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Andrés Vicente Casanova Guerrero
Domingo, 11 de diciembre de 2016
I PREMIO "LAS NUEVE MUSAS " DE RELATO BREVE - obra galardonada con el TERCER PREMIO

LA VERDADERA YO

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Noticia clasificada en: Artes Artes literarias Narrativa Relatos

 

Digamos de manera imprecisa que mi nombre es Marta Elena, nombre en exceso común en la Cuba de la década del 1960, época en que ciertamente nací en uno de esos puebluchos que el paso de los años va convirtiendo en ilustre y llega a creerse merecedor de escudos heráldicos y blasones emblemáticos con campos de gualda y azur como guardianes inequívocos de una gloria futura.

 

      Bien pronto fui cambiando de ciudades, acompañando a unos padres trashumantes que al morir al borde de alcanzar el siglo veintiuno, no fueron capaces de dejarme como herencia más que una pequeña casa en el reparto Marianao de la capital cubana y unos deseos de triunfar en la vida que jamás llegué a saciar, porque no fui una de esas lumbreras que en la Universidad logran las mejores notas académicas ni una hembra de las que en la televisión se convierten en divas de cualquier merengue sandunguero.

 

      Eso sí, he sido siempre una mujer atractiva. Tanto, que los hombres me codician todavía a pesar de haberme alejado bastante de los cuarenta; y aparte de los tres matrimonios, ya divorciada definitivamente a los treinta años acumulé aventura tras aventura hasta que me dije Marta, por favor, pon tu coño a pensar. Y realmente me acostumbré desde entonces a pensar con mi coño: cuando necesitaba una libra de carne de vaca, que está prohibido comprar en Cuba como no sea en las tiendas recaudadoras de divisa a un precio imposible respecto a mi peculio, el carnicero que sí sabe donde la venden de manera clandestina me la conseguía; si la necesidad era de un viaje de recreo a la playa, aparecía alguien dueño de un automóvil dispuesto a acompañarme, y cuando se trataba de un turno médico de inmediato estaba a mi lado el especialista sin que yo saliese a buscarlo. De ahí que mientras miraba las paredes de mi casa que saltaban en pedazos, con la pintura desgastada y los muebles casi a punto de caerse, decidí que treinta años no podían ser pretexto para echarme a morir porque si bien me sobraban hombres acompañantes en mi cama, no sólo podía vivir con carne de vaca, viajes a la playa y turnos médicos. Necesitaba dinero en efectivo. Dinero en efectivo que tuviese un real valor adquisitivo. Y el único posible era el dólar que traían los turistas al país.

 

      Con esa presencia de ánimo, comencé a vestirme aquella tarde. Mi ropero, como supondrán, no era abundante aunque en cambio contenía para cualquier gusto y el de esa noche buscaba complacer no uno en particular sino todos los gustos a la vez. Basta ya de sobrevivir, me dije, es necesario vivir.

 

      Después del baño apresurado con jabón oloroso a flor de naranjo, me tiré desnuda en la cama luego de entornar las persianas para que el vecino del frente, a quien había sorprendido espiándome en dos oportunidades, no se saliera de nuevo con sus deseos.

 

      Debía escoger entre las diez tangas que tenía, la más excitante, la que condujera a mi presa a llegar hasta el final. El rojo de suaves encajes, indiscutiblemente, en esta época que el negro hacía estragos entre los hombres maduros, me pareció el más apropiado para sorprender con algo original. Los senos, nada de aprisionarlos con un sostén demasiado estrecho. Zapatos, escasos de obstáculos de tal manera que mis pies quedaran expuestos en toda su hermosura. Los adornos corporales aunque elegidos con mesura, debían ser tales que me presentaran como una mujer de buena posición social. La ropa exterior resultaba obvia: una pequeña blusa que no ocultara demasiado el busto que por cierto no era exagerado aunque sí de regular tamaño y como saya la que fuese capaz de despertar los deseos de un hombre con sólo mirarme. El maquillaje debía ser tan sabio que no ocultara mi madurez, pero que tampoco me llevara más allá de mis treinta cumplidos un mes antes.

