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Ignacio Fernández Candela
Viernes, 2 de septiembre de 2016
La Retro-España sociopolítica

Orígenes y causas de la radicalización (II)

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Noticia clasificada en: Artes Ensayo Humanidades

La radicalización del concepto político ha sido la constante en la que se ha desarrollado el propósito encubierto de la democratización que para algunos ha resultado un parapeto disimulado con el fin de planificar estrategias paralelas manejadas con máximo secretismo.

2- La normalización del credo radical

  

     El extremismo imperante de la actualidad no es una tendencia alimentada desde la consabida radicalidad de lo ultra identificado, sino el fruto que germina de aquellas semillas escondidas que se esparcieron en la intención de usar como simulador el acuerdo constitucionalista para consumar planes a corto, medio y largo plazo que se han ido cumpliendo, a modo de agenda histórica, con el objetivo primordial de reverdecer ambiciones políticas que antecedieron al franquismo.

 

    Nuestro presente podría ser la culminación de unos esquemáticos propósitos que debieron originarse con perspectiva de largo plazo, a medida que transcurrieron los años, obrando un cambio político en sus orígenes inadvertido pero con previstas consecuencias, guiadas sobre la marcha con un horizonte tan concreto como puede ser  la instauración de una tercera república.

 

    Siendo así el busilis de la mira, ahorraríamos vacuos debates sobre la trasparencia de la intención política retrotrayéndonos a las significativas señales que se advirtieron inequívocamente en el discurso político de Rodríguez Zapatero al poco de llegar al poder mediante la clara manipulación política —a manos de Alfredo Pérez Rubalcaba el 13 de Marzo— y mediática que supuso de oportunismo nada tangencial la masacre del 11-M.

 

La Retro-España sociopolítica

 

    En el Congreso de los Diputados el entonces reciente Presidente de Gobierno español no se fue por las ramas del debate discursivo, cuando se pronunció en el objetivo de la conformación de una III República toda vez que esa defensa de cambio de régimen fue proclamada en medio de un Pacto del Tinell que supuso aglutinar las fuerzas políticas de la izquierda con el fin de aislar al partido de la oposición que representaba media España.

 

    Si hasta entonces la radicalidad era identificativa por el credo consabido de la iniciativa de rupturas con el orden establecido, de aquel discurso emanado de un secretismo que aislaba el conjunto político tras la influencia constitucional, se generó la aceptación del pensamiento extremista como modus operandi legitimado desde el poder, para conseguir propósitos divergentes ante los que hasta entonces habían sido aceptados como propios de lo institucional desde todos los pareceres ideológicos.

 

    La pontificación de lo extremista surgió de una voluntad que sólo pudo ser eficaz desde la influencia oscurantista de un poder ejercido en la misma línea de como fue alcanzado. Después la dinámica consistió en obrar con los mismos caracteres de suficiencia democrática, imponiendo barreras ventajistas contra el resto de las formaciones políticas y la ciudadanía que fueron víctimas de un engaño donde, el tiempo lo ha demostrado,  nada fue dejado al albur de las improvisaciones.

 

    La idiosincrasia de lo español ha sido decisiva para satisfacer designios extremistas que en otros países no hubiesen sido posibles, no por el trasfondo implícito del pensamiento político desde sus propias características o argumentaciones sino por la forma usada para imponerlo.

 

    El español muestra las mismas emociones cuando protesta por lo que le disgusta como cuando alaba lo que le contenta pero, en ambos casos, el olvido racional es preponderante a la hora de regir los juicios de valor que pueden influir su destino a corto y medio plazo. La invocación de la Justicia es efímera como la reivindicación de los derechos. No sólo es la indolencia del individuo lo que trasciende a la expectativa de su satisfacción como ser social, sino que depende de la indolencia para influir sobre los otros individuos en que depositar el conjunto de las responsabilidades para defender la claridad de criterio o disentir de lo impuesto, por mucha confusión que genere o perjuicio el abuso de poder. La permanencia del olvido es factor indispensable para comprender cómo hechos tan perjudiciales contra un Estado de Derecho han sido consentidos por aquellos que lo conforman como entidades personales y sociales tendiendo a la disociación del recuerdo racional y emocional. El carácter español de la indolencia ha permitido excesos que luego han transformado la realidad sociopolítica, con mayores perjuicios acordes a los mayores olvidos de los mismos afectados por la corrupción encubierta que ha influido en los destinos radicales asumidos sin resistencia.

