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Juan Alberto Pérez Chanduví
Domingo, 7 de agosto de 2016

Ceguera disímil

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Ceguera disímil

 

Diferentes, 

incompatibles, distintos, tan alejados del uno y del otro... 

Sobre todo de noche, 

cuando las calles ronronean el sueño de los insomnes. 

Así es lo nuestro, insomne. 

El descanso es ignoto, un elemento paria en la república del hogar  

y en permanente postura guerrera, en guardia...  

Llenando los vacíos con ojos de búhos y colmillos terroristas. 

 

 

Es obvio que hay algo, pero ese algo solo es niebla. 

El deseo está congelado en la espeleología del silencio, 

cuyos ecos mínimos son proferidos por los animales recónditos de nuestras almas. 

Fantasmas pesados, densos, indoloros aunque sensibles al ruido  

del abrir de nuestros ojos solo para mirarnos... 

No vemos nada. 

 

 

Mil años nos separan. 

Túnicas contra armaduras. 

Lanzas contra sables. 

Nadie contra nadie. 

Roles contra roles sin verosimilitud dramatúrgica.  

Solo la satisfacción ociosa de ver terminar el día sin carne viva o sangre justiciera. 

 

 

La vida pasa en un tiempo soporífero de tísicos soplos de afecto, 

sobre todo de noche 

cuando las calles ronronean el sueño de los insomnes.  

Así es lo nuestro, insomne. 

Su vigilia es la maldición de dos amantes 

que solo sueñan con dormir juntos; 

sin embargo, somos tan extraños, tan disímiles... 

Tan lejanos el uno del otro que... no sé... 

A veces ignoro si estás aquí 

o eres parte de una nostálgica proyección de mi pasado... 

Tan agresivo, tan triste, tan sórdido, tan romántico, tan banal y tan sublime. 

Estás aquí, definitivamente; 

aunque no logró precisar si eres pieza de mi patrimonio personal o  

un préstamo por un tiempo determinado, planeado o renovable por un número fijo de veces. 

 

 

Estás aquí 

y te mueves por un tablero braille con una destreza militar tan ajena 

que me es imposible seguirte, más aún de noche, 

cuando todos duermen, menos yo, que deambulo sonámbulo tocando a Brahms, 

una de sus melodías que siempre cuelga de mis labios. 

 

 

En fin... 

Así ha sido y es... lo nuestro, indoloro, denso y transparente aunque sensible al ruido  

del abrir de nuestros ojos solo para mirarnos... 

No vemos nada, solo dos sombras que se aprecian en el horizonte de su propio atardecer. 

Sol anaranjado. 

Cielo rojizo y azul. 

Satélites imprecisos en una vastedad equivocada, casi ofensiva y de mal gusto como el amor y 

su consabido idilio inmaterial. 

Eso... tal vez, porque yo sea parte de una nostálgica proyección de tu pasado 

tan banal y sublime, tan patológico y curativo... tan fijo y tan mortal... quizás.  

 

 

Estás ahí 

Y no nos vemos.

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