 

      Así vestida, luego de engullir de cualquier manera lo que de todas formas hubiese comido ese día, salí a la calle dispuesta a conquistar el mundo.

 

      Y realmente conquisté a Mundo.

     

Mientras viajaba en una especie de antigualla rodante desde Marianao con destino a La Rampa, lugar más céntrico de La Habana no muy lejano de su malecón, traté de sobreponerme a los olores ácidos que campean en este tipo de ómnibus y huía de los hombres que, sospechosos de cometer alguna trapacería, se me encimaban demasiado. Casi a la media hora logré un asiento bien alejado de la zona que pivotea de una manera peligrosa en estos vehículos bautizados con el nombre de camellos, y entonces me dediqué a precisar mis planes, abstrayéndome del llanto de una bebé que berreaba de manera inconsolable y de un predicador exaltado que una y otra vez repetía a gritos que Jesucristo es la única fuente de salvación.

 

      Mi pasado en nada se parecía a la vida heroica que habían llevado otras compatriotas como Mariana Grajales, capaz de parir hijos para que se convirtieran en soldados de la Patria; o Brígida Zaldívar, quien cercada en su casa por las tropas españolas en 1868 prefirió enterrar a su bebito en una caja de fideos antes que entregar la honra de aquel general mambí llamado Vicente García, figura a la par que legendaria, tan contradictoria como la propia época que le correspondió vivir. Y no podía decir siquiera que yo fuese comparable a aquella niña guatemalteca que había adorado hasta la muerte a un hombre tan imposible como José Martí.

 

      No: yo era una mujer más terrestre. Hecha con las sustancias propias de mi tiempo.

 

      Desflorada a la edad en apariencias tierna de dieciséis años por un severo profesor de preuniversitario en el campo, que me tomaba como su monitora en la asignatura de español hasta llegar a convencerme de que mi desnudez le haría olvidar todos sus fracasos matrimoniales, sentí un dolor tan grande cuando fue penetrándome sin misericordia aunque lo hizo con el auxilio de una sustancia que sólo días después yo sabría que se llama vaselina, que al principio lo odié no solo a él sino a mi propio sexo, sintiéndome humillada cuando me colocó como una perra luego de obligarme a golpes y haciendo que lo odiara aún más: porque si el dolor frontal la vez primera es algo insoportable casi, cuando se trata del reverso llega a parecer un suplicio idéntico al de Caupolicán.

 

      El ómnibus dio un frenazo y desperté a la realidad del momento que estaba viviendo. Me puse de pie, avancé por el largo pasillo y pronto me vi catapultada hasta el asfalto por una ola de la que resultaba difícil escapar. Ya en la acera, me compuse el vestido lo mejor que pude y comprendí que las siete de la noche no era la mejor de las horas para aquella aventura con la que pretendía desquitarme de los sinsabores de mis fracasos matrimoniales que comenzaron desde los dieciocho años, cuando Ángel Luis, el primer hombre que me llevaba a una casa en su compañía, encontraba placer en golpearme mientras me acusaba de frígida, voraz, malgastadora de dinero, pedazo de hielo y ya no recuerdo cuántas ofensas más. Un hombre cuyo nombre rodó para mí en el más profundo de los desprecios desde el día que conocí a Raúl Blackword. ¡Ah, Raúl Blackword!

 

      Y cuando casi iba a soñar con Raúl Blackword, mientras caminaba por La Rampa rumbo al Malecón con la esperanza de encontrar lo que buscaba porque según mi compañera de oficina Blanquita Gámez era allí donde podía encontrarse, vino a mi encuentro lo que andaba buscando.

 

      Ceceante, como buen español, me interceptó a la altura del edificio del Ministerio de Relaciones Exteriores y en un primer momento lo confundí con uno de esos cubanos que se dedican a la venta de cualquier artículo por exótico que pueda parecer. Poco a poco, fui abriendo los ojos a la realidad y me di cuenta que aun manteniéndolos abiertos una puede permanecer ciega al llamado del destino. Aquel hombre resultaba el inicio de mi destino.

 

      –Joven, mi nombre es Raimundo Loja Estupiñán –me dijo como tratando de convencerme de que no se trataba de un fantasma.

