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Santiago Pérez Malvido
Domingo, 11 de diciembre de 2016
I PREMIO "LAS NUEVE MUSAS " DE RELATO BREVE - OBRA FINALISTA

Estaca de Bares

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Noticia clasificada en: Artes Artes literarias Narrativa Relatos

 

Bajaba la cuesta en dirección al muelle cuando me crucé con Genucho. Venía el hombre con la expresión descompuesta, algo raro en él, pues ya había visto en su vida más sucesos extraños de lo que le restaban por vivir, si es que aún esperaba contemplar alguno. Se paró al verme, un poco para tomar aire y seguir ascendiendo la cuesta, pero sobre todo para aligerarse de la congoja que cargaba en las entrañas. Iba a la Iglesia en busca del cura. Si no andaba más deprisa era porque a su edad las piernas no le respondían para correr. El asunto tenía urgencia extrema, era necesario salvar un alma, me dijo. Quise preguntarle qué había ocurrido cuando ya se despedía de mí y emprendía el camino hacia la casa del cura, situada al final de la calle, unos metros más arriba de la pequeña iglesia en la que, a esa hora de la tarde, empezaban a arremolinarse las viudas, vestidas de un negro abismal, para la misa de las ocho.

 

— Con un poco de suerte lo cojo en la puerta antes de que entre en la sacristía— dijo, sin que se hubiese relajado ese rictus de angustia que le desfiguraba la expresión habitualmente serena de su rostro.

 

Así que proseguí el camino al muelle algo intrigado aunque sin alarmarme. En un pueblo tan pequeño, a veces se salen los asuntos de madre con demasiada facilidad y la gente inventa cuentos e historias en las tascas sin el menor crédito, ni Dios se cree eso se suele decir por aquí. En más de una ocasión había tirado del hilo y lo que hallé en el anzuelo era más sapo que bonito. Y mucha maledicencia contra los vecinos. Y no es que a los paisanos les guste exagerar —aunque fanfarrones siempre hay—, creo que lo hacen por aburrimiento, por entretener el tedio y entreverar la rutina de una pizca de imaginación que la haga más llevadera. Siempre pensé que no eran necesarias esas fantasías, que la vida cotidiana es a menudo extraordinaria, si bien es cierto que se inclina con frecuencia a la tragedia. Las suyas, en cambio, socarronas y mordaces, alegran los momentos previos al abandono de la noche y el sueño. Pero lo que había sucedido no se prestaba en esta ocasión a ese consuelo.

 

Al doblar la esquina vi a un grupo de personas arremolinadas frente al Garampín, uno de los bares cercanos al muelle, abierto justo al lado del local de la Cofradía de Pescadores. En el suelo, en mitad de aquel círculo de curiosos, un hombre sujetaba en su brazo la cabeza de una mujer. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad, casi con ansia. Sin embargo su rostro, ajado y envejecido por los años, parecía impasible y frío. Mientras la miraba, la mujer hizo un leve intento de separar los labios, intento vano pues temblaban levemente sin llegar a abrirse. El hombre que la sostenía le acercó un vaso con agua y los humedeció un poco, pero aquel paliativo no tuvo ningún efecto aparente. Alrededor, entre los hombres que formaban el corro, las palabras se sucedían en una letanía de frases conocidas.

 

— Es que no se sabe nunca cuando te llegará la vez— dijo uno que miraba a la anciana desvanecida con cierta solidaridad comprensiva.

— Han ido a avisar a la hija, que trabaja en la fábrica de conservas— dijo otro, como justificando su presencia de testigo inútil.

— No somos nadie— susurró un tercero.

— Yo la conozco. Y a su hija, Julia. Las dos se llaman Julia.

 

Algunas cabezas asintieron, mientras el incesante rumor y los comentarios espesaban la guardia.

 

— ¿Viene o no viene esa ambulancia?— gritó de repente el hombre que sujetaba en su brazo la cabeza de la anciana.

 

Todos dejaron de murmurar. En el pueblo no había ambulancia. La habían llamado a su base, al otro lado de la ría. No era posible contestar a esa pregunta.

 

— Han ido a avisar al cura — dijo otra vez el mismo testigo inútil, rompiendo innecesariamente el silencio que el grito del samaritano, sin pretenderlo, había impuesto alrededor.

— Ayúdenme a llevarla dentro.