 

    De esa innata capacidad que se genera en lo individual y degenera en lo colectivo, se propicia la aberrante indefensión incluso para evitar someterse a disposiciones alejadas de la supervivencia como país, dejando lo español que las incongruencias soporten la coherencia vital que debería desempeñarse como responsabilidad primera para mantener una identidad nacional, como sucede con la inmensa mayoría de los países en el mundo.

 

    La idiosincrasia común a todos los españoles, provengan de la provincia que provengan, es la causa de que no exista interés por el recuerdo histórico olvidando así los males que surgieron de errores intemporales que no se desean recordar.

 

    No hay memoria para el presente diario como tampoco para el presente histórico y ello facilita que las tendencias políticas de cariz radical arraiguen en una memoria colectiva de carácter instantáneo y parco en la reflexión. Un espacio muy a propósito para las siembras de ideas extremistas que se fagocitan por la sociedad sin reparar ni en el origen de la intención política ni en las consecuencias; todo ello implícito en la errática historia que aleccionaría sobre los males a evitar, si hubiese interés por comprender el coste de la convivencia que se ha mantenido en libertad durante cuarenta años.

 

    Lo extremista conforma esa parte de anuencia que el español practica por comodidad y sin reparar en las nefastas consecuencias que pueden influir desastrosamente en su identidad nacional sin asumir el costo de su individualidad como ser social. La otra parte que consiente el extremismo es la intención que los perjudicados no parecen querer ver por temor, a modo de avestruz impresionable  al que la cabeza le sirve como enemigo de sus sentidos en alerta sin un mínimo de coherente instinto de supervivencia. El carácter español es así de abandonado e irresponsable que se queja sin tomar en cuenta la defensa de sus vitales intereses para luego olvidar.

 

    Si se tratara sólo de una teorización psicológica del español no se contemplaría la urgencia que debería conllevar una reacción antes de que el extremismo pase de la normalización a la institucionalización. Un riesgo factible mediante la misma irresponsabilidad que conlleva el olvido cuando los ciudadanos se acercan a las urnas para elegir sus destinos. Sin memoria implícita en todo sentido de supervivencia, la actitud de responsabilidad social es nula dejando que el mensaje radical cale en lo más reciente de un recuerdo influido por la inmediatez, sobre un acto reflejo tan irracional como el olvido de lo trascendente que marca el sino de los cuatro años de su próxima  vida.

 

    En España el sistema electoral está muy a propósito concebido para el español pese a la universalidad de sus reglamentaciones. A lo olvidadizo llega a propósito el recuerdo imanado de las campañas que proclaman lo reciente del mensaje sobre la pizarra en blanco del elector que se deja guiar por los cantos de sirena que prometen en la demagogia lo que ante los ojos del desmemoriado se convierte en la solución de sus problemas cotidianos. Así cada cuatro años sin memoria autocrítica, la que le haría consciente de esa indiferencia que durante la legislatura le domina de manera irremediable el ciudadano se entrampa con el cebo de la promesa incumplida. ¿Cuánto más de esos extremismos que basan las resoluciones en los consejos malhadados que han llevado a la ruina a países otrora prósperos como Venezuela?

 

    Si de algo determinante ha carecido estos últimos años España ha sido de buenos guías que miraran por el bien del país en vez de por los intereses contados y concretos de las dispares ambiciones políticas. Un punto concomitante de avaricia política que aprovechando la debilidad del sistema ha enriquecido a los representantes que han hecho de la política un feudo particular. Así del descontento ante el descaro manipulador de los beneficiados por la prebenda se ha advertido un foco potencial donde sembrar lo radical como acción consentida hasta por el ciudadano más moderado en sus planteamientos sociológicos. Cuestión que no importa a la ideología extremista porque accede a la normalización de un credo político antes inaceptable sembrándolo sobre quien denuncia los despropósitos de lo establecido sin reparar en los que están por establecer.