 

      Al principio traté de fingir. El estaba equivocado, yo no era de esas mujeres que andaban regalándose por ahí a cambio de unos centavos y mucho menos me dedicaba a nada sucio. Era una trabajadora de esta ciudad, respetada y respetable.

 

      –¡No fotis! –me dijo sin que yo entendiera en ese momento que su expresión equivalía a nuestro no jodas. Yo no era más que una infeliz putilla en busca del pan de cada día, y él me estaba ofreciendo cien dólares por toda la noche en una casa de rentas bien decente que abría sus puertas a hombres solitarios como él a cambio de una paga bastante módica.

      Lo estuve mirando unos momentos. De unos cincuenta años, hinchada cerviz y nariz exagerada, era lo menos que hubiese querido encontrar. Yo era hermosa. El me mostró el billete con el mayor de los descaros y advirtió:

 

      –Si no te lo quieres ganar, no hay problemas. Me busco otra.

 

      Entre las dudas de perder la oferta y la escasa cantidad que significaba comparada con mis necesidades, opté por transarme en un término medio. La experiencia me la había transmitido Blanquita Gámez durante una fiesta navideña en la casa de una amiga común, con bastante ron de por medio y hasta alguna que otra acariciadita que nos dimos sin reparar en que nos estábamos excitando cual dos lesbianas.

 

      –Le aclaro que no consumo droga.

      –No me hace falta, tontaina. Tomo Viagra y me basta.

      –No lo hago contra natura.

      –Me gusta natural.

      –No practico el sexo oral.

   

  Se quedó mirándome como embelesado.

 

      Un momento: quizás nunca le dije lo del sexo oral, debo haberlo imaginado al ver que por culpa de la mojigatería que arrastraba conmigo podía perder un billete de cien dólares. ¿Alguna vez mi adorable Raúl Blackword, mi segundo marido según el registro civil, me había pagado un centavo? Raimundo no estaba para bromas: en el malecón había decenas de chicas esperando.

 

      Yo no era una chica, lo que equivalía en nuestro país a jinetera o más directamente puta. Me negaba a considerarme como tal. No andaba en busca de un creyón labial ni un marido español que me sacara del país para convertirme en inmigrante de mí misma. No creía ser una prostituta, a pesar de que en más de una oportunidad hubiese recibido entre mis sábanas al carnicero a cambio de una libra de carne de vaca o al jefe del sector policial con la intención de que ahuyentara a algún enamorado impertinente. No era una chica sino una mujer.

 

      Ya dentro de la habitación de la casa de rentas comencé a arrepentirme. Fue un instante fugaz en que me dije mira que cometer la bajeza de prostituirme a cambio de resolver necesidades materiales. Mientras Raimundo se encontraba en el baño, tuve un encuentro con mi propia conciencia.

 

      El aire acondicionado zumbaba de una manera ronca, más bien achacosa, y la habitación tenia algo así como un aroma de vetustez, de inminente desamparo a pesar de tantos cuadros aparentemente originales que colgaban de sus paredes y de flores artificiales adquiridas en alguna tienda recaudadora de divisas, de tal manera que para mí ya no eran simples flores sino un calco de aquellos viejos cuadros del pasado, cuando era yo una niña, los que reproducían corazones de Jesús hasta el agotamiento o cisnes rosados en nada involucrados con los azules de Rubén Darío.

 

      –Me parece mentira que te hayas convertido en una profesional, en una graduada universitaria, en una intelectual, y con tu actitud rastrera estés marchando por el camino de la deshonra.

      –Estoy harta de vivir en medio de la miseria.

      –¿Pero a qué miseria te refieres? El gobierno cubano te garantiza una canasta básica cada mes.

      – Aguanta ahí –interrumpí a mi conciencia, poniéndome de pie, violenta–. Eso de canasta básica no es más que un eufemismo. No alcanza.

      –Te has convertido en una tragaldabas. Sólo piensas con el estómago.