 

La hija llegó corriendo de la fábrica de conservas sin haberse quitado el delantal manchado de aceite y restos de pescado. Cuando vio a la madre tumbada sobre una de las mesas de la taberna los hombres se apartaron un poco para que pudiera acercarse. La joven le agarró la mano y empezó a susurrarle al oído "nay", "nay". La mujer abrió los ojos, grises como nubes de invierno. Intentó separar los labios para hablar, pero no pudo. Parecía faltarle el aire. Alguien acercó el vaso de agua a la joven y la anciana logró beber un poco del líquido, que pareció vivificarle aquellos últimos instantes que la vida le concedía.

 

 — Julia, hija. Nunca quise decirte la verdad. No quise hacerte daño.

— Calla, mamá, pronto llegará la ambulancia.

— No, Julia, no quise hacerte daño. Por eso te dije que tu padre murió ahogado. Pero no es verdad.

 

La joven miró al hombre que estuvo ayudando a la moribunda. Éste pareció entender el instante y la súplica de aquellos ojos azules y de inmediato pidió que se apartaran todos hacia atrás, que dejaran a ambas mujeres solas.

 

La anciana se llevó una mano al mandil y extrajo una fotografía en blanco y negro. Era el retrato de dos jóvenes sonrientes, un hombre y una mujer de apenas veinte años.

 

— No espero que le perdones... Ni a mi.

 

La mujer calló y dejó de respirar. La hija le sacudió los hombros mientras la llamaba de nuevo, "nay", "nay",  y un aliento seco y gris, como de ceniza, salió de su garganta y le hizo apartar el rostro. Detrás de ella oyó a un hombre que decía "ya estoy aquí, ya estoy aquí" mientras entraba por la puerta de la taberna, pero ella no llegó a verlo.

 

II

 

La enterraron en el cementerio viejo, sobre el acantilado que enfrenta al mar un alto muro en el que descarga su furia indómita. Hasta allí abajo llega la procesión el 16 de julio, las traíñas de madera y otras más modernas, allí paran los motores y arrojan coronas de flores en el agua. Flotan en la superficie oscura y azul como señales rojas, blancas, amarillas. Flores que recuerdan a los hombres que se llevó la mar. Julia siempre iba ese día a la procesión, se sentía obligada por la ausencia de su padre. Siempre creyó que era uno de aquellos desaparecidos que las mareas rara vez devuelven en esta geografía indómita y respetable de montañas medio sumergidas.

 

Ahora, mientras introducían el féretro en el nicho y tapaban el hueco con cemento, desviaba la mirada hacia las flores ofrendadas a otras tumbas, y las veía, sin querer, flotar en el agua azul del verano. "Ahí abajo está él", pensaba cuando era niña, pensaba cuando creció, pensaba convertida en mujer, "Ahí abajo está él".

 

Alguien la sujetó del hombro y le dijo que todo había terminado. Suavemente sintió que la empujaban por el camino hasta la salida del camposanto. En medio del silencio, se oía cómo retumbaban las olas al enfrentarse a la pared de granito del acantilado. Aquella furia oscurecía todas las palabras, ensombrecía las bocas de mujeres y callaba a los conocidos que la acompañaban en el camino de regreso.

 

Después, quedó sola en la casa.

 

III

 

La fotografía mostraba un nombre escrito en el reverso. Notó con familiaridad  la letra de su madre. Desvelaba al hombre que era su padre y que se había negado a serlo todos los días de su vida. Lo conocía desde que era niña, desde que tenía conciencia y recuerdos. Y estaba vivo, siempre lo había estado. Era el mismo hombre con quien se cruzaba cada mañana de camino a la fábrica, el mismo que le decía buenos días con un gesto amable y familiar, que a veces se paraba a preguntarle por la salud de su madre o por cualquier otra minucia cotidiana, las goteras esporádicas de la sala de estar, la bondad de la última marea o le preguntaba por la calidad del pescado que entraba a la conservera. Quería a aquel hombre desde hacía años, desde que era pequeña, aunque nunca supiera, hasta ahora, que era su verdadero padre. Recordó que al llegar la Navidad les traía siempre una botella de vino dulce y una cajita de frutas escarchadas. Y nunca faltó su regalo el día de Reyes.

 

¿Cómo enfrentarse ahora a la certeza de saber que era su padre, a la certeza de su silencio? Si hubiera sabido que era él, se decía. Todos estos años preguntando al vacío cómo era, imaginándolo con las palabras de su madre y el cemento del cariño que nunca pudo demostrarle. Siempre estaba en Gran Sol o en la costera del bonito. Cuando era niña asentía y esperaba con ilusión su regreso. Luego, al crecer, al aprender a pensar, las preguntas se quedaban flotando en el aire, sin respuesta. ¿Por qué nunca estaba en tierra? Y su madre le contestaba que habían ido a vender a otro puerto y que enseguida zarpaban de nuevo, sin días para coger un autobús y acercarse a verlas. Pero con el tiempo no fue posible justificar la ausencia y las respuestas acabaron siendo increíbles. Entonces, ahora comprendía, su madre se inventó una verdad. Se justificó diciendo que no  quería hacerle daño y por eso había callado. El barco de su padre se hundió. Él desapareció en el fondo del Cantábrico.