 

    El único modo de consentir que llegue un pensamiento extremista en quien antes lo consideraba así como acción política, consiste en transigir con la novedad del mensaje sin considerar el origen de donde proviene. De esta forma el marxismo leninismo, el comunismo, el fascismo o el socialismo castrista o bolivariano poseen la oportunidad de emerger sólo contraponiéndose a lo que se denuncia de manera ajena vivificando causas llamadas revolucionarias que obvian sus peores consciencias históricas y actuales.

 

Pacto del Tinell

 

    La indolencia no sólo ha propiciado la intensidad de la voluntad extremista de corte izquierdista  camuflándose con la constitucionalidad convencional que ha dirigido nuestra democracia, sino que ha causado un incremento del intervencionismo estatal por parte de corrientes liberales que han distraído las principales premisas de las libertades individuales en cuanto al progreso de la sociedad, el establecimiento de un verdadero Estado de Derecho con igualdad de los ciudadanos ante la Ley y en función de ello un marco mínimo de leyes que se ha expansionado sobremanera contradiciendo los postulados moderados y contrarios a la estatalización de las libertades con el poder recayendo, teóricamente, sobre la soberanía popular.

 

    El extremismo radical no se habría propagado con semejante facilidad no sólo si el español fuera consciente de la responsabilidad que conlleva la memoria de sus inconformismos, sino también el liberalismo hubiese sido fiel a sus principios una vez constituido un gobierno que no hubiese seguido la estrategia oscurantista del zapaterismo estando en Mariano Rajoy la oportunidad de romper con el proceso de ruptura democrática iniciada por Zapatero a favor de los múltiples  adversarios del todo nacional.

 

    No podrá entenderse el presente en que se ha normalizado lo que antes se diferenciaba de la convivencia en buena lid del proceso democrático, si antes no se advierten las verdaderas causas de ese proceso donde se reconocen los factores inherentes de un programa de radicalización generalizada de España.

 

    Se percibe la brisa que podría traer futuros vientos huracanados pero se pretende ignorar de dónde vienen y hacia dónde quieren llegar. Un mal propósito ignorar los males que influencian de manera irreversible el programa de desintegración que da por finiquitada una etapa constitucionalista auspiciada por una monarquía parlamentaria. Existe una declaración de intenciones que ha arraigado ante el asentimiento de una voluntad popular encauzada a canalizar la indignación sin valorar las verdaderas oportunidades de solución que no ofrecen los que rastrean el descontento para legitimar un poder que justificaría la entronización de lo radical mediante la certificación electoral.

 

    No puede comprenderse la aceleración de un proceso de radicalización que no se dio en tres décadas sin remontarnos a la presidencia de Rodríguez Zapatero que manejó los criterios constitucionales al antojo de los intereses secesionistas, hasta el punto de fusionarlos con el concepto democrático que antes muchos intentaron destruir.  Y si no es comprensible el raudo programa de desintegración hasta el extremo de cuestionar la estabilidad institucional arremetiendo contra la Corona, menos sería coherente no considerar la causa primera del advenimiento del cambio mediante una matanza que diez años después se ha convertido en la mayor prueba testimonial del porqué de esos hechos luctuosos que bien puede decirse cambiaron, de manera nada casual, los designios sociopolíticos de un país antes estable y prácticamente sólido en sus raíces estamentales.

 

    El extremismo normalizado surtió su efecto desde el poder absoluto, de otra manera no hubiera sido posible sin aquella fecha de Marzo que se convirtiera en un pistoletazo de salida en una carrera que dura diez años y dejó de entrada 192 muertos. Aquel extremismo incipiente que se alimentó desde un poder guardando todavía la falsa apariencia de lo moderado, es el que aspira al poder pretendiendo acabar con la moderación gubernativa y subyugando los valores constitucionales que hicieron posible la Transición y cuarenta años de consenso democrático.

 

    Resulta paradójico que una memoria histórica pregonada por un revanchismo del todo incoherente, aspire a gobernar un país desmemoriado que se ha radicalizado sin consciencia de ello por carecer de ese instinto vital que mantiene la salud de cualquier país.

 

    El discurso radical se ha impuesto y sus comunicadores lo van a recordar permanentemente para que no se olvide en esta situación históricamente oportunista, como lo fue siempre en otros momentos históricos de España que no sirvieron de lección para no repetir los mismos dislates que hoy cometemos. (Continúa)

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