 

      La indignación comenzaba a ganarme, por culpa de mi maldito carácter irascible que en más de una oportunidad me había convertido en una perdedora. Como en aquella discusión con Enrique, el tercero de mis maridos, cuando un pequeño conflicto sin trascendencia alguna, una simple desavenencia porque ese día yo había llegado a casa treinta minutos después de lo habitual, involucrada como estaba en el ejecutivo de la sección sindical. Eran reclamos tontos los de Enrique, pues nunca le había sido tan fiel a un hombre como a él, que se encargaba de satisfacerme en tanto hembra y persona, dejándome temblorosa por tantos orgasmos a los que llevaba diariamente y además garantizándome cuanto yo no podía adquirir con mi salario. Ropas. Perfumes exóticos. Toda la comida que me gustaba. Algunas vacaciones a la playa sin el sufrimiento que vivían otros para lograr el transporte y el alojamiento. Mi carácter siempre acababa por traicionarme.

 

      –¡Mierda! –le respondí a mi conciencia, más que incómoda, exaltada. Para mí, no existía ventaja alguna en vivir esclavizada a los gritos de mis vecinas de balcón a balcón anunciando la llegada de las papas, el picadillo que llamábamos saborizado y que en realidad era una mezcla de carne de baja calidad con soya, los huevos, las naranjas; en fin, avisos que me convertían  en hormiga a la expectativa del granito de azúcar que cae desde la tolva del central ideado por el gobierno, la llamada cuota alimenticia supuestamente igual para todos.

      –Eres una malagradecida –su tono de reproche fue un nuevo acicate para mantener mi posición de empecinamiento–. Tu vida ha sido siempre recibir y jamás has dado nada a cambio.

 

      Estuve a punto de responderle a mi conciencia con otra grosería. Sin embargo, cuando repasé mi pasado me contuve. En cierta medida tenía razón, me decía la historia aprendida desde la escuela primaria hasta la Universidad que había leído en textos autorizados, archivos privados y estatales, documentos originales, testimonios y memorias a que me obligó mi oficio hasta el momento en que Enrique dijo basta ya de trabajar en la calle, con mi dinero resulta suficiente. Porque Enrique se movía en el cenagoso terreno del llamado mercado negro en el que su automóvil servía para trasladar todo lo que pudiera venderse de forma clandestina.

 

      Hubo siempre un antes y un después, me decía la historia. Y cuando iba a replicarle a mi conciencia que la historia la escriben los vencedores, vi salir del baño a Raimundo.

 

      Ver un hombre desnudo no fue nunca para mí motivo de asombro y mucho menos de vergüenza. Poco a poco, había ido llegando a una posición de indiferencia ante la desnudez masculina, de tanto verlos, de tanto disfrutarlos, de tanto palpar entre mis manos las bolas redondas y los arietes amenazantes, de experimentar dentro de mí el sabor de sus secreciones y de abandonarme al dulce transporte de los vahídos, quejidos, estertores, espasmos, amenazas, latigazos, ardores, golpes, descalabros, trotes, aullidos, derrotas, explosiones, la nada. Paz, tranquilidad, lasitud completa. Disfrute de mi cuerpo que a los veinte despertó a la experiencia luego de los primeros sufrimientos juveniles y ahora a los treinta se había convertido no ya en aprendizaje sino en maestría.

 

      Sin embargo, Raimundo Loja Estupiñán era algo bien diferente. Una forma redondeada, un vientre que caía en dirección al pubis y una especie de ratón escondido en una cueva. Desnudez de antro y de despecho, de rabia o de limitación. Ignorancia. Inexistencia. Vacío. El cero absoluto frente a mí, sonriente, de una calvicie extrema que ahora sin el sombrero es que podía advertirlo.

 

      Al parecer, el hombre leyó en mi rostro todo lo que estaba pasando por mi mente.

 

      –¿Qué os pasa? –realmente se encontraba asombrado. No podía imaginar, con tanta propaganda que habría leído por Internet acerca de las prostitutas cubanas, calificadas por ciertos propagandistas mal intencionados hacia nuestro país como las más educadas, las más limpias, las más saludables y las más baratas del mundo, que yo fuese a rechazar sus cien dólares.

      –Un momento –le dije–. Comprende, como te dije antes, que mi marido ya debe estar esperándome.

