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Rosabel Serrano Llopis
Sábado, 27 de agosto de 2016
uno de los mejores viajes al África histórica

Lalibela

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Corrían los años 1.200, cuando en Abisinia, la Alta Etiopía, gobernaba la Dinastía Zagwe. Su rey, Gebra Maskal Lalibela, preocupado por los asaltos que sus ciudadanos sufrían cada vez que peregrinaban a Tierra Santa, decidió hacer frente a la situación.

Lalibela

 

Así, en la antigua Roha, una ciudad enclavada entre barrancos de 2.500 metros, construyó, a partir de la roca de basalto color rojizo que abunda en la zona, decenas de iglesias dedicadas al rito ortodoxo. Tan rápido se trabajó para su construcción, que los mitos y leyendas surgieron de inmediato: algunos decían que los ángeles vinieron a construirlas en solamente un día, y las cincelaron de pies a cabeza. Otras leyendas, que el rey Zagwe, las soñó, y al despertar, ya estaban allí, todas a ras del suelo, terminando así con las caminatas a Jerusalén y los peligros del camino.

 

LalibelaHoy por hoy, Roha lleva el nombre del impulsor de su patrimonio, Lalibela, que en el antiguo Agaw significa “las abejas reconocen su soberanía”.  Son once los templos que permanecen en activo, celebrando los ritos, plegarias y actos religiosos propios del rito ortodoxo en cada estación. Las iglesias, todas unidas entre sí por túneles o pasadizos (excepto 4 de ellas), permanecen prácticamente en el mismo estado que cuando se construyeron, conservando los frescos y pinturas que en su día se idearon, y dando una idea, una vez más, de que nos hemos detenido en el tiempo. Estas maravillas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1.978, han perdurado silenciosas durante siglos; solamente un capellán portugués, Francisco Alvares, se atrevió a hablar de ellas en 1.521, pero era tanta la belleza que había visto que, pensando que nadie lo iba a creer, no les dió el valor que merecían, y las describió superfluamente, para evitar problemas con su comunidad.

 

 

Lalibela hoy, tiene un aura especial, muy distinta de la que se respira en cualquier otro lugar de Etiopía. Nosotros llegamos días previos a la Epifanía, que es el 19 de enero, y lo primero que nos sorprende, desde que salimos del aeropuerto y hasta la ciudad, es la gran cantidad de peregrinos, llegados de todos los lugares del país, para celebrar la que se considera su fiesta religiosa más importante. La ciudad y sus hoteles, se encuentran a su máxima capacidad durante esos días, aunque Lalibela, a decir verdad, goza ya de por sí de un status y un nivel de desarrollo y precios muy superiores al resto de ciudades etíopes, debido a su patrimonio cultural, que la ha hecho famosa fuera de sus fronteras africanas.

 

Lalibela

 

Aun así, Lalibela no deja a nadie indiferente, y el aura que se respira en estas construcciones, merece todo el camino para llegar hasta aquí.

 

Para ver las construcciones, contactamos con un guía, que, en inglés, nos va explicando todos los edificios, por dentro y por fuera, así como las anécdotas y desventuras de su construcción. La más popular, Biet Ghiorgis (Casa de San Jorge), se encuentra a la otra parte del canal de Yordanos, que simula el Río Jordán de Tierra Santa, y que divide a las iglesias en dos grupos de construcciones.

 

Lalibela

 

Lalibela son sus iglesias monolíticas, pero también sus puestas de sol. Algunas de ellas, las mejores que han capturado mi cámara. Caminando por las calles de barro de la pequeña ciudad, llegamos al final de unas casas, y a lo lejos, sin buscarlo, descubrimos un edificio que nada tiene que ver con las casas que nos rodean. Es el restaurante Ben Abeba, que regentan una escocesa y un etíope, y que nos proporcionan, durante nuestra estancia allí, las mejores puestas de sol que se puedan encontrar en el país. 

 

Ciudad repleta de niños correteando por las calles polvorientas, de animado gentío, de tráfico… en definitiva, de calor humano. La libela, es uno de los mejores viajes al África histórica.

 


 

 

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