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José Pérez Montiel
Domingo, 17 de julio de 2016
BREXIT

LA INSOLIDARIDAD EUROPEA

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La Unión Europea, al proveer la estabilidad monetaria, eliminó trabas comerciales relativas a la incertidumbre cambiaria, lo que facilitó la ampliación y profundización del comercio entre los países miembros.

 

Desde Smith (1776) se destaca el rol del tamaño del mercado como determinante de la especialización y la elevación de la productividad, por lo que la integración de los mercados de una región se concibe como mecanismo tanto para obtener crecientes economías de escala como para dotar a los nuevos sectores de exportación de plataformas de transición hacia los mercados mundiales. En la actualidad, los modelos derivados de la concepción kaldoriana sostienen que los aumentos de demanda, principalmente externa, no solo expanden el producto en el corto plazo, sino que inician un proceso acumulativo de ganancias de productividad que constituyen la base del crecimiento a largo plazo. En esto consistía el ambicioso proyecto económico europeo, en integrar comercialmente, a través de una única (y confiable) moneda, a los países europeos con el fin de crear un gran mercado interno, desarrollar sus economías más periféricas y volver a situar al viejo continente en el centro de la economía mundial, un lugar que nunca debería haber perdido.

 

Sin embargo, a cambio de la credibilidad monetaria y de la integración comercial, los estados miembros tuvieron que acatar una “normas del juego”, lo que implicaba renunciar a prácticamente todos sus instrumentos de política económica.

 

La regla del Tinbergen establece que el número de objetivos perseguidos por la política económica ha de ser igual al número de instrumentos económicos con los que ésta cuenta. Durante la edad dorada del capitalismo (décadas de los 50 y 60), los gobiernos tenían a su disposición al menos cuatro instrumentos de política económica: la política monetaria, la política fiscal, el tipo de cambio y la política industrial (I+D). A partir de la década de los 70, con la adopción de los tipos de cambio flexibles y la desregulación del sistema financiero, la autonomía de la política monetaria se limitó a controlar la volatilidad de los tipos de cambio. Con la adopción del euro, la política monetaria europea quedaba en manos del BCE, que se encarga básicamente de mantener la estabilidad de precios en Europa, pero la credibilidad del euro —sobre todo su tipo de cambio frente al dólar— está significativamente afectada por la conducta de las políticas presupuestarias nacionales (y, por tanto, la política fiscal y la política industrial), que, a su vez, están sujetas los dictámenes de los mercados financieros. Esto no sería necesariamente así si el BCE pudiera ejercer como prestamista de última instancia; sin embargo, la posibilidad de monetizar la deuda pública, que fue un recurso esencial durante la Edad de Oro del Capitalismo, se prohibió en Maastricht con el objetivo, precisamente, de mantener la credibilidad de la moneda. Consecuentemente, solo el canal de crédito en los mercados privados queda disponible para los estados miembros, que tienen que emitir deuda en una moneda (el euro) que ya no puede ser emitida a nivel nacional. De este modo, el desempleo se convierte en la principal variable de ajuste ante una situación imprevista (léase recesión económica). Posteriormente, la conocida como devaluación interna (reducción de impuestos indirectos, contribuciones sociales y, finalmente, salarios) fue adquiriendo también el rol de variable de ajuste, ante la imposibilidad de devaluar el euro para ganar competitividad internacional. La devaluación interna es una perversa forma de equilibrar la balanza externa a costa de una contracción interna que exacerba el conflicto social y provoca tensiones políticas. La tercera variable de ajuste ante una recesión es la deuda externa, pero endeudarse en los mercados privados de capitales no hace sino retroalimentar el problema social interno, ya que las condiciones que exigen los acreedores giran en torno a la reducción del déficit público y a la devaluación interna.

 

Finalmente, parece ser que, tras ocho años de crisis económica en Europa, se ha terminado constatando que ninguna de las tres medidas de ajuste descritas ha resultado viable. Ante la futileza de las medidas económicas tomadas hasta ahora, tal vez haya llegado el momento de introducir mecanismos de transferencias territoriales entre las zonas superavitarias (norte) y las deficitarias (sur). Y aquí es cuando los países del norte han dicho: NO. El colapso generado por la ausencia de transferencias puede suponer también importantes pérdidas en las denominadas “economías virtuosas” (Alemania, Holanda, Reino Unido, Finlandia), pero estos países asumieron que ese era el precio que debían pagar para asegurar el cumplimiento de las reglas del juego. Este grupo de países ha utilizado con éxito el mercado común para impulsar su crecimiento vía exportaciones al sur de Europa, compensando así la falta de dinamismo de su demanda doméstica, pero no están dispuestos a permanecer en la Unión si se rompen las reglas del juego y se intenta rediseñar el modelo económico y social europeo. El primero en abandonar ha sido Reino Unido, mientras que en Holanda y Finlandia el debate sobre un referéndum a la británica está sobre la mesa. ¿Será Alemania el siguiente en plantearse abandonarnos? Si no lo hace, ¿entenderá la clase trabajadora alemana más pobre, que ha sufrido sucesivos recortes en sus beneficios sociales, un apoyo masivo a los desempleados y a las instituciones fallidas del sur de Europa?

 

Se da la paradoja de que, mientras la opinión pública en los países del sur afirma querer continuar en la Unión Europea, sus estructuras y especialización productiva hacen que el cumplimiento de las reglas del euro sea muy difícil. Por otro lado, ante el fracaso de las medidas adoptadas desde 2008 para lograr que el sur se recupere de la crisis, en el norte afloran opiniones fuertemente opuestas a cualquier tipo de solidaridad con el sur, pese al hecho de que el norte se haya beneficiado económicamente del resto de Europa, tanto en los periodos de boom como de recesión. 

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