 

      No me atreví a mirarlo a los ojos, porque adivinaba que no estaba creyendo ninguna de mis palabras.

 

      –¡Puta! –gritó ya convertido en una fiera–. ¡Nunca me hablaste de que tuvieras un marido!

 

      Vino hasta donde yo estaba con una agilidad increíble para su estado físico, y agarrándome por ambas manos me zarandeó con fuerza. No imaginaba que aquella especie de escaparate enano fuese capaz de apretar con tanta rabia.

 

      –¡Hubiera encontrado una más joven que tú por la mitad de lo que te voy  a  pagar! –dijo ya fuera de sí, lanzándome a la cama. Cuando vine a advertirlo, tenía una navaja en las manos.

 

      Me ordenó desvestirme y yo, realmente asustada, empecé a obedecer comenzando por los zapatos, que cayeron al piso haciendo un ruido tan estridente que a mí misma me sobresaltó. Quedé congelada mientras vi como se acercaba.

 

      –¡Hala, fuera ese vestido de puta pobre! –puso bien cerca de mi cara la navaja y sentí el frío del metal rozándome el cuello.

      –Por favor, me puedes cortar –mi voz apenas la escuchaba yo misma, y el temblor del cuerpo me ponía en peligro de rozar sin quererlo la afilada hoja.

 

      Con gesto parsimonioso cerró la navaja. Mis temblores quizás le habían convencido de que yo era una presa entre sus garras y no resultaba necesario emplear el arma. Sin apenas hablarme, con una simple señal de la cabeza, me indicó que acabara de quitarme la blusa.

 

      Un silbido de asombro se escapó de sus labios cuando, sin otra alternativa, me llevé las manos al nivel de la cintura y levantándolas con destreza para cumplir su orden, mis senos quedaron por completo al aire.

 

      –Bellas tetas –murmuró–. Las voy a chupar hasta dejaros sin gota de resuello.

 

     Una risita de guanajo tonto se escapó del interior de aquel repugnante cajón a la vez que señalaba con su dedo regordete hacia mi saya.

 

      –Me gustan desnuditas –casi fue amable–. Y sabed que os encularé hasta que me harte.

 

      En aquel tiempo no comprendía ciertos giros idiomáticos del español hablado en España, pero a juzgar por el tono, lo de encular no podría ser nada agradable.

 

      Desnuda ya, fui para aquel traste un pedazo amorfo de desecho, de animal magullado y exprimido, la plaza que rendida se ve obligada a exponer sus miserias al aire a cambio de conservar la vida.

 

      Aquella porción de homúnculo a mi vista cansada quedó dormido al cabo de dos horas y yo, acostumbrada aún a ser honesta, me contenté con vestirme y tomar el billete de cien dólares sin atreverme a registrar su abultada cartera.         

