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Flavio Crescenzi
Sábado, 13 de agosto de 2016
dominio del código escrito

Reflexiones en torno al concepto de norma lingüística

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Una empresa que afirma ofrecer productos o servicios de calidad, pero redacta sus newsletters, cartas o gacetillas con faltas de ortografía y errores de redacción estará atentando en contra de su propia imagen corporativa.

 

En el I Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en Zacatecas, allá por 1997, Gabriel García Márquez proponía lo siguiente:

 

… simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir; negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revolver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?[1] 

 

Las palabras de Gabo suenan convincentes aún en nuestros días, casi veinte años después. La idea de responder a un conjunto de reglas —desde luego restrictivas— que se arrogan el derecho de decirnos cuál es el correcto uso del idioma, en principio, puede parecernos inadmisible, especialmente, si entre los que deben acatarlas están los que se dedican a la escritura literaria, actividad que supone una continua apuesta a la innovación lingüística. Sin embargo, debemos aceptar que para darle calidad a cualquier texto, el respeto por la norma es necesario.

 

Una empresa que afirma ofrecer productos o servicios de calidad, pero redacta sus newsletters, cartas o gacetillas con faltas de ortografía y errores de redacción estará atentando en contra de su propia imagen corporativa.

 

Una institución educativa cuyos docentes —por ignorancia o por desidia— no corrigen los errores ortográficos de sus alumnos podrá hablar de educación de calidad, pero no estará en absoluto a la altura de sus dichos. Un periódico con errores ortográficos o gramaticales, además de revelar la pobreza lingüística de su equipo de periodistas, dará lugar a que el error se propague entre sus lectores.[2]

 

La norma, como es sabido, abarca varios niveles: el ortográfico, el morfológico, el sintáctico, el semántico y el tipográfico. Algunos de esos niveles son, por así decirlo, más superficiales que otros; por consiguiente, si cometemos una falta que incida en su área específica, será más sencillo remediarla. Por ejemplo, si escribimos *ingerencia en lugar de injerencia, que es la forma correcta, con un corrector automático o con un buen diccionario resolveremos el error; si dudamos entre brasileño o brasilero, veremos que el Diccionario de la Real Academia Española registra ambos gentilicios, pero prefiere el primero; si dudamos entre escribir tengo miedo que o tengo miedo de que, cualquier diccionario normativo registrará el régimen correcto, e inclusive propondrá algún ejemplo para ilustrarlo. Si lo que ocurre, en cambio, es que no recordamos si se puede escribir «15 mil millones»[3], combinando números y letras; o si es correcta la expresión «había cajas conteniendo mercadería»[4], será necesario recurrir a fuentes más concretas, en las que seguramente encontraremos las respuestas tipificadas y organizadas por apartados.

 

En conclusión, el dominio del código escrito siempre potenciará las capacidades expresivas de cualquiera que se dedique o quiera dedicarse a la escritura. Una vez conocida e incorporada la norma, el escritor podrá dirigir su atención a cuestiones más vitales y de mayor profundidad, algo que le resultará mucho más difícil al escritor inexperto, que suele preocuparse más por revisar la ortografía y la puntuación que por corroborar si el texto ofrece una solución al problema retórico planteado.

 

[1] Gabriel García Márquez. «Botella al mar para el dios de las palabras». La lengua española en los medios de comunicación. México, Siglo XXI Editores, 1998.

[2] Muchísimos estudiantes se han resistido (y se resisten todavía) a colocar tildes en las mayúsculas porque ciertas publicaciones no lo hacen; tampoco les parece incorrecto llamar a alguien a quien admiran *ídola o *genia, porque lo han leído en alguna revista; *en base a y *de acuerdo a son para ellos locuciones incuestionables, y se asombran cuando se les dice que el grupo –ui no lleva tilde en construido, atribuido o jesuita.

[3] Si bien la RAE no aconseja combinar cifras y palabras en numerales como éste, en muchos manuales de estilo de agencias periodísticas sí se acepta esta posibilidad.

[4] Es incorrecto utilizar el gerundio con valor atributivo; por tanto, la frase debería haberse escrito así: «había cajas que contenían mercadería».


 

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2 Comentarios
Fecha: Lunes, 15 de agosto de 2016 a las 19:12
Flavio Crescenzi
Muchas gracias, Martha. Siempre pensé que a la lengua tenemos que cuidarla entre todos los hablantes, y espacios como éste nos permiten reflexionar al respecto. Saludos.
Fecha: Lunes, 15 de agosto de 2016 a las 10:54
Martha Alicia
Muy buen artículo. Aporta argumentos que ayudan a preservar el valor de la lengua.
Y, Gabo es Gabo, un magnífico escritor.

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