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Ignacio Fernández Candela
Sábado, 13 de agosto de 2016

La engañosa dimensión de la ambición humana

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Noticia clasificada en: Ensayo Narrativa

  No es una teoría romántica sino una certeza racional la premisa de que polvo somos y en polvo nos convertimos. Una advertencia para ese cerebro privilegiado de lo humano que es capaz de arbitrar muchos órdenes de la existencia con la absoluta y paradójica impotencia de no poder conocer el sentido de la misma.

 

  Hay dos verdades constatadas que confluyen en un mismo misterio más allá del pensamiento o la fe religiosa que cada uno quiera o no profesar: un tiempo para vivir y un tiempo para morir en una razón de ser y extinguirse en apariencia que, si bien se entiende racionalmente, no deja de ser desconocimiento global para todos. Siendo impelidos a vivir con el horizonte inexorable de la desaparición, obligados a interrogarnos sobre el porqué de este paso efímero por la vida quizá no se advierte que en esa inmensa incógnita está la posibilidad intrínseca que nos permite descubrir la verdadera razón de nuestra experiencia vivida como la comprensión de nuestra desaparición. ¿Un orden preestablecido que supera las expectativas del conocimiento humano?; que el razonamiento no pueda acceder al misterio no es óbice para que exista una intención sobre ese orden.

 

   Lo desconocido sigue siendo regido por una inmensa Sabiduría que nos sobrepasa, tal cual lo es todo hasta que encontramos una justificación intelectual para entenderla. Así sucede con el origen y el fin de la existencia humana. No queda nada al azar; a pesar de no entenderlo. Ignorar un porqué no significa que no haya una explicación.para experimentarlo.Y de facto se experimenta inexorablemente aunque nadie haya podido explicarlo.

 

  Todo ser vivo está de paso en el orbe y sus condicionamientos de vida están insoslayablemente ligados a la extinción. Que sea así no es una casualidad y se colige observando la causa y el efecto que dinamiza al mundo tal y como conocemos incluso intuyendo su infinito ilimitado a través de las ciencias.

 

  Es en los extremos-nacimiento, muerte- que choca la complacencia racional advirtiendo un cuerpo conjunto de humanidad donde todo pasa y evoluciona a través del paso del tiempo como de los pobladores del mundo. Efímeras grandezas que si en lo individual poseen caducidad, se extrapola a la historia acumulada de lo humano, formando la gran cadena de la existencia donde cada individuo es un eslabón frágil de la condición humana participante de una obra maestra de memoria indeleble. Pero hasta esa historia se muestra insignificante ante la infinitud que la rodea y de la que forma parte.

 

  La vida no posee otra certeza que su enigma intrínseco que define la impotencia terrena y sus vicisitudes por muy magníficas que puedan parecer. Cualquier mundo microbiano podría relativizar la trascendencia de los colosales méritos humanos que no solo se ubican en el vacío de unas referencias espaciales y temporales insignificantes, sino que también están abocados al misterioso umbral de la mortandad como única meta a tan largos viajes en busca glorias destinadas al entierro y el olvido.

 

  Mas no basta la evidencia contundente de la desaparición para saciar la vanidad de una humanidad sin proporcionalidad, sin identidad ante un Universo infinito, una alegoría de inmensa creación capaz de transmitir la insignificancia de las proezas históricas. Tan grande sensación de magnificencia en una Tierra inabarcable, tan minúscula ésta en un Universo sin límite. Todo relatividad por un espejismo sobre espejismo, inmersos en una realidad sobre realidades inabarcables... y con todo ese galimatías de existencia e inexistencia los mensajes que nos guían al interior para no dejarnos engañar por los reflejos del mundo. Un regreso en humildad prescindiendo del engaño que muchos pretenden conquistar para luego desaparecer como si nunca hubiesen existido, acaso con la ambición de dejar las huellas que el tiempo siempre termina borrando.

 

  ¿Buscar en el interior y ser como niños para que una verdad nos haga libres? Los secretos del espíritu revelados a los pequeñuelos parecen ser diametralmente opuestos a las vanaglorias mundanales por muy brillantes y colosales que puedan suponerse. Y si cuesta creer que polvo son y en polvo se convertirán ahí permanece como árbitro insobornable la muerte. Acaso detrás de su pasar esté la verdadera vida y con ella la dimensión real de la existencia ilimitada que empequeñece este simulador terreno donde pasan inadvertidas sus infinitamente sabias, magnánimas y muy sencillas importancias.

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