aportación en la intención radical de un cambio. De igual modo que constructivamente se colocan las piezas de un puzle integrador, la conversión social mediante el extremismo inconformista quita las piezas del puzle para confundir la identidad y operar sobre otra nueva que dé un nuevo sentido, otra imagen transformada o distorsionada pero con las mismas partes para recomponer oportunamente otro sentido sin aportar nada nuevo. Siquiera se trata de una renovación de conceptos pues usa los mismos medios económicos que critica para levantar otra forma de entender la proclama de otro sistema, aunque basado en los perjuicios del antiguo. No existe ninguna aportación ideológica sino que se incide en la disensión económica esgrimiendo la lucha de clases. No se brindan soluciones sino resistencia y si ésta vence sería la justificación democrática para imponer el totalitarismo.

 

  Actualmente no es  tan pronunciada la dicotomía entre la dictadura y la democracia porque la tendencia en la evolución política de carácter particularista ha obrado que en las democracias declaradas se tienda a las corrientes cerradas de un totalitarismo encubierto, por la expansión de un marco de leyes multiplicadas en la resta de los derechos ciudadanos;  en tanto la intención dictatorial se ha mimetizado con la aparente democracia, para aprovechar las incongruencias de una libertad cada vez más recortada y promover con ese pretexto a la rebelión, abogando por una soberanía popular real y enfrentada al sistema.

 

  En realidad una misma problemática enfocada desde distintos prismas que aspiran a un control de la libertad democrática que sí necesita de una renovación, pero huyendo de la radicalización, de esa indeseable transformación que induce a la ruina de la base nacional, soportada latentemente en un rastro de infraestructura propio de una potencia económica como es todavía España pese a los muchos males que la diezman.

 

  Bien saben los que lo pretenden que no existe mejor modificación estructural de una sociedad que empobrecer el bienestar de la clase media abismando la capacidad adquisitiva de los ciudadanos en los extremos de la abundancia y la carencia.  Una tabula rasa que caracterice a la mayoría para depender de medidas estatales que conviertan la resta de libertad económica en la virtud democrática, tal y como preconiza la revolución socialista donde los dirigentes arengan con el populismo en tanto se enriquecen sin el pueblo.

 

  Cualquier excusa sirve para demonizar el capital privado y engañar a la ciudadanía sobre las virtudes de la socialización, tal y como se repite constantemente el modo de ejercer la política cuando se aborrece la libre competencia. No existe mejor oportunidad de reestructuración que negando esa  libre competencia y reorganizando una repartición de los recursos cuyas migas contentan a la ciudadanía que termina adorando sectariamente a los amos que  las lanzan. Un fin socialista que se busca radicalmente, aprovechando el declive de millones de personas que conforman una nueva clase social por la manipulación económica, como primera premisa para la reordenación institucional. Tal y como se está demostrando en la Retro-España del Siglo XXI.

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