 

Sola ahora en casa, Julia llora. Y recuerda su llanto de aquellos días. Recuerda haber odiado la verdad.  Lo que recordaba, lo que tanto odió, no era más que una gran mentira.

 

Dos días después del entierro volvió a la fábrica. En el mismo sitio de todas las mañanas se cruzó con él. Lo vio venir desde lejos, imaginó que le ofrecería la misma sonrisa de cada día y se encaminó a ese encuentro sabiendo que, quizá, esa mirada, le dolería en el corazón. Tuvo pánico al pensar en la posibilidad de que él se parase y le hiciera preguntas, ¿cómo estás? o así. Ella había muerto y eso había cambiado algo en el orden universal de las cosas. Debería haber cambiado algo, pensó. Lo vio venir caminando en su mansedumbre, apoyándose en su fino bastón de caña, dando pasitos lentos y mirando al frente. Pero no sonreía. Cuando se cruzaron, él hizo el intento de detenerse a hablar con ella. Julia agachó la cabeza y pasó de largo sin devolverle el saludo. No quería preguntas, no eran necesarias más palabras. Hay abismos que, una vez abiertos, son infranqueables.

 

Ya en la fábrica, mientras arranchaba mecánicamente trozos de pescado y latas de conserva, no podía apartar su pensamiento de aquel hombre y de su madre.

 

Durante varios días evitó su encuentro, incluso cambió el camino habitual por el que se dirigía a su trabajo, tan solo por no cruzarse con él, por no verlo. Era muy viva su imagen en el recuerdo, había sido parte de su vida y, sin embargo, ahora no encajaba en ella. Como si hubieran trastocado el significado a las palabras que conocía y con las que tenía que vivir a diario. Poco a poco el dolor y la perplejidad se fueron asentando como un río sedimenta en su estuario. Y con la calma, comprendió más y mejor. En un pueblo tan pequeño, donde todo el mundo se conoce, a veces es mejor no saber. Probablemente ella habría tomado la misma decisión que su madre: no decirle a nadie de quién era el hijo que llevaba en su vientre. Mejor que la gente pensara que era madre soltera a que se supiera la verdad. Comprendió así el silencio, por qué a veces hay que callar para no hacer la vida más difícil. E imaginaba que, aún sin decirle a ella quien era su verdadero padre, ellos se habían seguido encontrando, haciendo el amor a escondidas, comiéndose con los ojos en las reuniones familiares, buscando la ocasión de un lugar escondido, el único posible para un amor secreto. Secreto también para el fruto que nació de él. Sí, la comprendía. Ella también había conocido el amor. No había nada que perdonar.

 

Al día siguiente Julia cogió el coche y condujo hasta la Estaca de Bares. Aún se veían los esqueletos de los viejos molinos de energía eólica y las barracas del observatorio norteamericano, ya abandonado. Aparcó en el camino que lleva al faro y echó a andar. Pasó junto a la casa del farero y dejó atrás la luminaria. Hacía mucho viento, pero era un día transparente. Las nubes pasaban rápidamente por encima de su cabeza. Al llegar al final del sendero se sentó en una roca y dejó que el aire le fuera secando las lágrimas. Allí arriba, ante sus ojos, el mar era una inmensidad azul sobre la que cabalgaban olas como caballos blancos. A ratos, se cubría con las sombras oscuras de las nubes hasta que volvía a vencer el sol. Solía ir allí a menudo, desde que su madre le dijera que frente a aquel gigantesco compás de roca se había ahogado su padre.

 

Sacó la foto del bolsillo y la miró. Volvió a llorar y mientras lloraba sus dedos se aflojaron y una racha de noroeste le arrancó la imagen de las manos. Como en una diminuta alfombra mágica coloreada de blanco y negro vio volar la fotografía que le había entregado su madre antes de morir, la imagen de su madre y su tío sonriendo ante el objetivo de la cámara, ambos jóvenes, ambos amantes, ambos perdidos ya para siempre en la salpicadura de una ola frente a la Estaca de Bares.

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1 Comentario
Fecha: Viernes, 7 de octubre de 2016 a las 22:46
Lector
¿Por qué relatos tan impecables como éste no han tenido ningún comentario? Es la pregunta q ue me hago.

Las nueve musas
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