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15 Comentarios
Fecha: Jueves, 15 de septiembre de 2016 a las 19:47
lujoro
Un cierre indicado, una trama que te mantiene atento a seguir la linea de la narración, agradable lo que insinúa y especulativa a la vez.
Fecha: Viernes, 9 de septiembre de 2016 a las 02:56
Paco001
Un relato real y bien escrito de un tema duro y doloroso.
Fecha: Jueves, 8 de septiembre de 2016 a las 23:07
cris pampa
Muy buen relato. Un retrato no solo de Cuba sino de la situación de miles de mujeres que, como la protagonista, "venden" sus cuerpos para sobrevivir. Una trama sin fisuras y atrapante.
Fecha: Jueves, 8 de septiembre de 2016 a las 16:43
fer
Este escrito se ciñe a una realidad palapable con una narrativa, aún más elocuente y veraz.
Fecha: Lunes, 5 de septiembre de 2016 a las 00:16
Alejandra Drago
Al comenzar a leer el relato, me pareció reconocer, tan solo en unas cuantas líneas, una realidad conocida, pese a no ser cubana. Y es así: trasciende las fronteras la triste situación de las prostitutas del famoso Malecón de La Habana. La leve antipatía inicial hacia la protagonista me llevó, gracias al profesional manejo del relato, a la pena por su destino desgraciado...relato que, me parece, es una especie de metáfora de la situación de mucha pobre gente en Cuba... Muy bien escrito, es un cuento que, como toda buena obra literaria, te deja pensando y reflexionando. Felicito a su autor.
Fecha: Domingo, 4 de septiembre de 2016 a las 14:36
Ángel Balzarino
Leí con mucho gusto e interés el relato "La verdadera yo". Me parece un trabajo muy logrado. Desde las primeras líneas capta la atención, que se mantiene y acrecienta a través del desarrollo de la historia, hasta culminar en un desenlace que, a pesar de no cubrir las expectativas de la protagonista, resulta muy veraz y atendible en función de la realidad que muestra el relato. Por ello, me permito recomendarlo muy especialmente.
Fecha: Domingo, 4 de septiembre de 2016 a las 01:42
catherine
Creo que es un cuento que tiene una muy buena calidad, me gusta mucho, se podria decir que es basado en hechos reales, y que al final cuenta la historia de muchas de las actuales mujeres de cuba, felicidades para el escritor
Fecha: Sábado, 3 de septiembre de 2016 a las 21:27
Nurys
Lindo relato, una historia interesante y triste pero muy clara y real de lo que vive una gran mayoría del sexo femenino en cuba. Felicito al escritor ya que fue capaz de lograr de adentrar y inspirar al lector para llegar al final de la historia
Fecha: Sábado, 3 de septiembre de 2016 a las 20:35
Carlos Pérez
Interesante relato y a la vez triste porque refleja la realidad de la Isla de Cuba donde se ha ido degradando el valor y estima de la mujer. Felicidades porque aunque no conozco cuba me imagine con tu forma de relatar tan cautivadora felicidades sigue adelante
Fecha: Sábado, 3 de septiembre de 2016 a las 06:16
herman troi
Es un buen relato, me gustó la forma en que está escrito, además que es muy entretenido.
Fecha: Sábado, 3 de septiembre de 2016 a las 03:18
arlen perez
Muy buen relato me encanto felicitaciones.
Fecha: Viernes, 2 de septiembre de 2016 a las 14:25
Alexis
El relato es magnífico: lenguaje directo sin redundancias. Excelente tratamiento de los personajes y las situaciones. Desde el principio atrapa la atención del lector que sigue con curiosidad su desarrollo hasta y el magistralmente resuelto final. Se nota el oficio del autor.
Fecha: Viernes, 2 de septiembre de 2016 a las 08:17
Ricard
Relato interesante, destaca el tratamiento psicológico de la protagonista y, bajo mi punto de vista, un final bien resuelto. Considero su verosimilitud y crudeza son dos de sus puntos fuertes.
Lo recomiendo.
Fecha: Viernes, 2 de septiembre de 2016 a las 03:32
Manuel Gayol Mecías
Este cuento me gusta mucho debido a que es exactamente realista, porque tras la supuesta tonta trama devela toda una lacerante consecuencia de la vida cotidiana cubana, fundamentalmente en la capital. En realidad es un cuento bien triste para no decir trágico, porque su realismo denuncia el día a día de miles (para no decir cientos de miles) de mujeres cubanas que tienen que ganarse la vida de esta manera tan cruel, pero al mismo tiempo tan baja y degenerada: la vida en la isla está totalmente corrupta, y lo peor de todo es que esa corrupción funciona como un hecho cultural. Porque es el ser humano, la gente de a pie, quienes viven así, con la excepción de los grandes dirigentes que nunca en sus 57 años de estar en el poder han sabido lo que es hacer una cola o pasar hambre, o falta de ropa, de viajes, de autos y hasta de casas lujosas. Este cuento discurre con un lenguaje preciso, rítmico, acompañado por una simple pero concisa estructura lineal, logra mantener el interés todo el tiempo para llegar a un final en el cual realmente no pasa nada porque el asombro como tal es que ello sea la más normal realidad; y es esto lo que refuerza el carácter realista de este magnífico relato.
Fecha: Viernes, 2 de septiembre de 2016 a las 02:39
Graciela María
Excelente relato.... Mantiene la atención hasta el final...Es cautivante....Muy bien logrado. Felicitaciones

Las nueve musas
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