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Juan G. Campal
Domingo, 4 de septiembre de 2016
El Carmen de la Victoria

Paraísos terrenales de este apátrida

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Paraísos terrenales de este apátridaPor más motivos políticos y mafiosos que haya y bien podrían, sobradamente, inspirarme un “camino a Apatridia” prefiero hoy regatearles el embargo de mi ánimo y fortificarlo haciendo un leve inventario —y contradictorio con mi vocación apátrida—de paraísos españoles que visito o habito, podría decir, regularmente, en mis tiempos de asueto.

 

Bien se que no haré más que ponerle punto final al texto o, lo que será peor, al correo de envío, y se encenderá en mi memoria algún paradisiaco lugar más, mas no por ello he de dejar de escribir sobre los que presentes hoy tengo, sobre los que ahora me ocupan y habitan y regocijan. Comenzaré desde el más alejado al que me acoge para esta escritura.

 

El Carmen de la Victoria, inserto en el granadino barrio del Albayzin y enfrentado a la Alhambra, y en el que me refugié, nuevamente, este verano, tiene para mí la gran ventaja de que representa la ciudad, el barrio, el paradisiaco lugar en el que, sintiéndome extranjero me siento bien acogido. En ellos, Carmen, barrio y ciudad, contadas son las distracciones que de ellos mismos me sustraen, pues pocos son los saludos que he de dar o responder más allá de los que dicta la cortesía y buena educación, ya que mínimos pueden ser los saludados, distinguidos, conocidos o amistades que allí me puedo encontrar en las madrugadas y noches en que salgo del Carmen a pasear el Albayzin, el vecino barrio del Sacromonte o a la ciudad y más que nada movido por mi gusto por el callejear, el flamenco y los edificios civiles. La mayor parte del tiempo es en el Carmen lectura, escritura e intensa experimentación sensual ante la inmensa belleza que él guarda y que lo rodea. Nunca mis sentidos se muestran más útiles y alborozados que en él.

 

Bocamar, que es el nombre con que disimulo u oculto el topónimo cierto del pueblo asturiano que he adoptado como cofre de mis soledades, recogimientos conmigo mismo y lugar propicio a la sencilla contemplación de las cosas del vivir, lecturas y escrituras (opiniones periódicas hubo con el título genérico de “Desde Bocamar”), lo es porque en él, contemplando su mar o su ría o cómo, ante mi privilegiada ventana, ambos se hacen a ritmo de marea y vaivén uno u otra, otra o uno; y porque allí descubrí mi íntimo gusto por el “maría” en que, ahora, se prolonga mi nombre primero; porque allí decidí su adicción y uso, prolongándome en mar y en ría, en maría, haciéndome Juanmaría. Volví a él y lo adopté después de muchos años, pues lo conocí púber. Y a mi regreso, en él me recordaron mis puberales trasterías y así pude atesorarlas, recobrarlas, para mi desastrosa memoria. Cómo no va a ser este Bocamar memorioso, reconciliador y balsámico paraíso para este desmemoriado, poliédrico y contradictorio hombre.

 

Me he alargado yo, se despereza la ciudad y se imponen ya, en este urbano y franciscano paraíso leonés en que escribo, los dominicales ruidos. Bien me viene, no crean, pues así guardo para próxima misiva los otros dos paraísos hoy en mi presentes: Felechas y La Omañuela. Quizás, seguro, más retornarán a mi débil memoria. Mas, unos y otros, serán motivo para darle esquinazo a esa tozuda realidad nacional que tantas veces me conduce, ¡Ay, España!, camino a Apatridia.

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